Capítulo 8
Eiza escuchó atentamente las reglas del juego. No sabía a
dónde estaba dispuesto a llegar Sebastián con aquel juego, pero desde luego
ella no tenía ninguna intención de quedarse desnuda ante él. Aunque, por otra
parte, si tenía suerte, a lo mejor tenía la oportunidad de verle a su flamante
maridito algo más que los pies...
Llevarse un buen recuerdo de Sebastián, desnudo de pies a
cabeza, la animó a jugar. Porque estaba claro que se terminaría marchando de
allí. Él no la quería. Ella no lo quería a él, al menos, no en esas
circunstancias. Cuando llegara el momento de separarse quería hacerlo con el
corazón intacto. Y mientras tanto no tendría nada de malo crear algunas
situaciones memorables que poder evocar cuando ya no estuviera allí.
-¿Estás lista? Esta puede ser una mano de prueba si quieres.
Sebastián repartió las cartas. Eiza recogió las suyas de la
mesa. As de corazones, dos de diamantes, dos de corazones, ocho de picas y diez
de picas.
Miró furtivamente a Sebastián y se dio cuenta de que ya no
sonreía. Su rostro era inexpresivo como el de una máscara. Únicamente levantó
una ceja con aire inquisidor al mirarla.
-¿Cuántas cartas quieres?
-Dame dos -dijo descartándose del ocho y del diez.
-Yo una... Muy bien, ¿qué tienes?
-Pareja de doses -dijo Eiza poniendo sus cartas sobre la
mesa, decepcionada.
-Mala suerte. Yo tengo dos parejas. De reinas la más alta.
Eso quiere decir que te tienes que quitar una prenda.
El corazón de Eiza latió con fuerza al ver la mirada
expectante de Sebastián.
-Dijiste que esta mano era solo de prueba.
-Tienes razón. Repartes tú ahora.
Esa vez, Eiza cambió dos cartas y Sebastián tres. Y
Sebastián volvió a ganar. ¿De dónde habían salido aquellas tres sotas? Gracias
a Dios llevaba calcetines. Se quitó lentamente el izquierdo.
-Bonito esmalte de uñas, Ei. Me toca repartir.
Eiza se fijó bien esa vez en la destreza con la que
Sebastián barajaba y repartía las cartas. Se prometió a sí misma que no iba a
permitirle ganar. Nunca se perdonaría si le ganaba en su propio juego. De
momento, ya sabía que cocinaba mejor que ella y que era mejor padre de lo que
ella sería nunca. No iba a quedar también como el mejor jugador de póquer.
Eiza tuvo que ocultar su decepción al ver las cartas que le
habían tocado. No tenía nada, ni siquiera una pareja o dos cartas seguidas.
Decidió quedarse con el tres de tréboles, porque el tres era su número de la
suerte, y lanzó las otras cuatro cartas sobre la mesa, tratando de ignorar la
sonrisa triunfal en el rostro de Sebastián.
-Dame cuatro cartas.
-Yo tomo dos... Pareja de ases -exclamó Sebastián.
-¡Qué lástima! Yo tengo un trío de treses.
Eiza puso sus cartas boca arriba desbordante de
satisfacción. Encantada de ver cómo su número de la suerte no le había fallado,
señaló sus cartas maliciosamente y reclamó la prenda perdida con una mano,
mientras con la otra daba un sorbo de su copa de vino.
Sebastián se quitó un calcetín.
-Es la suerte del principiante, Ei.
-Eso te gustaría, Rulli. Me toca repartir.
Se sentía mucho más competitiva con aquel juego infantil de
lo que se había sentido nunca como investigadora documentalista, Eiza estaba
lista para jugar en serio.
Cinco manos después, Sebastián solo conservaba los
pantalones del chándal y los calzoncillos. Por su parte, Eiza aún tenía la
parte de arriba de su pijama, el sostén, que Sebastián podía entrever cada vez
que ella recogía sus cartas de la mesa, y las braguitas. Los dos se habían
bebido sus copas. Una de las veces, Sebastián había aceptado el pasador que le
sujetaba el pelo como una prenda de vestir para poder ver aquellos cabellos
sueltos, cayéndole como una cascada pálida sobre los hombros.
Joan era muy dulce y de carácter fácil. La tigresa que
estaba sentada frente a él era agresiva y competitiva. No le gustaba perder.
Había una gran rivalidad entre ellos. Se preguntó si sería igual haciendo el
amor.
-Muy bien, señora Rulli, Veamos lo que tiene.
Y no estaba pensando solo en las cartas.
Emocionada y con los ojos muy abiertos, Eiza puso sus cartas
sobre la mesa. Escalera: dos-tres-cuatro-cinco-seis. Él no podría superar eso.
Sebastián dejó sus cartas sobre la mesa. Se puso de pie y se
quitó lentamente los pantalones del chándal. Se sintió excitado, más por la curiosidad
de la mirada de Eiza que por mostrarse casi desnudo ante ella. Él se quedó
quieto unos instante mientras ella lo examinaba desde el pecho hasta...
-¿Bóxers de cuadros, señor Rulli?
Eiza no pudo evitar darse cuenta de la reacción de Sebastián
a una inspección tan íntima. Cuando la vio ruborizarse, él deseó haber podido
ocultar lo ocurrido. Deseó también poder ver mejor las curvas del cuerpo de
ella.
-Repartes tú -dijo Eiza, apartando por fin su mirada del
exaltado cuerpo de él y pasándole la baraja.
Con él corazón latiéndole aún a toda velocidad, Sebastián se
preguntó qué haría Eiza si ganaba la siguiente mano. Cierta maldad iba ganando
terreno a su honestidad habitual. No debía hacer lo que se le estaba
ocurriendo. Ni siquiera podía creer que lo estuviera considerando. Hacía mucho
que la mirada anhelante de una mujer no lo afectaba tan profundamente. Era como
si su sentido común lo hubiera abandonado.
Una de las cosas que más lo excitaba de Eiza era su
inocencia. No parecía darse cuenta del efecto que su mirada tenía sobre él.
Sabía que Una de las cosas que más lo excitaba de Eiza era
su inocencia. No parecía darse cuenta del efecto que su mirada tenía sobre él.
Sabía que tenía que oponer más resistencia, pero no tenía
fuerzas. Había olvidado sus listas, lo único en lo que podía pensar ahora era
en las consecuencias de tanta excitación. Al fin y al cabo, eran dos adultos
responsables, y Ryan no estaba en casa. Además estaban casados. Por tanto no
tenía nada de malo sentirse atraído por ella. Sebastián se volvió a sentar y
tomó la baraja para repartir las cartas.
-Dame cuatro cartas -dijo Eiza descorazonada.
Sebastián se sonrió.
-Una para mí.
-¿Qué tienes Stone?
El intento de Eiza por mostrar desinterés en sus cartas le
resultaba de lo más excitante. Los golpecitos que daba con las uñas en la mesa
la traicionaban.
-Nada -Sebastián mostró sus cartas que eran de todos los
palos y números.
-Yo solo tengo una pareja de cuatros -dijo Eiza con la voz
entrecortada.
-Entonces ganas tú.
Sebastián nunca había hecho un striptease delante de una
mujer. Ahora que había llegado el momento de quitarse la última prenda, solo el
evidente interés, mal disimulado, de Eiza lo animaba a seguir con su plan.
-¡Oye! ¡Espera! -dijo Eiza dando un salto.
Sebastián ya tenía los pulgares dentro de los shorts,
dilucidando qué hacer a continuación, cuando Eiza lo detuvo.
-No tienes que continuar -acertó a decir-. Digamos
simplemente que he ganado yo. Recogeré mis cosas y me iré a mi cuarto. No pasa
nada. Fue una partida genial. A lo mejor podemos volver a jugar en otra
ocasión.
Ante la sorpresa de Sebastián, Eiza se colocó las gafas se
volvió a hacer la cola de caballo y se estiró la parte de arriba de su pijama,
que en ese momento dejaba al descubierto una porción de seda azul de su ropa
interior. Azorada, recogió toda su ropa del suelo y trató de ponerse un
calcetín de pie, saltando alrededor de la mesa.
-¿Estás segura? Una apuesta es una apuesta.
Sebastián no pudo resistir la tentación de burlarse un poco
de aquella mujer que huía desesperadamente de él. Vio desaparecer sus largas y
gráciles piernas por la puerta y la oyó subir las escaleras corriendo como si
la persiguiera una jauría de perros. Uno de sus calcetines se quedó tirado en
la alfombra junto a sus pies. Lo recogió mientras pensaba en lo irónico de la
situación.
Se había propuesto encontrar una madre para Ryan y una
esposa que no le causara problemas y, en vez de eso, había terminado llevándose
a casa a Eiza González. Ahora se sentía irremediablemente atraído por una
esposa que no era lo que él buscaba y ni siquiera conseguía retenerla junto a
él en la misma habitación más que para momentos de intenso flirteo. Él mismo
parecía reconocerla como esposa al llamarla señora Rulli.
Debería ingresar en un hospital mental. Así no tendría que
pensar más en las razones por las que no debían llevar su atracción a sus últimas
consecuencias. ¡Qué demonios! Si se acostaran una sola vez, tampoco tendría
tanta importancia. ¿O sí?
Una voz interior le recordó que eso supondría complicarlo
todo a la hora de conseguir la anulación. Tal vez él no quería concederle la
anulación. ¿Pero qué estaba pensando? Claro que quería la anulación. Sebastián
cerró los ojos lleno de frustración. De lo único que estaba seguro en esos
momentos era de qué necesitaba otra ducha fría. La sexta de esa semana.
La había llamado «señora Rulli». Eiza se apoyó en la puerta.
Tenía muy presente la mirada impetuosa de Sebastián cuando se disponía a
bajarse los shorts. En la última mano se había dejado distraer tanto por el
vello oscuro y rizado de su torso que casi perdió. Sin embargo había terminado
ganando la partida y Sebastián había estado más que dispuesto a pagar la
apuesta.
¿Cómo era capaz de hacerle algo así? ¿Es que él quería hacer
un striptease para ella? El corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía
respirar.
«Cálmate. Que te haya besado no quiere decir que quiera
desnudarse para ti. Solo quiere ser...».
Eiza no entendía lo que él quería ser. Pero «amable» no la
palabra apropiada. Era responsable, tremendamente sexy, pero no «amable».
Eiza se desplomó en la cama y se quedó mirando el techo.
Ganar la última mano había sido cosa de suerte. El póquer era un juego
puramente de suerte. Ni en sus más ardientes fantasías había imaginado que el
cuerpo de Sebastián fuera tan... masculino. Tenía que ponerle fin a esa atracción
o no saldría indemne de esa casa.
Sebastián Rulli no la amaba. Buscaba un ama de casa como
Joan, y Eiza se había esforzado mucho en la vida para no convenirse en ese tipo
de mujer.
Esa idea la deprimía y no la dejaba dormir, así que decidió
volver a su búsqueda de Glenda. Por alguna razón, en esos momentos sintió una
incomprensible necesidad de encontrar a su madre.
A la mañana siguiente, después de dormir muy pocas horas,
Eiza bajó las escaleras. La casa estaba muy silenciosa sin Ryan. Aunque parecía
imposible, el chiquillo se había abierto un hueco en su corazón y estaba ahora
junto a su padre en un lugar secreto de sus sentimientos al que nunca había
dejado acceder a nadie.
Muy de mañana, en un estado de vigilia, recordó las imágenes
del día anterior, los ojos burlones de Sebastián, su pecho desnudo, fuerte y
masculino, las fantasías sobre lo que ocultaban aquellos bóxers... y decidió
que lo mejor sería irse de aquella casa. Arriesgaba demasiado viviendo allí.
Ojalá no fuera demasiado tarde. No debía haberse mudado
allí. Había sido un impulso insensato, una concesión a un enamoramiento
adolescente que ella había creído acabado. Pero ahora la proximidad a su
fantasma había resucitado esos sentimientos.
Al llegar al piso de abajo, Eiza oyó un ruido. Se frotó las
palmas de la mano contra los pantalones, miró dentro del salón y se encontró al
hombre que ocupaba todos sus pensamientos, estirado en el sofá. Tenía un brazo
cruzado sobre el pecho desnudo mientras que el otro colgaba del sofá: las yemas
de sus dedos descansaban sobre un libro encuadernado en piel que estaba en el
suelo.
¡Dormía tan plácidamente! Tenía el fuerte y rizado cabello
muy despeinado, como si hubiera estado mucho tiempo pasándose la mano por él.
Sus facciones, normalmente duras, se veían ahora suavizadas,
dándole el aire juvenil que ella tan bien recordaba. Dormía con los labios
ligeramente entreabiertos... incitantes.
Se le escapó un ronquido, y hasta su ronquido le resultó
seductor.
Eiza se agachó para recoger el libro, tratando de no mirar
el torso de Sebastián o la cintura de los vaqueros. El botón superior estaba
abierto, y dejaba al descubierto parte de unos bóxers azules.
Con cuidado de no molestarlo, Eiza le quitó el libro de
entre los dedos. Sentía curiosidad por ver qué tipo de libro lo había mantenido
tan interesado.
Olía a jabón mezclado con colonia de hombre. Eiza recordó
vagamente haber oído la ducha después de irse a su cuarto la noche anterior.
Recordaba haber leído alguna vez que había mujeres que elegían sus parejas por
el olor y tuvo sobreponerse para no ser una de ellas.
Abrió el libro y se sentó en una silla para leer lo que
parecía ser un diario. Las páginas estaban muy desgastadas pero la caligrafía
era muy cuidada y se podía leer con facilidad.
Este es el diario de Rebecca Reyna, que se empezó a escribir
a fecha de hoy 10 de septiembre de 1896...
-¡Dios mío! No me lo puedo creer -susurró Eiza.
El teléfono sonó en ese momento. Eiza miró a Sebastián que
empezaba a despertarse en el sofá frente a ella.
-Residencia de los Rulli -contestó sin saber muy bien lo que
hacía.
-¿Ei? ¿Eres tú? -era la voz de Jake.
-¿Jake? No se te oye nada bien. ¿Dónde estás?
Era la primera vez que hablaban desde la dichosa boda. Nunca
antes había contactado con ella cuando estaba en una misión, y eso la
preocupaba.
-¿Estás bien? ¿No estás herido ni nada de eso?
-Espera un segundo. Estoy en una ce... da... uno. ¿Me oyes
mejor ahora? -las últimas palabras se oyeron con total claridad, como si
estuviera hablando desde la habitación contigua.
-Sí, mejor.
-Escucha. Ei. No tengo mucho tiempo. No estoy herido, solo
quería saber qué tal se llevan Sebastián y tú...
En ese momento Eiza se dio cuenta de que Sebastián la estaba
mirando, con el rostro completamente despabilado de repente.
-Te desconectaron el teléfono y me preocupé, así que llamaba
a Sebastián para ver si por casualidad estabas ahí. ¿Significa eso que aún
están casados?
A Eiza la irritó el tono divertido y chismoso de Jake. Al
fin y al cabo, él la había metido en el atolladero en el que se encontraba.
Se encogió de hombros y bajó la voz en un vano intento de
mantener alguna privacidad en la conversación. Sebastián la miraba con
curiosidad.
-No exactamente.
Unos dedos fuertes le agarraron la rodilla para llamar su
atención.
-Voy a hacer el desayuno -susurró Sebastián.
Eiza asintió con la cabeza, conmocionada una vez más por la
visión de aquel hermoso torso desnudo y, cuando se dio la vuelta, siguió
mirando aquellas caderas perfectas...
-Ei, ¿estás ahí?
-Sí.
-Bueno, cuéntamelo todo.
Eiza tuvo que esforzarse para centrar su atención en la
conversación con Jake. A regañadientes, le explicó las circunstancias que la
habían llevado a vivir en casa de Sebastián. Le contó su accidente en el zoo.
Le ardían las mejillas. No le contó nada de la partida de strip póquer. Cuando
terminó, Jake se mantuvo en silencio al otro lado de la línea.
-Parece que te gusta, Ei.
-Por supuesto que me gusta. ¿Cómo no me va a gustar? Es un
padre excelente...
-Es algo más que eso, Ei. Algo está pasando por allí. A mí
me parece que podríais...
-Jake, tu como yo sabes que ese amor cursi de «para siempre
jamás» no existe en el inundo real. La gente no se queda a tu lado cuando más
la necesitas.
-Yo te quiero, Ei -la voz de Jake sonaba suave y sincera.
-Yo también te quiero, bobo, pero eso no tiene nada que ver
y lo sabes.
-Ei, no fue mi intención obligarte a casarte con Sebastián,
pero ahora que ya está hecho, es toda una oportunidad de olvidar el pasado. No
dejes que nada te asuste. Ya va siendo hora de que empieces una nueva vida y de
que el verdadero amor sea parte de ella.
-¿Qué sabes tú de empezar una nueva vida? -preguntó,
recelosa, sin creer una palabra de lo que Jake le decía. Su hermano adoptivo
nunca había estado con ninguna mujer durante más de un mes, ¿qué podía saber él
de ese tema?
-Una vez amé a una chica y cometí el error de dejarla
escapar y hoy todavía lo lamento. La próxima vez no seré tan estúpido. No
tengas miedo, Ei, hay que amar para poder ser amado.
-Das muchos consejos equivocados hoy, Jake. Sebastián y yo
vamos a pedir la anulación. Es imposible que... bueno, él no me quiere y yo no
lo quiero. Además, él todavía quiere a Joan -Eiza pronunció estas palabras
intentando con todas sus fuerzas aceptar lo que había de verdad en ellas.
-Tengo que irme, y no voy a poder llamar más veces, pero
prométeme que no vas a renunciar a él sin luchar. Prométeme que le darás una
oportunidad a lo que hay entre vosotros.
-No hay nada entre nosotros y no pienso hacerte promesas que
no puedo cumplir. Me estás pidiendo que crea en algo imposible.
Eiza no quería dejarse mangonear por Jake. Estaba
acostumbrada a sus intentos de organizarle la vida, pero esa vez no se lo iba a
permitir.
-No te pido que creas en algo imposible. Solo te pido que
creas en ti misma. Prométemelo, Ely. Me lo debes.
-¿Que te lo debo? -replicó indignada.
Reconoció un suspiro resignado de Jake al otro lado del
teléfono.
-Te quiero hermanita. Cuídate en mi ausencia.
A la cariñosa despedida de Jake le sucedió el tono del
teléfono. Justo en ese momento, Dillon apareció por la puerta.
-El desayuno está listo.
No debería haber escuchado aquella conversación.
«Dillon y yo vamos a pedir la anulación». Eso era también lo
que él quería. ¿No? Dillon colocó los dos platos de huevos revueltos en la mesa
junto a los dos zumos de naranja que él mismo había preparado. La verdad era
que ya no estaba seguro de lo que quería.
«Él no me quiere y yo no lo quiero». En eso tenía razón,
pero la última parte... Eiza creía que él aún amaba a Joan. Era verdad que
siempre sentiría algo especial por su amor universitario y madre de su hijo,
pero eso no significaba que no pudiera encontrar una nueva compañera. No era
necesario volver a enamorarse, necesitaba tan solo alguien con quien vivir
tranquilamente y que pudiera ser una buena madre para Ryan. Volver a enamorarse
no entraba en sus planes.
-Era Jake -dijo Eiza sentándose a la mesa.
Parecía preocupada. Sebastián se preguntó si tendría algo
que ver con la llamada de Jake o si se debería a la partida de strip póquer...
Recordó entonces esas largas piernas y su ropa interior azul...
-¿Cómo está Jake?
-Está bien.
-¿Qué quería? -insistió Sebastián con curiosidad ante la
reserva de Eiza.
-Quería saber qué tal nos estamos llevando.
-¿Le dijiste que nos llevamos bien? -preguntó Sebastián
sentándose también a la mesa frente a ella-. ¿Ei? -insistió.
-Le dije que estábamos preparando los papeles de la
anulación.
A Sebastián se le quitó el apetito al ver cómo Eiza
sustituía una mirada cargada de tristeza por un gesto de estudiada
indiferencia.
-¿Es eso lo que quieres? -preguntó él groseramente, evitando
mirarla a la cara.
-Sí, por supuesto que sí -contestó ella levantando la
barbilla, desafiante.
Sebastián se preguntó cómo podía sentirse tan atraído por
esa mujer y al mismo tiempo estar tan enojado con ella. Sebastián apartó el
plato del desayuno sin haberlo tocado. En ese momento el teléfono interrumpió
el mortal silencio que reinaba entre ellos. Al tercer tono, Sebastián contestó.
-¿Diga?
-Hola, hijo.
-Papá... -Sebastián tomó aire con fuerza, tratando así de
ahogar sus emociones. Era peligroso para su tranquilidad implicarse tanto con
Eiza.
-Estaba pensando en tomar un vuelo e ir a visitaros la
próxima semana -dijo su padre sin rodeos.
Su voz consiguió distraer sus pensamientos de aquella mujer
tan irritante que estaba sentada al otro lado de la mesa, jugando con la comida
en el plato. Las largas pestañas le ocultaban los ojos.
-La próxima semana no me viene muy bien, papá.
-¿Por qué? ¿Algo va mal? ¿Ryan está bien?
Hacía mucho tiempo que Sebastián se había resignado a no
guardar secretos con su padre. Tenía una habilidad extraordinaria para darse
cuenta de cuándo su hijo o su nieto tenían un problema.
-No. estamos bien los dos. Es que Ryan acaba de empezar en
un colegio nuevo y yo tengo que preparar mis clases.
-Todavía no entiendo por qué abandonaste tu trabajo como
ahogado criminalista -refunfuñó su padre.
-Ya te lo he explicado, papá. Ir a los tribunales me quitaba
mucho tiempo para estar con Ryan. Trabajando en la universidad tengo casi el
mismo horario que él. Ha perdido a su madre, lo menos que puedo hacer es
asegurarme de que su padre pasa tiempo con él.
-Tienes razón, hijo -contestó el padre después de una breve
pausa-. Lo que pasa es que os echo de menos. No os molestaré. Solo quiero
comprobar por mí mismo que mi nieto se va adaptando a su nuevo hogar. Intentaré
avisaros antes de llegar -y antes de que Dillon tuviera tiempo de replicar
nada, su padre colgó.
Al colgar el teléfono, Sebastián se dio cuenta de que Eiza
se había marchado inadvertidamente de la habitación. Que Eiza y su padre, que
era un sentimental, se conocieran era lo último que necesitaba... y que se
enterara además de que estaban casados, aunque fuera solo algo temporal... Aún
recordaba lo que le había dicho poco después de la muerte de su madre, cuando
él era aún un adolescente: «El amor y la pareja perfecta son lujos muy
difíciles de encontrar».
-¿Dónde has encontrado este libro? -preguntó Eiza
irrumpiendo en la cocina como un torbellino con el viejo diario en las manos.
Era la primera pista que Eiza encontraba sobre Glenda Reyna.
Su corazón albergó una frágil esperanza. Seguir pistas hasta encontrar lo que
buscaba era su especialidad. No podía creer que hubiera encontrado aquella
curiosa referencia a su apellido en aquel libro, justo ahora que quería
desesperadamente irse de esa casa.
Sebastián la miró sin comprender.
-Este diario -explicó levantando el libro para que Sebastián
supiera de lo que estaba hablando-. ¿De dónde lo has sacado?
-Reyna es un apellido muy poco corriente. Ayer, después del
claustro, me pasé por la biblioteca de la universidad a ver qué encontraba. El
bibliotecario jefe colecciona biografías.
Eiza le entregó el libro a Sebastián cuidadosamente. ¿Cómo
iba a irse ahora? Ahora que tenía una pista, aunque fuera solo una remota
posibilidad, que podía conducirla hasta su madre...
Este es el diario de Rebecca Reyna...
Sebastián pasó la mano suavemente por la amarillenta página
del libro y Eiza no pudo evitar pensar en lo mucho que le había gustado a ella
sentir esas mismas manos protectoras en su cuerpo. Desechó esa idea. Era una
persona cabal y responsable, ya era hora de dejarse de sensiblerías.
-Mi nombre completo es Eiza... González... Reyna.
-Lo sé.
Capítulo 9
-El nombre de mi madre es Glenda Reyna.
-¿Por qué te preocupa a ti eso?
Sebastián comprendía un poco por lo que Eiza había pasado.
Él era un adolescente cuando murió su madre y se había sentido furioso por lo
que le parecía un abandono. A menudo se preguntaba que había hecho él mal para que
Dios decidiera arrebatársela.
-¿Es esta la primera vez que intentas buscar a tu madre?
Tienes que saber que no es culpa tuya que te abandonara en el hospital -dijo,
consciente de que se preocupaba por ella. Y mucho.
Eiza estaba erguida, muy quieta, mirando fijamente el diario
como si tuviera en su poder el tesoro más preciado. Mantenía la barbilla
levantada como si de esa manera pudiera disimular lo mucho que aquel hallazgo
la había afectado.
Sebastián se había acostumbrado a esas barreras que ella
levantaba a su alrededor constantemente. Se preguntó si esas mismas barreras
terminarían por derrumbarse...
-Nunca lo había intentado hasta... hace muy poco -estaba
claro que no quería hablar de su madre.
Sebastián sentía su olor a vainilla tan característico y no
podía apartar de ella su mirada. Confuso por sus emociones, dio un paso hacia
delante; no iba a permitirle huir otra vez.
-¿Por eso estás tecleando en el ordenador hasta la
madrugada? No es nada del trabajo, ¿verdad? Es porque estás buscando a tu
madre.
Sebastián atesoraba los recuerdos que conservaba de su
madre. Deseaba ayudar a esa mujer a encontrar a la suya. Intentó detenerla pero
ella lo rechazó empujándolo lejos con los brazos.
-Ei...
Sebastián trató de acercar su rostro al de Ei pero ella ya
no estaba; se alejaba por el pasillo, con la mano levantada, como para
protegerse de él.
-No quiero tu lástima, no la necesito. Sebastián Rulli
-espetó, como una gata asustada y acorralada, corriendo hacia las escaleras.
Desgraciadamente, la lástima no tenía nada que ver con lo
que él sentía. Ojalá solo fuera eso. Esa vez, por el bien de ella, no la iba a
dejar escapar tan fácilmente. Dominando su frustración, la siguió escaleras
arriba.
-Ei, yo puedo ayudarte -dijo gritando para que ella se
detuviera a escucharlo.
-No quiero tu ayuda -replicó Eiza sin volver la cabeza.
Sebastián admiraba aquel espíritu indómito e independiente,
pero estaba llevando su autosuficiencia demasiado lejos.
-Podría haber algo en ese diario que te ayudara a encontrar
a tu madre.
Eiza había llegado al rellano de la escalera y se volvió
repentinamente. Se quedó mirando el diario que Sebastián balanceaba ante ella
con la esperanza de atraer su atención.
Mereció la pena. Su aire desafiante se convirtió en curiosidad.
Eiza se acercó a él, vacilante, atraída por el libro.
-El diario podría ser un punto de partida -dijo tratando de
engatusarla.
Ella se fue acercando hasta agarrar el diario que Sebastián
le tendía como si fuera un salvavidas. Eiza pensó que lo más apropiado hubiera
sido hacer sus maletas y marcharse.
-Rebecca podría ser una antepasada lejana tuya.
La seductora voz de Sebastián la envolvía. Ese hombre que
estaba allí de pie frente a ella en el pasillo con las manos en las caderas
parecía desafiarla a aceptar lo que él tenía que ofrecer: su hijo, un hogar, y
la oportunidad de no estar sola nunca más.
-No sé por qué he iniciado esta búsqueda. A ella nunca la ha
preocupado lo que a mí me pudiera pasar.
Mientras susurraba ese secreto temor, la distancia entre
ellos se acortó y él la rodeó dulcemente con sus brazos.
-Me parece natural que quieras saber quiénes son tus padres,
independientemente de cómo se hayan portado contigo. A lo mejor tu madre tenía
una razón justificada para abandonarte en el hospital.
Al contacto físico con Sebastián sintió un escalofrío que
nada tenía que ver con la conversación que los ocupaba.
-Quizá, pero ninguna madre abandonaría a su propio hijo por
nada del mundo -dijo, amargamente, con la voz entrecortada.
-Puede que simplemente no pudiera hacerse cargo de ti -dijo
Sebastián.
Eiza se separó un poco de él. Quería creerlo con todas sus
fuerzas.
-Es mucho más probable que desde el principio no quisiera
tener ningún bebé y que no supiera que hacer conmigo cuando nací.
-Eso no lo puedes saber -dijo Sebastián. Le partía el
corazón ver reflejada en su rostro la terrible soledad en la que había vivido.
-Ninguna situación, por horrible que fuera, me haría
abandonar a un hijo mío para que lo tuvieran que cuidar unos desconocidos -dijo
Eiza con vehemencia.
Conmovido, Sebastián le secó con el pulgar una lágrima que
le caía por la pálida mejilla. Un cúmulo de circunstancias habían convertido a
Eiza en una mujer formidable.
Con mucho cuidado para que no se sobresaltara. Sebastián la
atrajo hacia él, le rodeó la cara con sus manos y le acarició las mejillas con
los pulgares. Se acercó peligrosamente a esos ojos del color del whisky y
pensó... que quizá él podría ofrecerle algo que ella nunca había tenido.
-Sé que tú nunca abandonarías a tu bebé -dijo Sebastián con
un nudo en la garganta de imaginarse el vientre de Eiza con un hijo de ambos-.
Déjame que te ayude a encontrar a tu madre. Entre los dos lo conseguiremos
-añadió suspirando ante la idea de pasar tiempo con ella, trabajando en la
intimidad.
Sebastián bajó las manos hasta los hombros de Eiza, la
atrajo hacia él y le dio un beso ilícito. Era todo lo que más deseaba en esos
momentos. Se le ocurrió que si conseguía que Eiza pasara tiempo junto a él
buscando a su madre, quizá olvidaría lo de la maldita anulación.
Deslizó suavemente su boca por la de ella, hasta que
consiguió que Eiza entreabriera los labios invitándolo a entrar. Eiza rodeó
entonces con sus brazos la cintura desnuda de él y Sebastián sintió que caía al
vacío.
Aquello podía ser peligroso emocionalmente para él. Separó
sus labios de los de ella antes de que su excitación venciera sus buenas
intenciones. Las delicadas facciones de Eiza habían adoptado un gesto soñador.
-Vuelve conmigo a la cocina y léeme en voz alta mientras
lavo los platos del desayuno -sugirió con suavidad; si conseguía centrar su
atención en algo tan trivial como los platos del desayuno, a lo mejor tendría
suerte y conseguiría alejarse del borde de aquel precipicio que tanto lo
atraía.
-Ryan quiere que lo arropes -dijo Sebastián desde el umbral
de la puerta del dormitorio de Eiza, interrumpiendo su lectura del diario de Rebecca.
No la había vuelto a ver desde que saliera de casa para
recoger a su hijo. Eiza había estado tan enfrascada con la lectura del diario
que ni siquiera se había dado cuenta de que él había salido. Tenía gracia, pero
a Sebastián lo enojaban esas faltas de atención.
Incluso ahora, Eiza tenía la mirada como perdida, como si no
entendiera lo que le decían.
-Ei...
-Está bien, ya voy -puso el libro debajo de la almohada y un
hermoso tono rosado tiñó sus mejillas.
Eiza salió de su cuarto sin mirar a Sebastián y se dirigió
al cuarto de Ryan. Las suaves cadencias de su voz tenían un efecto sedante
sobre él y estaba seguro de que también tenían ese efecto sobre su hijo.
Ryan adoraba a Eiza. Era algo evidente. ¿Qué le iba a decir
al niño cuando la mujer que él quería que se convirtiera en su nueva mamá los
abandonara?
Sufría al considerar tal posibilidad. ¿Cómo iba a permitir
que se fuera de su lado aquella mujer tan contradictoria e imprevisible? Y si
se iba ¿qué iba a hacer para proteger a Ryan del inevitable dolor que sentiría?
¿Por qué seguía sin ocuparse de esos papeles?
Desesperado, empezó a trabajar mentalmente en una lista
nueva: Eiza era testaruda, no sabía cocinar, era desordenada y no limpiaba lo
que ensuciaba. Siempre dejaba el abrigo tirado en el sofá, y nunca sacaba la
ropa limpia de la secadora. Desde luego estaba muy lejos de ser la perfecta ama
de casa.
Sebastián había notado que se ocultaba del mundo detrás de
sus gafas, subiéndoselas con fuerza por el puente de la nariz cuando se ponía
nerviosa.
-Buenas noches, Ryan.
Los ojos de Eiza se inundaron de lágrimas al abandonar el
cuarto del niño.
Sebastián la observaba. Ella se subió las gafas en un gesto
puramente defensivo, como para ocultar esas emociones de él. Sin poder
reprimirse. Sebastián le arrancó las gafas de la cara.
-Te escondes detrás de estos chismes, ¿por qué?
-No me escondo detrás de nada, las necesito para leer.
Devuélvemelas -contestó ella tratando de recuperarlas. Pero Sebastián levantó
el brazo y se lo impidió.
Eiza se dio cuenta de que solo podía recuperarlas si se
pegaba completamente al cuerpo de él y apretaba su pecho contra el suyo. Dio un
paso atrás con la mano extendida.
-Esto es una tontería. Devuélvemelas.
La verdad era que tenía razón, aquello era completamente
infantil.
-Te las devuelvo si te vienes al salón conmigo a comer
palomitas de maíz.
Sebastián se sentía como el chico malo del patio del
colegio. No quería que Eiza se le escapara.
-El chantaje es un delito, Sebastián Rulli.
-Ya lo sé. Nos vemos en el salón. Y tráete el diario de Rebecca.
Y tras poner sus condiciones, se fue con sus gafas dejándola
boquiabierta como a una adolescente. Intentó comprender lo que acababa de
ocurrir.
¡Sebastián Rulli le había robado las gafas! ¡Decir que se
ocultaba tras ellas! ¡Vaya una acusación más estúpida! Las necesitaba para
leer. Eiza echó de menos los tiempos en los que su vida discurría sin
complicaciones, sin sentirse alterada a cada momento por culpa de un insolente
profesor de Derecho.
No iba a permitir que se saliera con la suya. Hasta ese
momento, el diario de Savannah no le había revelado nada importante. Lo mejor
habría sido devolvérselo ya, pero no quería. Sebastián Rulli no iba conseguir
nada dando órdenes y chantajeando.
Por lo que había leído. Rebecca Reyna era un personaje
admirable fuera o no, antepasada suya. Era una mujer que se había abierto camino
por sí misma en los tiempos de la frontera del Oeste, cuando la vida era
especialmente dura. Había mostrado una fortaleza y una entereza que Eiza no
podía dejar de envidiar. Ella no era así.
La asaltó a traición la imagen de su cuerpo pegado al de Sebastián.
El recuerdo de aquellos besos en su cuarto le quemaba aún las entrañas.
¿Qué hubiera hecho Rebecca en una situación así? Sin duda se
habría hecho con el control de la situación. Con el diario en la mano, Eiza
descendió las escaleras dispuesta a decirle algo a Sebastián al más puro estilo
«Reyna»: pensaba hacer las maletas y marcharse.
Mientras metía la bolsa con las palomitas en el microondas, Sebastián
Rulli se preguntaba por qué se había comportado así ¿Se habría vuelto loco? Era
evidente que a Eiza no le gustaban ese tipo de intrusiones, pero sus constantes
contradicciones le habían hecho olvidar que era un hombre sensato y razonable.
Cada vez sentía con más fuerza la necesidad de estar junto a
ella, de hacerla suya, y eso lo preocupaba. Él no era ningún troglodita sin
modales con las damas, pero por alguna razón, Eiza despertaba ese lado
primitivo en él. Había veces que lo único que quería era levantarla del suelo,
cargarla a los hombros y llevársela a su guarida. Se sentía ridículo dando
rienda suelta a esas fantasías. Al fin y al cabo era abogado y siempre se había
gobernado por los hechos y por la razón.
Sonó el timbre del microondas y Sebastián sacó las palomitas
ya listas con cuidado de no quemarse.
A pesar de que era todo lo contrario de lo que había
descrito en sus listas, algo dentro de él quería que se quedara con él... ¿Cómo
su esposa? Era demasiado infantil, no se podía quedar con Eiza como si se
tratara de una moto nueva que se le había antojado.
Sebastián no podía olvidar cómo se había sentido al rodear
con su cuerpo el tierno cuerpo de ella, y cómo ella había respondido a sus
besos cuando por fin dejó de defenderse. Casi se rio en voz alta al recordar lo
avergonzada que estaba Eiza cuando él casi se quedó desnudo después de la
aciaga partida de póquer.
Se había marchado de la habitación a toda velocidad para no
tener que ver lo más masculino de su cuerpo.
Siempre había tomado las grandes decisiones de su vida
serenamente, no le gustaba la confusión. Cuando se casó con Joan todo resultó
tan natural como respirar. Pero casarse con Eiza había sido un error
lamentable.
Y sin embargo se sentía fascinado por ella. Sentía algo
primitivo, volcánico, quizá obsesivo por ella. Deseaba ser el Príncipe Azul de
Eiza, que ella se convirtiera en su Bella Durmiente. Su existencia se había
quedado reducida a un infantil cuento de ha-das. Asegurándose de que llevaba
las gafas en el bolsillo, agarró una bandeja cargada de aperitivos y se dirigió
al salón. Para su sorpresa, Eiza ya estaba allí, esperándolo, sentada en el
sofá.
A juzgar por su actitud, parecía avecinarse una tarde
difícil. Su expresión clamaba venganza. Sebastián casi tropezó del acaloramiento.
Sin apartar los ojos de ella, puso la bandeja en la mesa de café y se sentó en
el sofá tan lejos de ella como le era posible.
Muy bien, estaba claro dónde iba a estar el frente de
aquella batalla.
-¿Has encontrado algo útil en el diario? -preguntó Sebastián
alegremente, dándole un gran trago a su cerveza para calmar la sed.
-Mis gafas...
Sebastián llenó de palomitas un vaso de papel. Se lo pasó a
Eiza junto con las gafas. Sus dedos se rozaron. Ella puso un gesto victorioso y
desafiante.
-No he encontrado nada, pero el diario me ha sugerido un par
de ideas -dijo Eiza respirando profundamente para dominar el nerviosismo que le
oprimía la garganta.
Era ella la que debía estar al mando de la situación, no
esos nervios cada vez más desquiciados de los que hacía gala cada vez que
estaba con aquel hombre.
-Cuando Savannah escribió su diario, era dueña y directora
de una casa de huéspedes en Shaniko, Oregón. No tenía hijos. Tenía un hermano llamado
Jeremy Williams Reyna y este tuvo un hijo, William Richard, en 1910. Después de
eso ya no hay nada.
-Al menos, es un comienzo. A lo mejor puedes encontrar a tu
madre siguiendo la pista de los descendientes de William -dijo Sebastián
agarrando una palomita.
A Eiza no le gustaba el gesto de Sebastián: sus ojos se
habían tornado oscuros y miraba sus labios de forma insinuante. Eiza sintió que
los labios se le secaban por la expectación.
Sebastián acercó una palomita a los labios de Eiza.
-Sebas Rulli, ni te atrevas a darme de comer como a una niña
-saltó ella alarmada.
-¿Por qué? -preguntó él con gesto inocente.
-Porque no necesito que me pongan la comida en la boca. Si
quiero comer palomitas me las sirvo yo sola -repuso con firmeza.
-¿Estás segura?
-Por supuesto que estoy segura, no soy ninguna niña -a pesar
de su actitud, Eiza sintió escalofríos por todo su cuerpo.
-Es una lástima, te estás perdiendo una de las mejores cosas
de la vida.
Eiza se quedó como hipnotizada por la promesa que encerraban
esas palabras. Olvidándose de las palomitas y de su rechazo inicial, sintió
cómo la golosina rozaba sus labios. Era ya tarde para defenderse. Eiza abrió la
boca como un pajarillo que acepta el alimento de su madre.
Lo único que podía hacer ya era masticar y saborear aquel
manjar que habían tocado los dedos de Sebastián. Al notar la mirada divertida
de Sebastián, quiso huir antes de perder las pocas defensas que le quedaban. Ya
había empezado a olvidar por qué tenía que marcharse.
Pero era demasiado tarde. Como si se hubiera dado cuenta de
su plan de huida, Sebastián acortó la distancia entre ellos, la agarró
dulcemente de la muñeca y la mantuvo así junto a él como si pudiera encadenarla
de esa manera como el más fuerte de los aceros.
-¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo?
-Yo no tengo miedo de nada, Sebastián Rulli.
-Pues demuéstramelo, Eiza Rulli González -replicó él
desafiante-. Siéntate conmigo y compartamos estas palomitas. Háblame de tu
madre, déjame que te ayude a encontrarla.
¿Le permitiría inmiscuirse en su vida? Sebastián miraba atentamente
aquellos ojos brillantes y recelosos. Estrechó su muñeca con suavidad, para
hacerle saber que podía contar con él, y al hacerlo, sintió su pulso.
Quería y necesitaba que Eiza le permitiera ayudarla.
Eiza se relajó un poco, se reclinó en el sofá y Sebastián
hizo lo mismo. Lo miró con los ojos muy abiertos, tratando de estudiarlo
fríamente.
-No hay nada que contar de mi madre que no sepas. Me
abandonó en el hospital nada más nacer yo. Solo sé su nombre. Hasta ahora no he
tenido suerte en mi búsqueda. No es una historia tan especial, ni tan
espantosa. No me voy a morir por no encontrarla. He vivido sin ella toda mi
vida.
Por primera vez desde que estaban juntos por culpa de aquella
boda equivocada, Eiza habló con total sinceridad de algo íntimo para ella.
Nunca había hablado tanto rato sobre sí misma. Sebastián se dio cuenta de que
necesitaba a alguien que la cuidara y se preguntó si no sería él el más
apropiado para ello.
¿Era amor lo que sentía? Las emociones contradictorias que
sentía lo desconcertaban. Él no aspiraba a volver a encontrar el amor. Lo que
sentía por Eiza era desconcertante y a la vez increíblemente fuerte. Pero no
podía ser amor.
-Quiero ayudar -repitió- siendo dos, seguro que averiguamos
algo.
-No necesito ayuda, Sebastián.
-Sí que la necesitas -dijo Sebastián, que no estaba
dispuesto a rendirse tan fácilmente.
-He dicho que no.
-Eres como una chiquilla testaruda.
-Ni soy testaruda, ni soy una chiquilla.
-En eso último tienes razón, no eres ninguna chiquilla.
Sebastián se rio y aprovechó la sorpresa de Eiza para
ponerle otra palomita de maíz en la boca. Se reclinó sobre ella y le dio un
largo y dulce beso en el cuello. Tuvo que contener su deseo de ir más lejos.
-Y no soy testaruda -continuó Eiza con tono insolente.
-¿No?
-No.
-Entonces déjame ser tu ayudante en la investigación.
¿Aceptaría su ofrecimiento?
-Eres muy insistente -musitó Eiza ruborizándose.
-Así es.
Lo único que Sebastián deseaba en esos momentos era besarla
hasta hacerla temblar pero, en lugar de eso, le dio un casto beso en la frente
como para cerrar el trato. Deslizó entonces los labios hasta sus sienes y
sintió con excitación el pulso de ella en su boca.
-Todo el mundo necesita a alguien alguna vez -añadió.
Apartándole los sedosos cabellos, la besó en el apetecible
lóbulo de la oreja y se sintió desbordado de deseo. Eiza inclinó tímidamente la
cabeza y eso le brindó a Sebastián una mejor vista de lo que en ese momento era
su objeto de deseo.
-No tienes por qué... -su voz sonó profunda, ensimismada.
Era verdad, él no tenía por qué.
Confuso por tanta emoción contradictoria, Sebastián se puso
en pie apresuradamente, dejando a Eiza en el sofá como una leona herida lista
para defender sus llagas. Tenía que detenerse a pensar. Idear un nuevo plan.
Urgentemente, antes de que perdiera el juicio por completo.
-Tengo trabajo que hacer, gracias por comer palomitas
conmigo -espetó Sebastián atropelladamente.
Quedaba como un tonto diciendo eso, pero no pudo remediarlo.
La situación con Eiza estaba fuera de su control. ¿Cómo era
posible que siguiera considerando continuar casado con ella?
-¿Qué pasa entonces con el diario? –preguntó Eiza perpleja.
-Nos reuniremos para hablar de eso mañana.
Sebastián estaba seguro de que Eiza pensaría que estaba
loco: besándola e insistiendo en que tenía que aceptar su ayuda para después
irse corriendo y dejándola sola. Aquello era una locura.
Tenía que intentar dilucidar qué significaba lo que sentía,
y no lo iba a conseguir mientras estuviera tan próximo a esa mujer. Cuando
estaba con ella, lo único que quería era tocarla... explorar sus lugares
secretos. Al contacto físico con ella estaba perdido. Se dirigió con decisión a
su despacho, cerró la puerta tras él para que aquella belleza de ojos del color
del whisky no pudiera perturbarlo.
Capítulo 10
Horas más tarde. Sebastián seguía sentado a su escritorio
meditando. Releía atento la lista que había confeccionado meticulosamente.
Mujer de negocios.
Adicta al trabajo. No es hogareña.
No sabe preparar comida de verdad.
Está a la defensiva, evita cualquier intimidad. Quiere a
Ryan.
Le gusta el zoo.
Prepara unas galletas de chocolate deliciosas. Tiene el pelo
largo y sedoso.
Cuando está excitada sus ojos adoptan el color de un whisky
añejo.
Tiene un hondo concepto de familia. Sería una madre
fantástica. Me hace reconsiderar mi soltería. Quiere la anulación.
Sebastián sabía que había sobradas razones para pedir la
anulación No se habían casado por voluntad propia, sino por un cómico y
desafortunado error. Entonces...
¿Qué le estaba haciendo a él reconsiderar las cosas?
Cuando más lo pensaba, más se convencía de que esos
sentimientos no tenían nada que ver con el amor. Y eso le hacía sentir cierto
alivio. La atracción física era algo muy diferente del amor que unía en cuerpo
y alma a un hombre y una mujer.
Sebastián dibujaba figuras geométricas entrelazadas en su
papel cuando llamaron a la puerta de la calle. Miró el reloj que tenía en su
escritorio, y se metió la nueva lista en el bolsillo antes de ir a ver quién
llamaba a su puerta a las once de la noche.
-¿Qué haces aquí, papá?
-¡Qué alegría de verte, hijo! Déjame entrar y cuéntale a tu
viejo lo que te pasa.
Sebastián se preguntó que más podía pasarle para complicar
su existencia.
No le había dicho a su padre nada acerca de Eiza y tenía
buenas razones para no hacerlo. No era que le diera vergüenza, pero ¿iba a
creerse él su historia del matrimonio por accidente? Lo ocurrido iba a salir a
la luz y su padre se iba a morir de la risa.
A la mañana siguiente, unas risas sofocadas despertaron a Eiza
Se sentía agotada, como si hubiera dormido sobre un guisante, como la princesa
del cuento.
La noche anterior, cuando Sebastián abandonó el salón de
forma tan precipitada, la dejó en un estado de total excitación del que solo se
recuperó al oír el portazo en su despacho. Había estado tan ocupada huyendo de Sebastián
que no se había parado a pensar en lo que él quería.
No estaba preparada para enfrentarse a él de nuevo, así que
se duchó con calma. Se puso unos vaqueros y una camiseta amarilla tranquilamente,
e incluso se cambió el color del esmalte de uñas del color rosa pálido que
llevaba a un rojo intenso. Se dio cuenta entonces de lo cobarde que estaba
siendo.
¿Acaso tenía miedo de aquel profesor de Derecho, alto y bien
parecido? Claro que no. Ella nunca había dejado que ningún temor tomara sus
decisiones y no pensaba empezar ahora. No había razón alguna para quedarse
escondida en su cuarto. Además, tenía hambre, y si era amable con él, podría
conseguir que le preparara sus fantásticos huevos revueltos.
Eiza bajó las escaleras con decisión y se dirigió sin
titubeos a la cocina. Se detuvo de pronto, desconcertada al ver a un extraño
sentado a la mesa con Ryan.
-Esta es mi nueva mamá, abuelo -dijo Ryan escurriéndose de
los brazos de su abuelo y abrazando a Eiza con fuerza por la cintura.
Eiza devolvió el abrazo. No estaba acostumbrada a tener
sentimientos maternales. Miró al anciano al que Ryan llamaba «abuelo», y vio
que Sebastián estaba justo detrás junto al horno, mirándola con las cejas
levantadas.
-¿Tu nueva mamá?
El abuelo era un caballero de facciones duras, cabellos
canosos, cejas pobladas y un bigote exquisitamente cuidado. Con casi setenta
años, era aún un hombre atractivo. Tenía las líneas de expresión muy marcadas
alrededor de los ojos, iguales a las de Ryan y Sebastián. No cabía duda de que
era el padre de Sebastián.
El abuelo sonrió a Eiza al ver cómo su nieto la abrazaba.
-Papá, esta es Eiza González... Rulli.
-¿La esposa que te has buscado accidentalmente?
A Eiza le hubiera gustado darle una patada en la espinilla a
su... marido. ¿Qué le habría contado Sebastián?
Previendo la respuesta de Sebastián, Eiza tomó en brazos a Ryan
para darse valor y se sentó en una silla con él en su regazo.
-No se enfade demasiado. No fue culpa nuestra, señor Rulli.
Jake, mi hermano adoptivo, organizó un concurso de cita a ciegas para un hogar
de mujeres y resulta que el juez de paz nos casó de verdad porque se equivocó
de boda... -cuando terminó, estaba sin aliento.
Nunca antes había tenido que darle explicaciones de sus
actos a un padre de carne y hueso, y en cierto modo, era como si el padre de
Sebastián también fuera el suyo. Esa idea la hizo sentirse extraña y al mismo
tiempo satisfecha.
-No estoy enfadada, chiquilla. Sebas ya me contó vuestra
aventurilla. Pero ya que ahora vas a ser mi nuera, puedes llamarme Óscar... o
papá, si lo prefieres.
A Eiza se le hizo un nudo en la garganta ¿Papá?
-No, usted no lo entiende. Esto es algo solo temporal. Le
parecerá raro, porque estoy viviendo aquí y todo, pero es que tuve que
abandonar mi apartamento y Sebastián insistió en que me quedara con él. Bueno,
ya me entiende, no con él, sino aquí, hasta que encuentre otra cosa, aunque
hasta el momento no he tenido tiempo de buscar. Y además, Sebastián ya ha hecho
la solicitud de anulación para que todo este lío quede aclarado de una vez.
Cuanto más trataba de aclarar la situación más nerviosa se
ponía. Mike arqueaba sus pobladas cejas, igual que su hijo.
Según los miraba, a Eiza se le encogió el estómago. Estaba
acostumbrada a dar seminarios y a hablar ante el consejo directivo de su
empresa sin inmutarse, y, sin embargo, allí estaba, dándole explicaciones a aquel
señor y sintiéndose como una colegiala que ha hecho algo malo.
Óscar le guiñó un ojo.
-Estoy seguro de que sabréis arreglar esto. Ya tengo una
hija, pero no me importaría tener otra. Lo estaba esperando desde hace mucho
tiempo.
Sebastián estaba tan sorprendido como ella, aunque por
diferentes razones. No podía creer la reacción de su padre ante la noticia de
un matrimonio tan extraño. Su padre tenía una visión de la vida completamente
diferente a la suya. Parecía confiar en el universo y en lo que este le
deparaba. Había tratado de inculcar a Sebastián desde muy joven que lo
inesperado también era parte de la vida. Pero la verdad era que él no estaba
preparado para algo tan inesperado como tener de repente a alguien como Eiza en
su vida.
Su padre sabía que todavía no había solicitado la anulación
y, después de conocer a Eiza, parecía mostrarse de acuerdo con esa decisión.
-Tengo que llevar a papá al aeropuerto más tarde tiene que
ir a Chicago por negocios. ¿Te gustaría acompañarnos? Así me ayudas con Ryan.
Le encanta ver despegar los aviones.
Sabía que a Eiza le gustaba estar con su hijo y lo utilizó a
su favor. Ryan se bajó del regazo de Eiza y se puso a saltar con entusiasmo.
Sebastián se mantuvo al margen, dejando a Ryan hacer el trabajo.
-Por favor, Ei, ¿podemos ir? Quiero ver como vuela el avión
del abuelo, ¿podemos ir?
-No hace falta que yo...
-Sí que haces falta. Quiero conocer un poco más a mi nueva
nuera. No voy a aceptar un «no» por respuesta, niña.
El poder de persuasión del padre era incluso más efectivo
que el de Ryan. La gentil petición del hombre le hizo fruncir el ceño. No podía
negarse a ir.
Sebastián observó cómo Eiza se tomaba la orden de su padre y
sintió que algo se derretía dentro de su pecho. Empezaba a conocerla bien.
Aunque estaba llena de sorpresas, sabía muy bien que no le gustaba que la
manipularan. Sin embargo, por alguna razón, parecía no poder resistirse a los
Stone.
-Venga, Ei. ¿Tienes miedo de ir al aeropuerto con nosotros?
Te prometo que no nos vamos a unir contra ti.
Ella no lo decepcionó.
-Está bien, vamos -aceptó Eiza mirando a Ryan e ignorando
por completo a Sebastián y a su padre -iré con vosotros, pero solo porque lo
pides tan amablemente.
Eiza se echó a reír al ver los saltos de alegría de Ryan, y
Sebastián volvió a sentir ese deseo persistente de abrazar y de proteger a
aquella mujer tan testadura, de besarla, besarla hasta perder el sentido, de
hacer el amor con ella hasta que el mundo dejara de dar vueltas en su órbita.
Sebastián estaba empezando a querer a esa mujer que en nada
se parecía a su idea original de la mujer perfecta. Aquella mujer profesional,
testaruda y contestataria estaba poniendo su vida patas arriba y estaba
resultando ser exactamente lo que su sediento corazón anhelaba.
De camino al aeropuerto, Eiza observó con suspicacia la
manera en que Sebastián y Ryan hablaban con el abuelo. Estaba segura de que
aquel hombre planeaba algo. La mirada que le había lanzado en la cocina cuando
ella anunció que iría con ellos estaba llena de intenciones.
Fueron en el coche de Eiza, pues les pareció más práctico
que la camioneta de Dillon para ir con la familia al aeropuerto. Familia.
Sebastián tenía una hermana, un padre... y a Ryan. Eiza sintió un enorme peso
en su pecho al pensar en las cosas que se había perdido al crecer sin madre.
El viaje al aeropuerto apenas duró media hora. No había
mucho tráfico y Eiza seguía las bromas de Óscar, Sebastián y Ryan durante el
trayecto.
Eiza agradeció a Mike que la incluyera en la conversación y
terminó contándole al padre de Sebastián cosas sobre ella. A su pesar, sentía
una gran simpatía por aquel hombre extraordinario... y sintió miedo. Ella nunca
había tenido una familia que la quisiera como Óscar quería a su hijo y a su
nieto.
«Sí que tienes una familia», le decía una voz traicionera
dentro de su cabeza, «durante algún tiempo seguirás casada legalmente con
Sebastián. Eso te convierte en su esposa, en la madre de Ryan y en la hija
política de Óscar».
Estacionó en el aparcamiento del aeropuerto desesperada por
entretenerse con algo y evitar así analizar los sentimientos que se escapaban
de la caja de Pandora que acababa de abrir.
-¿Ei? ¿Te encuentras bien? -preguntó Sebastián.
-Claro que me encuentro bien -contestó ella, hecha un manojo
de nervios.
-Estás pálida.
Sentirse tan observada por Sebastián la incomodó. Tembló al
notar la mirada de él en su boca. Notó cómo sus ojos verdes se oscurecían por
el deseo
-Estoy bien, en serio. Si no nos damos prisa, tu padre
perderá el avión -dijo dirigiéndose a los ascensores que conducían al edificio
principal del aeropuerto.
Ella no tenía que estar allí. Cada minuto que pasaba, iba
cayendo más y más bajo el hechizo de Sebastián. Lo único que tenía que hacer
era quedarse en un segundo plano mientras Sebastián se despedía de su padre.
Luego, solo tendría que llevar a los Rulli a su casa y escapar, estar sola y,
con un poco de suerte encontrar una salida al lío en el que se hallaba.
Sabía qué el amor no podía funcionar para ella. Preocupada
con su plan de salvación, la pilló desprevenida que Óscar, ya en la puerta de
embarque, se acercara y le diera un cariñoso abrazo.
-Eiza, me alegro mucho de que seas parte de nuestra familia.
Sé que tú y mi chico resolveréis vuestras diferencias. Evidentemente estáis
enamorados. Eso es lo único que importa -dijo Mike sin rodeos, poniéndose un
poco rojo. No debía de estar acostumbrado a dar ese tipo de consejos.
Eiza no se habría quedado más anonadada si le hubiera dado
un millón de dólares. Inmóvil como una estatua, vio a Óscar despedirse de su
nieto.
-Adiós, campeón. Nos vemos pronto -dijo Óscar despeinando
los cabellos de Ryan y levantándolo en sus poderosos brazos.
-Adiós, abuelo.
Eiza contuvo las lágrimas ante aquella imagen. Ella nunca
había tenido algo así.
Miró a Sebastián con la esperanza de que no se hubiera dado
cuenta de su sentimentalismo. Él tenía lo que ella quería. Alguien que la
quisiera tanto como para echarla de menos si tomaba un avión dejándolo allí.
«Evidentemente están enamorados».
Sí que amaba a Sebastián. Más que a su propia vida. Se había
tratado de engañar a sí misma, pero Óscar se había dado cuenta de la verdad.
Solo en una cosa se había equivocado: su marido no la correspondía.
Sebastián no podía estarse quieto en su asiento. Miraba
constantemente a Ryan que se había quedado dormido nada más volver al coche. Y
miraba a Eiza. Estaba tan callada... tan pensativa. Tenía el ceño ligeramente
fruncido mientras conducía por la autopista entre el tráfico de la tarde de
regreso a casa.
A su padre, que era muy bueno juzgando a las personas, le
había gustado Eiza. ¿Qué le habría dicho cuando la abrazaba para despedirse? Él
estaba muy lejos para oírlo, pero había notado la sorpresa de Eiza. Y ella no había
dicho ni una palabra desde entonces.
Cuando llegaron a casa, Sebastián llevó a su hijo a la cama
sin despertarlo. Lo tapó dulcemente con una manta. Le apartó un mechón de
cabello rebelde de la frente y pensó en lo mucho que el niño quería a Eiza. Y estaba
seguro de que era mutuo.
Ese era uno de los argumentos que podía esgrimir a su favor
para convencerla de que se quedara. No sabía si lo que sentía era amor, pero
estaba claro que se sentía intensamente atraído por ella. Tenía cierto sentido
olvidar la anulación y permanecer casados.
Bajó las escaleras y se le ocurrió hablar con Eiza y
presentarle el caso, de la misma manera que él hubiera presentado las
conclusiones finales ante un jurado: serena y ordenadamente. La encontró de pie
en medio del salón, de espaldas a él, con una foto de él con su familia en las
manos. Sebastián puso las manos en sus delicados hombros. El cuerpo de ella se
inclinó dócilmente y su cuerpo quedó perfectamente unido al de él. Sebastián
miró por encima del hombro de Eiza para ver la foto que ella tocaba con su
meñique.
-¿Qué te ha dicho mi padre? -preguntó Sebastián
concentrándose en un mechón rubio y sedoso que le hacía cosquillas en la
barbilla y en el sutil aroma a vainilla que había aprendido a asociar con Eiza.
Sebastián se acordó de la nueva lista que había confeccionado esa misma mañana
y que mantenía perfectamente doblada en su bolsillo.
Ella se encogió de hombros y suspiró.
-Dijo que se alegraba de que yo fuera parte de la familia.
Sebastián le quitó la foto y la volvió a colocar en la
repisa de la chimenea. Ella se dio la vuelta, lo miró con aire de incredulidad
y el corazón de Sebastián se aceleró. Dulcemente, borró con sus dedos el frunce
de su ceño, de la misma manera que solía hacerlo con Ryan.
-Yo también me alegro.
Sebastián no quiso desaprovechar la excelente oportunidad
que esta nueva y serena Eiza le brindaba de llevar a cabo su plan. Acercó sus
labios a los de ella, dulce e inexorablemente, tratando de hacerle ver que la
atracción que sentían podía beneficiarlos a los dos. Eiza no lo rechazó sino
que, por el contrario, se acercó aún más a él, con los labios entreabiertos, y
se fundió con él en el beso. Solo el apasionamiento de ese beso impidió que un
gemido de triunfo escapara de la garganta de Sebastián.
En cuestión de segundos, lo único que le importaba era tener
a Eiza en sus brazos pegada a su cuerpo. Quería más, así que se separó de sus
labios y deslizó su boca por el cuello de la mujer deteniéndose en cada
centímetro de piel para disfrutar de su pulso. Eiza respondió con total
desinhibición a esos avances, lo que hizo que Sebastián se dejara arrastrar por
la pasión. Sus manos se deslizaron por la espalda de Eiza hasta llegar a las
nalgas, las rodeó con las manos y las atrajo con fuerza hacia sí.
-Papá...
La frágil voz de Ryan truncó su pasión brutalmente.
-Papá...
Volvió a la realidad como si cayera a la Tierra de un
planeta muy lejano. Miró a Eiza y vio con regocijo que no era el único con
dificultades para recobrar el aliento.
-Será mejor que vaya a ver qué quiere. Se acabó la siesta.
-Sí. ¡Uf!
Sebastián dejó que Eiza se separara de él, y observó cómo se
sentaba graciosamente en la silla que había detrás de ella. Tenía los ojos
llenos de curiosidad, clavados en su...
-¿Papá?
Sebastián se dirigió a la puerta a regañadientes.
-Quizá podamos pasar la tarde juntos buscando información
sobre tu madre. Podemos pedir una pizza -sugirió mientras arrastraba los pies
en dirección a la insistente voz de Ryan. No quería alejarse de aquella Eiza
tan receptiva a sus avances.
-Me parece bien -dijo ella.
Sebastián sintió que volvía a arder en deseo al ver que una
sonrisa curvaba los labios de Eiza.
-Papá...
-Más tarde, cuando Ryan se vaya a la cama -continuó Ryan
volviendo la cabeza hacia donde venía la voz del niño, que cada vez sonaba más
insistente- a lo mejor podemos...
En ese momento eran los ojos de Eiza los que se oscurecieron
por el deseo. Sebastián sintió cómo se endurecía cierta parte de su anatomía.
-Quizá podamos... -repitió ella, dándole a su voz un tono
malicioso que dejo paralizado a Sebastián.
-¡Papa-papá!
Sebastián tomó aire.
-Está bien, ya voy ¿Por qué no vas encendiendo tu ordenador
portátil en mi oficina? Trabajaremos allí. Hay una clavija auxiliar y una línea
de teléfono junto a mi escritorio. Revuelve un poco por allí hasta que
encuentres lo que necesitas.
Consciente de que no tenía tiempo para terminar lo que había
empezado, Sebastián se fue a ver qué quería Ryan. «Más tarde», se dijo a sí
mismo. La prometedora sonrisa de Eiza le hacía olvidar la cómoda relación que
buscaba.
Eiza fue a por su ordenador y a por sus notas a su
habitación como en una nube. Oyó las voces sonrientes de Sebastián y de Ryan
procedentes del cuarto del niño. ¿Era posible que le estuviera ocurriendo a
ella algo así? ¿Era posible que su marido se hubiera enamorado realmente de
ella?
Él no le había dicho tal cosa con palabras y no tenía la
suficiente experiencia con los hombres para leer las señales, pero la forma de
mirarla y el deseo que veía en sus ojos eran inconfundibles. Cuando la
abrazaba, sus brazos eran firmes y posesivos. Eso tenía que ser amor.
Eiza se azoró recordando los besos de Sebastián. Eran como
siempre los había soñado. Después, cuando él le agarró las nalgas, había
sentido un escalofrío que la recorrió como una corriente eléctrica desde el
estómago hasta la yema de los dedos.
¿Tendría Óscar razón? ¿Sentía Sebastián algo por ella? ¿Un
amor «para siempre jamás»?
Eiza no había creído nunca en el amor, no confiaba en que un
sentimiento así fuera posible. Desgraciadamente, ahora que había nacido en ella
la esperanza no había forma de contenerla.
De camino al despacho de Sebastián con el portátil, Eiza oyó
a sus chicos en la cocina. Que se encargara Dillon de preparar algo de cena. La
idea de que un profesor universitario cuidara de ella le resultaba nueva y la
hacía sonreír de satisfacción. Trató de recordar qué comía antes de vivir en
aquella casa. Comida rápida, esa había sido su idea de una vida fácil.
Despejó el escritorio de Sebastián para hacer sitio a su
ordenador. Lo enchufó a la red eléctrica, lo conectó a la línea telefónica y lo
encendió.
Quizá fuera verdad, cuatro ojos veían más que dos. Quizá
Sebastián con su metódica mente de abogado, podría ayudarla en la búsqueda de
su madre.
Abrió un poco el cajón del escritorio para buscar lápiz y
papel para tomar notas. No se abría del todo, tenía algo atascado. Se inclinó
para ver lo que era. Era una carpeta. Cerró un poco el cajón e introdujo la
mano dentro para agarrarla. La sacudió suavemente hasta que logró desatramparla
y por fin el cajón se abrió con facilidad. La carpeta tenía una etiqueta con su
nombre. Se sintió muy incómoda. ¿Por qué tenía Sebastián un archivo con su
nombre?
Abrió la carpeta lentamente y encontró tres hojas de papel.
Eiza distinguió la letra inconfundible de Sebastián. Un escalofrío le recorrió
la espalda. Intentó concentrarse para comprender qué eran esos papeles.
Características de mi mujer ideal.
Su desconcierto se convirtió en rabia al seguir leyendo.
Eiza pasó a leer la siguiente hoja.
Candidatas más idóneas.
Leyó cada uno de esos nombres con las mandíbulas apretadas.
Sintió un nudo en la garganta. Cuando leyó todos los nombres hasta el final sin
encontrar el suyo, su incipiente felicidad se disipó por completo. Tendría que
habérselo imaginado.
Pasó a examinar la tercera hoja: la solicitud de anulación
del matrimonio. Eiza trató de no sacar conclusiones precipitadas. Aquello
podría tener una explicación.
Volvió a la lista de las características de su mujer ideal.
Eiza sintió que una pena negra anegaba su alma al darse cuenta de que el hombre
al que finalmente había entregado a ciegas su corazón quería por esposa a una
mujer que fuese exactamente opuesta en todo a ella.
Quería una perfecta ama de casa. Eiza conocía ese tipo de
mujer que Sebastián describía en su lista. No quería la esposa que, por
accidente, le había tocado soportar. Quería a Joan. O a una mujer que se
pareciera a Joan lo más posible.
Eiza se apoyó apocadamente en el escritorio le retumbaban
los oídos. Se dio cuenta de que había malinterpretado todas las señales. No
había olvidado a su esposa fallecida. Aquella lista infame era prueba de ello.
Lágrimas de dolor le nublaban la vista mientras leía el
último requisito de la lista.
Que sea una compañía agradable.
«¡Dios mío!», pensó. Eso era lo último que quería ser ella,
una compañía cómoda. Ella quería ocupar todas las facetas disponibles de la
vida y del corazón de Sebastián, igual que él ocupaba las de ella.
A pesar de todos sus esfuerzos por que no ocurriera, se
había enamorado locamente de Sebastián Rulli. Hasta los tuétanos. Y al hacerlo,
se había quedado expuesta al peor de todos desaires: no podía convertirse en la
mujer que él buscaba.
De repente, comprendió que no podía continuar viviendo en
esa casa. Tenía que irse, antes de que perdiera definitivamente el control de
sus emociones.
Pero, como en una pesadilla, Sebastián eligió ese momento
para pararse en el umbral de la puerta con una bandeja de comida en las manos y
una sonrisa arrebatadora en los labios.
Eiza cerró los ojos para no ver la mentira que esa figura
representaba. Solo había una salida de aquel infierno en el que había quedado
sumida: disimular todo lo que pudiera. Echó los hombros hacia atrás y se juró a
sí misma que no permitiría que Sebastián se enterara de cuán brutalmente había
conseguido destruir sus sueños y esperanzas.
Capítulo 11
Las últimas horas con su hijo habían sido muy duras. Al
recordar la mirada ávida, y no de alimento, de Eiza lo único que deseaba era
volver con su mujer lo antes posible.
Dejó a Ryan en la cocina dando vueltas a una jarra de
limonada y se encaminó a su despacho con una bandeja. Se detuvo en seco y su
sonrisa se desvaneció al ver la expresión de Eiza. Había tardado demasiado en
preparar esos aperitivos.
En lugar del gesto de recibimiento que esperaba, se encontró
con que Eiza se había vuelto a cerrar en banda. Aunque trataba de disimularlo,
tenía un gesto de dolor.
Lo miraba llena de rabia con una carpeta en la mano.
Sebastián deseó, por su propia felicidad, que no fuera lo que él sospechaba.
-¿Ei? -la llamó poniendo la bandeja en la mesa-. ¿Ei?
-¿Qué es esto? -preguntó en un tono tan frío que podría
haber helado un océano.
-Parece una carpeta.
«Muy bien, Rulli», pensó Sebastián lamentándose de su
cobardía.
-Tiene mi nombre.
Al sentir la furia en la voz de Eiza, su esperanza de pasar
una tarde maravillosa con ella se desvaneció. Maldición. ¿Cómo podía haber sido
tan estúpido?
-Sí... bueno...
-¿Qué son estas listas? ¿Es una broma tuya?
Cuanto más fría y enojada sonaba su voz, más a la defensiva
se ponía Sebastián.
-No, a veces hago listas cuando estoy pensando en algo.
Vamos, Eiza, ¿no garabateas tú en hojas de papel cuando tienes que resolver un
problema? Yo hago listas, no tiene ninguna importancia.
Le estaba resultando muy difícil mantener la calma. Tenía
treinta y cuatro años, no tenía por qué darle explicaciones a nadie.
-Está claro lo que estabas pensando. Buscabas la esposa
perfecta. Hasta esa concursante empalagosa reunía más condiciones.
Sebastián se dio cuenta de lo que Eiza estaba pensando e
hizo un esfuerzo más por controlar su rabia
-No es lo que tú piensas.
-¿No? Tú no sabes lo que pienso. Pienso que querías casarte
otra vez, pero en vez de encontrar a alguien como Joan, te has tenido que
conformar conmigo. Deberías haber elegido a esa... Mary. Seguro que habría sido
la sustituta perfecta de tu primera esposa. ¡Oh! Se me olvidaba. Fue Ryan quien
me eligió, no tú.
Su voz estaba cargada de sarcasmo y de dolor, sus pestañas
luchaban por detener las lágrimas.
Sebastián tragó saliva y se metió las manos en los
bolsillos. Tocó con los dedos el trozo de papel con la última lista que había
escrito sobre Eiza y entendió por qué lo que antes le habían parecido defectos
de Eiza ya no tenían importancia para él; por qué ya no le importaba que dejara
las cosas tiradas; por qué no lo molestaba que solo supiera hacer galletas de
chocolate; por qué aumentaba su presión sanguínea solo de pensar en ella; y por
qué la echaba tanto de menos cuando no estaba a su lado. Simplemente porque la
amaba. Amaba a esa esposa que había ganado en un concurso de cita a ciegas.
¿Por qué no habría quemado esas estúpidas listas en lugar de
guardarlas en un lugar tan accesible?
El dolor de Eiza lo hacía sentirse como un estúpido. De
repente recordó que la lista que llevaba en el bolsillo podía probarle a Eiza
que hacerle daño era lo último que él quería.
Eiza le daba ahora la espalda. Lanzó con furia la carpeta
sobre la mesa.
-Mi abogado llamará al tuyo. Quiero la anulación. O el
divorcio, lo que sea más rápido.
-Ei, no seas tan testaruda, deja que te explique.
-No hay nada que explicar. Me voy.
En ese momento, Ryan apareció llorando amargamente en el
despacho.
-No. No puedes irte -gritó. Acto seguido se fue en dirección
a la cocina. Se oyó el portazo de la puerta trasera.
-Espera al menos a que hablemos de esto.
-¿Para qué? Es evidente que yo no soy el tipo de mujer que
quieres, y nunca lo seré.
Sebastián miró en dirección al lugar por el que su hijo
acababa de huir disgustado. Luego, miró a Eiza y le puso el trozo de papel con
la nueva lista en la mano.
-Al menos lee esto antes de que te vayas.
Solo le quedaba esperar que ella lo leyera, y que entendiera
que él había entrado en razón, que se había dado cuenta de que ella era
exactamente lo que quería. ¿Qué más podía hacer para convencerla de que
perderla sería un terrible golpe para él? No podía vivir sin ella.
-Espérame.
Preocupado, Sebastián fue a ver qué hacía Ryan. Le costó
encontrarlo. El niño estaba oculto detrás de una enorme hortensia, apoyado en
cuclillas contra la valla. Rodeaba las rodillas con los brazos y ocultaba su
cara en ellos.
-Hola, colega. ¿Qué haces aquí?
Sebastián se puso en cuclillas junto a él lentamente.
Ryan levantó la cara, y como Sebastián imaginaba, estaba
llena de lágrimas. Él también se sentía muy mal.
-No quiero que se vaya.
-Yo tampoco -dijo Sebastián rodeándolo con sus brazos.
-¿Hicimos algo mal? ¿Por eso está enfadada y se quiere ir?
-No, campeón. No hemos hecho nada malo.
«Al menos tú», pensó Sebastián acordándose de las infames
listas.
-A lo mejor no sabe que la queremos.
«Los niños dicen las verdades».
-A lo mejor.
-Deberíamos decírselo. No quiero que se vaya –a Ryan le
temblaba la barbilla.
-¡Qué inteligente eres! -dijo Sebastián despeinándole el
pelo con los nudillos.
Pero cuando volvieron a la casa, Sebastián fue al cuarto de
ella, pero era demasiado tarde.
Eiza se había ido, dejando atrás solo sus listas y el sutil
aroma de su perfume. Sebastián se dio cuenta de que lo había estropeado todo.
Eiza iba más allá de su estrecha visión de lo que era una esposa conveniente.
Se había equivocado completamente con ella.
Y había comprendido demasiado tarde que amaba a aquella
mujer imposible con todo su corazón. Como Romeo a Julieta. Y, como el de los
personajes de Shakespeare, su amor parecía destinado a fracasar.
Sebastián suspiró. Eiza era una luchadora nata. Se las
arreglaría muy bien sin él. Sintió un doloroso sentimiento de pérdida y se dio
cuenta de que la verdadera cuestión era si él podría sobrevivir sin ella. Oyó
un «no» alto y claro dentro de su cabeza y sintió un terrible peso en el
corazón. Descubrió la lista que ella había dejado allí sin leer. No. No podía
ni imaginar vivir sin ella.
Ella era su vida, la necesitaba como el aire que espiraba. Y
se lo pensaba decir. En cuanto la encontrara, tendría que escucharlo.
Cegada por las lágrimas, Eiza ni siquiera se había molestado
en leer la lista que Sebastián le había dado. La tiró sobre la cama y en menos
de cinco minutos había metido sus cosas en una maleta y se había marchado con
su ordenador y su bolso. Caminó hacia su coche a toda velocidad y cerró la
puerta con toda su fuerza, como en un intento de dejar atrás a Sebastián y los
recuerdos de aquellas semanas.
Las lágrimas se convirtieron en una risa desgarrada. Había
intentado llevarse buenos recuerdos de aquella casa, y ahora no los quería.
Sacó el coche marcha atrás decidida a poner rápidamente
tierra por medio. No esperaba que él fuera a detenerla. Él no la quería. Las
listas dejaban eso muy claro.
Con la visión nublada y el corazón destrozado. Eiza comenzó
a conducir sin importarle la dirección.
Solo quería salir de la ciudad lo más rápidamente posible.
Se sentía derrotada: era incapaz de competir con el recuerdo de la mujer que
Sebastián aún amaba.
Por unos instantes, consideró la idea de intentar
convertirse en la mujer que él buscaba, pero lo descartó inmediatamente. Ella
podía tener sus defectos pero fingir ser otra persona no era uno de ellos.
Se secó las lágrimas que aún le caían por las mejillas con
la mano. Conducía por la autopista a toda velocidad. Sebastián la había llamado
testaruda. Pues bien, ahora iba a quedar demostrado que en eso tenía razón.
Eiza se propuso dejar de auto compadecerse y se concentró
cuanto pudo en buscar una conexión entre Shaniko, una vieja casa de huéspedes,
y su madre. La vida era muy dura y olvidar a Sebastián Rulli iba a ser una
misión imposible. Una misión que le llevaría toda la vida. Pero estaba
acostumbrada a sufrir. Su vida iba a continuar. Como siempre.
Sebastián sintió que el estómago se le revolvía al ver
desierta la habitación de Eiza. Una sensación de pánico lo invadió.
Había conseguido acostar a Ryan hacía una hora y Eiza no
había llamado ni había vuelto a casa. ¿Adónde habría ido'?
Sebastián examinó el caos de prendas y objetos personales
caídos de los cajones y del armario. Era obvio que se había ido
precipitadamente. Dio un puñetazo al marco de la puerta. No sabía por dónde
empezar a buscarla. No conocía a sus amigos. Ni siquiera sabía si tenía amigos
íntimos.
Cuando ya se disponía a abandonar el cuarto sin encontrar
ningún indicio, recordó el papel con la lista. Seguramente no la había leído.
Iba a recogerlo cuando reparó en el diario y en un marcador que había entre las
páginas amarillentas.
El corazón le dio un vuelco. Lo tomó en sus manos en busca
de alguna pista. Sebastián iba pasando las páginas con cuidado cuando se le
ocurrió una idea descabellada.
Recordó que Eiza le había dicho que Rebecca Reyna tenía una
casa de huéspedes a principios de siglo, en Shaniko, una pequeña cuidad en
medio del desierto en el este de Oregón. Había oído hablar de esa ciudad. En la
actualidad era casi una ciudad fantasma, aunque se estaba empezando a recuperar
por su interés turístico.
Eiza buscaba a su madre. Era posible que pensara que podía
encontrar el rastro de sus padres en aquella remota ciudad del desierto. ¿Se
dirigiría ella en esos momentos hacia allí... sin él?
Lo primero que haría, a primera hora de la mañana sería
buscarla en la empresa para la que trabajaba. Si no la encontraba allí. Shaniko
sería su siguiente opción. Deseaba con todas sus ganas encontrarla allí. Tenía
que encontrarla y hacerle comprender cuánto la amaba.
A pesar de sus agitadas emociones, Sebastián durmió
profundamente esa noche. Se despertó soñando con ojos de color del whisky y
sedosos cabellos rubios.
Nada más despertar, fue a ver el cuarto de Eiza, pero no
había regresado. Todo estaba como él lo había dejado la noche anterior.
Dejó todo arreglado para que la señora Holloway fuera a
buscar a Ryan del colegio y lo cuidara hasta su regreso y fue a despertar al
chiquillo. Sabía cuál iba a ser la primera pregunta.
-¿Está aquí?
-No, no está en casa.
Sebastián odiaba tener que decirle algo que lo hacía llorar.
-¿Ha muerto como mi otra mamá?
-No, Ryan. No. Es que se ha tenido que ir de viaje.
Sebastián cruzó los dedos sin que Ryan lo viera. Ojalá fuese
verdad.
-La señora Holloway te irá a buscar a la escuela mientras yo
intento encontrarla
-continuó.
-¿Me prometes que la traerás a casa?
Sebastián deseó poder hacer esa promesa y mantenerla.
-Te prometo que lo intentaré, pero volver a casa es una
decisión de Eiza.
«Casa». Ya no volvería a serlo sin ella. Tenía que conseguir
que Eiza entendiera lo importante que era... para él. Ella misma, no una
réplica de Joan a la que él se había aferrado como un tonto.
Sebastián dejó a Ryan en la escuela de camino al trabajo de
Eiza. Gracias a Dios, él no había empezado aún las clases. No estaba allí, se había
tomado un día de permiso. Así que obedeció su instinto y decidió ir a Shaniko.
Al fin y al cabo, tampoco tenía otras opciones. Llamó por si acaso a la pareja
que había subarrendado la casa de Jake, pero tampoco sabían nada de ella. El
viaje hasta Shaniko era de tres horas y media. Cuanto antes saliera. Antes
llegaría... y antes encontraría a la mujer que le había robado el corazón. No
quería pensar en lo que haría si no la encontraba allí. Lo pensaría cuando
llegara.
Eiza se despertó perezosamente. Las cálidas colchas que la
cubrían eran como un refugio que no quería abandonar. Había llegado muy tarde a
Shaniko, pero tuvo suerte de encontrar una habitación en el Dessert Motel.
Consciente de que no podía posponer para siempre el momento
de salir de la cama, Se destapó de todas las colchas y se vistió. En lugar de
mitigarse, el dolor por lo ocurrido con Sebastián se había hecho más intenso.
Trató de apartarlo de su cabeza.
Había perdido su oportunidad de vivir feliz «para siempre
jamás». Pero no pensaba pasarse el día lamentándose por la pérdida de un hombre
que no la quería.
Tranquilamente, Eiza desayunó huevos y tostadas en el
coqueto restaurante del motel. No podía evitar pensar que los desayunos que
Sebastián le preparaba sabían mucho mejor, porque los preparaba para ella. ¿Por
qué había permitido que su vida se complicara de esa manera?
-¿Ha oído usted hablar de la casa de huéspedes de Rebecca
Reyna? -preguntó Eiza a la camarera que le rellenaba la taza de café-. Creo que
aún estaba abierta entre 1905 y 1910.
-Claro que sí. Eso es ahora Becca´s place Es una pensión,
está al final de la calle.
Eiza notó la curiosidad con que la miraba la camarera.
Betsy, pues ese era el nombre que llevaba prendido en la blusa, tenía el pelo
gris, recogido en un moño alto sujeto con un lápiz, y sus ojos azules
centelleaban. Sonrió y su sonrisa calmó los nervios desbordados de Eiza.
-¿Desea algo más?
-No. gracias.
Eiza observó a Betsy dar vueltas por el restaurante. No
quería ni pensar qué iba a hacer si no averiguaba nada en aquel pueblo.
Salió a pasear por las antiguas aceras de madera de la calle
principal. Se puso las gafas de sol. Las llevaba siempre con ella, pero no se
las había vuelto a poner desde que Sebastián le había dicho que se ocultaba
tras ellas. Parecía increíble que solo hubieran pasado dos días desde entonces.
Decidida, se dirigió con naturalidad al lugar que Betsy le
había indicado. No fue difícil de encontrar la pensión, estaba en un edificio
muy bonito y bien cuidado. Afuera, un cartel ponía Tessa´s Place. Propietaria
Becca´s Place.
¿Reyna?
Intentando controlar un repentino temor, Eiza se obligó a sí
misma a entrar por la puerta principal, que estaba abierta. La recepción era
muy bonita, con una decoración rústica que le recordaba a un colorido jardín de
flores. Detrás del mostrador había una puerta abierta. Desde aquel despacho se
oía la suave voz de una mujer.
Eiza tocó la campanilla del mostrador llena de agitación.
Contra su voluntad, pensó que le hubiera gustado que Sebastián estuviera con
ella.
-Un minuto. Ahora mismo voy -se oyó decir a una voz
armoniosa.
Eiza esperó con impaciencia que la mujer que ella esperaba
que fuera Becca Reyna apareciera. Después de unos momentos que se le antojaron
interminables, se encontró cara a cara con unos ojos que eran apenas un poco
más claros que los suyos. Eran los ojos de una mujer sonriente y diminuta,
mucho más baja que ella, con un cabello rubio y rizado que le caía por los
hombros.
La sonrisa de bienvenida de la mujer se desvaneció al verla.
Abrió los ojos con incredulidad.
-¡Oh! -exclamó llevándose las delicadas manos a boca. Unas
lágrimas se asomaron a sus expresivos ojos.
-¿Rebecca Reyna? -preguntó Eiza temblorosa, al ver la
reacción de la mujer.
-Sí, lo siento. Se parece usted a alguien que yo conocía
-explicó Becca Reyna agitadamente. Avanzó hacia Eiza y extendió la mano.
Eiza se sentía como si estuviera en una montaña rusa fuera
de control. Apenas podía hablar.
-Me llamo Eiza González Reyna. ¿Conoce usted a Glenda Reyna?
-Era mi hermana. Nuestra madre se llamaba Eiza.
Aturdida, Eiza caminaba lentamente por la calle principal
intentando poner en orden los últimos acontecimientos. Su encuentro con su tía
Becca le había ocupado la mayor parte del día.
Su tía Becca.
¿No era increíble? Apenas podía creerlo. Tenía una familia.
Y a juzgar por su tía, una familia que la quería... y que la había buscado
durante mucho tiempo.
Su madre había dejado una nota cuando se escapó de casa
embarazada a los dieciséis años. Pero su tía no lo supo hasta mucho después de
la muerte de su hermana en un accidente de coche, poco después de nacer Eiza.
Su tía pensaba que sus padres habían intentado encontrar a su nieto, pero
heridos en su orgullo por lo que consideraban una vergüenza para la familia,
nunca se lo habían contado a su otra hija. Después de la muerte de sus padres
el año anterior por causas naturales, Becca encontró la nota de su hermana e
inmediatamente se había puesto a buscarla. Aunque era como buscar una aguja en
un pajar. Sin embargo Becca no se había dado por vencida.
Al llegar a esa parte de la historia, su tía tomó sus manos
y ambas lloraron.
Eiza no podía creérselo. ¡Su vida podía haber sido tan
distinta! Eiza González Reyna podía haber crecido en una familia de verdad, la
suya. Una familia que la quería. No dejaba de lamentarse por no haber podido
conocer a su madre, porque había muerto hacía mucho tiempo, sola. Tan sola como
había vivido su hija. Miró la foto de la joven Glenda que su tía le había dado.
Becca estaba convencida de que su hermana no tenía pensado abandonar a su hija
para siempre. Eiza no sabía por qué tenía que creerlo, pero deseaba hacerlo.
-Eiza.
Eiza levantó la vista al oír esa familiar voz varonil y así
evitó tropezar con un poderoso torso masculino. Su fortaleza se desmoronó al
ver a Sebastián, que la miraba a través de unas oscuras gafas de sol. Tenía
tras él el sol de poniente, por lo que la sombra oscurecía sus facciones y
ocultaba su expresión.
-¿Qué haces aquí, Sebastián? ¿Cómo me has encontrado'?
Distraída por el encuentro con su tía, Eiza no pudo evitar
la inquietante alegría que sintió al ver a su marido ante ella... en Shaniko.
Estaba ante ella con unas botas de vaquero y no parecía ir a apartarse de su
camino.
¡Dios mío, qué guapo estaba! Eiza se lamió los labios, que
se le habían quedado secos de repente.
-Te he buscado por todas partes. Cuando encontré el diario
en tu cuarto, tuve una corazonada y me vine para acá.
Mientras hablaba, Sebastián se cruzó de brazos sobre su
fornido pecho y... esperó.
-Me has encontrado, ¿y qué?
El dolor había vuelto. Encontraba inmensamente difícil
conciliar su ira con el amor que la desbordaba. Bajó la mirada en un intento de
ocultar sus sentimientos, pues sabía que él podría leérselo en la cara. Lanzó
una mirada a la foto de su madre que llevaba en la mano.
Eiza sintió el deseo de compartir aquel momento tan especial
con el hombre al que amaba, aunque este no la correspondiera. Le mostró a
Sebastián su tesoro.
-He encontrado a mi madre. Murió nada más nacer yo. Mi tía
me ha dado esta foto.
-¡Oh, Ei! Lo siento mucho.
Sin que a Eiza le diera tiempo de darse cuenta de lo que
pasaba, Sebastián la rodeó con sus brazos y la abrazó con tanta fuerza que daba
la impresión de que no pensaba soltarla nunca más. Para su sorpresa, Eiza
sintió que se derretía al calor de aquellos brazos. Iba a ser solo un momento,
se decía a sí misma, cerrando los ojos para ahogar las lágrimas que amenazaban
con aparecer.
-¿Por qué me buscabas? -preguntó tratando inútilmente de
apartarse de él. Su voz se vio ahogada por la camisa vaquera en la que se
apoyaba su rostro-. Ya dijimos todo lo que había que decir. No hay por qué
alargarlo más.
-De ninguna manera, jovencita. No leíste el papel que te di,
¿verdad? Yo todavía tengo muchas cosas que decir sobre nosotros y sobre nuestro
matrimonio, y tú vas a oírlas.
Eiza empujó con más fuerza y consiguió zafarse de los brazos
de Sebastián.
-No hace falta. Todo está clarísimo. Buscas un tipo de mujer
que...
Eiza se interrumpió al ver el gesto obstinado de Sebastián.
No merecía la pena discutir. Al final, él mismo se daría cuenta de que ella no
era lo que él buscaba. Y cuando entendiera eso, se iría voluntariamente.
Además, no tenía intención de quedarse allí en mitad de la calle discutiendo
sobre su matrimonio.
-Está bien... Tienes dos minutos.
-Quizá sería mejor ir a tu habitación -dijo Sebastián con
voz grave.
A Eiza la asaltaron todo tipo de fantasías de las que debía
evitar si quería que su orgullo... y su corazón salieran intactos de ese
encuentro.
-No.
-De acuerdo, lo haremos a tu manera. Esas listas las escribí
antes de que Jake me llamara para participar en ese concurso. Hace ya mucho
tiempo que Joan me dejó y quería encontrar una madre para Ryan. Me convencí a
mí mismo de que estaba preparado para tener una nueva esposa en mi vida,
siempre que no hiciera algo tan estúpido como enamorarme -Sebastián pasó sus
dedos suavemente por el rostro de ella, desde la sien a la barbilla y
continuó-. Ha sido muy difícil hacer de padre y madre para Ryan. Era consciente
de que no lo estaba haciendo muy bien, así que decidí encontrar a alguien que
me cayera bien, alguien con quien estuviera a gusto.
El hielo se derretía del corazón de Eiza. Aquella torpe
explicación la llenaba de ternura. ¿Quién podía ser tan tonto como para pensar
en casarse sin amor? ¿A quién se le podía ocurrir conformarse con una relación
de conveniencia para así evitar los sufrimientos que el amor acarreaba?
A ella, por ejemplo, pensó Eiza.
El corazón le latía con tanta fuerza que temió que Sebastián
lo oyera. Si eso significaba que lo amaba, aceptaría pasar el resto de su vida
con ese hombre sin titubear.
-Entonces fue cuando terminamos casados con aquel concurso,
y Ryan se enamoró de ti... y todo lo que tú querías era conseguir la anulación.
Eiza se conmovió cuando Sebastián mencionó cuánto la quería
Ryan. Pero no mencionó qué sentía él.
-Entonces, ¿por qué no presentaste los papeles de la
solicitud? Este matrimonio fue un error y, además, yo ni siquiera encajo en tu
idea de cómo debería ser una esposa.
Con dos dedos, Sebastiá la agarró de la barbilla, y la
obligó a mirarlo. La profundidad de sentimientos que transmitía esa mirada la
sobrecogió.
-No, no tienes ninguna de las características que escribí en
esa primera lista...
Llena de furia. Eiza intentó zafarse de sus brazos, pero el
muy bruto la agarró aún más fuerte impidiéndoselo.
-... pero es que yo lo último que tenía pensado era
enamorarme. Entonces tú te fuiste abriendo un hueco en mi vida y en mi corazón.
Así que escribí una segunda lista, una lista con todas las cosas que amo de ti.
Y esa fue la que no leíste. Te quiero. Ei. Sufro solo de pensar que tú no
sientas lo mismo por mí.
Eiza no podía creer lo que oía.
-Pero no sé cocinar.
-Ya lo sé.
-Y no me va estar en casa.
-Lo sé.
-No soy la perfecta ama de casa que buscas -insistió Eiza.
Creyó marearse.
-Ya no busco una perfecta ama de casa. Tengo echado el ojo a
una mujer trabajadora. Si ella me acepta.
Eiza iba a protestar pero Sebastián se lo impidió poniendo la
mano suavemente en su boca.
-Lo sé todo de ti, Eiza González Reyna de Rulli, y te quiero
tal y como eres. Lee esto -añadió sacándose la lista del bolsillo-. He
subrayado las partes más importantes. Este matrimonio no ha sido un error.
Quiero ser tu marido y que tú seas mi mujer. Para siempre.
Conmovida por la sinceridad de Sebastián, apenas podía leer
lo que ponía en la lista.
Quiere a Ryan.
Le gusta el zoo.
Prepara unas galletas de chocolate deliciosas. Sería una
madre fantástica. Me hace reconsiderar mi soltería.
¡Dios! ¡Aquel hombre la amaba! Era lo que siempre había
deseado. Sintió que la felicidad iluminaba su sombrío corazón.
-Ahora tengo una familia: mi tía Becca. Es una mujer
encantadora, que quiere que me quede con ella una temporada para que nos
conozcamos mejor.
Llena de paz por primera vez en su vida, Eiza dobló el
papelito con la valiosa lista y lo guardó en su sujetador, junto al corazón. Le
gustaba atormentar al hombre que la miraba como si fuera a besarla en cualquier
momento.
-Ya arreglaremos eso, ¿quieres ser mi esposa de verdad?
-preguntó Sebastián estrechándola entre sus brazos una vez más.
-Ya tengo un marido -dijo Eiza sonriendo. Sabía que él podía
leer en su cara el amor que sentía.
-Ei... -advirtió muy serio con un gruñido. Pero sus
magníficos ojos desbordaban alegría.
-Está bien... de acuerdo -contestó por fin riendo-. Esta es
nuestra oportunidad de agarrar los anillos de hojalata del concurso y huir con
ellos. Te amo, Sebas, más que a mi propia vida; deseo pasar el resto de mi vida
junto a ti y ser tu esposa y la madre de Ryan.
Sebastián la tomó en brazos y empezó a dar vueltas con ella
en señal de victoria. Luego, se dirigió al motel que estaba en esa misma calle.
-¿Adónde me llevas? -preguntó Eiza riendo.
-Señora Rulli, ha llegado la hora de jugar otra vez al strip
póquer. Aunque esta vez, estoy seguro de que el final va a ser distinto.
Eiza se acurrucó junto al pecho de su marido y se dejó
llevar hasta la recepción del motel. Muchas cosas habían pasado desde que era
una adolescente que seguía a Sebastián por todas partes.
Ganarle una partida de strip póquer a su marido y ver lo que
se había perdido la última vez le pareció un comienzo perfecto para lo que iba
a ser el resto de sus vidas...
Capítulo 12
Al llegar a un motel estilo colonial Sebastián pidió la swit
love, que era la apropiada para una noche tan importante y especial como lo iba
a ser esta, al entrar a la recámara Sebastián cargó a Eiza y entraron a una
hermosa habitación llena de velas, flores y un corazón de pétalos rojos sobre
la cama
Te gusta amor – Susurra Sebastián y le planta un suave beso
en el cuello
Me encanta amor, muchas gracias, es perfecto, sabes? Hoy más
que nunca agradezco infinitamente a ese concurso de cita a ciegas ya que me
acercó al único amor de mi vida, yo siempre te he amado y junto a ti, Ryan y
los hijos que Dios nos quiera mandar tendremos mucha alegría y nuestra vida
perfecta, Te amo – Dice Eiza y se gira para darle un suave pero provocador beso
a Sebastián en la comisura de los labios
Me siento tan afortunado de que hayas aparecido en la mía,
sabías que eres mi ángel? – Dice Sebastián apartando un mechón de cabello y
colocándolo detrás de la oreja
Y tú el mío – susurra
Eiza Dulcemente
Bien brindemos – dice Sebastián, se levanta y agarra una botella de champagne
y 2 copas
Y porque vamos a
brindar? – Pregunta Eiza y agarra una copa
Por nosotros y por
nuestro futuro juntos – afirma Sebastián
Suavemente chocan sus
copas y a la salud se beben el burbujeante líquido para después poco a poco
comenzar a besarse. Sebastián colocó suavemente en la cama a Eiza y le comenzó
a dejar un camino de besos por todo su cuerpo,
poco a poco comenzaron las caricias, que cada vez eran más llenas de
deseo y lujuria pero sobretodo de amor, Sebas comenzó a deshacerse de la blusa
de Eiza y empezó a besar su cuello, entre besos y caricias aumentaba la pasión,
Eiza luego fue desabrochando la camisa de Sebas y rozando dulcemente su
espalda, entre beso y beso se demostraban cuanto se amaban, Sebas ágilmente soltó
los shorts que Eiza tenía y luego iba llenando de besos desde sus piernas hasta
llegar a su boca, Eiza hizo lo mismo, se deshizo del pantalón de Sebastián y
los dos quedaron en ropa interior y lentamente se fueron despojando de ella,
Sebastián no dejaba de besarla y acariciarla
Te amo – susurra
Sebastián lleno de deseo
Te amo más mi amor – Responde Eiza y vuelve a besarlo
Al estar
completamente desnudos llegó el momento de que Eiza dejara atrás su virginidad,
se la iba a entregar a Sebastián, su primer y único amor y su marido, Eiza
abrazó sus piernas a la cintura de Sebastián y le daba tiernos besos en sus
hombros y acariciaba su espalda, él por el contrario recorría cada centímetro
del cuerpo de Eiza y lo llenaba de besos, querían aprenderse de memoria cada
rincón de sus cuerpos y saborearlos hasta quedar extasiados. Sebastián se
introdujo lentamente en Eiza, esta reprimió un gemido en la boca de Sebastián,
Sebastián empezó a entrar y salir lentamente de Eiza y ambos gemían de placer y
pasión. No tardaron en llegar al climáx, estaban en el máximo nivel de pasión,
llevaron al límite su amor. La noche era perfecta, estaban juntos, amándose
cada vez más. Se amaron por casi toda la noche, al final estaban muy cansados
pero satisfechos porque lo habían entregado todo en su primera noche de amor.
Gracias –susurra
Sebastián
Gracias de que amor – Pregunta Eiza con tono soñoliento
Por enseñarme de
nuevo lo que es el amor, y por esta noche tan maravillosa en la que me
entregaste tú tesoro más preciado – Responde Sebastián regalándole una sonrisa
muy hermosa y plasmando un suave beso en su cabello
Eres el primer hombre
en mi vida y siempre serás el único – Contesta Eiza dando un suave beso en el
pecho de Sebastián, para luego quedarse profundamente dormida
Te amo chiquita – Añade Sebastián y luego se queda dormido
abrazado a Eiza
Al día siguiente se despertaron muy temprano, desayunaron y
antes de irse se despidieron de la tía Becca que encantada aceptó irlos a
visitar muy pronto para conocer al pequeño Ryan y pasar tiempo con su sobrina y
nuevo sobrino, partieron de regreso a Portland.
Al llegar a casa abrieron la puerta y un Ryan muy emocionado
y con lágrimas de alegría se tiró en los brazos de Eiza y con una gran sonrisa
en su cara añadió
Mamá, pensé que no ibas a volver, ya no nos vas a dejar
verdad – Preguntó Ryan temeroso por la respuesta de Eiza
Me dijiste mamá, es lo más hermoso que me han dicho mi niño
adorado, te amo y no, ya nunca los voy a dejar, voy a ser tu mamá por siempre
–Dijo Eiza con lágrimas en los ojos para luego abrazar al pequeño que no dejaba
de darle besos
Ya tengo mamá, ya tengo mamá y me quiere mucho, me quiere,
mi mamá me quiere papi – Dijo Ryan saltando y con lágrimas de alegría
Así es hijo, y para toda la vida – responde Sebastián para
luego unirse al abrazo
Epílogo
Años después
Una vida perfecta, 3 años de matrimonio y 2 hermosos hijos,
Ryan con ahora 9 años y la pequeña Emily de tan solo 3, y rodeados de mucho
amor
Papi – Dijo la pequeña Emily sacudiendo a su padre aún
dormido
Qué pasó princesa? – responde Sebastián en tono soñoliento
Hoy vamos a paya cieto? – Pregunta emocionada la pequeña
Por su puesto mi amor –responde Sebastián encantado de ver
tan feliz a su hija
Depeta ya papá, vamos, mami y Ryan ya tan dayuando – Añade
en tono suplicante y con chispa en sus grandes ojos verdes
Cómo decirte que no mi pequeñita – Dice en lo que se levanta
de la cama –Vamos mi princesa
La pequeña levanta los brazos para que su papá la cargue y
juntos bajan a reunirse con Eiza y Ryan que estaban acabando su desayuno
Papá, mi mamá hizo el desayuno, y no sabes, está riquísimo –
Dijo Ryan alegremente
Ver para creer – Bromeó Sebastián
Qué malo eres mi amor, ya estoy mejorando – Añadió Eiza
haciendo pucheros
Sabes que es de broma amor, yo me como todo lo que tú hagas
– Respondió Sebastián dándole un tierno beso en la cabeza
A comer papi, vamos a paya, Ryan y tú me van a enseñar a
nadar – Interrumpió la pequeña Emily
Claro que si hermanita, te vamos a enseñar a nadar, mi papá
y yo te protegemos – Dijo Ryan en lo que tomaba a Emily en sus brazos – Eres
una niña muy bonita sabías?
Sipi, pero tú eres el manito más lindo del mundo – Respondió
la pequeña llenando de besos a su hermano
Luego de que terminaran de desayunar y alistarse partieron
rumbo a una casa de playa que habían alquilado a las afueras de Portland,
partieron a las 8am y ya a las 12 estaban ahí. Después de instalarse en la
casa, salieron todos juntos a disfrutar en familia del hermoso día soleado.
Todo el día estuvieron jugando en la playa y divirtiéndose
como la familia que eran, Ryan y Sebas ayudando a la pequeña Emily a nadar y
Eiza tomando el sol en una hamaca, ya al atardecer tomaron un refrigerio y a
eso de las 6pm los niños se quedaron profundamente dormidos cosa que aprovecharon
Eiza y Sebas para dar un paseo por los alrededores de la solariega casa
Eres lo mejor que me pasó en la vida amor – Dice Eiza en lo
que se gira para darle un suave beso a Sebastián en los labios
Gracias por hacerme la vida feliz y llena de amor mi vida,
tenemos 2 hijos hermosos y cada vez se ponen más grandes, tanto así que pronto
me tocará andar espantando a todos los pejelagartos que se acerquen a mi
pequeñita- Dijo Sebastián abrazando a Eiza por la cintura
Mi pobre niña amor, y donde me dejas a mi niño, cuando
llegue con novia, eso no lo soportaré – Repuso Eiza haciendo pucheros
Bueno, pero mientras aprovechemos el tiempo que los podamos
tener para nosotros solos, y recuerda que quiero 2 hijos más, o los que vengan
– Dijo Sebastián seductoramente
Y hablando de hijos… Vamos a ser papás mi amor, tengo 3
semanas de embarazo, me enteré hace 2 días y te lo iba a decir aquí – Dijo Eiza
alegremente
Siiiii, voy a ser papá de nuevo – Respondió Sebastián
alegremente en lo que cargaba a Eiza y le daba vueltas – Te amo, te amo mi
amor, gracias – Dijo dándole un apasionado beso
Papá, mamá, otra vez en esas meloserías – Dijo Ryan tapando
sus ojos y los de la pequeña Emily
Y ustedes no estaban
dormidos mis amores – Preguntó Eiza con un ligero tono rosado en las mejillas
Vengan niños, vamos a hablar – Dijo Sebastián estirando sus
brazos para recibir en ellos a sus hijos
Que pasa papi? – Preguntó Emily
curiosa
Niños, dentro de 9 meses la familia va a crecer, va a venir
un nuevo hermanito o hermanita – Dijo Eiza temerosa por la reacción de los
niños
Siiiii – Dijeron los 2 pequeños al unísono
Que emoción otro hermanito o hermanita – Dijo Ryan abrazando
a Eiza
Amosh a tenel otlo bebe para jugar Ryan – Dijo alegremente
la pequeña niña
Si princesita otro bebe – Dijo Ryan
Y contemplando al atardecer, Sebas con Emily en sus brazos y
Ryan abrazando a Eiza quedaron todos muy felices disfrutando de su familia y el
amor que los unía. No siempre las cosas salen como queremos desde el principio,
el destino tiene todo bien planeado para nosotros y sabe cuándo es el tiempo
para cada cosa, solo el tiempo nos dará lo que merecemos y anhelamos el
verdadero amor y la felicidad para que después de la tormenta llegue la calma y
logremos tener así Una Vida Perfecta.
FIN
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