miércoles, 26 de marzo de 2014

Una Vida Perfecta




Una vida perfecta


Ya puede besar a la novia...


Eiza González solía soñar con aquellas palabras, pero el tiempo la había obligado a olvidarlas del mismo modo que había tenido que olvidar lo que sentía por Sebastián Rulli. Lo que no entendía era por qué se había sonrojado de aquel modo cuando el guapísimo viudo le había rozado los labios en la fingida ceremonia. Y, cuando las citas y la boda en la que estaba participando por una causa benéfica se convirtieron en realidad, ¿por qué comenzó a soñar con la idea de convertirse en la esposa de Sebastián para siempre?


Sebastián andaba buscando a la esposa perfecta, pero no podría ni haberse imaginado casado con la irresistible Eiza. Lo que necesitaba no era pasión, sino una madre para su hijo. ¿Sería aquella la mujer que le daría el amor y la ilusión que tanta falta le hacía?








Prólogo


Eiza González, sentada en el banco de la iglesia, hubiera deseado más que nada en el mundo ser ella la que se iba a convertir en la esposa de Sebastián Rulli. No era justo que Joan Butler, la niña bonita del instituto, con su belleza morena y su serena personalidad, hubiera conseguido que el hombre más perfecto del mundo la llevara al altar.


Incómoda en sus medias por la falta de costumbre, Eiza busco el asiento más retirado desde el que poder ver el pasillo central de la iglesia, dónde la pareja iba a pronunciar sus votos. Ajena a la suave música, a la serenidad de las velas encendidas y al murmullo que esperaba expectante, solo oyó las palabras del sacerdote uniendo para siempre en matrimonio a Joan con el hombre que ella había amado en secreto desde el momento que lo conoció, como el amigo de su hermano adoptivo.


Eiza tenía entonces solo catorce años, y aun así, habría dado cualquier cosa por llevar puestos aquellos blanquísimos zapatos de piel. Y eso que normalmente prefería unas cómodas zapatillas de deporte a cualquier cosa con tacones. La verdad era que no era culpa de Joan que Dillon nunca se hubiera fijado en ella, una marimacho, que prefería siempre ir a caminar por las montañas o ir con los chicos a pescar a hacer cosas de chica, como ponerse guapa delante del espejo, limpiar la casa o cocinar. Si alguien la hubiera obligado a hacer algo más complicado que meter comida congelada en el microondas, se hubiera muerto de hambre.


Joan, por supuesto era una perfecta ama de casa.


Eiza se colocó un mechón de pelo que insistía en escaparse de la sofisticada trenza que le habían hecho por primera vez para la ocasión y bajó la mirada para no tener que ver a Sebastián besando entusiasmado a la novia.


Cuando empezó la alegre música que anunciaba que dos personas habían puesto sello a su compromiso, levantó la vista para ver cómo la feliz pareja salía radiante caminando por el pasillo, entre las felicitaciones de todos los invitados.


Sus padres adoptivos insistían en que tenía toda la vida por delante, pero Eiza no lo veía así. Se negó a llorar.


Su corazón no estaba roto.


Otra mujer se había llevado al único hombre en el mundo con el que ella hubiera considerado vivir toda la vida. El rey Arturo de Camelot y Superman, todo en uno. Sebastián siempre sería el único amor de su vida.








Capítulo 1


-Jake Edward Solomon. Tú no eres mi padre.


-No, Ei, pero soy tu hermano mayor, ¿me vas a hacer ese pequeño favor, o no? -dijo Jake en tono humorístico.


Eiza hablaba sujetando el teléfono entre la cabeza y el hombro. Estaba sentada tras su escritorio. Le dio la vuelta a su silla giratoria para mirar, sin ver, el parque al que daba la ventana de la oficina.


Jake sabía que se saldría con la suya. Eiza deseó poder resistirse, al menos esa vez, a las tontas ideas de su hermano adoptivo. Detestaba que la chantajearan emocionalmente, especialmente si lo hacía la única persona en el mundo a la que podía considerar familia.


-No estoy diciendo que lo vaya a hacer, pero ¿podrías repetirme qué es lo que quieres que haga?


Eiza ya se había resignado a ayudarlo en ese apuro, como siempre. Pero esta vez, estaba decidida a hacerlo luchar por esa victoria.


-El cuerpo de elite de la policía está organizando una cena de beneficencia, y por el precio del cubierto vamos a celebrar un espectáculo-concurso de cita a ciegas, y habrá una boda simulada al final...


-No puedes hablar en serio... -Eiza era consciente de que había subido mucho el volumen de su voz al darse cuenta de las intenciones de su hermano, pero no le importó.


-Sí que hablo en serio, Ei. Lo tenemos todo preparado para el sábado por la noche y resulta que ahora, una de las chicas se ha echado atrás.


Eiza ignoró el tono suplicante con el que Jake intentaba convencerla. Era un tono que ya conocía de innumerables ocasiones. Jake lo usaba siempre que quería salirse con la suya.


-Supongo que no estarás insinuando que reemplace yo a esa chica en esta payasada tuya. Sabes que no me gustan las citas ciegas ni de beneficencia, ni de ningún otro tipo -aseveró con firmeza, con la esperanza de hacerlo desistir.


Esperanza inútil.


-Venga, Ei. Ya te dije que estoy en un lío con este asunto. Te necesito. Esto es muy importante para muchas personas... y también para mí.


Eiza detestaba que Jake usara esa voz suave que parecía decirle «nadie te quiere como yo» y que venía usando desde sus años de adolescencia. Chantaje emocional. Eso es lo que era. Y aunque la sacaba de sus casillas, siempre terminaba cediendo.


-Está bien, Jake. Lo haré por ti. Esas otras personas no me interesan, no significan nada para mí.


-Claro que no. Gracias. Ei. Eres la mejor y una...


-Sí, ya, claro -interrumpió Eiza, que no quería aceptar su victoria de niño consentido.


-Mira -dijo Jake-, nos vemos mañana por la tarde en Harbor Room para hablar de los detalles. He quedado con un amigo a las cinco, pero para las seis habré terminado. Te quiero hermanita.


Y todo lo que quedó de Jake y su disparatado plan fue el tono del teléfono en el oído de Eiza.


Sebastián Rulli observó a su amigo con suspicacia en la tenue luz de Harbor Room. Era imposible que Jake conociera sus planes de encontrar esposa.


Su hermana se había casado hacía un mes, y desde entonces andaba a la búsqueda de una mujer. Ver a Ryan adaptándose a su nueva casa cerca de la univer-sidad lo afianzó en su decisión.


Sebastián recordaba la muerte de su madre cuando apenas era un adolescente, lo perdido y solo que se había sentido. La echaba mucho de menos. No quería que Ryan creciera con el mismo sentimiento de pérdida.


Inmerso en sus recuerdos, Sebastián, secaba con el pulgar la humedad de su jarra de cerveza. No buscaba amor. Había sido muy afortunado. Había conocido el amor una vez. Eso no era algo que ocurriera dos veces en la vida. A lo más que aspiraba era a conocer a alguien a quien pudiera respetar, y con quien pudiera vivir a gusto. Era algo factible. Muchas personas se casaban por mucho menos.


Sebastián se acordó de las dos listas que ocultaba en el despacho de su casa. En una, había escrito todas las cualidades que buscaba en una esposa. En la otra, todas la mujeres solteras que conocía que podían cumplir esos requisitos. Esta última no era muy larga, pero era un comienzo.


-... así que, como puedes ver, estoy en un aprieto


-¿Qué aprieto? -Sebastián se llevó la cerveza a los labios, lamentando tener que admitir que se había perdido una buena parte de la conversación de su amigo.


-Necesito que me hagas un favor. Necesito un hombre para el sábado por la noche -Jake hablaba despacio, como si hablara con un niño pequeño.


Sebastián dejó la jarra de cerveza en la mesa.


-Lo siento, pero tengo muchas cosas en la cabeza. Hay un caso muy complicado que estoy revisando -no era del todo mentira.


-Ya no trabajas en los tribunales, eres profesor de Derecho en la universidad. ¿Qué caso es ese?


Sebastián no tenía ninguna intención de hablar de su último proyecto con Jake. Cuando se le metía una idea en la cabeza, era como un perro con un hueso. Recordando todas las citas ciegas en las que su amigo lo había embarcado en el instituto, antes de empezar a salir con Joan el último año, le dio un escalofrío de imaginarse con qué tipo de mujer estaría intentando liarlo.


-¿Cómo está tu hermana? -preguntó Sebastián con la intención de distraer a Jake.


-¿Ei? Está bien. Oye, tienes que hacerlo por mí...


Por una décima de segundo sintió una punzada en el estómago. No era posible que Jake quisiera que saliera con su hermana. La recordaba como una tímida chiquilla que los seguía a todas partes. Si la memoria no le fallaba, poco después de su boda con Joan, ella se había ido a la Costa Este para ir a la universidad.


-¿Hacer qué por ti? -preguntó con cautela.


-El departamento está preparando una cena de beneficencia para el Refugio para Mujeres de East Side. Habrá una subasta y un poco de baile pero la mayor parte del programa va a consistir en un concurso de cita a ciegas, y el tipo del departamento que iba a concursar se ha echado atrás en el último minuto.


Sebastián dio un trago largo de su cerveza con alivio. Su mejor amigo no estaba intentando emparejarlo con su hermana pequeña. El mismo Jake le había contado que se había convertido en una adicta al trabajo.


-¿Qué le pasó a ese tipo?


-Se casó, y ahora su esposa no quiere que participe.


-¿Y no hay otros?


-Están todos de servicio, y yo, como seré el maestro de ceremonias, voy a estar demasiado ocupado para concursar, así que ni preguntes.


Como miembro de un cuerpo de elite de la policía, Jake se tomaba sus misiones muy en serio, incluida esta.


-¿Y cuándo tiene lugar este importante «acontecimiento»? -preguntó Sebastián, incómodo por el retraso que sufrirían sus propios planes. Pero tenía que encontrar un hueco para hacerlo. Le debía demasiado a Jake. Sin su fiel amigo, no sabía cómo podría haber superado la muerte de Joan.


-Este sábado. Siento avisarte con tan poco tiempo, pero estoy desesperado. Y, a lo mejor, después del espectáculo, tú y la afortunada dama podréis pasar algún tiempo juntos... -Jake, que era un romántico incurable ya le había insistido hasta la saciedad en que era hora de que empezara a salir de nuevo y a conocer mujeres.


-No creo que sea muy probable, si tenemos en cuenta el tipo de mujeres que sueles conseguir para estos líos tuyos -durante unos instantes, Sebastián se preguntó si estaba loco por dejarse embaucar en algo así.


«Es por una buena obra, Rulli», se dijo.


-Está bien, lo haré. De todas formas, no tenía nada que hacer esa noche.


-Genial -dijo Jake levantando su cerveza en el aire-, por el triunfo, y porque encuentres la mujer perfecta.


Sebastián tenía ciertos recelos; pero era imposible que Jake supiera que él estaba buscando esposa. Aquello no era más que otro de los planes chiflados aunque bien intencionados de su amigo.


Mientras terminaba su cerveza, echó un vistazo a su alrededor y su mirada se detuvo en una mujer que acababa de entrar. La mujer permaneció inmóvil con el rostro tapado por una sombra durante un instante como una delicada figura de porcelana.


Sin poder evitarlo, se despertó en Sebastián su instinto de macho depredador. ¿De dónde había salido esa mujer? La curiosidad lo dominaba, no podía evitar recrearse en aquella visión que iba eclipsando al resto de las personas del bar.


El cabello rubio le caía por debajo de los hombros como una pálida cascada. Un fino flequillo mantenía el pelo alejado de los ojos, enmarcados en gafas de alambre. La mujer tenía los labios apretados, como en forma de corazón mientras escudriñaba el lugar a conciencia, mesa por mesa.


«Está buscando a alguien», fue lo primero que pensó Sebastián, mientras observaba con toda su atención la silueta grácil de la mujer. Su mirada fue bajando por el cuello, largo y esbelto, pasando por unos hombros desafiantes, para terminar centrándose en su figura inolvidable, que lo cautivó con sus curvas, que el serio traje de chaqueta que llevaba no ocultaba en absoluto.


La mujer dio entonces un paso hacia delante.


Todos los sentidos de Sebastián se estremecieron al vislumbrar sus piernas larguísimas y delgadas, realzadas a la perfección por unos zapatos prácticos y poco convencionales. Al levantar la vista después de un examen tan exhaustivo, se dio cuenta de que ella lo estaba mirando a él. Sintió una punzada en el estómago. Por un breve momento, ella permaneció quieta, como sorprendida, pero enseguida volvió la mirada hacia su amigo.


Sebastián no estaba acostumbrado a que lo ignoraran como a un periódico viejo, y por alguna razón, no le gustó nada. La mujer avanzó, con un gesto de suspicacia cada vez más evidente, hacia la mesa de ellos.


«Se avecinan problemas» fue la segunda cosa que pensó Sebastián, acomodándose en la silla. La mujer se acercaba con un gesto de rabia apenas contenida en el rostro.


«Esta mujer no es ninguna amita de casa perfecta» fue la tercera cosa que pensó de ella.


-Jake -el tono de voz de Eiza, frío y calmado, no conseguía ocultar su ira. Sabía que Jake se traía algo entre manos. Y allí estaba la prueba.


Sabía que Jake terminaría trayéndola algún día ante ese hombre por el que una vez habría removido ciclos y tierra. Aquel enamoramiento infantil se había terminado el día en que Sebastián se casó con Joan. Habían pasado nueve años y le parecía algo lejano. La verdad es que ella había seguido adelante con su vida y le había ido muy bien.


Ahora, en una décima de segundo, lo observó hasta el último detalle. Sus vaqueros desteñidos le quedaban muy bien. Y también la trenca de tweed marrón. Llevaba el pelo tan despeinado, que daban ganas de pasarle los dedos por la cabeza para peinárselo. Y además, tenía una mirada tan penetrante que le daba la impresión de que podía ver hasta sus secretos más íntimos.


Eiza sintió un vuelco en el corazón al recordar el interés impúdico con el que la había mirado al entrar en el bar.


¡Cuántas veces había luchado por no quedarse mirando la foto de boda que Jake le había dado! Se sentía fascinada por el amor con que el joven Sebastián miraba a la otra mujer, su esposa, una criatura de cabello oscuro, bella y delicada, a la que rodeaba con su brazo protector.


Aunque sabía que era imposible, durante un tiempo había buscado un amor así para ella. Finalmente, convencida de que no iba a tener tanta suerte, enterró la foto en el fondo de su caja de recuerdos, y con ella el sueño de encontrar el amor verdadero. Comenzó entonces una vida independiente y llena de éxitos en la que no había lugar para esa emoción impredecible llamada «amor».


-Hola. Ei -saludó Jake poniéndose de pie y abrazándola cariñosamente. Su metro ochenta apenas rebasaba el metro setenta y cinco de ella.


Con el rabillo del ojo. Eiza vio cómo Sebastián también se levantaba. Era bastante más alto que Jake, y sus ojos, del color de un espeso bosque, la miraban cautelosos. Después, sus duras facciones se tornaron inexpresivas y la tensión que recorría su cuerpo desapareció.


-¡Suéltame. Jake! -exclamó empujándolo.


-De acuerdo -Jake agarró la silla que tenía más cerca, invitándola a sentarse. Sus ojos brillaban con malicia-. Recuerdas a Sebas, ¿verdad?


Eiza le lanzó a Jake una mirada asesina y tendió la mano al hombre que había esperado no volver a ver en su vida.


-Claro que sí -dijo tratando de mostrar desinterés.


Sin embargo, al contacto de su mano creyó que algo se derretía en el centro mismo de su alma.


Rápidamente, Eiza  retiró la mano y se la puso detrás de la espalda, donde él no pudiera volver a tocarla. Él la observó de nuevo con sus penetrantes ojos verdes y enseguida la reconoció.


-¡Hola, Eiza! ¡Cuánto tiempo sin verte!


A juzgar por su expresión, Eiza dedujo que no le agradaba demasiado ese reencuentro. No le importaba. Eiza se sentó en la silla que Jake le ofrecía. Las piernas no la sostenían. Desde la última vez que vio a Sebastián, se había enfrentado a muchos peces gordos en salas de reuniones y había salido victoriosa. Podía enfrentarse perfectamente a ese hombre, que no significaba ya nada para ella, sin que nada alterara la ordenada vida que se había construido.


-Jake, tengo que irme. Tengo que volver a casa con Ryan. Eiza, me alegro de volver a verte.


Eiza vio a Sebastián  alejarse intranquilo.


Se sentía profundamente decepcionada. Era evidente que ella le resultaba tan poco atractiva ahora como hacía años, cuando lo seguía a todas partes con el corazón en la mano.


-Creo que esta vez te voy a matar de verdad -advirtió a su hermano adoptivo. Se dio cuenta de que las manos se le habían quedado blancas de tanto apretar los puños







Capítulo 2


Sebastián se acercó al espejo intentando concentrarse en el nudo de su pajarita. No entendía por qué pero desde que se había ido, o mejor dicho, huido de aquel encuentro con Eiza González, no podía concentrarse ni en sus clases, ni en sus listas ni en nada.


Por centésima vez, pensó en ella con curiosidad. Se había dado cuenta de su intento de mantener las distancias, de su estudiada indiferencia cuando se vio obligada a saludarlo.


Aquella mujer que había visto en el Harbor Room, se parecía poco a la adolescente que él recordaba. Había cambiado. Y mucho. Aquel chicazo de mal genio al que Jake siempre estaba protegiendo se había transformado en una consumada mujer de negocios. Para su gusto, era demasiado distante e independiente, no reunía los requisitos para entrar en su lista de esposas potenciales. Entonces, ¿cuál era el problema?


No entraba en sus planes sentirse atraído por una ejecutiva agresiva. Pero no podía apartar de su cabeza aquellos ojos del color del whisky, ni aquella esbelta figura de piernas largas y tentadoras, que él imaginaba rodeando su cintura, ni la fantasía de pasar sus dedos por aquella cascada de cabello dorado. ¿Qué había sido del chicazo que recordaba?


Un escalofrío le recorrió el cuerpo al sorprenderse aferrado a estas imágenes que atentaban contra su sentido común.


-Papá, no puedo atarme esto.


Sebastián vio el reflejo de su hijito de seis años en el espejo. Ryan le recordaba mucho a Joan. Le traía recuerdos de su esposa, que ya no eran dolorosos, pero que lo hacían sentirse solo y vacío por dentro. Aunque hacía ya cuatro años de su muerte, echaba de menos su risa y la alegría de volver a casa cada día y encontrarse con el amor y la seguridad que ella le daba.


Apartó de su mente el alud de recuerdos que tanto había luchado por aceptar y se puso en cuclillas junto a Ryan para hacerle el nudo de la pajarita.


-Estás muy elegante, campeón.


Se puso de pie y miró de nuevo al espejo. El niño parecía una versión pequeña de su padre. Los dos llevaban traje negro, camisas blancas y tenían los mismos ojos verdes. Uno era más joven e inseguro, el otro más triste y sabio.


-¿Vamos a encontrar una mamá esta noche? -la vocecita de su hijo interrumpió sus fantasías sobre rubias distantes con ojos del color del whisky.


-No. Recuerda que te dije que va a ser de mentirijillas. Es para recaudar fondos para...


-Una buena obra. Pero pensé que ya que ibas a elegir una mujer imaginaria...


-Imaginaria, tú lo has dicho -dijo Sebastián con firmeza. Se preguntaba si no habría sido un error invitar a su hijo a la velada.


-Ya lo sé -dijo Ryan con un apenado suspiro infantil pero enseguida se animó-. A lo mejor puede ser también mi mamá imaginaria.


A Sebastián casi se le rompió el corazón al ver esa esperanza en la cara del chiquillo. No le gustaba que Ryan no recordara a su madre. Se parecía a ella en tantas cosas: tenía su pelo oscuro, su sonrisa, el sentido del humor. Estaba claro que Ryan quería una mamá, igual que la tenían sus amiguitos.


-Todo va a salir bien, campeón. Oye, ¿quieres ayudarme a elegir mi esposa imaginaria?


Sebastián lo dijo sin pensar, pero por nada del mundo hubiera retirado la pregunta después de ver la emoción de Ryan.


-¿De verdad?


-De verdad -esperaba que a Jake no le importara un pequeño cambio en el programa del juego.


-¿Crees que podremos encontrar una a la que le gustemos?


Sebastián se miró junto a su hijo en el espejo por última vez.


-Claro que le gustaremos. ¿Qué dama podría resistirse a dos tipos estilo James Bond, tan guapos como nosotros? -preguntó Sebastián contento de haber hecho sonreír al pequeño con su respuesta.


-James Bond -repitió el niño.


Ryan se puso firme, echando los hombros para atrás, mientras su padre le ajustaba la pajarita, y dijo imitando la voz de James Bond:


-Estoy preparado.


«Muy bien, porque yo no sé si lo estoy», pensó mientras se dirigía hacia su camioneta.


-Es una gran idea. Una pareja de padre e hijo solteros. -Jake condujo a Sebastián a las cabinas del concurso- Desde aquí no podrás ver a las concursantes femeninas. Siéntate aquí. Empezaremos cuando la cena esté servida.


-Parece que has conseguido llenar esto –observó Sebastián. Si tenía que participar en las tonterías de Jake, al menos lo alegraba que fuera por algo importante.


-Sí, esto está abarrotado. Vamos a sacar un montón de dinero para el refugio esta noche. Tengo que ir a sentar a las damas en sus cabinas. Ryan, siéntate aquí con tu papá. Si quieres, hasta puedes hacer alguna pregunta.


-¡Vaya! -exclamó el niño encaramándose a su asiento.


Sebastián se sentía aliviado de que a Jake no le hubiera parecido un problema que llevara al crío.


Jake despeinó cariñosamente al niño mientras le colocaba el micrófono. Después miró sonriente a Sebastián.


-Mucha suerte. Apuesto a que esta noche vas a encontrar a la mujer perfecta.


Jake lanzó una carcajada y desapareció detrás del panel que los separaba de los demás concursantes, dejando a Sebastián lleno de recelos.


Acababa de abandonar Seattle para instalarse en Portland, una ciudad más pequeña y de moda. Y lo había hecho en parte debido a Jake, que insistió en que necesitaban un cambio, Ahora, tenía la sensación de que su amigo se traía algo entre manos. Era muy propio de él.


Desde su cabina, Sebastián veía a los elegantes invitados llegar a las mesas que quedaban dentro de su campo de visión.


-Muy bien, damas y caballeros, ha llegado el momento de comenzar -anunció la voz de Jake- Déjenme empezar dándole las gracias a todos por venir aquí esta noche para apoyar una buena causa. Recuerden que en la parte de atrás, tendrá lugar una su-basta y todo el dinero que se recaude esta noche irá directamente al Refugio para Mujeres del East Side...


Quizá su amigo tenía razón. Al otro lado del panel había tres mujeres perfectamente válidas. Una de ellas podría ser lo que él estaba buscando... para añadir a su lista.


-Como elemento sorpresa, no vamos a tener un solo soltero, sino dos, padre e hijo, que elegirán a una afortunada dama...


Eiza se quedó paralizada en su cabina. Su sospecha adoptó primero la forma de un pánico frío, para rápidamente convertirse en ira.


No sería capaz. La única persona en el mundo en la que confiaba no sería capaz de hacerle eso. ¿O sí? Una voz le decía que sí, que era capaz. Eiza lanzó todo tipo de maldiciones silenciosas contra su hermano. No podía ponerle la mano encima, pues el cubículo en el que estaba solo estaba abierto por el lado del público, que en ese momento empezaba a cenar y que esperaba con expectación el comienzo del juego.


-Soltero padre ¿por qué no empieza con su primera pregunta? Tenemos a tres encantadoras damas para que elija. ¿Para quién es su primera pregunta? ¿Para la número uno? ¿Para la número dos? ¿O para la número tres?


-Para la número tres. ¿Cuáles son tus aficiones?


A Eiza casi se le escapó un bufido cuando oyó aquella voz familiar formular su pregunta en medio del entusiasmo y los silbidos del público. No estaba preparada para el impacto de su voz, que encendió algo en su interior igual a los fuegos artificiales del Día de la Independencia.


-¿Número tres? -la profunda voz de Sebastián la sumió en una ola de sensaciones contradictorias.


Carraspeó. Sentía un nudo en la garganta


-No tengo ninguna afición -dijo finalmente sin pensar.


-Ya veo. ¿Y tú, número dos?


«¿Qué es lo que veía?», se preguntó enojada, sintiéndose como una tonta.


El tono acaramelado que usaban las otras candidatas en sus respuestas la enfermaban. De ninguna manera iba ella a venderse así, edulcorando sus respuestas para él.


-Para la número tres. ¿Cuál es tu plato favorito?


Esta vez, Eiza estaba preparada. Impostó la voz con cuidado y respondió.


-Soy vegetariana -era verdad.


-¿Y...?


-Y me gustan las verduras.


Sebastián miró a Ryan con ojos interrogantes. Había algo familiar en aquella voz, a pesar del micrófono y la brusquedad de las respuestas.


De repente, unos ojos del color del whisky le vinieron a la mente y lo entendió todo. Eso era lo que tramaba Jake. Sin embargo, tenía tres mujeres entre las que elegir y desde luego no pensaba elegir a Eiza solo porque fuera su hermana. Jake siempre había tenido ocurrencias absurdas, pero esa vez se había pasado.


Eiza miraba fijamente al público. Los camareros, vestidos elegantemente con camisas blanquísimas y corbatas y pantalones negros, servían la cena. Las mesas estaban cubiertas con hermosos manteles dorados, y todas las mujeres de la sala sin excepción tenían su mirada en la parte izquierda del escenario dónde sin duda estaba Sebastián con su hijito.


Acalorada por la rabia, se desabrochó el botón de la blusa que parecía querer asfixiarla y reforzó su intención de no rebajarse a competir por la atención de ese hombre. Respondió todas las preguntas en el tono más aburrido que pudo, mostrando adrede un total desinterés por todo, para quitarle así de la cabeza cualquier intención que pudiera haber tenido de elegirla a ella. Mientras, las otras mujeres hacían todo lo posible por echarse en sus brazos. Sus respuestas melifluas y aduladoras le revolvían el estómago.


Jake terminó apareciendo en su campo de visión, mirándola muy serio. Eiza sintió un punto de malvada satisfacción. Levantó las cejas, le sonrió con dulzura y deseó verlo ahogado en el fondo del mar. Jake se puso aún más serio y eso hizo su venganza más dulce.


«Como lo agarre, me las pagará» se prometió a sí misma. Estaba sentada en el mismo borde de la silla, casi saliéndose de su cubículo y por tanto de su parte del escenario.


Colocándose las gafas, miró por un instante por encima del panel. Los otros tres cubículos eran exactamente iguales al suyo y estaban colocados en el escenario haciendo una media luna: los dos del medio estaban algo más alejados del público. De repente, Eiza se sorprendió a sí misma preguntándose cómo sería ser elegida por Sebastián Rulli. ¿Cómo sería ser la mujer con la que él quería pasar el resto de su vida?


Todavía le latía el corazón con ese pensamiento cuando una cara se asomó por el cubículo del concursante masculino. Unos ojos muy serios la observaban. Con el traje, parecía un adulto en el cuerpo de un niño. Y entonces sonrió.


Era Ryan.


Al ver aquellos ojos expectantes, Eiza sintió el deseo, poco familiar para ella, de tomarlo en sus brazos y darle un abrazo. Le devolvió la sonrisa tímidamente.


-¿Número tres? -la voz irritada de Sebastián interrumpió la frágil conexión que había establecido con el niño.


-Lo siento, no he oído la pregunta -dijo quitándose las gafas y guiñándole un ojo a Ryan, que seguía mirándola con curiosidad.


-¿Cuál es tu lugar favorito para ir de vacaciones? -repitió Sebastián pacientemente, intentando dominar su enojo.


-Yo no voy de vacaciones -contestó Eiza con sinceridad, incorporándose en su asiento. Su mente seguía pensando en la conmovedora sonrisa del chiquillo.


-Muy bien...


Eiza se dio cuenta de que la voz sonaba cada vez más frustrada. Por primera vez desde que empezó aquella pesadilla, se relajó. Por un instante creyó oír a aquel hombre rechinando los dientes. Sonrió.


-Ryan, ven y siéntate -susurró Sebastián. Estaba sorprendido de lo difícil que le estaba resultando ocultar su frustración por las respuestas de Eiza. No le importaba lo que dijera, y, desde luego, no tenía pensado elegirla como esposa «imaginaria», pero podría al menos mostrar algún interés por el juego: al menos por el público.


Trató de no pensar en esos ojos, y en ese cuerpo que prometía compenetrarse perfectamente con el suyo en el ritual del amor. Tuvo que hacer un esfuerzo por borrar esa tentadora imagen de su mente. Ayudó a Ryan a volver a su silla. El amor no le interesaba.


-Muy bien, soltero hijo, ha llegado tu turno de hacer una pregunta -la alegre voz de Jake interrumpió el enfado de Sebastián.


-Como James Bond -le recordó Sebastián a su hijo.


-Para la número tres. ¿Te gustan los niños? -la voz le temblaba y Sebastián lo rodeó por los hombros con sus brazos.


Eiza se dio cuenta de la soledad que había en aquella voz y lo comprendió todo. Su seriedad de adulta se desvaneció ante la curiosidad de un niño de hermosa sonrisa. Sin pensarlo más, contestó con total sinceridad. De corazón. Era incapaz de hacer daño a aquel niño que esperaba su respuesta.


-Creo que los niños son muy lindos... especialmente los varones -dijo indecisa pero con sencillez.


Sebastián se quedó sorprendido por la repentina dulzura de su voz y vio cómo una enorme sonrisa se dibujaba en la cara de su hijo. Apenas escuchó las respuestas de la número uno y la número dos, y eso que esta, que era muy parlanchina, hasta propuso que fueran los tres a una hamburguesería.


¿Cómo la misma mujer que con él había sido tan evasiva y desagradable podía contestar a Ryan con tanta dulzura?


Acarició el forro de su chaqueta con los dedos conteniendo su rabia. Aunque él se consideraba un tipo normal, no estaba acostumbrado a que las mujeres lo ningunearan, y tuvo que reconocer que no le gustaba. Que él no pensara elegirla no tenía nada que ver, al menos podía ser amable.


-Muy bien, damas y caballeros. Ha llegado la hora. Nuestro soltero deberá ahora elegir una dama -la voz de Jake reverberaba en los altavoces. Sebastián pensó con alivio que aquella tontería estaba a punto de acabar.


-Muy bien, Ryan. ¿Con cuál nos quedamos? -susurró Sebastián como si estuvieran eligiendo entre dos sabores de helado que ni siquiera eran sus favoritos-. ¿Con la número uno o con la número dos?


-Con la número tres -contestó Ryan con entusiasmo. Semejante respuesta disparó una alarma en la cabeza de Sebastián.


-No, Ryan. Tiene que ser la uno o la dos.


No tenía ninguna intención de elegir a Eiza González después de la evidente falta de interés que ella había mostrado a lo largo del juego. Solo era una gala de beneficencia y ella ni siquiera se había molestado en fingir ganas de participar.


-Pero a mí me gusta la número tres -su voz había pasado del susurro a la exigencia y apretaba los puños con fuerza.


-Ryan -insistió Sebastián, estrechando al niño contra su pecho.


-Pero yo quiero que ella sea mi nueva mamá -su voz temblorosa y las lágrimas que empezaban a brotar de sus ojos eran más de lo que él podía resistir, pero lo intentó.


-Es todo de mentirijillas, hijo. Solo es por esta noche. ¿Lo entiendes?


-Sí. Pero yo prefiero a la número tres.


Jake se asomó al cubículo y pilló el final de la conversación. Sebastián refunfuñó al darse cuenta de lo divertido que a él le resultaba su problema.


-Parece ser que hay disparidad de criterio entre nuestros solteros -anunció Jake al público, tratando de crear la mayor expectación posible.


Un murmullo estalló en la sala, obligando a Sebastián a tomar una decisión. Resignado, se puso en pie con Ryan en brazos, apoyando el peso del chiquillo en la cadera. Sus palabras, pronunciadas casi sin aliento acallaron el murmullo expectante.


-Nos quedamos con la número... tres -dijo a regañadientes.


Gracias a Dios era todo ficticio, y solo para una noche. Era un adulto, podría soportar a Eiza Rose una sola noche. La enorme sonrisa de su hijo y sus manitas aplaudiendo llenas de gozo en mitad del ruido estruendoso de la ovación del público le confirmaban que había tomado la decisión adecuada... para su hijo.


Sebastián dio las gracias a la número uno y a la número dos. Al ver a esta última abandonar el escenario, pensó en que hubiera sido una mejor elección. Se llamaba Mary Towers y por su aspecto, parecía ser la perfecta ama de casa que él andaba buscando. Quizá la añadiría a su lista de candidatas potenciales.


«Es justo lo que buscaba, sería una madre fantástica para Ryan» pensó, En ese momento su mirada se cruzó con unos ojos enfurecidos, del color del whisky.


Sólo estaban ellos cuatro en el escenario: Ryan, con su alegre sonrisa y los ojos radiantes de entusiasmo; Jake, orgulloso, sonriendo con satisfacción; Eiza, muy pálida, con los labios apretados en un gesto de dolor y los ojos ahogados en una emoción que no sabía describir; y él mismo.


A Sebastián no le gustaban nada las risas que acompañaban al discurso de Jake.


-Damas y caballeros, déjenme que les presente a la pareja más explosiva de Portland: Sebastián Rulli y Eiza González.


Sebastián miró su hijo desbordante de alegría; a Jake triunfante; y a Eiza, que seguía quieta con un gesto de incredulidad. No podía evitar la sensación opresiva de que las emociones de esa noche no habían hecho más que empezar.


 Capítulo 3


-Damas y caballeros, vamos a hacer una breve pausa para montar el escenario para la boda. No olviden visitar nuestra subasta.


Eiza quería gritar con todas sus fuerzas. Alejó apresuradamente a Jake a empujones de los otros.


-Jake, no pienso casarme con ese... hombre -susurró con fiereza, dándole la espalda a la tentadora promesa que representaba Sebastián.


-Claro que te vas a casar. No corres ningún riesgo. Todo es ficticio, por una buena causa, ¿recuerdas?


Eiza apartó violentamente los brazos de Jake, que intentaban darle un abrazo.


-¿Por qué no eligió a una de las otras? -Eiza sentía que perdía la paciencia.


-¿Porque eres dulce y maravillosa y no pudo resistirse? -Jake la miraba humorísticamente, aumentando con ello la indignación de Eiza.


-Eres hombre muerto.


-Gracias, Ei, yo también te quiero. Mira, aquí viene el juez para la boda.


Eiza lanzó una mirada asesina a Jake y se apartó del escenario para dejar trabajar a los tramoyistas, que estaban sustituyendo los cubículos por un elaborado jardín.


-Esto no va a salir bien, ¿sabes? -le dijo Sebastián a su amigo, que le colocaba las solapas de su chaqueta de boda. Miró discretamente en dirección de Eiza. Una mujer la estaba ayudando a colocarse un largo velo de encaje sobre su sedosa melena rubia.


¡Qué hermosa era! Desde luego ya no era aquella tímida marimacho. Aquella chiquilla había dado paso a una mujer guapísima, a la que sin embargo, le seguían faltando virtudes típicamente femeninas.


-Claro que sí saldrá bien. A la gente le encanta estas cosas -dijo señalando un arco nupcial que estaban colocando en una esquina del escenario.


-No es eso, me refiero a Eiza y a mí -a Sebastián no le parecía nada creíble Eiza como novia. Por un instante sintió que ella lo miraba con tristeza y se le hizo un nudo en el estómago. Pero la mirada pronto se tornó indiferente.


Maldición. ¿Por qué pensaba estas cosas? Él quería tener más hijos, incluso muchos, y sabía por experiencia que las mujeres con éxito profesional no querían hijos, al menos a corto plazo. Y cualquiera podía darse cuenta de que Eiza González era una mujer dedicada a su trabajo.


Incluso para una velada como aquella, se había puesto un traje de chaqueta gris de rayas; parecía que iba a regresar a su despacho en cualquier momento. Sin embargo, llevaba un par de botones de la blusa abiertos y eso rompía un poco el efecto de ejecutiva. Aun así, Sebastián reconocía ese tipo de mujer.


-¿Qué problema hay contigo y Eiza? -preguntó Jake con una inocencia tan fingida que Sebastián se puso en situación de alerta.


-No tenemos absolutamente nada en común. Lo más probable es que después de esta noche, nunca volvamos a vernos -ese pensamiento le hizo sentir un vuelco en el corazón, pero no le dio importancia.


Sebastián miró con desconfianza la expresión inalterable de Jake.


-No importa. Aunque tampoco tendría nada de malo que Eiza y tú terminarais juntos después de esto.


¿Juntos? ¿Él con aquella ejecutiva agresiva? De ninguna manera.


-Eso no va a ocurrir, Jake -dijo Sebastián con firmeza.


-Yo solo digo que...


-Papá, ¿por qué ella se ha quedado allí lejos? -tirando de su mano insistentemente, Ryan había conseguido llamar la atención de su padre.


-Porque los novios no deben verse antes de la ceremonia, amiguito -contestó Jake arrodillándose para arreglar los botones de las solapas de Ryan.


-Todo está listo. ¿Por qué no llevamos a tu papá y a Eiza a sus puestos?


Eiza miró a aquel hombre que tanto le había costado olvidar. Sintió que no podía continuar con aquello. No iba a fingir una boda con el único hombre que había tenido la fuerza de convulsionar su alma...


-Ei, ven para acá.


Con los dientes apretados, Eiza consiguió mover las piernas, que sentía rígidas, y avanzó hacia el lugar que Jake le indicaba.


¿Por qué estaba haciendo esto? Solo porque era ficticio... y por una buena causa. Eiza echó los hombros para atrás. Se sentía realizada en su profesión y le gustaba vivir sola. No sentía lástima de sí misma por haber deseado estar unida a ese hombre para siempre, cuando era una chiquilla.


Sintió que una manita se colaba en la suya. Eiza miró hacia abajo y vio unos radiantes ojos verdes y la sonrisa más grande que jamás hubiera visto en la cara de un niño.


-Vas a ser mi nueva mamá -dijo Ryan. A Eiza se le cayó el alma a los pies. Aquello le hacía perder su fortaleza.


-Recuerda, hijo, que es de mentirijillas.


Y con esas palabras, Eiza volvió a recuperarla.


-¿Dónde está el juez de paz? ¿Hay algún juez de paz en la sala? -preguntó Jake alegremente al público.


El público empezó a corear al unísono


-¡Juez de paz!... ¡Juez de paz!... ¡Juez de paz!...


«Mantén el sentido del humor, no sufras por algo así», se decía Eiza al oír las risas en la sala. Se ajustó las gafas con nerviosismo. Inspiró profundamente para calmar los nervios. Se produjo un alboroto en la sala. ¿Qué pasaba ahora?


Un hombre ya anciano, vestido como en las películas del Oeste, con levita negra y sombrero de ala ancha, avanzó hacia el escenario, tocándose los bolsillos, como si hubiera perdido algo. Por fin, de uno de ellos sacó unas gafas de montura metálica y se las puso en su enorme nariz.


-Siento llegar tarde -dijo el hombre, casi sin aliento, colocándose frente a Sebastián.


Eiza no se lo podía creer. Ni a propósito hubiera podido encontrar Jake a un juez de paz con peor catadura.


-¿Estáis preparados, amigos? Soy Jed Banta. Esta es mi tercera boda hoy, y me gustaría empezar ya -murmuró a Jake que le estaba colocando el micrófono-. Muy bien, joven, ¿cómo se llama?


Sebastián no pudo evitar una sonrisa. ¿De dónde habría sacado Jake a semejante caballero tan anticuado? Era perfecto para hacer el papel de juez en una película de vaqueros, con ese cabello blanco y descuidado que se escapaba de su enorme sombrero de fieltro, y ese tupido bigote blanco que le tapaba los labios por completo.


-Eh... Soy Sebastián Rulli -contestó este, ahogando una carcajada al ver que el hombre escribía el nombre con un lápiz pequeño y carcomido en una hoja de papel que había sacado de un bolsillo interior de su abrigo.


Aquel hombre actuaba estupendamente, pensó Sebastián.


-Y usted, señorita ¿cómo se llama?


Por un momento, Sebastián pensó que Eiza no iba a contestar. Estaba blanca como la nieve y parecía que iba a desmayarse. ¿.De qué tenía miedo? Porque eso es lo que parecía.


En su época de abogado criminalista, había visto esa misma expresión en el rostro de los acusados cuando llegaba el momento de oír el veredicto. Lentamente, entrelazó sus dedos con los de ella, y sintió, aturdido, como si una corriente eléctrica corriera entre ellos.


¿Lo habría sentido ella también?


Eiza se ruborizó. Levantó la vista y sintió la mirada de él. Todavía sentía el calor del contacto de sus dedos.


-Me llamo... -dijo apartando por fin la mirada de él. Sebastián se quedó con la impresión de que se estaba perdiendo algo.


-Me llamo Eiza González Reyna. Aquel breve momento de vulnerabilidad despertó en Sebastián un instinto de protección. Sintió que el corazón se le aceleraba. Aquella mujer estaba llena de contradicciones. Ella apartó su mano de la de él. Sebastián intentó impedirlo.


-Muy bien, empecemos -dijo el anciano-. Estamos aquí hoy reunidos...


Eiza estaba aún intentando recuperar el aliento por lo que había pasado con sus manos. Se sentía paralizada de pensar que iban a fingir algo por lo que ella hubiera dado la vida cuando tenía diecinueve años.


Pero, en ese momento, casarse con Sebastián era lo último que deseaba. Se había construido una vida perfecta. Ya se había resignado a que su caballero andante perteneciera a otra y a que no tuviera un hermano gemelo. Sin embargo, cuando él entrelazó sus dedos con los de ella, se dio cuenta de la soledad en la que había vivido durante tanto tiempo.


Aún en ascuas, Eiza miró a su hermano adoptivo, que le sonreía amablemente. Antes de que pudiera agarrar una rabieta o sacarle la lengua, la miró con ojos maliciosos, como retándola a ver si era capaz de seguir con la farsa.


Eiza tragó saliva para apaciguar sus temores. Volvió a mirar la cara emocionada de Ryan. Sintió que algo se despertaba en su dolido corazón, algo que había mantenido enterrado durante mucho tiempo. ¿Cómo podía proteger sus sentimientos, cuando un niño tan dulce la miraba de esa manera, lleno de esperanzas? Con unos ojos, además, tan parecidos a los del padre.


-Sebastián Rulli, ¿quieres a Eiza González como esposa para amarla y respetarla hasta que la muerte los separe?


-Sí, quiero.


Eiza sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Se miraron. ¿Qué estaría pensando él? Luchó desesperadamente por apaciguar un estado de histeria incipiente.


-Eiza González, ¿quieres a Sebastián Rulli como esposo, para amarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe?


En algún lugar del corazón, Eiza deseó poder amar y respetar a Sebastián Rulli y que él la amara y respetara a ella hasta después de que la muerte los separase.


-Sss... -Eiza tosió. «Es por una buena obra», se dijo a sí misma; lo volvió a intentar-. Sí, quiero.


-Yo los declaro marido y mujer. Joven, puede usted besar a la novia -Eiza oyó estás palabras con una total sensación de irrealidad.


-No -objetó ella con un susurró ahogado. Sebastián la miró severamente y se calló. No le gustaba esa seguridad apabullante en sus ojos.


Viendo su intención, Eiza movió la cabeza en el último momento, con lo que Sebastián solo alcanzó a besarla en la comisura de los labios. No fue un beso rápido, sino un beso arrebatador que se prolongó más de lo esperado.


Aturdida por el contacto de aquella boca en su piel, Eiza se acercó a su duro pecho. Tuvo que luchar con los nervios concentrados en su estómago. Sintió que hacía mucho calor. Dio un paso atrás, resistiéndose a ir más allá. Él mantenía los brazos alrededor de su cintura, impidiéndole escapar.


-Ya está. Jóvenes, en cuanto firmen estos papeles, habremos acabado.


En medio de los vítores del público, Sebastián firmó aquella licencia de matrimonio falsa y Eiza añadió su enrevesada firma justo debajo.


-Les pido un gran aplauso para nuestros ganadores -dijo Jake tomando de nuevo el micrófono-. Veamos si podemos conseguir que nuestra nueva pareja abra el baile. Tendremos que animarlos.


Eiza vio con sorpresa cómo el pánico se apoderaba de las bellas facciones de Eiza a medida que los aplausos rítmicos del público aumentaban su intensidad. Con la reciente emoción de haber besado y estrechado la cintura de aquella mujer, se preguntó qué sería lo que se le pasaba por la cabeza.


Pensó en lo vulnerable que resultaba el adorable rostro de Eiza, en la soledad que trataba de ocultar, en sus movimientos tan inequívocamente sensuales. Sebastián trataba de ignorar las chispas que saltaban entre ellos cada vez que se rozaban. Como ahora.


Vio cómo Eiza se esforzaba por mantener su calma habitual. Se preguntaba por qué razón no podía seguir el juego. Decidió que tenía que hablar con su amigo. Jake no debería haber puesto a su hermana en una situación tan incómoda. Sospechó que su amigo debía tener sus razones para haber tramado... juntarlos de esa manera. Y no estaba bien.


-Bailemos. Es la única forma de que nos dejen tranquilos.


Eiza respondió con una mirada llena de rabia que oscurecía sus ojos hasta hacerlos castaños oscuros.


-Venga ¡que no muerdo! -insistió en tono conciliador.


Pero la tensión seguía ahí. Él no había movido la mano de la espalda de ella. Eiza se inclinó un momento sobre su hombro y Sebastián sintió cómo su espalda se curvaba bajo su mano. Después, ella se incorporó de nuevo. Sus delicadas facciones se mostraban ahora inexpresivas.


Eiza había blindado su corazón. Al fin y al cabo un baile no podía durar demasiado. Cuando Sebastián la estrechó contra su pecho, sintió que, contra su voluntad, el cuerpo le temblaba por la excitación, Solo le quedaba una cosa por hacer. Tenía que agarrar al toro por los cuernos, y pronto.


-¿Por qué me has elegido a mí? Seguro que las otras dos mujeres eran más tu tipo.


-Es verdad. Yo no te elegí, fue Ryan -Sebastián se mordió la lengua tarde; había sido muy grosero. Estaba molesto por que aquella mujer lo hubiera obligado a comportarse de una forma tan infantil. En cuanto el baile terminara. Ryan y él se largarían de allí lo antes posible.


-¿Siempre dejas que tu hijo elija las mujeres con las que sales?


Sebastián se dio cuenta del enojo que nublaba la cara de porcelana de Eiza. También se dio cuenta de que su propio cuerpo respondía a la esbelta figura que estrechaba ahora, y si no tenía cuidado ella se iba a dar cuenta de que provocaba algo más que su impaciencia.


-Esto no es como salir juntos, así que pensé que no importaba.


Eiza se movía al compás de la música y Sebastián podía oler la fragancia de vainilla, la misma que había sentido antes al besar a aquella mujer tan estirada.


Se propuso resistir el deseo que sentía de volver a oler aquella melena y se apartó un poco de ella para escapar a la trampa que parecía cernirse sobre él. Afortunadamente, Eiza no se dio cuenta de ese pequeño distanciamiento. Estaba demasiado ocupada ignorándolo... y mirando a Ryan, que estaba comiendo un helado con Jake y el falso juez de paz. Su expresión se suavizó. Sebastián se dio cuenta y se preguntó cómo era posible que Eiza pasara de ser tan arisca a ser tan dulce en solo un minuto.


-¿Qué es lo que se está imaginando? -preguntó Eiza.


-¿Quién? -pero se lo imagino al ver a Jake hablando con uno de sus colegas del cuerpo. Jake asentía: su cara ya no tenía el gesto travieso de antes, ahora estaba serio y circunspecto, como correspondía a un policía de elite.


-Parece que esto se ha acabado -dijo Sebastián con alegría. Los dos se dirigieron a la mesa donde estaba Jake-. ¿Qué pasa? -preguntó, sacando una silla para que Eiza se sentara junto a Ryan.


-Acabo de recibir las instrucciones que estaba esperando acerca de un caso que me asignaron la semana pasada. Solo me queda tiempo para hacer la maleta y darle las llaves de mi apartamento a un amigo que me lo va a subarrendar.


-¿Vas a subarrendar tu casa? ¿A quién? -Sebastián observaba a Ryan, que se había bajado de la silla y se había acercado a Eiza para estudiarla detenidamente. Lo asustaba pensar lo que se le estaba ocurriendo a su espabilado hijito.


-¿Te acuerdas de mi amigo, el que se acaba de casar? Todavía no les han entregado la casa que han comprado y su contrato de alquiler vence ahora, así que se va instalar allí con su mujer hasta que firmen la compra.


-¿Adónde te envían? -Sebastián sabía que no iba a decírselo.


Jake se encogió de hombros y sonrió misteriosamente.


-Eres mi nueva mamá, ¿verdad?


Sebastián miró indignado al niño. Cuando se le metía algo en la cabeza, era dificilísimo sacárselo.


-Recuerda, hijo, todo es de mentirijillas. Eiza y yo no nos hemos casado.


De repente escupiendo en su servilleta, el falso juez de paz se puso de pie de un salto.


-¿Qué quieres decir con que no se han casado? Claro que están casados. Acabo de casarlos ante Dios y con testigos.


-Está usted bromeando. Evidentemente -dijo Sebastián riendo.


Confuso, Sebastián miró a su hijo, que estaba entusiasmado. Y pronto se dio cuenta de la expresión horrorizada de Eiza.


-No. No puede ser verdad -susurró, llevándose la mano a la garganta. Sintió que su pulso se aceleraba.


Sin poder creer lo que oía, Sebastián miró a Jake. Lo asaltó una sospecha al ver que su amigo parecía sonreír con satisfacción.


-Sí, señora. Los he casado -continuó el anciano-, con mi autoridad de juez de paz autorizado por el estado de Oregón. Llevo cuarenta años casando gente. No veo por qué esta vez no iba a ser legal. Ustedes, jóvenes, firmaron la licencia, como Dios manda. Había testigos y yo también firmé. Así es como se hace siempre -mientras hablaba, se había quitado las gafas y las limpiaba con un pañuelo blanquísimo que sacó de otro bolsillo. Los miraba bizqueando y se reía con prudencia.


«¿Casado legalmente con Eiza González? Pero si ni siquiera estaba en mi lista... Ella no es lo que ando buscando». Fue lo primero que se le ocurrió a Sebastián. Pero enseguida reaccionó y miró enfurecido a Jake.


Eiza apenas podía contener las ganas que sentía de darle un puñetazo, como cuando eran niños y la metía en líos.


-Has sido tú -espetó, furiosa.


-No, de verdad que no, lo juro. Ojalá -Jake dio un paso atrás con los brazos en alto en actitud de rendirse. En su voz también había sorpresa-. Admito que quería emparejarlos, pero nunca hubiera tenido el valor de planear una boda secreta.


-Pero entonces... ¿Cómo ha ocurrido esto? -repuso Eiza cada vez más furiosa. Se dio cuenta con horror de que tenía lágrimas en los ojos. Entonces, la idea de asesinar a Jake la reconfortó.


-A lo mejor ha sido Cupido -sugirió Jake, retrocediendo aún más con las manos todavía levantadas.


«¿Cupido? ¿Es que a ese malcriado no le quedaba ninguna neurona en el cerebro?».


-Jake Solomon, no te atrevas a irte ahora. Tienes que arreglar esto. No puede ser que esté casada con él -Eiza vio cómo su hermano adoptivo volvía a sonreír maliciosamente, y se le cayó el mundo encima.


-No puedo quedarme. Tengo una misión. Tengo que irme. Lo siento. No puedo hacer nada. Sebastián tendrá que encargarse de eso. Pero, si queréis que os dé mi opinión, creo que esto es lo mejor que podría haber pasado. Ojalá hubiera sido idea mía para poder así atribuirme el mérito y recordárselos toda la vida -con un breve saludo con la mano y una alegre sonrisa, se despidió-. Sebastián, cuida de Ei por mí. Es muy especial.


Ahora que Jake se había ido, Eizar se sentía burlada, y más sola que nunca. Su cerebro buscaba a toda velocidad una salida del atolladero en el que se había metido. Sebastián y Ryan esperaban tras ella. Sebastián, preocupado. Ryan, encantado.


-¿Dónde está ese juez? Tenemos que hablar con él, decirle que deshaga esta boda, o algo así -el pánico no la dejaba hablar con claridad.


-Se ha ido -dijo Sebastián-, no pude detenerlo. Dijo que tenía que celebrar otra boda -se sentía como si le hubieran tomado el pelo, con la licencia de matrimonio en una mano y Ryan en la otra-. Y viendo este papel, a menos que pueda encontrar alguna escapatoria legal, se diría que estamos realmente casados.










Capítulo 4


La tensión que los rodeaba cuando él, Ryan y Eiza subieron a su camioneta era asfixiante. Desde que había oído que la boda era válida, Ryan no había soltado la mano de Eiza y no parecía tener intención de hacerlo.


Ya dentro del coche, Ryan se seguía inclinando desde el asiento de atrás para poner la mano encima del hombro a Eiza. Ella ladeó la cabeza sobre su hombro y la movió suavemente acariciando la manita así atrapada, como queriendo protegerlo de la gran decepción que se le avecinaba.


Sebastián sintió arder en deseo al notar un gesto tan inesperado. A Eiza parecían importarle los sentimientos de su hijo. Ella no sabía lo atractiva que eso la hacía a sus ojos.


-Ryan, siéntate bien y abróchate el cinturón -dijo Sebastián mientras giraba la llave para arrancar. Seguía pensando en la mujer fría y distante que llevaba en el asiento de al lado. Sus facciones perfectas eran inexpresivas. Eiza desvió la mirada hacia la tranquilidad de la noche, que se veía por la ventana.


-No me puedo creer que Jake se fuera sin llevarme a casa -refunfuñó.


-¿Qué quieres hacer ahora? -preguntó él con torpeza, queriendo por alguna razón romper con el retraimiento de ella.


-Vas a venir a casa con nosotros. Eres mi nueva mamá.


La vocecita entusiasta de Ryan lo llenó de rabia y dolor. Ryan se merecía tener una mamá. Una madre de verdad, no esta madre por accidente, distante y silenciosa que seguía acariciando con la mejilla la mano del niño hasta que este, a regañadientes, se echó para atrás y se abrochó el cinturón.


-Ryan, la señorita Eiza y yo no estamos casados de verdad -le recordó cariñosamente a su hijo mientras se preguntaba lo que había detrás de esa mirada inexpresiva. Se había quitado las gafas para bailar, pero ahora las llevaba puestas, como si fueran un escudo para ocultarse-. Fue un error. Ella no quiere venir con nosotros a casa.


Eiza lo miró furiosa. Al volverse, su sedoso cabello rubio se agitó con fuerza sobre los hombros. Sebastián se dio cuenta de que no había elegido las palabras adecuadas y se sintió por ello aún más indignado. No era culpa de él que ella no quisiera estar casada con él. Él tampoco quería estar casado con ella. Sin embargo, por un instante, se sintió decepcionado.


-Ese señor dijo que los había casado. Eso significa que ella es mi mamá.


El brillo de aquellos ojos del color del whisky pasó de la inexpresividad a la aprensión y la incredulidad.


-No es posible que estemos casados. Ni siquiera nos hicimos los análisis de sangre.


¿Cómo se había dejado embaucar de esta manera? Siempre había sido muy cuidadosa. Cuando uno controla su propia vida y no permite que nadie se le acerque, no pueden hacerle daño.


¿En qué se había equivocado entonces? Sin permiso, el maravilloso y guapísimo Sebastián se había colado en su vida igual que el lobo en el cuento de Caperucita Roja.


Iba a matar a Jake. Tendría que ir a la cárcel, pero merecería la pena. Pensando en la consumación de su venganza, sintió un momento de alivio.


-Los análisis de sangre no son necesarios en Oregón.


Aquella voz grave interrumpió sus planes de venganza. Lo miró atentamente por primera vez desde que se enteró de que estaba realmente casada con él, haciendo realidad una de sus más secretas fantasías.


-¿Estás seguro?


-Sí.


A Eiza no le gustaba ver aquellos ojos pensativos que parecían ver más de lo que ella hubiera querido. Aunque estaba mayor de lo que recordaba, estaba más guapo, más interesante, más... sexy ahora que cuando ella lo seguía a todas partes como un cachorrillo en busca de cariño.


-Quiero irme a casa. A la mía.


-Quiero que vengas a casa con nosotros -Ryan lo dijo ahogado por las lágrimas.


A Eiza se le partió el corazón. El niño le había llegado al alma, había derrumbado sus defensas. Se le hacía imposible sobreponerse mirando a Ryan a los ojos, pero debía hacerlo.


-No puedo ir a casa con vosotros esta noche -dijo con dulzura.


-Pero...


-Ryan... -intervino Sebastián para interrumpir la súplica de su hijo.


-¿Qué te parece si los voy a ver mañana? –Eiza contuvo la respiración; ojalá el niño se contentara con una breve visita.


-Está bien -dijo con la mirada hacia abajo y la voz temblorosa.


Aterrada, se daba cuenta de que aquello no podía salir bien. Era imposible convertirse en esposa y madre solo por haber dicho «sí quiero» en una farsa.


Sebastián estaba sentado a la mesa de su despacho con las hojas de papel que contenían sus dos listas. El destino le estaba jugando una mala pasada. Eiza González no tenía ni uno solo de los requisitos que él buscaba. ¿Qué había fallado?


Sebastián se frotó los ojos. Apenas había dormido aquella noche. Cada vez que se despertaba era soñando con una piel suave como de porcelana, con unas piernas largas y provocativas, con ojos de ensueño del color del whisky y labios sensuales en forma de corazón que parecían suplicar un beso suyo.


Pero esa mujer no era su tipo. ¿Por qué soñaba y se obsesionaba con ella como un adolescente descontrolado? Su hermana Beth diría que esos sueños tenían un significado, pero él no estaba de acuerdo.


«Podría querer decir que te sientes atraído indiscutiblemente por tu nueva esposa».


Pensaba en estas cosas cuando se dio cuenta de que Ryan estaba en el umbral de la puerta, mirándolo fijamente con expresión solemne.


Apartó esos pensamientos culpables de la mente, confiando en que no volvieran.


-Ven a sentarte aquí conmigo, hijo.


Sentó a Ryan en sus rodillas, y este lo miró con sus enormes ojos verdes.


-¿Estás cansado?


-Sí, un poco. No dormí bien anoche -dijo Dillon abrazándolo. Su hijo era lo más importante de su vida. Nada podría cambiar eso.


-Yo tampoco.


La vida gasta bromas a veces. Había oído eso de que el padre se comporta como un niño, y el niño como un padre pero nunca lo había creído, hasta ese momento.


-¿No te gusta la señorita Eiza? Sería una esposa muy buena -afirmó el niño con un tono de sorprendente madurez.


«Ya es mi esposa».


-Quizá, pero para que un matrimonio salga bien hacen falta muchas cosas -contestó apartando al niño de su pecho para verle mejor la cara. Fruncía el ceño pensativo.


-¿No puede gustarte simplemente como es? Eso es lo que me dices a mí que haga con la gente.


-Bueno, no es tan sencillo. Para estar casado, hace falta tener cosas en común. Cosas importantes, como, por ejemplo, querer tener hijos, o ir al zoo juntos o que les gusten las mismas comidas -explicó acariciándole el ceño, como intentando quitarle la pequeña arruga que se le había formado.


-A la señorita Eiza le gustan los niños, me lo dijo ella. Le gustan las verduras, y nosotros comemos verduras todo el tiempo. No sé si le gusta el zoo, pero se lo puedo preguntar. Creo que deberíamos quedarnos con ella.


-No creo que quiera que nos quedemos con ella, hijo.


Sebastián pensó en las listas que había ocultado entre unos libros. Era consciente de que era una idea anticuada, de que se le podía tachar de machista, pero él buscaba una esposa que se quedara en casa. Una perfecta ama de casa. Tenía que pensar en Ryan.


Pero ¿cómo podía explicarle eso a un niño de seis años? No era el tipo de conversación que un adulto tenía con su hijo. El timbre de la puerta hizo saltar a Ryan de sus rodillas, librándolo por los pelos de continuar con esa charla.


-¡Ha venido! -gritaba mientras corría a abrir la puerta.


Sebastián lo siguió más despacio. Se sentía incómodo por no poder controlar los pensamientos que le rondaban por la cabeza. Era imposible, eran demasiado opuestos. Entonces recordó su bondad, lo vulnerable que era aunque intentaba ocultarlo, y empezó a preguntarse...


Cuando llegó a la puerta, Ryan estaba hablando a toda velocidad, y llevaba a Eiza, divertida, de la mano.


-Me alegro de que hayas venido. Quiero enseñarte mi cuarto y mis juguetes. ¿Te gusta la pizza e ir al zoo? A mí es lo que más me gusta. ¿Quieres hacer galletas  conmigo? Sabes hacer galletas, ¿verdad? Si no sabes, yo te enseñaré.


-Alto ahí, jovencito. Vas a asustar a la señorita. Vamos a llevarla al salón y a dejarla respirar -lo interrumpió su padre temiéndose que no cesara de hacer preguntas.


A pesar del cariño con el que miraba a Ryan, Eiza parecía sentirse tan incómoda como si se estuviera adentrando en la guarida de un león. Y a lo mejor era así, admitió Sebastián.


Eiza se dejó llevar a un amplio salón. Estaba tan absorta con su dilema, que apenas escuchaba las mil preguntas de Ryan.


No había dormido mucho esa noche. Cuando por fin llegó a casa, se encontró con un mensaje en el contestador informándola de que habían vendido la casa en la que vivía de alquiler desde hacía seis meses. Si no se iba antes del viernes, su casera perdería esa venta.


Sabía que la casa estaba a la venta, pero no había encontrado todavía otro sitio. Tenía sus derechos como inquilina, y por ley, no estaba obligada a irse tan pronto, pero también sabía que Marla, su casera, tenía cáncer y su seguro médico no cubría todos sus gastos. Necesitaba de verdad el dinero de esa casa para hacer frente a los costes del tratamiento médico. Así que tenía que irse. Pero ¿cómo iba a encontrar en cinco días una casa que le resultara cómoda y estuviera cerca del trabajo?


Y luego estaba el tema del supuesto «matrimonio» con Sebastián Rulli. Tratando de conciliar el sueño aquella noche, no había podido quitarse de la cabeza aquellos ojos verdes y serios que la observaban inquisitivos buscándole defectos. Él no la quería como esposa. Ella lo sabía. Aquella boda había sido un tremendo error.


Entonces... ¿Por qué el débil recuerdo de su aftershave aparecía en sus sueños? ¿Por qué seguía pensando en aquel hombre de aspecto tan masculino, con sus grandes manos y labios seductores como si realmente fuera su marido?


-¿Quieres beber algo? -ofreció Sebastián amablemente.


Eiza recordó entonces dónde estaba, sentada en un sofá color caqui demasiado rígido, en un salón luminoso de techos muy altos, en la casa de su supuesto marido. Era la última hora de la mañana y el sol entraba suavemente a través de las persianas verdes que colgaban de las ventanas.


-Sí, un poco de agua por favor -cualquier cosa con tal de alejar de ella aquel magnetismo que Sebastián destilaba. Eiza le miró el trasero y pensó que nunca había visto nada tan sexy.


-¿Sabes hacer galletas de chocolate?


Eiza miró a Ryan, que se había sentado junto a ella en el sofá. Estaba inclinado sobre ella como la Torre de Pisa, los ojos le brillaban llenos de curiosidad y entusiasmo.


Galletas de chocolate. ¡Qué vida tan sencilla! Cuando ella era niña, su vida no fue tan fácil. Nunca había estado con una familia el tiempo suficiente para que las cosas fueran sencillas. La única cosa buena, aparte de Jake, que había conseguido en la última casa de acogida fue aprender a hacer galletas de chocolate.


-Sí, sí que sé.


-¿Me ayudarás un día a hacerlas? -Ryan la miraba con mucha seriedad. Quería de verdad que ella lo ayudara. Se conmovió de contar así con su aprobación. No podía acostumbrarse a que aquel chiquillo la necesitara.


Lo abrazó con dulzura, aferrándose a esa dulce sensación de tener a Ryan en sus brazos como si de un bote salvavidas se tratara.


-Me encantaría hacer galletas contigo, pero no puedo quedarme mucho tiempo.


-¿Por qué?


-Porque tengo que buscar casa -odiaba tener que decepcionar así a Ryan. ¡Ella había sentido muchas veces lo que era la decepción cuando era pequeña!


-¿Por qué?


-Porque tengo menos de una semana para encontrar un lugar donde vivir, y eso es muy poco tiempo.


Sebastián regresaba en ese momento con un vaso de agua y dos limonadas. Se detuvo en el umbral de la puerta, conmovido por la imagen de Eiza y Ryan juntos, como si fueran madre e hijo. Ajena a su presencia, su rostro reflejaba dolor y tristeza, en lugar de la indiferencia habitual. Había muchas cosas sobre Eiza que no sabía y que ella parecía ocultar. Quizás no era esa mujer distante que él había creído.


Viéndola con su hijo, Sebastián se preguntó qué sucesos de su vida habían convertido a Eiza González, o mejor dicho, Rulli, en la mujer que ahora se esforzaba por parecer tan fría a los ojos del mundo.


-¿Por qué? -insistió Ryan.


Sebastián entró en el salón dispuesto a salvarla del interrogatorio. Cuando Ryan empezaba con sus porqués, era capaz de acabar con la paciencia de un adulto.


-Aquí están las bebidas. ¿Qué decías de mudarte? -preguntó Sebastián poniendo la bandeja en la mesa de café.


Sebastián no estaba preparado para la mirada desprevenida de aquellos ojos castaños, volvió a verla con el mismo deseo que había sentido en el Harbor Room. Sebastián tuvo que meterse las manos en los bolsillos para contener un impulso de agarrar a Eiza, que lo miraba a él a su vez, como si fuera el último trozo de chocolate del planeta.


Sebastián se daba cuenta. Se alejó un poco y se situó junto a la chimenea. La reacción de su cuerpo a aquella mirada le hizo preguntarse qué demonios iba a hacer.


Entonces Eiza parpadeó y sus largas y pobladas pestañas borraron aquella pasión tumultuosa de sus ojos, como si nunca hubiera existido. Sebastián se asombró de lo bien que se le daba ocultar sus emociones.


En efecto, Eiza intentaba distanciarse de aquel hombre que provocaba semejante conmoción en ella. Dio gracias al Cielo por estar sentada, porque aquel olor tan especial a hombre con un leve poso de aftershave le hacía temblar las rodillas. Durante un instante, sus miradas se habían compenetrado como el símbolo del yin y el yang, Había sentido como si la estuviera besando, gozando de ella, reclamándola para él. Y lo peor era que una parte de ella quería ser suya.


-¿Tienes que mudarte, Eiza? -su profunda voz de barítono la envolvió en... ¿qué? ¿era deseo? ¿era necesidad?


-Sí. Mi casera me dejó anoche un mensaje en el contestador. Quiere vender la casa y ha encontrado un comprador. Tengo que dejarla antes de que se acabe la semana o perderá la venta.


-Pero tú tienes tus derechos, no puede echarte así. Tiene que avisarte con antelación, lo que quiere hacer no es legal.


A Eiza la conmovió esa repentina indignación de Sebastián. No recordaba la última vez que alguien, aparte de Jake, había salido en su defensa.


-No es que me eche, no es eso. No me importa.


-Pues debería importante. Como inquilino, hay leyes específicas que defienden tus intereses. ¿Por qué lo dejas como si nada? No pareces del tipo de mujeres que se deja avasallar así.


¿Qué tipo de mujer se pensaba que era?


-Mi casera necesita el dinero, tiene un grave problema médico -dijo Eiza, sentada en el borde del sofá, no quería hablar de la vida privada de Marla, ni siquiera para que mejorara el concepto que aquel hombre tenía de ella-. El caso es que tengo que salir en busca de casa hoy mismo.


-Pero ¡si vas a vivir con nosotros! -dijo Ryan como suplicando. Eiza se dio entonces cuenta de lo absurdo de la situación.


Toda su vida había deseado ser parte de una familia que la quisiera sin reservas. A los diecinueve años, había pensado que Sebastián Rulli era el marido y padre perfecto para la familia de sus sueños. Y ahora, por un extraño juego del destino, tenía esa familia, con un marido sexy y un precioso niño, y todo era falso.


-Ryan, tu papá y yo no estamos realmente... –el estridente sonido del teléfono la interrumpió. Suspiró resignada mientras Sebastián iba a contestar aquel estúpido aparato. Un mechón de cabello con destellos rojizos le caía a Sebastián por la frente. Llevaba el pelo muy corto por detrás; apenas le llegaba al cuello de la camisa.


Estudió ansiosa sus duras facciones. A sus treinta y cuatro años, su rostro había madurado como un buen vino. Las líneas de expresión se le marcaban alrededor de los labios y los ojos. Ahora escuchaba con atención lo que le decían, con una mano en el teléfono y otra en el bolsillo.


Había algo imponente en Sebastián Rulli y el amor por su hijo y... por Joan. Algo que le hacía pensar a Eiza que ella no había sabido fabricarse una vida tan perfecta para sí misma. Ella nunca había tenido eso. Se preguntó si no se estaría perdiendo algo de vital importancia.


Pero no. Su vida iba muy bien, sin los quebraderos de cabeza y el dolor que acompañan al amor. Como le pasó a Sebastián cuando murió su mujer, tan de repente. Ella misma se quedó horrorizada cuando Jake le contó que Joan había muerto en un accidente de tráfico. Nadie podía creérselo, y Sebastián menos que nadie.


Eiza escuchó sin disimulo lo que hablaban en el teléfono. Sebastián tenía el ceño fruncido y se pellizcaba el puente de la nariz.


-Está bien, señora Holloway, espero que se mejore pronto.


Contra su voluntad, Eiza sintió que aquellas palabras de preocupación la conmovían, y sintió un escalofrío.


«Tienes que dejar de hacer esto», se advirtió a sí misma enfadada, tratando de romper el encantamiento que parecía estar tejiéndose alrededor de su corazón. Pero era una misión imposible; todo lo que alcanzaba a ver eran unos hombros anchos demasiado grandes para la camisa de cuadros que llevaba, unos ceñidos vaqueros desteñidos, que acentuaban unos glúteos bien torneados, unas piernas largas y musculosas y unos pies descalzos.


Se preguntó por qué encontraba tan provocativos aquellos pies descalzos. Quizá no eran solo los pies. La fuerza con la que amaba a su hijo también disparaba su ritmo cardíaco. Y también cómo había saltado para defenderla al enterarse de que tenía que mudarse. No tenía intención de averiguar por qué le ocurría esto. No eran más sus hormonas alteradas como la de una adolescente. Sería fácil dominarlas.


Desafortunadamente, esas sensaciones no desaparecieron cuando Sebastián colgó el teléfono y la miró profundamente a los ojos, como tratando de encontrar algo en el fondo de su alma.


-¿Qué pasa? -preguntó Eiza con agitación dándose cuenta de que estaba agarrando la mano de Ryan con demasiada fuerza.


Sebastián sintió que se le erizaba la piel al ver el interés de Eiza. Al mirar aquellos dulces ojos marrones, se imaginó que la tomaba en sus brazos y que ella reaccionaba con uñas y dientes, como una gata, para defenderse de las libertades que él se tomaba con ese cuerpo tentador. Era la primera vez que Eiza no estaba a la defensiva. Esa mujer era un mar de contradicciones. No sabía qué pensar. Lo que sí sabía era que no era la esposa que él buscaba.


Sin embargo, era muy dulce con su hijo. No todo el mundo sabía cómo tratar a un niño de seis años.


-¿Malas noticias? -al sentir la voz grave de ella y el olor a vainilla sintió que los vaqueros le iban que dando más apretados... y eso lo indignó.


-Sí, la señora Holloway tiene gripe. Iba a cuidar de Ryan hoy mientras iba a una reunión con el decano de la universidad esta tarde -al hablar, consiguió regresar de las apasionadas fantasías en las que estaba inmerso.


«Déjalo ya. A pesar de las circunstancias, esta no es mujer para ti».


-Es un problema, no sé con quién dejar a Ryan. Es una reunión importante. Es la primera que voy a ver al resto del personal de la universidad.


Sebastián se concentró en ese nuevo problema para dejar de pensar en Eiza. Era abogado, no podía perder la calma con esa facilidad.


-¡La señorita Eiza se puede quedar conmigo! -exclamó Ryan saltando de su asiento con entusiasmo.


Sebastián miró el rostro contenido de Eiza al observar la explosión de alegría del niño. Parecía un animalillo asustado sorprendido por las luces de un coche. Movió los labios pero de ellos solo salió un gemido ahogado. Y después, empezó a hablar a toda velocidad.


-No creo que sea una buena idea. Casi no me conoces. Y, de verdad, tengo que buscar casa hoy mismo.


-¡Por favor! -suplicó Ryan.


Sebastián sabía que debía comportarse como un caballero y rescatar a Eiza de esa situación, pero no pensaba hacerlo. Se sentía demasiado intrigado con sus reacciones. Además, no conocía a nadie de confianza para dejar a Ryan. Aunque la verdad era que tampoco sabía por qué esa mujer le parecía de confianza.


-¡Papá!


Sebastián sonrió a su hijo.


-Mi reunión es a las seis. Podemos ir a buscar casas hasta esa hora. Tenemos el periódico del domingo. Si quieres podemos empezar ahora mismo.


Se sintió enfadado consigo mismo ante semejante impulso. No debería dejarse influir así por los ojos suplicantes de su hijo, ni por la oculta vulnerabilidad de Eiza.


¿Qué otra persona, aparte de su hermana Beth, dejaría su casa de un día para otro porque el casero necesitara el dinero? Que Eiza fuera capaz de hacer algo así era algo a su favor difícil de ignorar. Algo que ella trataba de ocultar desesperadamente.


Eiza tenía un buen corazón. Eso significaba que podía aprovecharse de esto para convencerla de quedarse con Ryan esa tarde. Solo era una noche. Sabía que debía avergonzarse por utilizar esa bondad en su contra, pero lo cierto era que no le importaba. Por culpa de ella no podía dedicarse tranquilamente a su búsqueda de la mujer idónea.


-Bueno, no sé...


¿Por qué estaba considerando ni por un segundo entrar en la vida de Sebastián y Ryan?, ¿por qué no se levantaba y se iba? Tenía que irse antes de que hiciera algo realmente estúpido, como creerse que por encantamiento iba a convertirse en esposa y madre.


Ella, Eiza González.


-¡Por favor, señorita Eiza! -Ryan se negaba tenazmente a darse por vencido.


Eiza miró desesperada a Sebastián pero este no intervino en su ayuda. ¿Qué podía hacer?


-Está bien, de acuerdo. Cuidaré de ti esta noche. Pero usted, jovencito... -añadió pinchándole la barriga con el dedo índice-, tendrá que ayudarme a encontrar un lugar donde vivir esta tarde. ¿Trato hecho?


Ryan solo tenía seis años. Él no podía saber en realidad si quería o no que ella viviera con ellos.


«Tu vida es tranquila y sin sobresaltos. No te metas en esto Eiza... Rulli».


-Trato hecho -aceptó el niño, dando patadas a la alfombra con los pies, con aire descontento.


-Vamos a buscar el periódico para empezar.


Eiza lo miró frustrada. Se preguntaba cómo iba a poder pasar toda una tarde con aquel hombre que la atormentaba. Era ridículo intentarlo.


Siempre asustada de los sentimientos que la acechaban. Eiza sentía ahora como si saliera de un cuarto oscuro y entrara en una sala llena de luz. Todos los sentimientos que ella creía tener bajo control iban afloraban cada momento que pasaba con Sebastián y Ryan Rulli.


No quería enamorarse de Sebastián Rulli.


No sabía cómo ser la nueva mama de Ryan.








Capítulo 5


Cinco horas después, Eiza estaba sentada en la cocina, con los brazos hundidos en una fuente, muy ocupada con un niño de lo más laborioso, que tenía la nariz blanca de harina y los pelos de punta por habérselo apartado de los ojos con las manos llenas de masa. Eiza tuvo que esforzarse para no reír.


Lo había pasado muy bien buscando casa con ellos. Por primera vez en su vida, se había sentido incapaz de mantener sus defensas en alto. Se imaginaba cómo sería estar realmente casada con Sebastián y ser la madre de Ryan.


Sebastián le abría las puertas, Ryan la tomaba de la mano cada vez que salían de la camioneta. Lo había pasado muy bien, pero no había encontrado una casa.


Se mordía los labios, pensando en qué iba a hacer. Sus caballeros andantes no habían dado el visto bueno a ninguna de las casas que habían visitado. O el lugar era demasiado pequeño, o había ratas en el sótano. ¿En qué momento se habían convertido en caballeros de brillante armadura?


Y aún no le había pedido a Sebastián la anulación. No había tenido oportunidad, pues Ryan no se había despegado de su lado.


-¡Vaya! Parece que lo están pasando muy bien -dijo Sebastián entrando en la cocina.


Llevaba unos vaqueros azules, cazadora y botas de vaquero. Eiza se quedó sin aliento al verlo.


-Sí, la verdad es que Ryan estaba deseando empezar.


-Mira, papá, estoy haciendo galletas de chocolate.


Sebastián se acercó a su hijo con un trapo de cocina en la mano.


-Ya lo veo -dijo, con semblante serio pero mirada alegre, mientras limpiaba de harina el pelo de su hijo.


-Lo vamos a limpiar cuando terminemos -tartamudeó Eiza, colocándose las gafas en su sitio, incapaz de apartar la mirada del conjunto vaquero de Sebastián. Si era un caballero de radiante armadura, debía protegerla, no tentarla de esa manera.


-No sé cuánto durará la reunión. A lo mejor vuelvo a casa tarde.


-No importa, yo acostaré a Ryan.


No era la madre del niño, solo la canguro. ¿Por qué se dejaba llevar por la fantasía de ser parte de esa familia?


-Ryan obedece a  Eiza y vete a la cama cuando ella te lo diga,


Sebastián le dio unas palmaditas en la cabeza. Ryan levantó la vista de la montaña de masa que estaba formando.


-Sí. Papá.


Sebastián se acercó con naturalidad a la encimera donde Eiza estaba trabajando la masa.


-Gracias, no sabes cuánto te agradezco esto.


Incapaz de reaccionar, mirando los sensuales labios del hombre, a Eiza solo le quedaron reflejos para una respuesta escueta.


-Con gusto.


Entonces, sin darse mucha cuenta de lo que hacía, Sebastián le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. A Eiza se le cortó la respiración. Al contacto de sus dedos, sintió que la casa se desmoronaba a su alrededor. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo.


Cuando se recuperó de la impresión, Sebastián se había desvanecido, como el humo, dejando atrás un pequeño rescoldo que se resistía a extinguirse.


Como en una nube, Eiza ayudó a Ryan a terminar las galletas. Se aseguró de que terminaba la cena, lo bañó, lo convenció de que debía irse a la cama y le leyó el cuento que el chiquillo le pedía. Cuando terminó, estaba exhausta, no solo por cuidar del niño, sino también por su esfuerzo de olvidar la curiosa dulzura que había notado en el gesto de Sebastián.


Por norma general, ella evitaba todo lo que tuviera que ver con los rituales de seducción. No se le daban bien las relaciones. Se le daba mucho mejor su trabajo de documentalista en una gran compañía, Smithtowers Inc., encargada de proporcionar información y del manejo de datos. Sin embargo, no estaba cualificada para este tipo de caricias que la hacían sentirse vulnerable.


Era imposible, tenía que tratarse simplemente de un caso de tórrida lujuria; su enamoramiento por Sebastián lo había superado hacía ya mucho tiempo.


Con Ryan ya arropado en la cama, Eleanor se dirigió a la cocina, pasando de largo un dormitorio que estaba a oscuras y que no podía ser otro que el de Dillon. Tuvo que luchar de nuevo con su fantasía, pues se imaginó a sí misma en una cama grande... junto a él.


Cuando terminó de ordenar la cocina, regresó a la sala de estar. Le gustaba el cálido aire masculino de esa estancia. No había ningún toque femenino.


Incapaz de reprimir su curiosidad, Eiza observó las fotos que había por allí, tocándolas con las yemas de los dedos, como tratando de absorber esa energía para poder transmitir un poco de esa calidez a su propia vida. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de que le faltaba algo.


Vio una foto reciente de Sebastián y Ryan, otra de Sebastián con un hombre mayor y una mujer, ambos con un sorprendente parecido a Sebastián; sin duda eran su padre y su hermana. Eiza se dio cuenta entonces de lo sola que estaba en realidad y trató de luchar con el sentimiento de desamparo que la asaltó.


Tomó la foto de Sebastián y Ryan y se sentó a estudiarlas en el sofá. Pasó el dedo meñique por las facciones del hombre, observando el gran parecido entre padre e hijo.


Estaba muy cansada.


Abrazada a la foto suspiró y se recostó en aquel cómodo sofá. Era como pedir la luna, un imposible. Nada iba a cambiar. Sebastián no tardaría mucho tiempo en arreglar el lío en el que se había metido. Pero, por una vez Eiza deseó tener la luna en lugar de la anulación. Por una vez...


Sebastián llegó a casa más tarde de lo que pensaba. Eiza iba a pensar que se estaba aprovechando de ella, obligándola de esa manera a hacer de canguro. Eiza parecía haberlo pasado bien en la cocina; resultaba tan inocente, con harina por todas partes y las gafas cayéndole desmañadamente por la nariz... ¿Por qué la había tocado de esa manera'? Quizá porque parecía entusiasmada de hacer galletas con Ryan.


Silenciosamente, entró en la casa a oscuras. Se dio cuenta de que aún había luz en el salón. La llamó en voz baja. Al no obtener respuesta, entró de puntillas y la encontró como a Ricitos de Oro, durmiendo en su sofá, con una foto contra su pecho.


Durmiendo, sus facciones eran de una gran serenidad, como si no conociera las preocupaciones. Su resplandeciente cabello rubio caía por los brazos del sofá como un arroyo de luz. Sebastián sintió una punzada en el estómago.


Tenía los botones superiores de la blusa abiertos dejando al descubierto una piel suave de un color como la crema que atrajo irremediablemente su atención. Una vez más, su cuerpo reaccionó a aquella visión cautivadora.


Se puso en cuclillas junto a ella, tomó un mechón de aquel pelo dorado, suave como sus corbatas de seda, y se lo apartó de los ojos. Lo deslizó entre sus dedos fascinado de verlo caer como una cascada.


Era muy diferente de Joan. Pero estaban casados. Curiosamente, no habían hablado de eso. Tenían que tomar una decisión, y no iba a ser fácil porque afectaba a los sentimientos de Ryan.


Sebastián se puso en pie con cuidado. Era demasiado tarde para despertarla. ¡Dormía tan profundamente! En un acto de valentía, le levantó la pierna, que pendía al lado del sofá, para ponerla junto a la otra. Ella se movió buscando una nueva postura más cómoda. Sebastián mantuvo el aliento. Eiza terminó de espaldas como burlándose de él. Se alegró de que estuviera dormida para que no notara la respuesta de cierta parte de su anatomía al peso de su pierna y a su movimiento en el sofá.


¿Qué demonios le pasaba?


Tomó una manta del sillón y cubrió concienzudamente aquellas curvas voluptuosas. Le quitó la foto que aún sostenía entre las manos. Era una foto tomada en la boda de Beth. Recordó las palabras que su hermana antes de irse de luna de miel: «Ahora te toca a ti encontrar el amor, hermano. Suerte. Te la mereces».


Amor. No buscaba amor. Y la suerte nada tenía que ver con encontrar esposa. Cansado, Sebastián decidió que hablaría con la Bella Durmiente a la mañana siguiente sobre su matrimonio.


Cuando se despertó a la mañana siguiente, el último pensamiento que recordó tener antes de quedarse dormido había sido sobre Eiza y las sorprendentes facetas de su personalidad que estaba descubriendo. A la Eiza que él conocía no la habría convencido nadie de quedarse a cuidar de un chiquillo.


Sebastián miró el despertador y se levantó apresuradamente. Se había quedado dormido y era el primer día de escuela de Ryan. Con las prisas, bajó corriendo a la cocina sin darse cuenta de que iba en calzoncillos. Era así como dormía, pero normalmente no había allí ninguna mujer. Y no cualquier mujer.


Eiza González... Rulli. Tenían que discutir lo de su estado civil y era mejor hacerlo vestidos del todo. Volvió corriendo a la habitación y se puso unos pantalones de chándal grises, mientras pensaba en lo que iba a decirle.


No podía decirle que era la última mujer en la Tierra con la que se casaría. Era tarde, ya estaban casados. ¡Y era tan hermosa y resultaba tan sexy cuando mostraba esa falsa fortaleza...!


-¡Eh! ¿Qué haces aquí tú solo, hijo? -preguntó muy serio.


Ryan estaba sentado a la mesa, comiendo cereales, y la leche le caía por la barbilla. Sebastián agarró un trapo de cocina para limpiar aquel cerco blanco. Normalmente, el niño lo despertaba siempre antes de bajar las escaleras.


-La señorita Eiza me ayudó a preparar los cereales -explicó Ryan llevándose otra cucharada a la boca.


-¿Dónde está? -dijo Sebastián, esperando en tensión una respuesta.


-Se fue cuando la aguja pequeña estaba en las siete. Me dijo que te diera esta nota -Ryan le entregó una nota manchada de leche.


Sebastián tomó el trozo de papel silenciosamente. Sin querer reconocerlo se sentía decepcionado.


-¿Adónde se fue?


-Al trabajo.


¡Vaya por Dios! Para una vez que necesitaba la locuacidad de su hijo este se cerraba sin dar detalles. Leyó la nota.


Sebastián:


Entérate sobre lo de la anulación. Estaré en el trabajo. El número es 555-1344.


Att: Eiza


Quería la anulación. Su decepción se tornó en ira.


Eiza no quería estar casada con él. Eso lo entendía. Él tampoco lo quería. Cuanto antes se librara de ella antes podría volver a sus planes y a sus listas. Debía encontrar una esposa usando la lógica y la razón, no dejándose llevar por una pasión pasajera.


Hizo una bola con la nota y la encestó en la pila de la cocina. Iba a darle a esa maldita mujer lo que quería.


Eiza esperaba nerviosa a Sebastián en el Harbor Room. Se contuvo para no morderse las uñas recién arregladas. No entendía la razón de tanta ansiedad.


No era culpa de ella que los hubieran casado. Y no era culpa suya que a ella no le apeteciera estar casada... con nadie.


Sebastián parecía enfadado cuando la llamó para concertar la cita, y se preguntaba por qué.


Evidentemente, él tampoco quería ese matrimonio. ¿Por qué se sentía entonces como si tuviera que disculparse?


Eiza eligió una mesa orientada hacia la puerta, para poder verlo llegar. Cuando por fin la puerta se abrió y vislumbró a su... marido, el corazón casi se paró. Colocó cuidadosamente su vaso de vino en la mesa.


¿A quién quería engañar? Tenía pensamientos lujuriosos solo de verlo. Pero sabía que el deseo no lo era todo en una relación. Su novio de la universidad, John Tremain, nunca había estado interesado en una verdadera relación, a pesar de sus revolucionadas hormonas juveniles. Y Sebastián tampoco lo estaría, después de haber estado casado con Joan, que según Jake era la esposa y madre perfecta.


-Hola.


Sebastián se detuvo justo delante de ella, mirándola pensativamente, como si quisiera leerle la mente. Bien, pronto iba a saber lo que pensaba.


-Hola. ¿Qué has averiguado? No había por qué quedar aquí. Podría haber ido a tu casa.


-No quería hablar delante de Ryan -dijo Sebastián sentándose.


-Lo entiendo.


Eiza reconoció con tristeza la familiar sensación de abandono. Se irguió en la silla y se recordó a sí misma que eso era lo que quería, era lo que tenía que pasar.


-Estamos casados legalmente. He examinado las credenciales del juez Banta y tiene en efecto capacidad de casar.


A Sebastián no lo sorprendió la mirada de incredulidad de Eiza. Él tampoco podía creérselo. Había que decidir cuál era el paso siguiente. Sebastián apartó de la cabeza la idea persistente de que a lo mejor podían hacer que aquel matrimonio funcionara. Por Ryan.


-¿Cuánto se tarda en conseguir una anulación?


-Lo he estado mirando. Hay que hacer una petición al tribunal y tiene que aprobarla un juez. Unos treinta días.


Sebastián disimuló su rabia para que ella no pensara que lo molestaban sus prisas por escapar de aquel matrimonio.


-Treinta días. Supongo que será el matrimonio más corto de la historia.


Lo sorprendió notar cierta pesadumbre en la grave voz de Eiza. Sebastián estaba confuso. ¿Quería ella o no acabar con aquella locura de matrimonio?


-¿Cuánto tardarás en presentar la petición? -preguntó Eiza esforzándose por ocultar sus emociones contradictorias.


-Ahora mismo vuelvo -dijo Sebastián sintiendo que necesitaba beber algo-. ¿Quieres otra copa?


-¿Eh? ¡Ah, sí! Un vino blanco, por favor.


Él estaba seguro de querer anular ese matrimonio. Aunque la verdad, se empezaba a sentir responsable de ella. Eiza iba a perder su casa al final de la semana. Era más vulnerable de lo que quería aparentar. Era como una damisela en apuros y no quería que nadie lo supiera. Pero ¿qué le importaba eso a él?


Él no era el Príncipe Azul ni ella la Bella Durmiente. Le gustaban las mujeres morenas, no rubias.


Le gustaban las mujeres que sonreían todo el tiempo, no las que se esforzaban por ser reservadas. Quería una mujer maternal que se quedara en casa, no una adicta al trabajo.


Volvió a la mesa con las bebidas. Eiza se estaba mordiendo las uñas.


-¿Por qué no te vienes a vivir conmigo?


Eiza se quedó paralizada, pero no más que Sebastián, que lamentaba cómo se había expresado.


A la sorpresa la siguió una mezcla de escepticismo y temor, pero Sebastián sabía que era demasiado tarde para retractarse de su ofrecimiento. No sabía por qué lo había dicho de esa manera; ahora, era él el animalillo asustado por las luces de un coche.


-No sé... -empezó a decir Eiza dándole una oportunidad de echarse atrás.


-Tú tienes que irte de tu casa antes del fin de semana. Yo tardaré un mes en conseguir esa anulación. Mientras tanto, en mi casa hay mucho espacio. A Ryan le encantará que te quedes con nosotros.


Mencionar a su hijo había sido una estupidez. Ahora ella no podría decir que no.


Eiza no podía creer lo que estaba oyendo. El hombre de sus sueños le estaba pidiendo que se fuera a vivir con ella. Que fuera temporal era lo de menos. Por algún tiempo sería como una madre para Ryan. Sería como ser realmente la mujer de Sebastián Rulli.


No podía hacerlo. Despertaría demasiadas esperanzas en Ryan.


-No creo que sea una buena idea -dijo por fin, intentando resistirse a tan tentadora proposición.


-¿Por qué no? Necesitas un lugar donde vivir y como tu marido, es mi obligación cuidar de ti.


Eiza sintió cómo la humillación le calentaba las mejillas. Sabía que él no la amaba, pero hablar de obligación...


-Siempre he sabido cuidarme yo sola. No tengo intención de convertirme en la obligación de nadie -dijo indignada.


-No te pongas así; ya sabes lo quiero decir, no tienes adónde ir y yo puedo ayudarte.


La ira de Eiza se apaciguó. Observó la expresión obstinada de Sebastián.


-¿Qué le vas a decir a Ryan? -preguntó.


Lo último que querría era hacerle daño al chiquillo.


-La verdad, que es algo temporal.


-Está bien, pero solo hasta que la anulación sea efectiva.


En un lugar de su corazón que ella evitaba escuchar, quería seguir siendo la señora de Sebastián Rulli para siempre. La idea le dio demasiado miedo para pararse a analizarla.


Sebastián levantó la última caja que quedaba en el suelo del salón de Eiza para llevarlo a su camioneta.


La había ayudado a encontrar un lugar para almacenar sus cosas y había vaciado una habitación al otro lado del pasillo para ella. Con el cuarto de Ryan entre ellos, no habría nada que temer.


Le había explicado a Ryan abiertamente la situación. Eiza no era su esposa. Era solo un arreglo temporal.


Eiza había dejado claro que solo se mudaba hasta que llegara la anulación, o hasta que encontrara una casa propia. De hecho, desde su encuentro en el Harbor Room no volvió a saber de ella hasta que llamó para decirle que había terminado de hacer las maletas.


Estupendo. Cuanto menos interfiriera en su vida, mejor. Cuando aquella situación lamentable estuviera olvidada, podría volver en serio a la búsqueda de una esposa.


-Bien, eso era lo último -dijo Eiza volviendo de la parte de atrás de la casa con una bolsa deportiva y su ordenador portátil.


Llevaba unos vaqueros y una camiseta de tirantes que se ajustaban a su cuerpo como un guante. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo, y por un momento se pareció más al chicazo que recordaba que a la mujer de negocios de veintiocho años en la que se había convertido. Su libido se disparaba cada vez que la miraba. Tomó aire y ocultó con la caja la reacción de su cuerpo a la fantasía recurrente de tener esas piernas rodeándolo.


-Entonces... vamos a casa -dijo bruscamente.


«A casa». ¿De verdad creía Sebastián que era también su casa? Excepto por el breve tiempo que había vivido en aquel chalet, nunca había tenido un verdadero hogar.


Eiza siguió a Sebastián hasta la camioneta. Puso lo que quedaba de sus pertenencias en la parte de atrás, se montó y se abrochó el cinturón. Se daba cuenta de que irse a casa de Dillon era el más dulce de los sueños y a la vez la peor de las pesadillas.


-¿Qué quieres que hagamos para la cena?


Manteniendo firme su decisión de guardar las distancias, se calló lo que realmente hubiera querido para la cena...


-¿Pasamos por algún restaurante para llevarnos algo?


-¿Te gusta la pizza? -preguntó Sebastián distraído con su atención puesta en el tráfico.


-Claro.


«Entre otras cosas», pensó.


-Pues pizza entonces.


«Genial», pensó Eiza intentando sin éxito no ser sarcástica.


Una hora después, Sebastián estaba en la cocina comiendo una pizza de champiñones. Un hilo de queso colgaba entre su boca y la porción que tenía en la mano.


El sol de poniente entraba por la ventana y la suave luz otoñal la calmaba. Ya había colocado sus cosas y estaba sentada a la mesa frente a Sebastián y Ryan, que charlaba y se movía incesantemente. Por primera vez en mucho tiempo, sintió la tentación de bajar sus defensas y dejarles ser su familia.


-¿En qué piensas, señorita Eiza? -preguntó Ryan.


-¿Qué pienso de qué? -contestó ella mirándolo lanzarse sobre otra porción de pizza.


-¿Podemos ir al zoo mañana? -preguntó dándole un bocado.


-¿Qué si podemos...? Verás, yo pensaba terminar de instalarme y trabajar un poco.


-¡Por favor! Quiero enseñarte los osos polares.


Sebastián se apostó consigo mismo la camioneta a que no iría con ellos al zoo.


Eiza se rio al ver el rostro suplicante del niño y esa risa, profunda y grave, provocó en Sebastián un escalofrío por la espalda. Pero que se llevara trabajo a casa no hacía más que demostrarle que era una mujer dedicada en exclusiva a su carrera.


-Nunca he estado en un zoo.


Sebastián no se lo podía creer. Todo el mundo había estado de niño en el zoo, al menos una vez.


-Entonces deberías venir con nosotros -dijo suavemente mirando embelesado sus ojos castaños.


-¿Estás seguro? ¿No seré como una intrusa?


-No, claro que no.


-¿Cómo es que no has estado nunca en un zoo? -preguntó Ryan, acercándose a ella y tocándole el brazo con una ternura, de la que solo un niño es capaz.


Eiza no sabía por qué nunca había ido a un zoo.


-Nunca tuve a nadie que me llevara.


Eiza ahogó una lágrima. Sebastián se conmovió. Sabía que Eiza se había criado en casas de acogida, pero no podía creer que nadie, en ninguna de ellas, hubieran llevado a una niña solitaria a una salida tan típica. Sintió rabia y dolor ante tamaño abandono.


-Deberías venir con nosotros -susurró su hijo, repitiendo la invitación del padre.


-Me encantaría ir -contestó Eiza susurrando también con voz temblorosa. Desvió la mirada hacia el padre, como esperando que este se retractara de su invitación.


Eiza sonrió tímidamente mientras Ryan la rodeaba con sus bracitos. Poco a poco, ella devolvió vacilante el abrazo y estrechó al niño con fuerza en sus brazos.


Eiza era una persona más compleja de lo que él había imaginado. Quizá había llegado el momento de saber algo más sobre la mujer que, sin comerlo ni beberlo, se había convertido legalmente en su esposa.








Capítulo 6


Cuando Eiza se despertó a la mañana siguiente. Ryan estaba junto a su cama observándola.


-¿Qué haces aquí, jovencito? -dijo desperezándose, mirándolo somnolienta.


-Estoy esperando que te despiertes. Papá dijo...


-Ryan, ¿dónde estás? -se oyó susurrar a Sebastián. Y su hermoso rostro se asomó a la puerta en el mismo momento en que acababa de desperezarse.


La colcha se había deslizado de la cama y sintió que sus ojos la examinaban de arriba abajo. Gracias a Dios, se había puesto un camisón. Aunque viejo y desgastado, le permitía ocultar la reacción de su piel a esa ávida mirada y a ese torso desnudo.


Para que no se notara lo incómoda que le resultaba la situación, agarró la colcha y se tapó hasta la barbilla.


-¿Siempre despiertas así a las chicas? -dijo mirando a Sebastián a los ojos.


-No siempre, pero hoy es un día especial. No todos los días llevan los Rulli a una bella dama al zoo, es la primera vez.


A Eiza se le puso la piel de gallina al oír ese tono de flirteo desenfadado. No era posible que estuviera flirteando. Agarró apresuradamente las gafas de la mesilla de noche y se las puso con firmeza.


«Cuidado, Eiza González, estás perdiendo la cabeza».


-Cuanto antes salgan de aquí, antes podré vestirme -lamentaba tener que ser un poco brusca, pero la situación era demasiado violenta.


Sonriendo, Sebastián siguió mirándola con interés mientras abandonaba la habitación empujando a su hijito con él.


Cuando Eiza perdió de vista su sexy trasero, se abanicó con fuerza para bajar la temperatura de su cuerpo. Tenía que dejar de ver a aquel hombre como un ser responsable, amable, encantador y... sexy como para morirse.


«Ya estás casada con este bombón», le decía una malvada vocecita en su cabeza.


Se recordó a sí misma, una vez más, los peligros de desobedecer las normas que se había creado y creer que el amor era imposible. Tenía que protegerse, fuera como fuera. Decidió que tenía que borrar de su mente la imagen de Sebastián.


Sebastián observaba a la mujer que cada vez ocupaba más sus pensamientos. Estaba viendo los reptiles con su hijo. Habían llegado al zoo de Washington Park alrededor de las once y ahora, cuatro horas más tarde, ya habían explorado cada milímetro del recinto y todas las exhibiciones. Habían dejado lo mejor para el final: los osos polares.


A Sebastián le gustaban los cambios que veía en su hijo. Y aún más los cambios que veía en Eiza. Llevaba vaqueros y una camiseta con unos lobos juguetones, y lo que era más intrigante no llevaba gafas.


Desgraciadamente, seguía imaginándola entre sus brazos, besándole las yemas de los dedos y continuando por un recorrido que acababa en aquellos labios carnosos y  sonrientes. Se imaginaba a sí mismo encendiendo la pasión de aquellos ojos llameantes hasta provocar un fuego.


Hacía mucho tiempo que no tenía tantos problemas para controlar sus hormonas, y en aquel momento intentó recordar por qué no era la mujer que necesitaba.


-¡Mira papá!, ¡un caimán!


Eiza y Ryan se acercaron todo lo que pudieron. Ella apoyaba su mano protectora en el hombro de él. Sebastián lamentó las cosas que Ryan se había perdido por no crecer con una madre.


-¡Cuidado! Están dejando las huellas de vuestra nariz en el cristal -intervino riéndose de su entusiasmo.


Eiza a un lado y él al otro, con Ryan entre los dos... ¡Dios mío! ¿Cómo había podido invitar a esa mujer a entrar así en sus vidas?


-¡Cómo mola! -dijo Ryan con la cara aún pegada al cristal que los separaba de los reptiles.


Un grupo de niños de preescolar, unidos de la mano, se apiñó en torno a ellos y estalló en exclamaciones al ver al perezoso caimán.


-Sí que mola, pero tenemos que quitarnos ya, para que lo puedan ver otros niños.


Eiza se disponía también a apartarse cuando tropezó, dio un grito, e intentó desesperadamente mantener el equilibrio. Sin que Sebastián pudiera evitarlo, Eiza cayó sobre el duro cemento, con un gesto de dolor.


Como en un dominó, Ryan, que iba agarrado de su mano, perdió el equilibrio y cayó sobre el pecho de Eiza. En un instante, Sebastián oyó gritar a uno de los chiquillos.


-¡Es un caimán!


Se desató el caos. Sebastián sentía pellizcos y empujones de manitas que intentaban abrirse camino entre sus piernas. Sin poder reaccionar, Sebastián perdió también el equilibrio y se precipitó sobre Eiza y Ryan con un gemido.


-¡Papá, me estás aplastando! -chilló Ryan.


Eiza intentaba a duras penas tomar aire. El dolor y la presión de la rodilla de Sebastián en el muslo le impedían respirar. Entonces Sebastián se movió y puso la rodilla entre sus piernas, demasiado cerca de... no, no era posible que a él se le ocurrieran esas cosas en un momento así. Sentía que le faltaba el oxígeno y una oleada de calor le subió hasta el pecho. Después de hacer caer a Sebastián y a Ryan al suelo de aquella forma ridícula, todo lo que se le ocurría a ella era una fantasía erótica con un hombre que solo intentaba ponerse de pie.


-Eiza, ¿estás bien? Ryan, apártate... Ei, mírame. ¡Respira!


La sincera preocupación de Sebastián sorprendió a Eiza, que no podía menos que notar el tono de súplica en sus órdenes. Haciendo un esfuerzo, consiguió por fin que le llegara más aire a los pulmones.


-¡Dios! Ei, contéstame -insistió Sebastián.


«Me ha llamado Ei. Solo Jake me llama así». Al sentir su temor hizo un esfuerzo para sobreponerse y responder.


-Estoy bien, creo. Avergonzada. Mi tobillo... -alguien chocó contra mí pie, haciéndole rechinar los dientes de dolor.


-Apártense, niños. Déjennos espacio.


Al verlo hacerse con el control de la situación. Eiza se imaginó la figura de Sebastián en el tribunal. Intentó ayudarla a levantarse pasándole un brazo por la espalda, pero Eiza lo apartó amablemente.


-Creo que puedo yo sola -dijo con voz débil. No quería a nadie, y menos a Sebastián en una posición tan íntima y personal-. ¿Dónde está Ryan? ¿Está bien?


El niño salió de detrás de su padre con un gesto de preocupación tan grande que se le partió el corazón. Le extendió el brazo sonriendo con cautela y consiguió arrancarle una sonrisa.


-Ryan, ¿me ayudas a levantarme? Me he tropezado con algo, no sé con qué.


-Con esto -dijo Sebastián recogiendo un biberón del suelo.


A pesar del daño que sentía. Eiza se puso en pie. Sintió un dolor agudo en el tobillo.


-¡Ay!


Se sostuvo con una sola pierna y se apoyó agradecida sobre Sebastián, que se había acercado al instante para ayudarla.


-¿Qué te pasa?


-Mi tobillo, creo que me lo he torcido -dijo cerrando los ojos con fuerza.


Nunca lloraba. No había llorado al enterarse de que había sido abandonada en el hospital nada más nacer. No había llorado al tener que abandonar una casa de acogida tras otra, aun sabiendo que era porque nadie la quería lo bastante para adoptarla. Y tampoco había llorado cuando el hombre de sus sueños se casó con otra. Así que tampoco iba a hacerlo ahora.


Sin decir una palabra, Sebastián la levantó en sus fuertes brazos y la alejó de la multitud. Débil y temblorosa. Eiza apoyó la cabeza en su hombro, se permitió refugiarse en la seguridad que transmitían esos brazos. Intentaba ignorar su tobillo, que le latía con la fuerza de un tambor.


-¡Qué alguien llame a los de primeros auxilios! -pidió Sebastián a un grupo de gente joven que se acercaba.


Sebastián sentó a Eiza en un banco. Para ser una mujer tan alta, era ligera como una pluma. Estaba muy pálida. Tocó con cuidado el tobillo lastimado. Al oír que su respiración se entrecortaba, levantó los ojos y vio que apretaba los dientes.


-Perdona. ¿No puedes moverlo nada?


En ese momento, una joven con pantalones negros y bata blanca se acercó abriéndose paso entre la multitud.


-¡Déjenme pasar, por favor! -llevaba un estetoscopio y un maletín de primeros auxilios.


-Hola, soy Julie. Soy enfermera. Dígame qué ha pasado.


Eiza suspiró aliviada cuando Sebastián apartó sus grandes manos de su pierna. Aunque había sido muy dulce, no podía dejar de imaginarse esas manos explorando y palpando otras partes de su cuerpo.


-Me tropecé con un biberón.


«Porque se me caía la baba con mi maridito», pensó. Nunca iba a poder superar aquello


- Me duele el tobillo cuando intento levantarme.


-Bien, déjeme ver qué se ha hecho.


Llena de rabia por haber hecho el ridículo delante del único hombre que podía cambiar su vida, la enfermera Julie se le antojó demasiado alegre.


-No creo que esté roto, pero convendría que lo mirara el médico de urgencias. ¿Puede apoyarlo?


Antes de que pudiera contestar, Sebastián se había colocado a su lado para ayudarla. Titubeó un momento antes de apoyarse en él para impulsarse y levantarse.


-No creo que necesite un médi... ¡Dios mío! No puedo -gimió mordiéndose un labio y dejándose caer en el banco otra vez.


Ryan se apoyó en su hombro mientras la enfermera sacaba una venda de su maletín.


-Vamos a vendar eso antes de ir a urgencias. Probablemente, tendrán que hacerle una radiografía.


-¿Vas a morir? -preguntó Ryan asustado, con los ojos muy redondos y llenos de lágrimas.


Conmovida, y olvidándose por un momento del tobillo, acercó al niño a sus brazos.


-Claro que no, cariño, no voy a morir -le susurró al oído.


-¿Me lo prometes?


-Te lo prometo.


Eiza advirtió que Sebastián parpadeaba en un valiente intento de borrar de sus ojos la emoción que le habían causado las palabras de su hijo. Todavía amaba a Joan, pensó Eiza, y ese dolor se impuso al de su tobillo. No podía competir con ese amor aunque quisiera.


-Que no apoye el tobillo hasta que la vea el médico de urgencias. Voy a por una silla de ruedas.


-No hace falta, yo me ocupo de ella. Ryan ¿puedes llevar tú el bolso de Eiza?


Eiza se debatía entre romper a reír histérica o llorar como un bebé. Su tobillo lastimado no era nada comparado con la pérdida de Joan, la mujer a la que Sebastián había amado. No tenía ningún derecho a sentir que su corazón se rompía en mil pedazos.


Esa noche, Eiza descansaba en el cómodo sofá de Sebastián, con el pie estirado sobre la mesa de café. Sabía ya que solo tenía una torcedura y los analgésicos habían mitigado el dolor.


Tenía las muletas apoyadas junto a ella en el sofá. Se las habían dado en el hospital, lo que estaba muy bien, pues no quería acostumbrarse a que Sebastián la llevara de un sitio a otro. Que Sebastián la levantara en sus brazos como si no pesara más que una chiquilla la dejaba sin aliento. Que ella recordara, nadie la había llevado nunca en brazos. Le gustaba sentirse tan cerca de su pecho, sentir los latidos de su corazón y sentirse embriagada por el aroma de su aftershave.


-Por fin se ha dormido -dijo el objeto de sus fantasías, apareciendo en el salón con la camisa por fuera y en calcetines-. ¿Quieres beber algo? ¿O quieres irte directamente a la cama? Ha sido un día muy largo para ti.


-Me apetece un poco de agua -la somnolencia había desaparecido nada más oír la grave voz de Sebastián.


-Aquí tienes -dijo él sentándose junto a ella y dándole un vaso de agua fría.


-Gracias.


-Siento que tu primera visita al zoo acabara tan mal -dijo Sebastián, que se sentía muy avergonzado por el incidente.


-La verdad es que ha sido antológico. ¿Qué puede ser más embarazoso que tropezarse con un biberón?


-Una vez, iba con mi hermana montando en bicicleta y pasamos al lado de una mujer que llevaba una minifalda muy ajustada. Me caí de cuerpo entero por delante del manillar y aterricé justo debajo de la mujer. Beth aún me lo recuerda. -Eiza se recostó en el sofá con ojos divertidos- ¿Se está usted riendo, señorita González? – preguntó Sebastián, sorprendido por el cambio experimentado en Eiza al reírse-. Muy bien, muy bien, desahógate...


-Yo nunca me reiría de usted, señor Rulli.


-Bueno, y aparte del tropezón, ¿cómo fue la experiencia de tu primera visita al zoo?


-Lo pasé genial, gracias.


Eiza hablaba tan bajito y con tanto sueño, que Sebastián tuvo que inclinarse un poco sobre ella. Era increíble lo independiente que era. No había querido su ayuda en ningún momento. Le recordaba a su hermana Beth.


-Háblame de tu hermana.


Resultaba insólito que le preguntara acerca de lo que estaba pensando. Sintió un deseo irrefrenable de abrazarla.


-¿Sabías que solo nos llevamos diez meses? -comentó Sebastián, separándose un poco de ella. Sería lo mejor.


No podía apartar la vista de los labios de Eiza, húmedos ahora por el agua que estaba bebiendo poco a poco. Sebastián tosió y desvió la mirada hacia sus delicadas manos.


-Yo soy el mayor. Beth es profesora de Historia. Se casó hace poco más de un mes.


-Supongo que estaréis muy unidos.


Eiza cerró los ojos con aire de inocencia. Sebastián, intrigado por aquella mujer tan peculiar, se acercó a ella unos centímetros más.


-Sí. ¿Y tú? Sé que Jake es tu hermano de acogida, pero ¿y el resto de tu familia? -sabía por Jake que él era su único pariente.


Eiza perdió en un instante ese aire de inocencia y volvió a su actitud de tensa indiferencia. Sebastián se dio cuenta de que había tocado un punto demasiado delicado y lamentó haber dicho nada.


-No tengo más familia. Mi madre me abandonó en el hospital nada más rellenar mi certificado de nacimiento y no sé quién es mi padre.


-Lo siento mucho, Ei –dijo Sebastián compasivo. Oírla explicar cómo había sido abandonada con tanta frialdad lo llenó de admiración por ella. Tocó su hombro con delicadeza y sus dedos se enredaron en aquella cascada de sedoso cabello.


-Fue hace mucho tiempo -replicó Eiza, volviendo rápidamente la cabeza-. No hay nada que sentir. Además, tampoco fue tan malo. A Jake lo conocí en mi última casa de acogida. Yo tenía trece años y él diecisiete. Me trató como si yo de verdad fuera su hermana. Unos años después, me emancipé legalmente y empecé a trabajar. Nadie quería a una cría impertinente, así que me fui en cuanto pude. No tiene importancia.


Sebastián deslizó suavemente los dedos por los mechones de pelo con los que estaba jugueteando. Recordaba perfectamente a aquella chiquilla que seguía al hermano a todas partes.


Sebastián se sentía furioso. Por su experiencia como abogado en los tribunales sabía que había muchos niños como Eiza que acababan mal. No podía entender entonces cómo unos padres podían abandonar a sus hijos, y ahora lo entendía aún menos.


-Jake quería que me quedara con él -continuó Eiza-, y lo hice una temporada, pero al final me independicé. Tenía un plan.


-Te creo. Apuesto que tú siempre tienes un plan -dijo con admiración.


-¿De verdad? -dijo sonriendo con sus claros ojos castaños-. Mi plan era acabar mis estudios y conseguir un trabajo bien remunerado que me permitiera ser totalmente independiente. No quería sentirme obligada con nadie.


Sebastián sospechaba que había algo detrás de esa búsqueda de independencia y estabilidad.


Sebastián se acercó un poco más, y acarició con los dedos un mechón de cabello que caía sobre el tejido de seda que cubría su pecho. Como si tuvieran vida propia, sus nudillos acariciaron la suave piel de Eiza hasta el lugar donde empezaba la camiseta.


-Tuviste que sentirte muy sola. ¿Nunca has pensado en compartir tu vida con alguien? Un novio, o un marido... Uno de verdad -se apresuró a corregir-, uno que elijas tú.


-No, he estado demasiado ocupada para buscar un marido. Estoy cansada, me voy a la cama.


Así que no había novios, ni maridos potenciales a la vista. Sebastián se acordó de sus listas. Eiza estiró el brazo para agarrar sus muletas y Sebastián se apresuró a alejarlas de su alcance.


-Yo te subo.


Sebastián sentía la necesidad de proteger a aquella chiquilla de la que nadie se había preocupado y que no quería ahora darle a nadie la satisfacción de acercarse a ella.


-Puedo subir sola.


-Ya lo sé -repuso Sebastián admirando su determinación-. Mañana podrás subir y bajar todas las escaleras que quieras pero esta noche déjame llevarte.


Sebastián usó su voz de abogado, firme en su deseo de que, por una vez, se dejara ayudar por él. Se sostuvieron la mirada. Era una guerra de voluntades.


Eiza fue la primera en reprochar, pero Sebastián no le dio oportunidad de arrepentirse. Simplemente, la levantó del sofá, disfrutando de aquella mirada indignada y de su propio papel de héroe conquistador.


-No me des las gracias -dijo satisfecho por su pequeña victoria. Aflojó un poco los brazos para que ella pudiera hacer lo que él más deseaba: rodearle el cuello con los suyos. Sentía que se habían despertado sus instintos depredadores.


-Eso no ha estado bien -dijo Eiza pegada a su cuello.


Sintió el calor de su aliento en la piel, y un escalofrío le recorrió la espalda.


-Lo sé.


-Bájame -dijo con su voz profunda.


¿Estaría tan excitada como él por aquella proximidad entre sus cuerpos?


Sebastián entró así en el dormitorio de ella. La fue dejando poco a poco en el suelo junto a la cama, hasta que los dedos de ella tocaron la alfombra. Tenía la estatura perfecta. Se sentía ajeno a todo lo que no fuera esa mujer inmóvil, de pie y aún en sus brazos.


-Ya puedes soltarme -susurró ella.


-¿Y si ahora no quiero? -dijo Sebastián sin saber muy bien lo que quería de ella.


Lo único que importaba era que estrechaba aquel esbelto y hermoso cuerpo contra el suyo y que sus labios se juntaron. La lengua de ella humedeció nerviosa los labios de él. Sebastián reaccionó inmediatamente apretando los labios contra ella. La sangre lo quemaba. Eso no podía estar pasando. No estaba usando su sentido común de ahogado.


Ver que Eiza no ofrecía resistencia aumentó su excitación. Espoleado por el vacilante consentimiento de ella, sin estar muy seguro de lo que hacía, se dejó llevar por la indescriptible atracción que sentía por ella y enterró las manos en la exuberante melena de Eiza. Ella no sabía lo que su aparente inocencia provocaba en él, como hombre.


Atento a las reacciones de ella, Sebastián comenzó a moverse seductoramente animando a Eiza a hacer lo mismo. Ella no lo decepcionó y él ardió en deseo. Poco a poco, los labios de él se deslizaron hacia el cuello de ella. Podía sentir el pulso de su garganta en los labios. Los brazos de Sebastián se movían por la espalda de Eiza y apretaban los firmes pechos de ella contra su torso.


La reacción apasionada de Eiza eliminó cualquier pensamiento racional, como cuando se pulsa «borrar» en el ordenador. Buscó el final de su camiseta y metió los brazos debajo del suave algodón, deleitándose en el tacto sedoso de su piel. Siguió con las manos la tira del sostén. Solo podía pensar en una cosa: tenía que sostener esos frutos redondos en sus manos, tenía que verlos, tenía que saborearlos.


Sebastián le dio tiempo a Eiza para protestar, y al no encontrar resistencia, le quitó la camiseta por la cabeza y la tiró sobre la cama. Pudo ver el deseo en los ojos de ella, así que descartó cualquier idea de ir más despacio. No quería darle tiempo de cambiar de opinión. Estaba seguro de que ella quería lo mismo que él. Unirse como hombre y mujer.


-Eres tan hermosa... ¿Qué fue de aquel chicazo que conocía yo? -preguntó pasando un dedo debajo del sostén, por la copa de encaje, y deteniéndose entre sus pechos.








Capítulo7


El cuerpo de Eiza respondía tembloroso a las caricias de Sebastián. Lo miraba encendida por el deseo, por lo que Sebastián no pudo reprimirse y siguió el mismo camino que habían hecho sus dedos con los labios. Lamiendo. Mordisqueando. Culminó su recorrido con un beso profundo en el valle que separaba aquellos gloriosos pechos, que aceptaron su homenaje entre temblores húmedos.


Palpando sus glúteos, embutidos aún en los vaqueros, Sebastián atrajo a Eiza a la zona de su deseo El cuerpo de ella parecía amoldarse al suyo. Pensó que aún no estaban lo bastante juntos y la besó con una fuerza perturbadora, mientras intentaba torpe-mente desabrocharle los pantalones.


Eiza dio un respingo al sentir los nudillos de Sebastián junto a su ombligo, y eso dejó a Sebastián el espacio necesario para desabrocharse el botón y bajarse la cremallera de los vaqueros. Pero de pronto, en el silencio, Sebastián se dio cuenta de que Eiza le agarraba las manos impidiéndoselo. Estaba jadeante y se dejó caer en la cama desviando la mirada de él.


-El chicazo que conocías ha crecido. No es posible que pase esto, no me siento preparada aun.


-¿No? -tragó saliva. Aquella voz distante cayó como un jarro de agua fría sobre su pasión.


-Aunque resulte difícil creerlo soy virgen. Y si hacemos... esto, no conseguiremos la anulación -dijo Eiza apartándose bajando la cabeza, por el rubor que empezaba a aparecer en sus mejillas.


-Virgen? Ei, eres virgen… No puedo creerlo! Lo… lo siento y con respecto a la... la anulación -detestaba quedar como un idiota, especialmente ante esos ojos de chiquilla asustada.


¡Mantén los pies en el suelo!


-Tienes razón -dijo Sebastián intentando, sin éxito, ocultar su frustración. Tenía que irse de allí. Rápidamente. No podía seguir mirando el rostro de Eiza si no podía estrecharla entre sus brazos-. No te preocupes por eso, Ei. La culpa es de las hormonas. No sé tú, pero yo hace mucho tiempo que no estoy con nadie.


Maldición. Debería haber intentado al menos comportarse como un caballero en lugar de hacer ese comentario tan estúpido. Salió de la habitación deprisa y fue directamente a la ducha, mientras seguía maldiciendo para sus adentros. No podía decirle a Eiza que aunque no estaba interesado en ella para una relación duradera, la encontraba, totalmente a su pesar, muy sexy. Y para complicar las cosas, ahora ni siquiera podía dejar de pensar en ella... ni de querer tocarla.


Eiza vio alejarse a Sebastián con el cuerpo tenso de frustración. Tuvo que hacer un esfuerzo por contener las lágrimas.


No podía culparlo por estar enfadado, debía haberlo detenido en el mismo momento en que la había tomado en sus brazos para subirla a la habitación. Ella había deseado esos besos, esas caricias en lugares que a los que nunca había permitido llegar a otro hombre. El roce de esos labios en su piel, el contacto de esas manos explorando su cuerpo nublaban su razón. Eiza se preguntaba cómo había podido dejarse llevar por unos sentimientos que ella creía tener controlados desde hacía tanto tiempo.


Era ridículo, una virgen de veintiocho años echándose en los brazos del primer hombre por el que había sentido algo, algo que ella creía extinguido desde hacía nueve años... Nunca después había conocido otro hombre que estuviera a la altura del fantasma de Sebastián.


La esperaba una larga noche. Eiza suspiró. Intentó apartar de su mente imágenes de Sebastián haciendo el papel de padre perfecto con Ryan... de Sebastián ayudándola a mudarse de su casa... de su sorpresa al enterarse de que ella nunca había ido al zoo... de él cuidándola cuando se dañó el pie... y de la pasión impetuosa que oscurecía su mirada unos momentos antes.


Estaba claro que no iba a poder dormir. Oyó interrumpirse la ducha en ese momento. Recogió su camiseta del suelo y la lanzó a una esquina, apartando resueltamente de su cabeza el recuerdo reciente de Sebastián quitándosela.


Se puso el pantalón de franela del pijama y una camiseta vieja de dormir y encendió su ordenador portátil. Necesitaba poner en orden sus pensamientos. El orden era lo que hacía que su vida hubiera sido hasta ese momento tranquila y sin sobresaltos. Necesitaba el orden más que nunca.


Sentada en la cama con la espalda en el cabecero, Eiza reanudó metódicamente la búsqueda que llevaba realizando desde hacía un tiempo: en las necrológicas publicadas en un radio de noventa kilómetros de Portland, comenzando por la fecha de su nacimiento. Glenda Reyna. Ese era el nombre de su madre, tal y como aparecía en su certificado de nacimiento. No sabía bien por qué había empezado por las necrológicas. Quizá si su madre estaba muerta quedaría justificado su abandono.


Pero ella no creía realmente que su madre hubiera muerto. Se trataba simplemente de empezar por algún sitio. La habían abandonado en el hospital simplemente porque no la quería. Reyna era un apellido poco corriente. Quizá si pudiera localizar a un tío o una tía, encontraría respuestas acerca de su madre y el resto de su familia, si es que la tenía.


Eiza se puso manos a la obra como siempre lo hacía: aplicando todos sus recursos mentales a la búsqueda de detalles. Era eso lo que la hacía tan buena en su trabajo. Era capaz de encontrar una aguja en un pajar. Además, la actividad le permitía olvidar los sentimientos prohibidos que Sebastián había despertado en ella.


«Glenda Reyna. ¿dónde estás? ¿Quién eres? ¿Por qué abandonaste a tu bebé y permitiste que creciera entre desconocidos? ¿Fue por algo que hice? ¿O es que no te importaba, porque solo era una niña no deseada?».


Ahora que había visto a Sebastián y Ryan juntos y que sabía que Sebastián sería capaz de caminar sobre el fuego por su hijo, Eiza comprendió que necesitaba saber quién era la mujer que constaba como su madre en su certificado de nacimiento, y dónde había estado estos veintiocho años.


A la mañana siguiente. Sebastián esperaba impaciente que Eiza bajara de su habitación.


No había podido conciliar el sueño y sospechaba que a su nueva compañera también le habría costado. Había estado oyendo el irritante ruidito de las teclas del ordenador hasta bien entrada la madrugada


Se sentó a su escritorio. Desde allí podía ver la escalera y por tanto a Eiza en cuanto bajara. Se puso a leer los papeles que allí había. Echó un vistazo a los papeles de la anulación, los tenía preparados para que ella los firmara. Aunque él nunca habría elegido voluntariamente a esa mujer, por alguna razón sentía cierto rechazo por esos papeles. Pensaba en Joan, recordaba cómo ella necesitaba su fuerza y su protección. Eiza ni lo necesitaba ni lo quería a él.


Sebastián guardó los documentos legales en su escritorio y se acercó a la estantería que había junto a su ordenador. Sacó un libro sobre las ciudades mineras del antiguo Oeste que le había enviado Beth y sacó cuidadosamente de entre sus páginas amarillentas las listas.


Generosa.


Dulce.


Que le guste cocinar.


Que le guste cuidar el jardín.


Que le encanten los niños y los animales. Que se quede en casa de buena gana. Que sea una buena madre para Ryan. Que sea una compañía agradable.


Eso era lo que buscaba. Esas cosas eran las que había admirado de Joan. La echaba de menos, pero ya habían pasado cuatro años. Había llegado el momento de rehacer su vida. No solo la suya, también la de Ryan.


Jane Pladget


Theresa Wilde Trudv Kruiz Connie Blain


Mari, Towers, la dama número dos del concurso


Por mucho que mirara la lista fijamente, el nombre de Eiza González no estaba allí.


Al recordar la inesperada reacción de aquella mujer a sus besos, sintió un escalofrío. No buscaba aprovecharse de ella, pero después de tenerla en sus brazos y sentir su fragilidad, no había podido reprimirse de acariciar su piel y saborear sus labios.


No podía ser, Eiza no era su mujer ideal. No se parecía en nada a... Joan.


De repente, Sebastián se dio cuenta de lo que le pasaba. Se pasó bruscamente la mano por el pelo y se incorporó violentamente en la silla. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? Estaba buscando una «compañía agradable» para reemplazar a Joan. Había amado a Joan con todo su corazón, y lo que él estaba intentando hacer no era seguir adelante con su vida, sino recuperar algo perdido que echaba de menos desesperadamente.


Ahora estaba casado con Eiza, alguien que nunca habría considerado para compartir su vida, una mujer por la que se sentía impetuosamente atraído. Aunque todo resultaba muy confuso, había algo de lo que estaba seguro: por su reacción de la noche anterior. Eiza sentía esa atracción con tanta fuerza como él. Por mucho que siguiera clamando por la anulación.


«Si hacemos esto, no conseguiremos la anulación», había dicho ella.


Tenía razón, no iba a funcionar. Él quería una mujer cuya prioridad fuera quedarse en casa y formar una familia con él. Eiza era una profesional. Él buscaba a alguien que deseara compartir su cariño y atenciones con él. Ella no.


Eiza era tremendamente independiente, y estaba decidida a seguir siéndolo. No podía culparla por ello, ahora que sabía lo sola que se había sentido de niña. Sebastián recordó con frustración algunos de los breves instantes en los que había podido atisbar una faceta más dulce de ella el día anterior.


Sebastián colocó sus listas y los documentos de la anulación en una carpeta. Sin darse cuenta, escribió el nombre de Eiza en ella. Oyó unos pasos en la escalera y guardó precipitadamente el archivo en el cajón de su escritorio.


-Hola -dijo Eiza suavemente desde el pasillo.


Sebastián cerró con fuerza el cajón y casi se pilló la yema de los dedos. Se mordió el labio para reprimir una maldición.


-Hola, ¿qué tal tu tobillo? -preguntó Sebastián sin poder apartar los ojos de Eiza. Llevaba el cabello suelto, despeinado, los ojos aún entreabiertos, y la piel sonrosada del calor de la cama. No era buena señal sentirse tan fascinado por una imagen tan descuidada.


-Mejor -contestó ella mirándose el pie-. Anoche no pude dormirme hasta muy tarde.


Sebastián casi se echó a reír al ver la cara que ponía Eliza al despertarse del todo y darse cuenta de pronto de que estaba en el despacho de él, en pijama, hablando con él como si fuera algo que hicieran todas las mañanas. Sintió una poderosa fuerza en sus pantalones al sentir esa alegría en su rostro. Pero al espabilarse, su gesto despreocupado cambió por completo.


Se sintió irracionalmente enojado por ello, y no sabía por qué. Al ver cómo ella echaba los hombros para atrás y cómo aquellos espléndidos ojos se distanciaban, se preguntó por qué le importaba tanto que ella se mostrara tan distante como la princesa que tenía que besar al sapo para que se volviera príncipe.


-Siento lo de anoche, no tenía que haber...


-No pasa nada -replicó Eiza, fascinada por el gesto de frustración y timidez en la poderosas mejillas de Sebastián.


-Fui un estúpido.


-Puede ser -dijo ella.


Eiza observó detenidamente a aquel hombre que tenía ahora el rostro sonrojado y daba golpecitos con los dedos en el escritorio. Aunque trató de apartarlas, las imágenes de la noche anterior, esos ojos verdes nublados por la pasión, el contacto de esas manos, de esos labios en su piel, la soliviantaban irremediablemente. Frunció el ceño tratando de no pensar en cuánto había disfrutado... y deseado lo ocurrido. Con la verdad en la mano, tenía que reconocer que no todo había sido culpa del profesor de Derecho.


-No tiene importancia -continuó-. Éramos dos los que estábamos allí.


Deseaba cortar cualquier vínculo entre ellos. Eiza le extendió la mano a Sebastián ante la atónita mirada de este.


-De verdad. No pasa nada. ¿Seguimos siendo amigos? -concluyó.


-De acuerdo -accedió Sebastián y se aproximó a Eiza para estrechar su mano. Sin embargo, sus ojos parecían estar en contradicción con su gesto.


-¿Quieres desayunar?


-Claro que sí.


-¿Te apetecen huevos revueltos?


-¿Quién los va a preparar?


Eiza tuvo que contener la risa al ver la cara de Sebastián. A lo mejor aquella situación no era tan patética... Mientras Sebastián mantuviera los pies en el suelo, ella se salvaría de salir herida por el espejismo del amor que la asaltaba por todas partes.


-Sabes cocinar... ¿verdad? -preguntó Sebastián incrédulamente.


A Eiza le hizo gracia su tono de incredulidad.


-La verdad es que no. Para eso se inventaron los restaurantes de comida rápida.


-Supongo que sí. Bien, si yo cocino, tú lavas los platos.


Eiza se dirigió a la cocina dando un suspiro de resignación. Eso la ayudó a vencer las tontas ideas románticas de amor y familia que la asaltaban constantemente. Si quería salir indemne de aquel matrimonio tenía que dominar sus pensamientos.


El domingo por la noche, Eiza regresó a casa del trabajo más cansada que nunca. Incapaz de concentrarse en su trabajo, que normalmente le encantaba, se le había hecho tedioso esa semana.


Aquella noche, al ayudar a preparar las cosas de Ryan que iba a dormir a casa de su nuevo amigo Billy, Eiza se dio cuenta de que se preocupaba enormemente por el chiquillo. Le parecía demasiado pequeño para pasar una noche lejos de casa. No entendía por qué a Sebastián le parecía una buena idea dejar a Ryan en casa de su amiguito de camino a un claustro de profesores.


Se dijo a sí misma que no debía exagerar, que Sebastián llevaba mucho más tiempo siendo padre que ella y que sabía mejor lo que le convenía a Ryan.


Abrió el congelador, surtido de una amplia selección de platos congelados, y lamentó no estar más contenta de estar sola en casa. La semana se le había hecho muy larga. Apenas había visto a Sebastián. Eiza había hecho muchas horas en el trabajo para no tener que admitir que lo echaba de menos.


La incredulidad de Sebastián al enterarse de que no sabía cocinar la había enfurecido. Deseó poder preparar una comida de gourmet en unos minutos para demostrarle que se había equivocado. ¡Ni que ella no pudiera ser la mujer perfecta solo porque prefería comer sapos antes que cocinar!


Además, sabía hacer galletas de chocolate. Para Ryan y desde luego, para ella también era suficiente.


Eiza recordó con una sonrisa la cómica expresión de Sebastián cuando la vio llegar del supermercado cargada de bolsas repletas de platos precocinados.


Terminó su lasaña preparada en el microondas y se preparó una ensalada. Luego tomó una ducha relajante y se puso el pijama nuevo que había comprado el mismo día que salió a comprar comida.


No tenía intención de que la sorprendieran otra vez con su vieja y desgastada ropa de dormir. No sabía cuándo volvería Sebastián. Se retiró a su habitación, encendió el ordenador y reanudó su búsqueda donde la había dejado.


«¿Dónde estás, Glenda Reyna?».


La había buscado toda la semana sin obtener resultados. Debería dejarlo, igual que Glenda la había dejado a ella. Pero ya no podía.


Nada más ver las fotos de familia de Sebastián y el amor que se sentía en ellas, había despertado en ella un tenaz deseo de tener su propia familia... de saber quién era su madre. Quería respuestas que solo Glenda Reyna podía darle.


De pequeña solía quedarse mirando su certificado de nacimiento intentando imaginar quién sería Glenda e inventándose excusas que explicaran porque no iba a buscarla, preguntándose qué había hecho mal para que su madre la abandonara así.


Ahora, cuanto más lo pensaba, más decidida estaba a encontrar a la mujer que le había dado la vida. ¿Por qué habría hecho algo así? Querer a alguien lo suficiente como para tener un hijo con él, para luego abandonar a ese hijo nada más nacer.


En unos instantes, Eiza estaba inmersa por completo en su laboriosa tarea de búsqueda en Internet, y enseguida perdió la noción del tiempo.


-¡Hola! Todavía estás levantada.


La voz de Sebastián acabó en el acto con la concentración de Eiza, que apagó la pantalla precipitadamente.


-Eh... sí. No estaba cansada.


-¿En qué trabajas?


-No es nada más que un proyecto de mi trabajo.


Eiza no quería que nadie supiera que estaba buscando a su madre, y menos aún aquel hombre.


Sebastián llevaba el cabello revuelto. Le caía sobre la frente descuidado. Sus ojos verdes brillaban por alguna emoción que Eiza no estaba segura de querer descubrir. Llevaba, como de costumbre, pantalones vaqueros y una trenca. Se había aflojado la corbata, como si lo estuviera ahogando. El olor de su aftershave embargó a Eiza. Su silencio empezaba a ponerla nerviosa.


-¿Es qué no haces nada aparte de trabajar? ¿Nunca haces nada por diversión?


Sebastián se sentía molesto, pues había tratado de hablar con ella muchas veces esa semana y ella siempre le había puesto la misma excusa.


-Para mí el trabajo es diversión.


Eiza dio entonces la espalda al ordenador y lo miró con desconfianza.


-¿Sabes jugar al ajedrez?


Sebastián se preguntó cuánto tiempo seguiría ella rehuyéndolo. Al fin y al cabo, solo había sido un estúpido beso. No pensaba disculparse por ello. Además, a ella no la había dejado del todo indiferente, a juzgar por su reacción.


-Juego en el ordenador.


-Entonces juegas para ganar. Me darías una paliza. ¿Has jugado alguna vez al póquer?


Sebastián estaba disfrutando del desconcierto que provocaban sus preguntas. Eiza había arqueado sus hermosas cejas, pensativa. Sus jugosos labios se entreabrieron despertando en Sebastián el deseo de tomarla de nuevo en sus brazos para algo más que besarla.


-¿Al póquer?


-Es un juego de cartas. ¿Has jugado al póquer alguna vez en el ordenador?


-No, he oído hablar de él, pero nunca he jugado. No soy muy buena con las cartas.


Una verdadera curiosidad sucedió a su desconcierto inicial.


-¿Qué te parece si jugamos una partida?


Sebastián sabía que no iba a dormir esa noche. Iba a ser imposible con Ryan durmiendo fuera y la bellísima Eiza Rulli tecleando al otro lado del pasillo. Lo mejor sería intentar conocerla mejor... tratar de entender un poco más qué había detrás de aquella mujer que se había convertido accidentalmente en su esposa. Y nada mejor para eso que enseñarle a jugar un sencillo juego de cartas.


-Me parece bien -aceptó finalmente con un brillo de malicia en sus labios.


-Estupendo, te veo en mi despacho en cinco minutos. Por cierto, me gusta tu pijama nuevo.


Le gustaba provocar a aquella mujer que tanto lo provocaba a él. La observó de pies a cabeza, sin poder pasar por alto la forma sutil en la que el pijama sugería la forma de sus pechos sin exultar tampoco las curvas de sus caderas. Incluso así vestida, Eiza resultaba muy sexy. Sebastián reparó en el incipiente rubor que teñía ahora sus refinadas mejillas. Se fue a su habitación para ponerse una ropa más apropiada para jugar a las cartas.


-¡Eh! ¡Sebas! -llamó Eiza con su voz profunda-. Deberías saber que siempre que juego es para ganar.


El reto de aquella mujer fascinante hizo temblar a Sebastián. Se sobrepuso rápidamente para no parecer un estúpido. La noche prometía más de lo que él había esperado.


Se puso un viejo chándal y fue por una cerveza para él y un vaso de vino para su compañera... Apartó de su mente la evocadora imagen que esa palabra conllevaba. Cuando llegó a su despacho, Eiza ya lo estaba esperando.


-¿Qué tal está tu tobillo? -preguntó poniendo las bebidas en una mesa junto a la ventana.


-Bien, está casi bien del todo.


Eiza se puso cómoda en una silla, mientras Sebastián iba por la baraja a su escritorio.


-¿Te has tenido que tomar las pastillas hoy?


-Ninguna.


-Eso está bien. Así podrás tomarte un vaso de vino mientras te explico las reglas del juego.


Sebastián nunca había visto tanta emoción en el rostro de Eiza. Algo en su interior le decía que iba a disfrutar mucho de aquel juego.


-Bien, para empezar, el póquer es un juego de apuestas. Podemos jugar al strip póquer.


-¿Strip póquer?


Sebastián tuvo que contener una sonrisa al ver la cara de susto de Eiza. Poner a prueba a aquella mujer despertaba su instinto depredador.


-Sí, el que pierde una mano tiene que quitarse una prenda de ropa.


Estaba seguro de que no aceptaría el juego. Eiza era demasiado estirada para ese tipo de juego.


-¿Qué opciones hay?


-Podemos jugar por dinero.


Eiza no podía creerse lo embaucador que podía ser el hombre que tenía sentado frente a ella. Era como un felino al acecho: observándola, estrechando el círculo, tanteando sus defensas.


Nunca se había enfrentado a un desafío semejante. Sabía que no debía aceptar su reto, pero la verdad era que la hacía sentirse más viva, más interesante, más deseada que nunca. Era cono si él la estuviera sacando de las tinieblas y arrastrándola hacia la luz. Y ella estaba interesada. La hacía sentirse lo bastante fuerte para abandonar el nido y volar.


-Strip póquer -contestó por fin Eiza.


E inmediatamente quiso morderse la lengua. ¡Qué estúpida!









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