Mi Verdadero Amor
Prólogo
Las Vegas, 11 de junio de 2004
Un divertido grupo de jóvenes amigos, todos españoles,
entraron en el hall del impresionante
hotel Caesars Palace de Las Vegas. Sus caras al ver la
majestuosidad de todo lo que les rodeaba
hablaban por sí solas.
—Uoo tío ¡esto es la leche! —gritó Raúl más conocido como el
Pirulas, el joven más alocado
del grupo.
Todos asintieron boquiabiertos. La recepción de aquel lugar
era alucinante. El mármol color
marfil y las esculturas romanas eran tan increíbles que
parecían estar en la Antigua Roma. Emilio,
Raúl, Carlos y Sebastián que habían viajado desde Madrid
para celebrar la despedida de soltero más sonada de todos los tiempos sonrieron
divertidos. Habían planeado minuciosamente aquel viaje y allí estaban,
dispuestos a disfrutarlo.
Carlos se casaba el uno de julio y sus colegas de toda la
vida habían decidido darle aquella sorpresa. ¡Las Vegas! Un lugar del que
habían hablado mucho durante su adolescencia y al que habían prometido ir
juntos alguna vez. La ocasión se presentó y allí estaban.
—Tío... tío ¿has visto a la tía esa? Por favor, ¡qué
pechugas! —soltó Emilio, conocido en su pueblo como el Rúcula.
Sin perder un segundo, todos miraron en dirección a una
muchacha impresionante. Era una rubia escultural que iba vestida de Cleopatra.
Esta, al pasar junto a ellos, les guiñó un ojo y se marchó con dos tipos que la
esperaban vestidos de romanos.
El futuro marido y Sebastián, los más sensatos, al ver a
aquella mujer alejarse sonrieron, mientras los otros dos silbaban como
descosidos.
—Recuerda lo que hablamos —murmuró Carlos a Sebastián—. No
me dejes hacer ninguna tontería que como se entere mi churri cuando llegue a
Sigüenza ¡me mata!
Juan sonrió al oír aquel comentario y fue a contestar a su
mejor amigo, cuando el Pirulas, que también lo había escuchado, dijo colgándose
de su cuello:
—Aprovecha tus últimos días de soltero y no me seas
aburrido. Tío, que estamos en LAS VEGASSSSSSSSS. Nos rodean nenas preciosas y
sexys, y hemos prometido que lo que pase aquí, aquí se quedará.
El Pirulas era el típico amigo divertido pero problemático.
En un principio pensaron viajar sin él, pero su amistad desde niños y el cariño
que le tenían, al final consiguió que no le dejaran de lado. Sin embargo, todos
sabían que había que andarse con cuidado. A Raúl le gustaba demasiado la juerga,
la bebida y las drogas y era un especialista en liarla en cualquier momento.
—¡Joder!—gritó el Rúcula—. ¿Habéis visto qué culo tiene ese
pibonazo?
Juan sonrió. Sus amigos eran un caso aparte, pero les quería.
Nada tenían que ver con él, ni con su manera de ser, pero para él eran los
mejores del mundo, aunque también fueran los más escandalosos del universo. Por
ello, y consciente de que los cinco días que iban a estar allí iban a ser gloriosos,
cogió su bolsa de deporte y dijo antes de que alguno comenzara a gritar
burradas:
—Venga, vamos a buscar la llave de nuestra habitación para
dejar el equipaje.
El Pirulas cogiendo su mochila le siguió e indicó:
—Ostras tío. Tu amiguita de la agencia de viajes nos ha
buscado un hotelazo tremendo.
Recuérdame que le lleve un souvenir de agradecimiento.
—Pilar es muy maja—asintió Juan divertido.
—Y está muy buena—apostilló el Rúcula—. ¿Sales con ella?
—¡Ja!Ya quisiera ella—se mofó Carlos que conocía a fondo de
la vida de .su amigo.
—¿No estás liado con el monumento de la agencia? ¡Pero si
esta tremenda! —exclamó el Pirulas sacando una botellita de whisky que había
comprado al taxista.
—No...No estoy liado con ella —respondió Juan dejando sobre
el mostrador su pasaporte—. Estoy liado con las pruebas para entrar en la
policía nacional. ¿Lo recuerdas?
—Sinceramente, creo que te falta un tornillo —se mofó el
Pirula —. Y no lo digo porque quieras ser policía, sino por no estar enrollado
con ese pibonazo.
Tras soltar una carcajada, Juan miró a sus amigos y exclamó:
—¿Queréis dejar de marujear y sacar vuestros pasaportes?
Si la entrada del hotel, el hall y la recepción les pareció
alucinante, cuando llegaron a su habitación, se asomaron al balcón y vieron las
enormes piscinas fue él no va más. Aquella tarde la dedicaron a jugar en las
máquinas del hotel, y cuando se enteraron de que en la sala de espectáculos actuaba
la cantante Gloria Estefan, no se lo pensaron y fueron allí a cenar.
La actuación fue impresionante. Gloria estuvo magnifica y
ellos se divirtieron a rabiar, y más cuando descubrieron en la mesa de al lado
un grupo de chicas dispuestas a pasarlo también como ellos.
Como era de esperar, el Pirulas, que iba más bebido que
ninguno, .se levantó y se dirigió a la mesa de las chicas. Dos segundos pues
regresó con las cuatro.
—Colegas, os presento a Crista, Mariana, Eiza y Sheila. ¡Son
universitarias californianas!
—Uoooo! —exclamaron al oír su efusión.
Las muchachas les saludaron y pocos segundos después estaban
sentadas con ellos. Una vez acabó el espectáculo de Gloria Estefan, unos
músicos comenzaron a tocar y al poco Las chicas les invitaron a bailar. Raúl y
Emilio aceptaron. Carlos y Juan se limitaron a ver bailar a sus dos amigos con
las cuatro muchachas, que parecían muy animadas.
—Creo que voy a recordar este viaje toda mi vida —sonrió
Juan al ver a Raúl con una peluca a lo Elvis Presley bailando con las chicas.
Aunque su mirada se detenía una y otra vez en la rubia llamada Eiza. Sus
ojillos llenos de vida y esa sonrisa descarada le atraían... y mucho.
Carlos, que conocía bien a su amigo, al ver como aquel
miraba a la joven se acercó a él y le susurró:
—¿Es solo cosa mía o la del vestido rojo te gusta?
Sebastián sonrió. Bebió de su cerveza y, por su gesto, su
amigo le entendió.
—La verdad es que tiene unos ojazos azules impresionantes
—asintió de nuevo Carlos.
Una hora después, los ocho salieron de Caesars Palace
dispuestos a vivir la noche de Las Vegas. Primero pasaron por uno de los
cientos de casinos donde tomaron unas copas y jugaron unas partidas al
blackjack. Allí, de nuevo, Sebastián volvió a fijarse en Eiza y comprobó cómo
controlaba y ganaba en aquel juego. Con las ganancias, todos se dirigieron a
una sala de fiestas donde un grupo de salsa tocaba mientras la gente bailaba.
En esta ocasión, y con unas copillas encima, todos saltaron a la pista,
incluido Sebastián, quien demostró ser un magnifico bailarín, y a quien se le
resecó laboca en exceso cuando la chica de los impresionantes ojos azules se le
acercó y se contoneó bailando delante de él mientras le cogía de la mano. La
siguió como pudo y comprobó lo fácil que era bailar con ella. Media hora
después, sudorosos y sedientos, los dos se dirigieron a la barra para pedir unas
copas.
—Eiza, tu acento no es tan marcado como el de tus amigas,
¿por qué?—preguntó Juan.
—Mi padre es americano, pero mi madre es
puertorriqueña—cuchicheó esta—. Físicamente he salido a la familia de mi padre.
Juan sonrió y volvió a preguntar:
—¿Dónde vives?
—En Los Ángeles y, por cierto, mi abuela, la madre de mi
madre, es española.
—¿Española? ¿De dónde? —dijo sorprendido.
—De Asturias. Un lugar que lleva clavadito en el corazón.
Siempre me habla de aquella tierra como algo maravilloso y difícil de olvidar.
—¿Y cómo terminó una asturiana en Puerto Rico?
Retirándose con coquetería el pelo de la cara, mientras
llamaba al camarero para pedirle otras copas la joven murmuró:
—El amor. Conoció a mi abuelo, se enamoró de él, y cuando
este tuvo que regresar a su país, se casaron y mi abuela se marchó con él.
—¿Y tu abuela ha vuelto alguna vez a Asturias?
—Sí... sí. Ella ha viajado algunas veces allá, y yo espero
acompañarla algún día. Aunque ahora con los estudios y tal lo tengo
difícil—respondió clavándole sus azulados ojos.
—Sé que te estoy acribillando a preguntas pero, ¿qué
estudias?
La joven tras ver que el camarero preparaba sus bebidas le
miró y respondió con seguridad.
—Publicidad. Me gusta mucho ese mundillo.—Y dando un giro a
la conversación preguntó—: ¿Y tú de qué lugar de España eres?
—Vivo en Madrid. Pero mi familia es de un pueblecito de
Guadalajara llamado Sigüenza. Donde, por cierto, hay un maravilloso castillo
que es una auténtica preciosidad.
—¿Un castillo? Adoro los castillos. —Sonrió encantada— En
uno de los viajes que tengo planeado hacer a Europa quiero conocer muchos de
ellos.
—España está lleno.
—Lo sé. Mi abuela siempre me habla de España, de sus
castillos y de su historia.
Su gesto aniñado al escucharle, sus ojazos azules y sus
bonitos labios enamoraban a Sebastián, y pasándole la mano por el fino óvalo de
su cara le susurró:
—Si alguna vez vienes a España, yo mismo te los enseñaré ¿de
acuerdo canija?
—¡¿Canija?! —rió la joven con las pulsaciones a mil—. Así me
llama mi abuela
Ambos rieron y se miraron a los ojos deseosos de intimidad.
Pero los dos sabían que sería una locura. Por ello, para romper ese momento mágico,
Eiza preguntó:
—¿Estudias o trabajas?
Eiza sonrió. Ahora era ella la que preguntaba.
—Me estoy preparando para ser policía en mi país. Bueno, en
realidad, Carlos y yo nos estamos preparando para ser policías.
Sorprendida por aquella contestación ella asintió y sin
darle tiempo volvió a preguntar.
—¿Y qué hacen unos futuros policías españoles en Las Vegas?
Dando un trago a su cerveza, Sebastián se acercó un poco más
a ella y, decidido a dejar de imaginar para pasar a la acción, le respondió con
voz ronca:
—Divertirse. ¿Y vosotras?
Eiza al sentir su cercanía, olvidó sus precauciones y,
acercando sus labios a los de él, susurró cautivada:
—Divertirnos.
Dejando su cerveza sobre la barra, Sebastián se acercó más a
la muchacha para tomar con avidez aquellos labios tentadores. Ella era dulce,
suave y olía a sensualidad, una sensualidad que a Sebastián le volvió loco.
Tras ese beso cálido y sensual, llegaron muchos otros, regados con alcohol y
diversión. La noche enloqueció, llena de
colores, música, risas, bebida y descontrol. Por primera vez en su vida, Sebastián,
el muchacho que siempre controlaba sus actos, bebió tanto que llegó un momento
en que perdió la razón y la noción del tiempo.
Sebastián despertó en una habitación que no era la suya.
Miró a .su alrededor y no se sorprendió al ver a la joven que había conocido la
noche anterior desnuda a su lado totalmente dormida.
Recordaba instantes con ella, pero poco más. ¿Qué hora era?
Miró el reloj digital que estaba encima de la mesilla y leyó, las 21:14,
catorce de junio. ¿Catorce de junio? Boquiabierto, se rascó la cabeza. Lo
último que recordaba era la larde del once de junio cuando llegaron a Las Vegas
¿Cómo podía ser día catorce? Con curiosidad, paseó la mirada por aquella lujosa
suite y se sorprendió al ver un piano blanco en un lateral. Leyó su marca:
Yamaha. Levantándose desnudo y con una resaca impresionante caminó hacia una
puerta lacada en blanco. Aquello debía ser el baño. Pero se quedó sin habla al abrir
y ver unas columnas acompañadas por unas esculturas italianas y en el centro
una pequeña piscina de agua añil. ¿Pero dónde estoy? pensó mirando a su
alrededor. Cerrando la puerta, se fijó en el enorme televisor junto a la bonita
chimenea, los sillones de cuero blancos y la fuente.
—¡Qué fuerte! Una fuente en medio de un salón. Cuando se lo
cuente al abuelo va a alucinar — murmuró divertido.
Sin poder quedarse quieto buscó a sus amigos. ¿Dónde estaban?
Al abrir una puerta los encontró tendidos en una enorme cama, junto a las otras
chicas. Todos estaban desnudos, y rápidamente comprobó que faltaba el Pirulas
¿Dónde se habría metido? Sin poder evitarlo, miró a su amigo Carlos, y le vio
dormido sobre el pecho de una de las chicas.
—Joder... joder. Dije que le iba a controlar —susurró
agobiado.
Cerró la puerta. ¿Qué había ocurrido allí? Llevándose una
mano al rostro pensó en su amigo. Cuando se despertara y viera lo que había
hecho montaría en cólera al pensar en su dulce Laura. Aquello le iba a
martirizar. Si alguien quería con locura a su novia, sin duda, era Carlos.
Confundido y en busca de una explicación para todo aquello,
se pasó la mano por su largo y negro pelo cuando sintió que algo frío le rozaba
la frente. Sin perder un segundo se miró la mano y de pronto gritó.
—No... no... no... ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
La muchacha, que hasta el momento había permanecido dormida,
al oír aquel alarido se incorporó de un salto. La cabeza le dolía y todo le
daba vueltas, pero lo primero que vio fue al joven que había conocido
supuestamente el día anterior. Aquel con quien había compartido besos, diversión
y al verse desnuda en aquella cama, imaginó que algo más.
—Dime que esto no es cierto. Dime que no nos hemos casado
—gritó Sebastián enseñándole la alianza con dos dados que llevaba en la mano. La
joven, al escuchar aquello, rápidamente miró su mano. Al ver una alianza igual
en su dedo, se levantó de un salto, sin importarle lo más mínimo su desnudez.
—No puede ser... ¡esto no me puede estar pasando!
—¡¿Nos hemos casado?! —aulló él.
A Eiza le iba el corazón a mil por hora.
—No lo sé... no lo sé.
Histérico, Juan buscó su ropa interior y se la puso mientras
ella hacía lo mismo. Necesitaban despertarse, despejarse y aclarar las ideas.
Él era un chico al que su padre le había enseñado a controlar su vida y aquello
de pronto se le escapaba por todos lados. Eiza fue a coger su sujetador que
estaba en el suelo, cuando vio un sobre. Lo abrió, y se quedó sin respiración
al ver una licencia de matrimonio con sus nombres y una foto de ella y Sebastián
besándose: ella con un ridículo velo de novia, y él con un horroroso chaqué
junto a un Juez de Paz.
—Dios mío, es cierto. ¡Nos hemos casado! —gritó horrorizada.
Dando dos zancadas, el joven de pelo oscuro llegó hasta
ella. Le quitó la foto de un tirón y al mirarla blasfemó. Pero cuando leyó lo
que ponía en la licencia la miró con el ceño fruncido y vociferó.
—¡Joder... joder...! ¡¿Me he casado contigo?!
Molesta por como aquel la miraba, gritó fuera de sí.
—¡A ver si te crees que yo estoy encantada de que tú estés
casado conmigo!
—¿Qué me echaste en la bebida?—rugió él.
—¿Yo?—incrédula, respondió con enfado—: ¿Qué yo te eché a ti
algo en la bebida?
—Sí, tú... yo... yo no bebo y... y...
De pronto Sebastián pensó en Raúl. ¡El Pirulas! Su puñetero y
siempre problemático amigo. Lo mataría. En cuanto se lo echara a la cara le
mataría. No hacía falta hablar con él para saber que tenía algo que ver en todo
aquello. La joven de pelo rubio, enfadada por lo que estaba sugiriendo, le lanzó
uno de sus zapatos de tacón a la cabeza, hecha una furia.
—¡¿Qué narices estás intentando decir?! ¡Solo tengo veinte
años, una maravillosa vida por delante y tú no entras dentro de mi proyecto de
vida!
—Mira, guapa —respondió con crudeza—, yo tengo veintidós y
te aseguro que tú sí que no entras en mi proyecto vida.
Poco acostumbrada a que un hombre la hablara así y cada vez
más molesta por como aquel idiota vociferaba gritó:
—¡¿Acaso crees que yo me quería casar contigo?!—Sebastián no
respondió, solo la miró furioso y ella continuó—: Mira, guapa, he escuchado
tonterías en mi vida, pero lo que acabas de decir es el summum de las
tonterías. Yo no necesito casarme contigo y menos con estas horrorosas, baratas
y feas alianzas de dados—gritó al mirarle—.Mi vida es... Quizá seas tú el que
me ha engañado a mí.
—¡¿Yo?!
—Sí, tú... Pero, vamos a ver, ¿cómo voy a querer casarme
contigo? Con... con... un simple aspirante a policía.
Al escuchar aquello, Juan frunció el ceño y preguntó molesto:
—Pero ¿tu quien le has creído para pensar que eres más que
yo?
Aturdida por todo lo que había pasado, fue a hablar, pero se
calló. Tenía claro que él no sabía quién era ella, así que respondió con otra
pregunta.
—¿Y tú quién te has creído que eres para sugerir que yo te
he engañado?
De pronto la puerta de al lado se abrió. Apareció Carlos
desnudo con las manos en los oídos. Su cara lo decía todo. Tenía una resaca del
quince.
—Por el amor de Dios, ¿podéis dejar de gritar como
mandriles?
—¡No! —gritaron al unísono los afectados, y Sebastián,
acercándose a su amigo dijo enseñándole la licencia de matrimonio y la foto—:
Mira esto y dime si tú no gritarías.
La cara de Carlos cambió en pocos segundos. De azulada pasó
a marmórea. ¿Qué habían hecho?
¿Qué había pasado? Rápidamente, se miró las manos, y tras
comprobar que él no llevaba alianza, respiró tranquilo. Escudriñó a su amigo
con la mirada y se tapó con una mano sus vergüenzas.
—No me jodas tío que te has casado...
Sebastián arrancándole de las manos los papeles, voceó mientras
los rompía.
—No, yo no te jodo. Aquí el jodido soy yo, que sí, me he
casado con una mujer a la que no quiero, no conozco y lo mejor de todo, ¡no sé
ni quién es!
Eiza fue a gritar que a ella le ocurría lo mismo cuando el
resto del grupo apareció por la puerta con cara de resaca. De pronto otra
puerta se abrió y apareció el loco del Pirulas con unas botellas de champán en
las manos. En su línea de locura y con una cogorza por todo lo algo gritó:
—¡Vivan los novios!
Al escuchar aquello, Sebastián se abalanzó contra él
furioso. Seguro que aquel idiota les había echado algo en la bebida y todo lo
ocurrido era por su culpa. Entre puñetazos y gritos, sus amigos les separaron.
El estado del Pirulas era pésimo y el cabreo de Sebastián tremendo. De pronto,
la despedida de soltero se había convertido en la boda de Sebastián con una
desconocida, y la diversión en caos, Carlos tras llevarse al Pirulas a la
habitación contigua, sonsacarle lo que había ocurrido y conseguir que cerrara
la boca metiéndole un calcetín en ella regresó a la habitación principal, justo
cuando Eiza se levantaba y decía con gesto contrariado:
—Llamaré a mi padre. Él solucionará esto.
—¿A tu padre? —gritó Sebastián fuera de sí— ¿Qué tiene que
ver tu padre en todo esto?
Con los ojos anegados de rabia por tener que pedir ayuda a
su progenitor, la muchacha murmuró.
—Créeme, él lo solucionará.
Tres horas después aparecieron en el hotel cuatro gorilas de
dos metros custodiando a un imponente hombre de unos cincuenta años, que
observó a Sebastián con cara de odio y se dirigió a la joven con frialdad.
“Este debe ser su papito”, pensó Sebastián al ver como los
gorilas echaban a todos los amigos de la habitación menos a él y a la muchacha.
Hecha un mar de lágrimas, la joven le explicó a su padre
ocurrido en inglés. Juan, que estaba estudiando el idioma en una academia en
Madrid, prestó atención a lo que hablaban y entendió partes. Aquel hombre de
aspecto imponente llamó loca entre otras cosas a su hija, y esta no calló y, sin
importarlesu gesto de enfado, le contestó y comenzaron a discutir.
“Si las miradas matasen, este tío ya me habría asesinado”,
pensó Sebastián al ver cómo lo miraba aquel hombre.
Media hora después la puerta de la suite volvió a abrirse.
Apareció un tío trajeado y con maletín oscuro. Un tal James Bénson. Se sentó junto
a estos, sacó unos papeles en los que podía leerse en español «Demanda de
divorcio» e hizo firmar a los jóvenes. Mientras firmaba, Sebastián se fijó en
que ella se llamaba Anna Eiza González Reyna, pero no pudo ver más. Aquel
abogado tiró del papel y se lo quitó, le pidió sus datos en España y una vez
acabó su cometido se marchó, con la misma frialdad con la que había llegado.
Minutos después, la muchacha se dirigió a un cuarto para
adecentarse y vestirse. Se marchaba con su padre. En el momento en el que Juan
y el padre de la chica estuvieron solos, no se dirigieron la palabra, aun así,
el joven no se achantó. Se limitó a mirar con el mismo descaro y desprecio con el
que aquel le observaba. Ninguno disimuló. Aquella ridícula boda en Las Vegas no
era del agrado de nadie. Cuando Eiza salió vestida con unos vaqueros, una
camiseta azulada y su claro pelo recogido en una coleta alta, algo en Juan se
resquebrajó. Aquella muchacha menuda que aún era su mujer, era una auténtica
preciosidad. Desprendía una luz especial y eso le gustó. Pero manteniendo el
tipo se contuvo y desvió la mirada. No quería mirarla. Aquello era una locura
que debía de acabar cuanto antes o sus planes y su carrera en la policía
española se irían al garete.
La muchacha y su padre intercambiaron unas palabras
contundentes, y aquel gigante con cara de mala leche salió por la puerta sin
despedirse, dejándoles a los dos a solas en la habitación.
—No te preocupes por nada. Papá dice que conseguiremos el
divorcio rápidamente.—Al ver que él no respondía prosiguió—. Como le has dado
tu dirección a James, él te enviará una copia a tu casa y... y... podrás
olvidar todo esto muy pronto.
—Gracias. Es todo un detalle —respondió el joven molesto por
sentirse un pelele en todos los sentidos.
Nunca le había gustado que nadie manejase su vida como había
ocurrido en la última hora. Su padre les había enseñado a él y sus hermanas a
manejar sus vidas, no a dejar que otro se las manejara. Eiza, a quien por
alguna extraña circunstancia le resultaba difícil marcharse de aquella
habitación, anduvo hacia él. Estaba claro que aquel muchacho la había tratado
de una manera a la que ella no estaba acostumbrada. Por primera vez, un chico
la había mirado como a una chica normal y sabía que eso le resultaría difícil de
olvidar. Pero clavando sus cansados ojos claros en el muchacho moreno de mirada
oscura y profunda dijo:
—Quiero que sepas que lamento tanto como tú todo lo que ha
pasado. Y antes de irme necesito decirle que...
—Oye, canija —cortó con voz tensa quitándose con furia el
ridículo anillo para dejarlo ante ella, después darle la espalda—. No sé quién
eres ni me interesa conocer nada de ti. Sera mejor que te vayas antes de que tu
padre, ese que se cree Dios, entre de nuevo.
La joven asintió y calló. Le hubiera gustado que todo
terminara de diferente manera pero era imposible. Por ello y sin decir nada se
guardó en el bolsillo del vaquero el horroroso anillo de dados que él había
dejado sobre la mesa, cogió mi bolso y se marchó. Al escuchar el ruido de la puerta
al cerrarse, el joven miró a su alrededor, estaba solo en la suite.
Una hora después, tras ducharse, fue a salir de la
habitación cuando vio la foto y los papeles de la licencia rotos en el suelo.
Sin saber por qué los recogió con furia y se fue a su habitación. Necesitaba
olvidar lo ocurrido. Al día siguiente en el avión de regreso a España, Juan no
podía dormir. Había mantenido una fuerte discusión con el Pirulas por todo lo
ocurrido. Aquel descerebrado, como bien había imaginado él, había sido quien les
había echado una de sus pastillitas en la bebida. Por su culpa todo había
acabado fatal. Con gesto grave miró a sus amigos que, agotados, dormían como
troncos en sus asientos y sonrió al ver el ojo morado del Pirulas. Un ojo que
él se había encargado de tintar. Aburrido, enfadado y muy cansado, alargó la
mano para cogerla revista que ofrecía la compañía aérea y al abrir una de sus
páginas se quedó de piedra. Había varias fotos de la joven con la que se había
casado junto a su padre, brindando con Meryl Streep, Brad Pitt y Paul Newman.
Boquiabierto leyó:
"El magnate de la industria del cine Steven González,
su preciosa mujer Samantha y su bella hija Anna organizan una fiesta para
recaudar fondos para la India en su lujosa villa en Beverly Hills». Incrédulo,
Juan miró de nuevo las caras de aquellos. Increíblemente se trataba de la chica
y su padre. En ese momento lo entendió todo. El magnate debió creer que se
había casado con su hija por dinero. Cerrando la revista maldijo. Ahora
entendía porque se creía Dios. Era el puto amo de la industria cinematográfica
americana y él, un don nadie, se había casado con su adorada hija.
Capítulo 3
Capítulo 1
Madrid 23 de noviembre de 2010
El barroco palacio hotel Ritz y su majestuosidad se rindió a
los piés de las estrellas de Hollywood que allí se alojaban. Tener a parte del
equipo de la película Brigada 42 y, especialmente, a los famosísimos Mike
Grisman y Anna Reyna era uno de los lujos de los que el Ritz podía presumir. Y,
precisamente, en una de sus preciosas suites se encontraba la actriz Anna Reyna
con su primo Tomi.
—Por cierto lady, ha llamado el pretly man de Anthony, dice
que cuando regresemos quiere cenar contigo. ¡Qué suerte tienes, queen!Ya me
gustaría que me llamara a mí ese macho-man.
—¡Genial! Le llamaré —respondió con desgana mientras miraba
por la ventana de su habitación.
—También ha llamado, tatachannnnn, Marco Lomfieilo. El
brasileñomadurito que conocimos en Boston. Ese que tanto se parecía al Gibson
de hace años. ¿Recuerdas que casi le envenenaste?
—Sí, Tomi... cómo voy a haberlo olvidado.
Sonrió al recordar. Aquel hombre se empeñó en invitarla a
cenar en su casa y ella intentó ayudarle a preparar la cena. El resultado fue
desastroso. Si había una mala cocinera, esa era ella.
—¿Sabes lo que me ha dicho el muy ladrón? Que está deseando
probar otro de tus guisos. ¿A qué es salado?
—Yo lo catalogaría más como masoquista —susurró tocándose la
cabeza.
—¿Qué te pasa my love?
—Creo que he cogido frío y estoy algo destemplada protestó Eiza
sentándose en la cama.
Sin esperar un segundo más Tomi, al ver el mal aspecto que
tenía, se acercó al neceser de medicinas.
—Oh, my God, mi princesa. Tómate esto y verás que pronto se
te pasa. ¿Pero qué te pasa últimamente que solo tienes males?
—Creo que es agotamiento, Tomi. No te preocupes, se me
pasará.
Su primo suspiró. Aquello le pasaba siempre que comenzaban
la gira de promoción de las películas. Demasiados viajes. Demasiadas ruedas de
prensa y poco descanso. Todo eso mataba a Eiza.
Con cariño la besó en la mejilla y le recogió su precioso
cabello rubio tras la oreja.
—Ahora descansa un poquito, my life. Yo me voy a mi
habitación. Si quieres algo call me y vendré rápidamente.
—Vale, no te preocupes te llamaré.
Con una sonrisa, ella cogió la pastillita blanca que le
ofrecía y tras llenarse un vaso con agua se lo bebió mientras le veía abandonar
la habitación. Diez minutos después se encontraba peor. Intentó cerrar los ojos
para relajarse y, cuando parecía que empezaba a conseguirlo, alguien llamó a la
puerta. Se levantó con esfuerzo y suspiró al ver quién era.
—¿Qué te pasa? Tienes mal aspecto —dijo a modo de saludo
Mike Grisman: su actual ligue y compañero de reparto en la película.
—Estoy fatal, Mike—murmuró mientras se metía de nuevo en la
cama.
Incrédulo, miró el reloj. En apenas hora y media tenían que
estar en el Salón Real del Ritz para la rueda de prensa y ella estaba aún sin
arreglar.
—Anne, deberías levantarte de la cama, ducharte y...
—Estoy muerta... creo que algo me sentó mal ayer.
—Seguro que cenaste en exceso en esa taberna flamenca donde
estuvimos. —Al volverse vio sobre la mesita una caja de bombones— . Si te comes
esto parecerás una vaca en la pantalla.
Deseo agarrarle del cuello y ahogarle. Necesitaba mimos y
arrumacos y él no demostraba ni un ápice de humanidad.
—Mike, por qué no te vas y dejas que me reponga.
—Porque ya estás repuesta —dijo tirando la caja de bombones
a la basura—. Venga, ¡arriba! Y recuerda quién eres y por qué estamos aquí.
Su poco tacto la puso enferma y sin poder remediarlo, gritó:
—¡Oh, Dios! Eres... ¡Como mi padre! ¿Pero no ves que me
encuentro mal? ¿Acaso crees que miento? Y por cierto... que sea la última vez
que tú me dices a mí que recuerde quién soy. ¿Entendido?
—No—respondió con gesto nada agradable—. Lo que veo es que
no tienes ganas de asistir a la rueda de prensa. ¿Crees que a mí me apetece
pasar por todo ese infierno de preguntas? Ah, no... no te voy a permitir que te
la saltes. Si yo voy, tú también. Por lo tanto, arriba, dúchate y arréglate que
falta te hace.
Enfadada por las cosas que le decía, la joven se levantó
como un resorte de su cama y dándole un empujón gruñó:
—Fuera de mi habitación, cretino.
—Anne... —sonrió acercándose a ella para besarla—. Venga, sé
buena y arréglate, preciosa.
Tenemos trabajo. Allí abajo habrá más de cien periodistas y
necesito que estés perfecta a mi lado para promocionar la película.
—¿Acaso crees que no soy una profesional? —bramó ella
quitándoselo de encima.
Tal y como se encontraba lo que menos le apetecía era sexo.
No tenía cuerpo para ello.
—Yo no he dicho eso, preciosa. Solo te digo que te tomes una
pastillita, te pintes, te arregles y terminemos con esto.
—Oh, sí... por supuesto que terminaremos con esto.
Sin más, continuó empujándole hasta que logró echarle de su
habitación. Una vez se quedó sola, suspiró resignada, fue hasta la papelera y
cogió la caja de bombones. La abrió, pero cuando fue a meterse uno en la boca
se arrepintió. Debía cuidar su apariencia y no podía engordar. Finalmente dejó
la caja sobre la mesa y se olvidó de los bombones. Tenía que ducharse y
arreglarse. Como decía siempre su padre "el show debía continuar".
Dos horas después ya en el salón Real, después de pasar por
el photocall, la rueda de prensa estaba en pleno apogeo. Uno de los periodistas
acreditados se dirigió a Eiza en español:
—Señorita Ponce, ¿es cierto que su abuela era española?
La famosa y sofisticada actriz, vestida con un traje gris
perla y un moño italiano, asintió.
—Sí. Asturiana para más señas. Ella siempre me habló de su Asturias
y de España como un lugar maravilloso para vivir.
—¿Se ha planteado alguna vez buscar casa en Asturias o en
otro lugar de España?
A pesar de su dolor de cabeza sonrió y respondió.
—Me encantaría, aunque mi vida y mi trabajo están en Estados
Unidos.
—¿Qué sintió cuando supo que estaba nominada como Mejor
Actriz en los Oscar por su película La lluvia y el viento?
—Me sentí muy feliz. Estar nominada por la Academia
significa que has conseguido emocionar y convencer a crítica y público.
—¿Es cierto que entre usted y Mike Crisman existe algo más
que amistad?
El galán al oír su nombre la miró. Él no entendía nada de
español y ella, a pesar de lo enfadada que estaba con él, sonrió y se lo
tradujo. Ambos sonrieron. Aquella pregunta les perseguía allá donde fueran y
finalmente, ella se apresuró a contestar.
—Nos hemos conocido en el rodaje de Brigada 42 y se puede
decir que somos compañeros y buenos amigos.
El periodista de la prensa de corazón insistió.
—¿Amigos con derecho a roce? Aquel comentario hizo que la
sala prorrumpiera en carcajadas. Mike volvió a mirar a su
compañera y esta le tradujo de nuevo la pregunta. Mientras
él sonreía cómplice, la actriz respondió con una sonrisa en los labios.
—Amigos y compañeros de rodaje.
Las preguntas continuaron hasta que, de pronto, se oyó el
grito de una de las reporteras y un desenfrenado caos se produjo en el salón.
De pronto sonaron un par de detonaciones. Nadie sabía lo que pasaba, pero todo
el mundo se tiró al suelo. Eiza, asustada, miró en dirección a Mike pero este
ya no estaba sentado en su silla. Él y todo el que pudo, había desaparecido
dejándola sola ante el peligro.
Horrorizada, vio a Sean, su guardaespaldas, inconsciente en
el suelo y se asustó. Se oyeron de nuevo unos disparos y se metió como pudo
debajo de la mesa. Estaba aterrada y respiraba con dificultad hasta que vio
aparecer junto a ella a su inseparable primo Tomi gateando.
—¿Qué ocurre?—preguntó con gesto desencajado.
—Oh, my
God! ¡Pistoleros! ¡Terroristas!
—¡¿Pistoleros?! ¡¿Terroristas?! Pero ¿qué estás
diciendo?—gruñó la joven.
Histérico, susurró mientras le temblaba la barbilla:
—Esos hombres están locos, craz! —Y con un hilo de voz
temblona añadió—: Solo he podido ver unos hombres con dos enormes, que digo,
gigantes armas gritando algo ininteligible.
Con cuidado, retiraron los faldones de la mesa y a través
del encaje pudieron ver a la prensa tirada en el suelo con las manos en la
cabeza y a los hombres que Tomi calificó de pistoleros y terroristas gritando
con un acento extranjero:
—¡Todo el mundo quieto! ¡Que nadie se mueva o morirá!
Soltando los faldones se miraron con cara de terror.
—Oh, my
God! ¡Vamos a morirrrrr! No... no... soy muy joven. Todavía no he
conseguido ligar con Pierce Brosnan y...
La joven le tapó la boca y siseó con cara de pocos amigos,
mientras observaba que su guardaespaldas no se movía:
—Cierra el pico si no quieres que sea yo quien te mate, ¿de
acuerdo?
Asintió asustado y ella le retiró la mano de la boca.
Segundos después uno de aquellos desalmados llegó hasta ellos. Les sacó de
debajo de la mesa y les obligó a sentarse junto al resto de los periodistas.
Temblando, obedecieron a los cuatro hombres armados. Se habían colado con
falsos carnés de prensa y ahora los tenían retenidos.
—¡Aquí tenemos a la Reyna! —gritó el más alto y mirándola
murmuró—: Veo que tu galán, Mike Crisman, te ha dejado sólita. Menudo mierda de
tío. Sí ya decía yo que ese es todo fachada, pero que a la hora de la verdad es
un rajao.
—Mamasita. Estás más buena en persona que en la pantalla
—dijo otro rodeando a Eiza mientras le dirigía una mirada obscena.
Tomi, a pesar de no medir más de uno metro sesenta y cinco,
sacó su carácter varonil en defensa de su querida prima.
—Ni se os ocurra ponerle la manita encima o yo...
El puñetazo que le propinaron en el estómago hizo que se
doblara en dos.
—Cállate, mariquita.
La joven estrella de cine al ver aquello y sin pensar en su
seguridad, se echó sobre él para protegerle.
—¡No lo toques imbécil!
Sin ningún miramiento otro de los hombres cogió a Eiza por
el cuello y, tirándola hacia atrás, la lanzó contra la pared. El golpe hizo que
se mordiera el labio y un hilillo de sangre comenzó a correr por su barbilla.
Varios periodistas intentaron auxiliarla, pero uno de
aquellos hombres vociferó apuntándoles con la pistola:
—Si pretendéis ser héroes, os mato ahorita mismo.
¿Entendido? Tomi, al verla sangre en la boca de su prima, chilló horrorizado y
sin hacer caso de la advertencia, se
acercó hasta ella. Solo cuando ella le indicó con la cabeza que estaba bien, se
tranquilizó. El que parecía el jefe se acercó hasta la joven y le agarró con
brusquedad del pelo para que alzara el rostro.
—La Reyna es más valiosa que el mariquita de Mike Grisman.
Tratémosla bien. Dicho esto, dio una patada a Tomi en la cara que lo dejó
totalmente K.O. Eiza reaccionó y pateó al individuo que finalmente la soltó con
una risotada. Asustada al ver que su querido Tomi no se movía, se dirigió a los
secuestradores con la voz truncada por la tensión.
—¿Qué quieren? ¿Por qué hacen esto?
Los desalmados se miraron y apuntándola con una pequeña
pistola, el que estaba a su lado le respondió:
—Mi hermano, Juancho Vázquez, está en el centro
penitenciario de Valdemoro por tráfico de drogas.
—¡¿Valdemoro?! —susurró asustada. No sabía de qué hablaba.
—Sí, un pueblo de Madrid. Y tú, una actriz a la que medio
mundo adora, vas a ser nuestra moneda de cambio.
Este hombre está loco pensó la joven al escucharle.
—Yo devolveré al país del Tío Sam a su famosa actriz sana y
salva si aquí, en España, sueltan a mi hermano. Ven aquí —tiró de ella ante las
docenas de ojos curiosos que la miraban espantados —. Vamos a enviar un
mensajito.
Miró a Tomi aterrorizada. Estaba volviendo en sí e iba a
decir algo, pero ella le ordenó callar con un rápido ademán. Era lo mejor. Él
obedeció. No era ningún héroe. Una vez habló ante una cámara, dejaron que la
estrellita regresara junto a su primo. Tomi la tomó de las manos y la acurrucó
contra él dándole calor. Estaba helada.
Cuando recibieron el aviso en la base de los geo, tres
comandos se pusieron en marcha en furgones hasta Madrid. Debían liberar a más
de un centenar de personas secuestradas desde hacía horas por varios individuos
armados en el hotel Ritz de Madrid. De camino, el equipo se informó de lo
ocurrido, y Sebastián, al escuchar el nombre de Anna Reyna, se tensó. Y todavía
más al ver el video que ella había grabado, donde se veía sangre en su
barbilla. No quería tener nada que ver con ella y menos que lo relacionasen con
aquella actriz, pero era su trabajo y, como tal, debía proceder. Carlos, al ver
el gesto de su amigo, llamó su atención tocándole el brazo. Entendía lo que
estaba pensando, pero era momento de actuar y mantener la cabeza fría. Tras
abandonar el furgón negro y ver que los alrededores estaban acordonados, el
equipo de los geo entró sin demora en uno de los salones del hotel. Allí estaba
la policía nacional y algunos miembros de la embajada americana, pues entre los
retenidos había tres estadounidenses y querían colaborar. Finalmente, la
prioridad se impuso y cuando el Grupo Especial de Operaciones entró en acción
el resto de las fuerzas tuvo que mantenerse en un segundo plano.
—¿Quién es el Inspector Rulli?—preguntó Martínez, jefe de la
policía Nacional.
—Yo, señor —saludó Sebastián con profesionalidad.
Martínez, tras asentir, indicó:
—El subdirector
operativo Téllez me ha llamado para indicarme usted está a cargo del operativo.
—Sí, señor.
—¿Han estudiado ya la situación? —pregunto Martínez.
—Sí, señor
—Aquí tiene los planos del hotel. —Y en un tono molesto
Martínez siseó—: Mi equipo podría acabar con esto, pero mis superiores, al
saber que dentro había personal americano, han decidido que ustedes, los geo,
se encarguen de ello.
Aquel retintín al pronunciar geo, no le gustó un pelo, pero
sin darle mayor importancia dijo:
—Así lo haremos, señor.
De pronto, un tipo alto y bien vestido irrumpió en la sala,
se acercó hasta ellos y dijo en inglés con gesto contrariado:
—Ahí dentro está Anna Reyna y...
Juan, volviéndose hacia aquel, se sorprendió al ver que se
trataba del actor de moda, Mike Grisman, y apartándole con la mano respondió
con voz segura en su idioma.
—Si nos disculpa señor, tenemos que trabajar.
Carlos, al reconocer al galán al que su mujer adoraba,
sonrió al ver que no era tan alto como parecía en la gran pantalla. Se dio la
vuelta para continuar su trabajo cuando aquel volvió repetir a gritos:
—¡Oiga! No sé si me ha escuchado, pero acabo de decirle que
esos idiotas tienen retenida a Anna Ponce y como le pase algo por su ineptitud,
van ustedes a pagarlo muy caro.
El humor del inspector Rulli empeoraba por momentos. La
tensión de saber que decenas de personas dependían de su eficacia sumada a los
gritos de aquel imbécil, le estaban alterando. Pero controlando sus ganas de
cogerle del cuello y sacarle de allí mismo miró a uno de sus hombres y dijo:
—Lucas, sácale de aquí antes de que lo haga yo.
Una vez que sacaron a aquel intruso del salón, y el jefe de
la policía nacional se alejó para hablar con otros hombres, Carlos se acercó a
su amigo.
—¿Te has fijado en el actorucho? Pero si no tiene ni media
torta.
Sebastián asintió, pero continuó mirando los planos del
hotel. Había que terminar con aquello cuanto antes, y sin ningún problema. La
oscuridad de la noche les envolvía cuando varios geo, entre ellos Sebastián, se
descolgaron desde la planta superior del hotel. Con sus trajes negros y el
armamento necesario treparon por las paredes del hotel hasta llegar a la parte
superior de las ventanas. Con cuidado y sin ser vistos Sebastián y Carlos
estudiaron la situación.
—Tiradores en posición —indicó Carlos a través del
intercomunicador y Sebastián asintió. Los rehenes estaban sentados en un
círculo justo bajo el espejo que presidía el salón. Los secuestradores, cuatro
hombres de unos cuarenta años de aspecto latino, hablaban entre sí, y Sebastián
se fijó en que uno de ellos llevaba una pistola al cinto, otro en el bolsillo
del pantalón y los otros dos en la mano.
Muy profesionales, pensó el geo.
Por su manera de moverse, parecían nerviosos, incluso como
si estuvieran discutiendo entre ellos. Sebastián con un gesto de la mano les
indicó a sus compañeros que tomaran posiciones. Un ataque sorpresa y a oscuras
sería lo mejor. Tras hablar por el intercomunicador que llevaba bajo su pasamontañas,
ordenó que apagaran las luces del hotel a las 21:37. Varios de sus hombres se posicionaron
sin ser vistos en las puertas que daban a la calle Felipe IV, mientras los
tiradores de Carlos estaban apostados en las azoteas de los edificios
colindantes. Toda seguridad era poca.
En la quietud de la noche y mientras los cuatro delincuentes
hablaban entre ellos las luces del hotel se apagaron de pronto. La gente,
asustada, comenzó a chillar. Todo fue muy rápido. Los geo con su sistema de
visión nocturna y su maestría, entraron en el salón por las ventanas al grito
de «Alto, policía» y antes de que aquellos aficionados pudieran reaccionar, los
tenían boca abajo en el suelo y encañonados.
—Despejado—gritaron uno a uno los hombres de Sebastián al
tenerlo todo controlado.
Una vez Sebastián vio que la situación estaba controlada y
los rehenes fuera de peligro, dieron la orden de encender las luces. Los
periodistas, impresionados al ver a los geo tomar las riendas de todo aquello a
pesar del susto, comenzaron a aplaudir. Eiza y Tomi se abrazaron. Todo había
salido bien. La prensa no dio tregua. En cuanto los geo y la policía entraron
en el salón cogieron sus micrófonos y cámaras e intentaron cubrir la noticia
volviendo loca a la actriz, que aún continuaba sentada junto a su primo en el
suelo. Con las pulsaciones a mil la joven fue a levantarse para ir a ver a su
guardaespaldas pero las piernas le temblaban tanto que fue incapaz. Finalmente,
dos de aquellos hombres vestidos totalmente de negro se acercaron a ella y a su
primo, y sin mediar palabra los agarraron del brazo y los levantaron. Sebastián
ordenó a sus hombres alejar a la prensa para que la actriz pudiera respirar. Entonces
vio entrar a Carlos.
—Por favor. Sean, mi guardaespaldas está herido—murmuró Eiza.
Sebastián miró hacia donde ella señalaba y tras ordenar a
uno de sus hombres auxiliarle hasta que llegara el Sámur, clavó su mirada en
ella. Observó de cerca a la mujer que conoció en otra época y con la que se
casó hacia años en Las Vegas. Aquella chica que se había convertido en una
preciosa mujer, temblaba como una hoja a escasos centímetros de él. Seguía
siendo bajita, y aunque estaba proporcionada y lucía un bonito cuerpo, vista de
cerca estaba excesivamente delgada para su gusto. Oculto bajo su pasamontañas,
la recorrió lentamente con la mirada. Se fijó en el escote y sonrió. Aquellos
pechos, sin ser excesivos, eran tentadores y bonitos. Carlos, apostado a unos
metros de él, ametralladora en mano, al ver como su buen amigo sentaba a la
joven en una silla y le alargaba un vaso de agua, sonrió. A pesar de no ver ni
un solo centímetro de su rostro, sabía que estaba observándola con intensidad.
Nunca olvidaría el día que le reveló la verdadera identidad de la muchacha con
la que se había casado en Las Vegas. Aquel era su secreto. Un secreto que había
prometido a Sebastián que nunca revelaría y que había cumplido hasta ahora.
Eiza, sin percatarse de lo que pensaba el hombre que estaba junto a ella, bebió
el agua que le ofreció y se lo agradeció con una sonrisa turbadora.
—¿Está usted bien?—preguntó Sebastián con la boca seca
mientras ella se levantaba y se retiraba su ondulada melena rubia de la cara. A
pesar de sus taconazos seguía siendo muchísimo más bajita que él.
—Sí... sí... los nervios —asintió ella—. Tengo un terrible
dolor de cabeza, pero por lo demás bien. ¿Sean está bien?
Le gustó ver cómo se preocupaba por el gigantesco
guardaespaldas que estaba hablando con un hombre de su equipo. Eso demostraba
que seguía teniendo corazón.
—Sí, tranquila.
Sin poder evitarlo, Sebastián le tomó de la barbilla con
cuidado. Incluso a través de sus guantes sintió la suavidad de su piel. Con
curiosidad, miró la sangre seca de su mejilla y tras ver que era un golpe en el
labio sin importancia dijo con voz ronca:
—Enseguida vendrán a curarla. No se preocupe, no parece nada
grave.
Ella sonrió. Unas palabras amables tras la tensión vivida
resultaban muy agradables.
—Muchas gracias por lo que han hecho por nosotros. Se lo
agradeceré toda la vida.
—Es nuestro trabajo, señorita. Me alegra que todo haya
salido bien.
Eiza le miró. Aquella voz ronca y varonil debía de tener un
rostro acorde. Pero solo vio sus ojos oscuros a través del pasamontañas. Unos
ojos intensos que parecían amables. Le gustó tenerle ante ella. Lo que veía era
un hombre de anchas espaldas, piernas atléticas y gran altura. A su lado se sentía
pequeña, muy pequeña. Durante unos segundos los dos permanecieron callados
mirándose a los ojos y, extrañamente, a Eiza le entró calor al sentir su
protección.
—Oh my God, Mr. Policeman, creo que me voy a desmayar dijo Tomi
teatralmente abanicándose con la mano.
Volviendo a la realidad Sebastián apartó la mirada de la
mujer y la centró en el joven de mechas violetas, vestido con escandalosos
colores rojos. Llenó un vaso de agua y le dijo antes de acercarse a Carlos:
—Siéntese y tómese un vaso de agua. Ahora los médicos le
atenderán.
Tomi, al ver a aquel lio enorme con aquel vozarrón, se sentó
y tras pestañear con descaro provocándole una sonrisa, murmuró.
—Thanks, machote.
Carlos y Sebastián se miraron al oír aquello y reprimieron
una carcajada, pero Eiza acercándose a su primo murmuró con disimulo:
—Tomi... cierra tu bocaza que no es momento de ligoteos.
—Lo sé... lo sé... ¿pero tú has visto qué pinta tienen todos
estos hombres de Harrelson vestidos de black? Oh, Dios... me quedaría con
cualquiera de ellos ¡qué bodiesl
—¡¿Tomi?! —protestó de nuevo para hacerle callar.
La joven, al ver el movimiento de los hombros de los dos
hombres, intuyó que estaban riendo y acercándose al gigante que había hablado
con ella le tocó en el brazo para llamar su atención.
—Por favor, disculpe a mi primo. Las situaciones tensas le
aligeran la lengua.
Sebastián la miró y fue a responder cuando se oyó:
—Anne, cariño mío. Qué susto. ¡Qué horror! ¿Estás bien? Dime
que estás bien.
La actriz y el policía al oír aquello desviaron la mirada y
comprobaron que aquel que hablaba era Mike Grisman, que entraba en el salón con
gesto de preocupación. Carlos al verle aparecer le paró sin pensárselo. No le
dejó continuar hacia la joven. Su amigo no se lo había pedido, pero Sebastián
se merecía aquellos minutos con ella. Consciente de que su trabajo había
terminado y se tenían que marchar, Sebastián ordenó con un movimiento de mano a
sus hombres que sacaran a los secuestradores del salón. Luego, clavando sus inquietantes
ojos en la mujer que no le quitaba ojo de encima, murmuró:
—Señorita, ha sido un placer conocerla.
—El placer ha sido nuestro, guapetón —respondió Tomi tras un
suspiro mientras la joven le observaba.
Sin querer continuar un segundo más junto a ella Sebastián
se dio la vuelta, pero ella le agarró de nuevo del brazo.
—¿Ya te vas? le preguntó.
Al volver a sentir su contacto a través de la tela de su
uniforme se volvió para mirarla. Tenerla allí, tan cerca, tan tentadora y
después de tanto tiempo le confundía. ¿Qué narices estaba haciendo mirándola?
Claramente ofuscado, se deshizo de su mano y sin querer escucharla se dio la
vuelta y dijo a su amigo con rotundidad:
—Díaz, deja que el guaperas se acerque a consolar a la
canija. Vámonos. Nuestro trabajo ha acabado.
Sebastián salió por la puerta sin mirar atrás, pero Eiza que
lo había oído, de pronto se quedó helada. Había oído la palabra canija y solo
había dos personas en el mundo que la hubieran llamado así. Una fue su abuela y
otra... otra...
—No puede ser...—murmuró mientras comenzaba a seguirle.
Pero antes de que pudiera evitarlo, Mike llegó hasta ella y
la abrazó impidiendo que continuara su camino. Sin ningún tipo de miramiento
ella se desenvolvió de aquel abrazo y corrió hacia la puerta. Necesitaba encontrar
a aquel policía. Necesitaba comprobar algo. Pero, cuando por fin consiguió
llegar, no pudo salir. La aglomeración de gente y prensa era tremenda. Corrió
hacia un lateral del salón y se asomó a una de las ventanas rotas. Desde allí
solo pudo ver como aquel grupo de hombres vestidos de negro que le habían
salvado la vida se montaban en un furgón oscuro y desaparecían.
Capítulo 2
Al día siguiente la noticia de lo ocurrido a la estrella de
Hollywood en España ocupó todas las portadas de los diarios y revistas del
corazón. La prensa dio titulares como «Anna Reyna una rehén liberada» o «Los
geo españoles evitan un conflicto internacional». Aunque el que más gracia les
hizo fue «Actriz de Hollywood salvada por los nuestros. Los GEOS Españoles.»
—Podían hacer una película de esto—se mofó Carlos mirando el
periódico.
—No te extrañe que la hagan—sonrió Sebastián poniéndose una
camiseta blanca mientras escuchaba de fondo la música de AC/DC—.A los yanquis
les encanta reflejar en el cine este tipo de cosas.
—Oye... pues espero que piensen en nosotros. No estaría mal
participar en un rodaje y ser famosos —rio Carlos dejando a un lado el
periódico—. Aunque conociendo a estos yanquis pondrán al imbécil ese de Mike
Grisman en el papel principal.
Sebastián se carcajeó.
—Anda... deja de hablar de ese estirado y vamos a entrenar.
Lo necesito.
—Oye capullo, grábame este CD de AC/DC.
—¿El de
Back in Black?
—Sí. Creo que mi churrita me lo tiró a la basura. ¿Te puedes
creer que dice que no soporta esta música con lo buena que es?
—Mujeres —susurró Sebastián consciente de lo mucho que
horrorizaba a sus conquistas aquel tipo de música.
Divertidos por los comentarios que soltaron respecto a AC/DC
y a las mujeres, se encaminaron hacia el gimnasio.
—¿Todo bien, nenaza? premunió Carlos a Sebastián.
—Sí. Y deja de llamarme nenaza o te arrancaré los dientes.
Carlos rio y respondió tras darle un puñetazo cariñoso.
—Es que me pone... nenaza.
Ambos sonrieron por aquello y volvió al ataque.
—Ella está muy guapa.
—Siempre lo fue —respondió acelerando el paso.
—¿Por qué no le dijiste que eras tú? Quizá te recordara.
—No era buena idea.
—Joder, macho que esa era Anna Reyna.
—Yo Sebastián Rulli ¿Cuál es la diferencia?
Con una sonrisa socarrona Carlos miró a su amigo y murmuró:
—No te lo tomes a mal, pero las piernas de ella me gustan
muchísimo más que las tuyas, entre otras cosas.
—Cállate—ordenó.
—No me jodas, macho. Que estamos hablando de una de las
actrices más queridas de Hollywood. La que los directores de todo el mundo se rifan
para trabajar con ella, sin contar con que la humanidad está rendida a sus
pies.
—Gracias por la información churri. No la sabía.
Aquello hizo sonreír a Carlos. Si algo tenía claro aquel era
que su buen amigo conocía absolutamente todo de aquella mujer. En más de una
ocasión le había pillado observando una foto suya en prensa o leyendo alguna
crítica de sus películas.
—Oye... no es por meter cizaña, pero la escena de la
película que vimos el otro día, esa en la que ella sale con ese biquini de
cuero impresionante. Dios ¡qué pechos!
—Me estás cabreando—resopló Sebastián.
—¿Por qué? Solo hablo de una actriz de Hollywood.
—Háblame me de ti —se mofó Sebastián—. Eres más interesante.
—Gracias, pero prefiero hablar de ese bombón.
Cansado de aquella insistencia Sebastián repitió.
—No quiero hablar de ello ¿de acuerdo, churri?
—Sebastián escucha —dijo deteniendo el paso—. Lo que ocurrió
fue hace diez años, todos éramos unos críos y estoy seguro que ella guardaba
también buen recuerdo de ti y...
—¿Por qué no cierras el pico de una puta vez?
—Porque soy tu mejor amigo y sé lo que piensas. No hablo de
que estés enamorado pero...
—¡¿Enamorado?! ¡Pero qué jodida chorrada estás diciendo! —
gritó descompuesto.
Al ver la cara de mala leche con que su amigo le miraba retrocedió
un paso.
—Vale...me he pasado, lo reconozco. Soy un bocazas.
—Joder macho, vale ya con esto—protestó.
—Esa mujer te dejó marcado y...
Al límite de su paciencia Sebastián le empujó contra la
pared.
—Lo que ocurrió fue algo que ninguno provocamos, pero pasó.
Ahora, podrías hacer el favor de callar esa puta bocaza antes de que me cabrees
y te la cierre yo de un puñetazo. No estoy de humor y te aseguro que me estás
llevando al límite de mi paciencia, y por mucho que te quiera como amigo y
exista confianza entre nosotros, si continúas con ello, te juro que te lo voy a
hacer pagar.
Dicho esto, Juan, separándose de él, comenzó a caminar. No
le gustaba hablar de aquello, ni recordarlo. Pero conocía a Carlos y lo cabezón
que era. Dos segundos después le dio alcance:
—De acuerdo. No hablaré más de ello. Pero si yo hubiera sido
tú, la hubiera saludado. No todo el mundo ha estado casado, aunque fuera quince
minutos, con la maciza de Anna Reyna.
En una de las mejores suites del hotel Ritz, Eiza desayunaba
junto a su primo. No habían parado de recibir llamadas de los Estados Unidos
preguntando cómo se encontraba tras lo ocurrido. Amigos como Salma, Angelina y
Brad. Jennifer y un sinfín más de actores la llamaron preocupados a su móvil
para saber si se encontraba bien. Eiza les atendía agradecida, pero ya estaba
al límite de sus fuerzas cuando de nuevo sonó el teléfono. Ahora el de la
habitación.
—Anne, ¿estás bien?
Se tensó al oír la voz de su madrastra. Ella, Mike Grisman y
su padre eran las únicas personas que la llamaban así. Se sentó junto al
teléfono y respondió:
—Sí. Estoy perfectamente. No me ha ocurrido nada. Fue solo
un susto.
Samantha Rice, una impresionante mujer de ojos rasgados y
sensuales prosiguió:
—Tu tía Lula ha llamado. ¿Está bien Tomi?
Desviando la mirada hacia su primo que desayunaba con un
hambre voraz respondió:
—Estupendo. Aquí le tengo comiendo como un animal.
—¡Perra!—susurró aquel al escucharla mientras masticaba un
trozo de tostada con mantequilla.
El vacío de comunicación entre ellas se hizo patente una vez
más, pero Samantha estaba dispuesta a continuar conversando
—¿Ocurre algo?
Molesta por aquella forzada preocupación siseó:
—Estoy bien, aunque algo cansada. Los horarios aquí son
diferentes y llevo horas contestando el teléfono. Necesito dormir.
—En cuanto me melgues quiero que arranques el teléfono de la
pared y descanses ¿me has oído?
Si no descansas tu piel se ajará y te saldrán unas horribles
bolsas bajo los ojos que luego te costará semanas quitártelas de encima.
—De acuerdo —asintió fastidiada. Aquella mujer siempre
igual. Pensando en la belleza y no en como ella se encontraba realmente.
—Tengo aquí a tu padre y quiere hablar contigo.
Oh, Dios... pero yo con él no, pensó.
—De acuerdo, pásamelo.
—¡¿Anne?!... ¿Anne estás ahí?
Al escuchar aquella voz ronca y a pesar de las ganas que
sintió de colgar, respondió:
—Sí, papá.
—Me llamó Walter para contarme lo ocurrido y...
—Fue un susto, pero la policía española lo supo resolver con
celeridad.
—Me alegra saberlo. —Lo que vino a continuación no le
sorprendió—. Este incidente avivará tu popularidad. Veamos lo positivo del
asunto.
Al escuchar aquello Eiza suspiró. Aquel tipo de comentario
era típico de él. Deseó decirle cuatro verdades, pero al final se contuvo.
—Papá, estoy cansada y quisiera dormir.
—Por supuesto Anne. Descansa y cuando regreses hablaremos.
Max me llamó ayer y me dijo que ha recibido varias propuestas interesantes de
la Paramount y Filmax.
—De acuerdo. —Y colgó. La relación con su padre iba de mal
en peor y algún día iba a explotar. Tomi, que había sido testigo mudo de la
conversación, mirándola dijo:
—Come de esto, queen, está de muerte, ¿cómo dijo el camarero
que se llamaban?
—Churros, Tomi. Eso se llama churros y te recuerdo que
engordan una barbaridad. Mañana te volverás loco cuando te subas a la báscula.
Te lo advierto. Encogiéndose de hombros se levantó y antes de que ella pudiera
añadir nada más le metió uno en la boca.
—Mastica, disfruta y olvídate de las calories por una vez en
tu life, OK?
Eiza disfrutó del sabor del churro. Desde hacía años cuidaba
al máximo su alimentación. Sus contratos no le permitían coger ni un solo gramo
y ella lo cumplía a rajatabla. Tras terminar con todo lo que había en la
bandeja, Eiza se retiró a dormir. Estaba agotada. Una vez se quedó sola en la
habitación pensó en lo ocurrido, pero su mente volvió a recordar a aquel hombre
parapetado tras su traje negro. ¿Podría ser él? Su secreto. El muchacho con el
que se casó años atrás en Las Vegas. Si al menos se lo hubiera podido
preguntar, pero él se marchó y no le dio tiempo a nada. Tras dar cientos de
vueltas en la cama Eiza se levantó, abrió su agenda y marcó un número de
teléfono.
—George, soy Anna Reyna —tras escuchar lo que le decía su
interlocutor respondió—: Sí, tranquilo, estoy bien. Escucha, necesito un favor.
Quiero que mires en el fichero de James Bénson, busques el documento que te voy
a decir y me lo envíes al número de fax que voy a darte ahora mismo. Y, por
favor, esto debe de quedar como siempre entre tú y yo. ¿De acuerdo?
Cuando colgó se sentó en la cama a esperar. Cinco minutos
después sonó el fax y empezó a imprimir. Una vez finalizó lo cogió con manos
temblorosas. Ante ella tenía la sentencia de divorcio que había firmado diez
años atrás. Buscó con curiosidad un nombre, hizo un par de llamadas y
finalmente .susurró para sí:
—Sebastián Rulli Quanti. ¿Eres tú el policía que me ha
salvado la vida?
Una semana después había finalizado la promoción de la
película en España. El equipo, en el aeropuerto de Barajas, se disponía a
regresar a Los Ángeles. Eiza, desde lo ocurrido en el hotel Ritz, no había
podido dejar de pensar en una cosa: el policía o, mejor dicho, su exmarido.
Nadie conocía su secreto a excepción de su padre, las amigas que le acompañaban
en el viaje y Tomi, su paño de lágrimas. Tras recibir el fax del despacho de
abogados días atrás en el hotel, Eiza se puso en contacto con un conocido en
Nueva York, y este hizo su trabajo. Cuatro días después Eiza recibía noticias
en el correo de su portátil sobre Sebastián Rulli Quanti. Su foto, su
dirección, incluso los horarios en los que hacía footing. Durante días, guardó
toda aquella información en su maleta. No podía dejar de pensar en él y, mucho
menos, dejar de admirarle. El joven alto y algo desgarbado que conoció en Las
Vegas diez años atrás, se había convertido en un hombre sexy y varonil. Intentó
zanjar el tema, olvidar que lo había visto, pero, extrañamente, le resultaba
imposible. Se lo impedía aquella mirada turbadora a través del pasamontañas. En
la sala VIP, mientras esperaban a que su avión privado estuviera preparado para
partir Tomi se dirigió a ella:
—Me muero por cerrar los ojos y sleep. Qué ganitas tengo de
plantar mi traserito en el avión y sleep durante all el vuelo.
Al ver que ella no contestaba le quitó el auricular del su
Ipod y sacándola de su mutismo le preguntó:
—¿Me has escuchado, queen?
Eiza asintió. Le había escuchado perfectamente. En ese
momento una señorita muy mona vestida de azul y rojo dijo acercándose a ellos:
—Cuando quieran pueden comenzar a embarcar. Ya tenemos su
avión preparado.
Parte del equipo de la película se levantó y se dirigió
hacia el avión, y Tomi, agarrando su enorme bolso de colores, indico a Eiza que
se levantara.
—Cuchi... let'sgo. —Al ver que ella no se movía, zapateando
m el suelo, repitió—: Queen... no te hagas de rogar.
Eiza se levantó, pero en lugar de dirigirse hacia donde
estaba todo el equipo buscó a Howard, el director de la película, que en ese
momento estaba hablando con Mike Grisman. Tras respirar profundamente y ser
consciente de lo que Iba a hacer se quitó los auriculares, se plantó ante él y dijo:
—Howard ¿sería un problema si hoy no regreso con vosotros y
me quedo unos días más en España?
El director, sorprendido, le preguntó:
—¿En España?
—Sí. Necesito unos días para relajarme. Tras lo ocurrido no
me siento con fuerzas para regresar a Los Ángeles y atender a toda la prensa.
Solo serían unos días. Después te prometo regresar y atender todos los
compromisos que tengamos.
Mike, su compañero de reparto, frunció el ceño y dijo:
—Pero, amor, eso es imposible. Estamos en plena promoción y
no debes separarte del grupo.
Molesta porque aquel se entrometiera le miró.
—Tú te callas. Y no vuelvas a llamarme amor, ¿entendido?
Mike Grisman no estaba acostumbrado a aquel tipo de trato y
frunciendo el ceño preguntó:
—¿Sigues enfadada todavía?
—Por supuesto que sí —siseó esta—. Lo que hiciste en el
hotel de Madrid, eso de marcharte y dejarme sola allí, me tiene muy cabreada
por lo tanto, ¡cállate!
—Pero amor... debemos regresar todos a...
Con cara de pocos amigos Eiza miró a Mike, por quien
suspiraban millones de mujeres, y señalándole con el dedo le recriminó:
—No estoy hablando contigo. Cierra el pico.
—Pero... ¡no debes! —insistió aquel.
Cogiéndole de la pechera la joven, cansada, siseó:
—Mike eres un buenísimo actor y me lo paso bomba contigo en
la cama, pero o cierras tu boca en este instante o te juro por mi abuela que te
vas a enterar de quién soy yo.
Tomi, al ver qué estaba pasando, corrió a su lado y aplaudió
mientras decía:
—Muy bien dicho, queen, pero relájate... que cuando te
vuelves crazy eres la peor.
El director, con una sonrisa en la boca, ordenó a Mike
alejarse. Tal y como había dicho la joven, Mike era un excelente actor, pero
era tremendamente insoportable. Tomi, divertido, hizo lo mismo y, una vez a
solas, le dijo:
—Dentro de un mes tenemos que estar en Tokio. Concretamente
el doce de enero. Sabes que comenzamos la promoción allí y...
—Prometo estar en Tokio el día que me digas—y sonriendo
murmuró—: Dale, Howard que a Vin Diesel no le dijiste nada porque no viniera a
Europa.
Howard, amigo de la familia de toda la vida, adoraba a la
joven. Sabía que ella era una profesional y que no iba a fallarle. Pero aun así
se le hacía raro regresar a Los Ángeles sin ella, por lo que insistió:
—Vamos a ver, Anna. ¿Por qué no regresas con nosotros y
descansas en casa? Además, se acercan las Navidades y...
—Howard, sabes que allí no podré hacerlo. En cuanto
aterrice, no tendré un solo momento para mí, sobre todo después de lo ocurrido
aquí. Y en cuanto a las Navidades, ya sabes que no es mi época favorita del
año.
—Pero tu padre...
—¿Mi padre? —preguntó molesta—. Tengo treinta años.
¡Treinta! Y por muy importante que sea él en la industria del cine, no manda en
mi vida y lo sabes. Howard, quiero que confíes en que estaré en Tokio para el
estreno. Solo necesito que tú confíes en mí, no que pienses en lo que vaya a
decir mi padre.
Al ver la determinación en su mirada, el hombre asintió.
—De acuerdo. Pero te quiero en Tokio para el estreno y no
aceptaré ninguna excusa, ¿entendido?
Sonriendo, le besó en la mejilla.
—Allí estaré.
Acto seguido intercambió unas palabras con Sean, su
guardaespaldas, y este asintió. Después miró a su primo que la observaba
extrañado y, mientras se calaba una gorra para esconder su pelo rubio y se
ponía unas gafas de sol, dijo con decisión:
—Vamos, Tomi. Tú te vienes conmigo,
Con su gran bolsón de Gucci en la mano, este la siguió y
preguntó:
—But... ¿dónde vamos cuchita? Nuestro avión sale dentro de
poco. ¿Y Sean?
—No necesitamos guardaespaldas, tranquilo.
—Por el amor de Diorrrr, ¿te has vuelto crazy?
Emocionada como hacía mucho tiempo que no estaba, murmuró
con una enorme sonrisa:
—Confía en mi Tomi. De momento vamos a hablar con quien haga
falta para que saquen nuestras maletas del avión.
Una hora después y antes de salir del aeropuerto, oculta
tras una gorra y unas enormes gafas negras, se pararon ante una agencia de
alquiler de coches.
—Necesito que alquiles un coche automático con GPS a tu
nombre para diez o doce días. Y, por favor, no menciones que voy a viajar en él
o tendremos a toda la prensa detrás ¿vale?
—Pero...
—Hazlo. Luego te explico —apremió ella.
Retirándose su flequillo de mechas púrpura de la cara, el
joven dijo:
—Ay, queen ¡qué miedo me estás dando!
Media hora después, ya estaban subidos en un Mercedes
automático.
—Por el amor de my life, Eiza ¿Qué hacemos aquí sin
guardaespaldas y dónde vamos?
Con una sonrisa ella puso en marcha el vehículo y, tras
darle un sonoro beso en la mejilla, dijo pisando el acelerador.
—De momento vamos a ir a Guadalajara para visitar un
castillo que está en Sigüenza, después, ya veremos, Un par de horas después,
tras perderse por las carreteras por no hacer ni caso al GPS, Eiza y Tomi
llegaron a las inmediaciones del castillo.
—Qué lugar más bonito—susurró la actriz mirándolo con
admiración.
—Divino, ¿pero qué te parece si buscamos un hotel? Estoy
agotado—protestó su primo mirando su alrededor—. Tengo frío... very cold!Y
también hambre... y sed y quiero ir al toilet. En definitiva ¡quiero irme de
aquí!
—Por Dios, Tomi. En esta guía dice que el castillo es un
Parador Nacional. Un hotel.
El joven, no muy convencido, retirándose el flequillo del
rostro dijo:
—¿Por qué no buscamos algo más modern? ¿Seguro que tienen
calefacción?
Sin hacerle caso, Eiza paró el coche para admirar aquel
impresionante lugar. Hasta donde alcanzaba la vista, podía admirar la fortaleza
de formas sólidas y torreones cuadrados, —¿Qué hacemos aquí en medio de este
enorme, solo y frío countiy? —protestó Tomi con desesperación— Let'sgo!
—No. Necesito ver como es el castillo por dentro, y...
—¿Tú estás crazy, cuchi?
—No.
—But... ¡¿pero qué se nos ha perdido aquí?! —gritó
desesperado—. Está anocheciendo ¿Acaso
pretendes dormir en ese sitio tan... tan viejo y antiguo pudiendo
dormir en los mejores hotels of the world?
Sorprendida, miró a su finísimo primo y preguntó:
—¿De verdad que este lugar no te parece lo más bonito que
has visto nunca?
—No.
—¡¿No?!
—Pues no —gruñó pasándose una toallita húmeda por la cara—.
Yo soy más cosmopolitan ya lo sabes. I love la ciudad y esto... esto ¡es el
country! ¿Qué pretendes?¿dormir en el country?
—Mmmmm, no me des ideas —se mofó ella.
Horrorizado por su mirada, Tomi se tapó los ojos.
—Si es que no te tenía que haber hecho caso, lianta. Me
tenía que haber ido con Sean y ahora estaría calentito y durmiendo cómodamente
en el butacón del avión. Pero no, aquí estoy, congelado y sin saber si volveré
a estar hot algún día. Mataría por una buena mantita, un antifaz y un delicious
bloody mary.
—Oh, Dios, Tomi —se quejó al escucharle—. Cuando te pones en
plan reinita no te soporto.
Sin darle tiempo a responder se bajó del coche y cerró de un
portazo. Reflexionó unos instantes
y se montó de nuevo en el automóvil, arrancó y se dirigió
hacia el castillo. Quería dormir allí. Quería quedarse allí y lo haría. Aparcó
y se bajó del coche. Al sentir la fuerza del lugar y el señorío que emanaba,
silbó sin poder evitarlo.
—Ay, cuchi... —protestó Tomi—. No hagas ese ruido con la
boca que pareces un camionero texano y no Estela Ponce, one of the best de
Hollywood.
Al escuchar aquello, ella se caló la gorra y, tras ponerse
sus gafas oscuras, dijo en voz baja:
—No vuelvas a repetir mi nombre. No quiero que nadie sepa
que estoy aquí y por favor intenta hablar español, y no espanglish. ¿Lo has
entendido?
Cerrando de un portazo el vehículo, Tomi llegó hasta ella y
cogiéndola del brazo exigió:
—Dime ahora mismito qué hacemos aquí o me pongo a chillar
como una crazy hasta que vengan los SWAT y me rescaten de morir congelado en
esta Siberia.
Eiza sonrió. Verdaderamente era una locura estar allí, pero
no había podido remediarlo. Sacándose la pitillera de oro del bolsillo trasero
de su vaquero, se encendió un cigarrillo y tras darle una profunda calada miró
a Tomi, quien contrariado, esperaba una contestación y dijo:
—¿Recuerdas cuando te conté que en Las Vegas, cuando era una
jovencita, me casé con un español?
—Oh, yes... como para olvidar esa locura, queen. Recuerdo
incluso que el día que me lo contaste estábamos en el spa de Beverly Hills
dándonos unos masajes buenísimos. Esos de algas verdecitas y relucientes.
Incluso estaba Barbra Streisand y...
—¿Quieres escucharme y cerrar la boca? —protestó al ver que
ya comenzaba con sus rollos de siempre.
—Vale, cuchi... pero no te pongas así. Continua, te escucho.
—El chico con el que me casé, era del pueblo que ves a tu
derecha y él me habló de este castillo.
Tomi se llevó las manos a la boca.
—Oh, my God ¿estamos aquí por ese hombre? ¿Quieres verlo?
—ella asintió y él gritó fuera de sí—, ¿Para qué?¿ Para qué quieres ver a
alguien que apenas conoces, con el que pasaste un momento traumático y que,
seguramente, estará casado, gordo y feo? Ains, Eiza... no te entiendo. Tienes babeando
por ti a cientos de galanes impresionantes, entre los que está Mike Grisman,
one of the most guapos de Hollywood y estamos aquí, en medio de la nada en
busca de un tío normal y sin glamour que no sabemos quién es ni... —pero al ver
la su cara paró de hablar y preguntó—. ¿Sabemos quién es?
Ella asintió y dijo:
—Y cuando te lo diga no te lo vas a creer.
Tomi, olvidándose de todo lo anteriormente dicho preguntó
curioso. Si algo le gustaba era un buen chisme.
—¿Quién es? Dímelo, dímelo ahora mismo.
—Es alguien que estuvo muy cerca de nosotros hace unos días
y que a ti especialmente te llamó la atención.
—¿Cerca de nosotros y que a mí me gustó? Ay, queen, no caigo
—Eiza sonrió—. Es más, si hubiera estado cerca de nosotros y hubiera sido un
man difícil de olvidar lo recordaría. Pero no, definitivamente no recuerdo a
nadie.
—Iba vestido de negro, armado hasta los dientes y...
Al escuchar aquello clavó sus ojos castaños en ella y con
gesto indescriptible murmuró:
—Por-el-a-mor-de-my-life. No me digas que es uno de los
machotes de los hombres de Harrelson españoles que nos salvaron el otro día.
—Ella asintió y él, apoyándose en la puerta del coche, dijo emocionado—: Ay,
cuchi... ¿te casaste con un macho man de esos y le dejaste escapar?
—No lo sé —suspiró molesta— Solo sé que oí algo que me hizo
sospechar y tras indagar a través del detective Anderson, he conseguido saber
cosas de Sebastián Rulli y...
—Ay ¡qué nombre más varonil! Sebastián, how romantic! Me
encanta el destino. Pero oye ¿está casado? Porque mira Eiza que si está casado
esto puede ser un scandal que nada beneficiaría a tú carrera. You are Anna
Reyna y...
—Según la información que Anderson me ha mandado, no
—respondió con sinceridad—. Él sigue soltero, es policía, y vive aquí, en este
pueblo —murmuró señalando el municipio que había junto a la fortaleza—.Y lo que
no sé, es si el otro día no me reconoció o no quiso reconocerme.
Tomi la agarró del brazo y empezaron a caminar con seguridad
hacia el castillo.
—Pues eso, solo podremos saberlo si se lo preguntamos, ¿no
crees?
En ese momento, y al ver a su primo tan entregado en su
misión, a Eiza le entró pánico. ¿Qué hacia allí, en realidad? Pero sin
responderse a la avalancha de preguntas que paralizaban su razón continuó
andando hacia la recepción del parador.
—Buenas tardes, señores. Bienvenidos al Parador de Sigüenza.
Mi nombre es Menchu. ¿En qué puedo ayudarles?—Les saludo una simpática joven al
verles.
Calándose la gorra y las gafas de sol a pesar de que ya
había anochecido la joven dijo con voz segura:
—Hola, huellas tardes. Pasábamos por aquí y al ver esta preciosodad
de castillo hemos decidido parar.
—Desean una habitación para pasar la noche?
Eiza suspiró. ¿Qué hacía allí? Pero antes de que pudiera
responder Tomi, tomando las riendas del asunto, contestó conteniendo su
espanglish.
—Como ya he visto que tienen calefacción, quisiéramos
alquilar el castillo entero —Eiza le miró y él dijo con rapidez—Vale, pensarás
que me he vuelto crazy. Pero no. Todo tiene su porqué. Y vuelvo a repetir,
nosotros necesitamos el castillo entero y punto.
La recepcionista, tan sorprendida como Eiza, preguntó al
hombre de las mechas púrpuras:
—Disculpe, señor. ¿Ha dicho el castillo entero?
—Yes, querida.
Boquiabierta, la joven recepcionista les pidió que esperaran
un segundo. Lo mejor sería llamar a su jefe. Una vez solos Eiza le miró y dijo:
—¿El castillo entero? Pero, bueno ¿Qué locura es esa? ¿Qué
pretendes? ¿Qué la prensa esté aquí antes de que podamos poner un pie en la
habitación?
—No, mi reina. Precisamente intento justamente lo contrario.
Si alguno de los huéspedes que aquí se aloja te ve ¡te reconocerá! ¿Lo has
pensado? Y entonces es cuando esto se llenará de periodistas —ella le entendió
y asintió. En ese momento apareció un hombre de sonrisa agradable.
—Buenas tardes. Mi nombre es Samuel Sánchez y soy el
encargado de la fortaleza. Me ha dicho
Menchu que quieren ustedes alquilar el castillo al completo.
—Sí, unos doce días—asintió Eiza con seguridad. La idea de
Tomi era perfecta.
La muchacha y su jefe se miraron.
—Lo siento, pero es imposible—dijo el hombre con pesar.
—Why? ¿Por qué es imposible? —preguntó Tomi .
—Actualmente tenemos huéspedes y no podemos echar a las
personas que, durante unos días, descansan aquí. Además, tenemos varias
reservas ya para los próximos días y, sintiéndolo mucho, tengo que decirles que
lo que me piden es imposible.
Contrariada por aquello Eiza pensó con rapidez. No estaba
acostumbrada a que le dijeran que no a nada y no pensaba dar su brazo a torcer.
Quería quedarse allí.
—Lo entiendo... aun así nos quedaremos y cuando haya
habitaciones libres las alquilaré.
El hombre cada vez más sorprendido preguntó:
—Señorita ¿está usted segura? ¿Tanta gente va a traer al
rastillo?
—No. Solo somos nosotros dos—indicó Tomi.
Cada vez más sorprendido el hombre miró a Menchu, y Eiza
caminando hacia un lateral de la recepción dijo:
—Por favor, ¿pueden venir un momento?—La siguieron—, ¿Puedo
contar con su total discreción?
—Por supuesto —asintieron aquellos—. Uno de nuestros lemas
es; la confidencialidad.
Al oír aquello, la joven se quitó la gorra y las gafas. Las
caras de ambos al reconocerla eran todo un poema. Tenían ante ellos a Anna
Reyna, la famosa actriz de Hollywood y que los últimos días había salido en
todas las televisiones y periódicos por su secuestro en el hotel Ritz.
—Yes, she is ¿a qué es monísima y glamurosa?—asintió Tomi
encantado.
Eiza al ver su cara de incredulidad dijo con una sonrisa:
—Por sus gestos intuyo que ya saben quién soy, ¿verdad?
—asintieron y ella prosiguió—. El motivo de alquilar el castillo entero es para
tener tranquilidad y discreción. Es más, si la prensa se entera sabré que ha
sido alguno de ustedes dos. ¿Me entienden ahora?
Asombrados, ambos asintieron.
—Menchu —carraspeó Samuel con rotundidad—. Absolutamente
nadie debe saber la verdadera identidad de nuestros huéspedes, ¿entendido?
—Por supuesto —asintió la joven y mirando alucinada a la
actriz murmuró: — Para nosotros
será un placer tenerla aquí señorita Ponce.
—Por favor... llámame Eiza y el registro háganlo a nombre de
mi primo.
Con rapidez el hombre miro las reservas.
—Tenemos libre la suite del Castillo y...
—Yo quiero una habitación para mí solo —aclaró Tomi—. Adoro
a mi actriz, pero no me gusta dormir con ella, ¡se mueve mucho en la cama!
—¿Dónde tienen su equipaje?—preguntó Samuel nervioso y
emocionado.
—En el coche—respondió la joven.
Eiza, divertida, volvió a ponerse la gorra para esconder su
rubia melena. En aquel momento no había nadie en recepción, pero prefirió
hacerlo así. No quería levantar sospechas. Media hora después, tras enseñarles
el castillo y que estos pudieran admirar las maravillas del lugar, les acompañaron
a sus habitaciones. Una vez la joven se quedó sola en su preciosa y medieval
suite se asomó a la ventana y sonrió. Por primera vez en mucho tiempo respiraba
eso que se llama libertad.
Sonó el despertador y Sebastián se levantó de su cama. Como
cada mañana desde hacía muchos años, tras ducharse y vestirse, cogió la correa
de su perra y salió a hacer footing. Durante más de una hora corrió primero por
Sigüenza y luego por los alrededores. Adoraba la paz que allí se respiraba.
Madrid le gustaba pero era un lugar lleno de agobios y atascos. Por ello, años
atrás, decidió regresar a vivir al pueblo en el que se había criado. Un lugar
acogedor donde los vecinos aún se saludaban cuando se veían por la calle y
donde podía tener el contacto que él necesitaba con su familia.
—Vamos Senda, venga, preciosa—animó a su perra.
Senda era un curioso cruce entre pastor alemán y pastor
belga. La encontró cuando apenas tenía dos meses, una mañana que había salido a
correr. Aún recordaba el momento. Un coche oscuro paró en el lateral de la
carretera, abrió la puerta y soltó al animal. Después se marchó. Sebastián al
ver aquello corrió hacia algo pequeño que se movía y justo lo agarró antes de
que un camión lo atropellase. Ese día, la mirada de aquella perra enamoró a Sebastián,
y juntos llevaban ya seis años. Como él siempre decía, Senda era su verdadera
chica.
—Senda—llamó Sebastián al verla alejarse—.Ven aquí.
La siguió con la mirada, divertido. Aquella locuela corría
tras varios conejos que había visto corretear por el campo. Sin parar su marcha
silbó y, al escucharle, la perra paró en seco y corrió en su dirección. Una vez
estuvo a su lado comenzó dar saltos como siempre hacía.
—¿Cuándo vas a madurar?—rio divertido acariciando a la perra
—Anda venga, regresemos a casa.
Sorteando las casas, Sebastián llegó hasta su pequeño hogar.
Un chalet adosado en una zona residencial de Sigüenza. Abrió la puerta de su
casa y Senda echo a correr hacia el patio trasero para beber agua de su cazo.
Él subió directamente a la planta de arriba y se duchó. Una buena ducha tras el
deporte era lo mejor para el cuerpo y la mente. Cuando acabó se puso un vaquero
y un jersey negro de cuello vuelto. Aquel día libraba y pensaba ir a visitar a
su padre y abuelo, que vivían en una de las céntricas casas del pueblo.
Puso un CD de Guns and Roses y cuando acabó, comenzó a sonar
el que su hermana Almudena le había regalado por su cumpleaños días antes. La
voz de Sergio Dalma inundó el silencio del salón. No era la música que más le
gustaba escuchar—él pasaba de esas tonterías del amor—pero tarareando una de
las canciones se encaminó hacia la cocina. Allí se sirvió un café y lo metió en
el microondas. Mientras lo calentaba abrió la puerta de la terraza y Senda
entró.
—Anda pasa, que hoy hace mucho frío.
La perra, más acostumbrada a estar en el interior de la casa
que en el exterior, rápidamente se encaminó hacia su lugar preferido. El
pasillo. Y tumbándose emitió un sonido de satisfacción. El teléfono sonó. Era
Irene, su hermana mayor.
—Hola, mi niño ¿cómo estás? —saludó la dicharachera de su
hermana.
—Bien ¿y tú?—respondió mientras sacaba su café del
microondas.
—Agotada. Tus sobrinos me tienen en un sinvivir.
Sebastián sonrió. Su hermana tenía unos hijos maravillosos
aunque ella se empeñaba en decir continuamente que le daban una guerra
tremenda.
—Pues no va y dice tu querida sobrina Rocío que se quiere ir
un año a Londres cuando acabe el curso. Pero esta niña se ha pensado, ¿que el
dinero lo fabrico yo por las noches en el horno? Sonrió y se sentó dispuesto a
escuchar durante un buen rato a su hermana. Le encantaban sus hermanas. Eran
tres y todas mayores que él. Irene era la mayor. Estaba casada con Lolo y tenía
tres hijos: Rocío de quince años, Javi de diez y Ruth de cinco; Almudena era la
segunda, soltera y embarazada; y por último Eva, la loca de la familia.
Trabajaba de becaria en una revista y su vida era un auténtico descontrol.
—¿Has hablado» con Eva María últimamente? —pregunto Irene.
—No. Llevo sin hablar con ella unos diez días.
—Oh... ¿entonces no sabes la última?
Sebastián sonrió e Irene continuó:
—Creo que la van a despedir y ha dicho que como le pase eso
se marcha de corresponsal de guerra a Libia. Ay, Dios, muchacha nos va a matar
a disgustos.
La carcajada que soltó Sebastián hizo peligrar su café. Su
hermana Eva era un caso y siempre lo sería. Conociéndola, lo último que haría
sería irse a un país en guerra, así que para quitarle importancia dijo:
—Se le pasará. Ya conoces a Eva.
—Papá y el abuelo están preocupados, muy preocupados. Ya
tuvimos bastante cuando tú estuviste hace un año en Irak. Pero esta niña,
parece una cría. ¿Cuándo va a madurar? ¿Acaso no se da cuenta de que con esas
tonterías lo único que liare es angustiar la vida a quienes la quieren?
—Venga... venga, no seas exagerada Irene. Creo que te
preocupas en exceso.
Irene, tras la muerte de su madre, hizo de madre,
especialmente para Eva y para él. Su padre tenía que trabajar y alguien debía
de ocuparse de que los pequeños comieran, estudiaran y fueran al colegio. Y esa
fue Irene, con la ayuda de Goyo, su abuelo materno. El único abuelo vivo que
aún les quedaba. Mientras tomaba el café y hablaba con su hermana por teléfono,
sonó el portero automático de la casa.
—¿Quién llama a tu puerta?
—Pues no lo sé, curiosa, no tengo poderes —rio Sebastián
caminando hacia la entrada.
—¿En serio?—se guaseó sabedora que para la familia, y en
especial para su sobrino Javier, era un superhéroe.
M pitido de la puerta volvió a repetirse y Sebastián, a
través del teléfono, respondió.
—¿Quién es?
—Soy Quique, el cartero. Traigo un sobre certificado para
ti.
—Ahora mismo salgo —y antes de dejar el teléfono sobre la
entrada dijo—: Irene, espera un segundo que voy a firmar una carta certificada.
Sebastián salió al exterior para recoger la carta acompañado
por Senda.
—Hola, Quique—saludó al cartero de toda la vida.
El hombre, con una sonrisa de oreja a oreja, le entregó un
sobre y un bolígrafo.
—¿Hoy no trabajas? —le preguntó.
—No. Hoy libro —respondió mientras firmaba.
Con el sobre en las manos Sebastián observó el logotipo del
Castillo de Sigüenza. Se despidió del cartero, entró en su casa y cogió el
teléfono donde esperaba su hermana.
—Ya he vuelto.
—¿Qué tenías que firmar?
—Un sobre que me ha llegado del Castillo de Sigüenza.
—¿Del castillo? —preguntó sorprendida—. ¿Será que va a haber
alguna fiesta o algo así?
Sebastián sonrió y dejándolo sobre la mesa del comedor
continuó hablando con su hermana un rato
más hasta que finalmente se despidió. Cuando caminaba hacia la cocina reparó en
el sobre y lo abrió. Dentro había una pequeña nota en la que ponía:
Sé que es una locura pero ¿quieres cenar conmigo?
Te espero hoy a las nueve en la suite 4e
E.
Sorprendido, la releyó. ¡¿E?! ¿Quién sería esa E? Finalmente
pensó que se trataría de alguna encerrona que Laura, la mujer de Carlos, le
habría preparado. Seguro que se trataba de Paula, que trabajaba en el Parador,
quien habría planeado aquello. Eso le hizo sonreír. Aquella explosiva mujer era
tremendamente ardiente, suspiró y dejó la nota sobre la mesa. Tenía cosas que
hacer, pero si a la hora indicada estaba libre, por supuesto que iría. Una hora
después, cuando se preparaba para ir a casa de su padre sonó su móvil. Era el comisario
jefe. Había ocurrido algo en Madrid y necesitaba que acudiera inmediatamente a
la Base. Sin tiempo que perder, llamó a casa de su padre desde su Audi RS 5. No
podía ir. Tenía que trabajar.
En el castillo de Sigüenza Eiza se esforzaba por aparentar
tranquilidad, pero era imposible.
Todavía no sabía qué había ocurrido para que ella lo dejara
todo y estuviera allí esperando hecha un flan a un hombre que no conocía, y con
el que apenas había estado consciente veinticuatro horas.
—Son las ocho y media, queen mía —rio Tomi—. Creo que
deberías vestirte ya, no vaya a ser que él esté tan impaciente por verte que
aparezca antes de tiempo.
Horrorizada como pocas veces en su vida la joven miró a su
primo con desesperación.
—¿Qué me pongo?
Tomi, más nervioso que ella por la situación, empezó a
rebuscar en los dos maletones de Eiza. Por fin sacó una camisa negra de gasa y
una falda roja entallada hasta los pies.
—Visto que solo tienes cuatro trapitos, esto irá bien.
Estarás ¡divine! Eso sí, ponte el sujetador purple, ese que te realza los
pechos. La camisa te sienta infinitamente mejor.
Al ver el conjunto, Noelia protestó.
—Por Dios, Tomi que no voy de cena a la embajada. Que voy a
cenar aquí en la habitación.
—¿Y qué? ¿Acaso no quieres que te vea divine?
Ella asintió. Tenía razón. Así que cogió lo que le
entregaba, hecha un manojo de nervios, ycomenzó a vestirse. Cuando acabó se
miró en el espejo y decidió dejar suelta su bonita melena ondulada. Le daba un
aire sofisticado. A las nueve menos cinco, Tomi se marchó a su habitación tras
darle dos besos y desearle suerte con aquel encuentro. A las nueve en punto Eiza,
retorciéndose las manos, no sabía si sentarse o mirar por la ventana. Parecía
una quinceañera a punto de tener su primera cita. Diez minutos después su
impaciencia le hizo encender un cigarrillo. Seguro que tardaría en llegar.
Veinte minutos después comenzó a cuestionarse si ni tan siquiera vendría y una
hora y media más tarde, molesta por el desplante, supo que no aparecería. A las
once, tras dos horas de espera, se desmaquilló y se quitó la ropa, y cuando se
echó en la cama suspiró enfadada. ¿Quién la mandaría a ella ir allí?
A la mañana siguiente, Tomi se despertó a las siete de la
mañana. Pensó en ir a la habitación de su prima, pero finalmente decidió no
molestar, no fuera que continuara con él en la habitación. A las once,
sorprendido porque ella aún no hubiera dado señales de vida, se encaminó hacia
la suite y cuando ella le abrió supo que algo no muy bueno había pasado.
—¿¡Que no vino el hombre de Harrelson?!
—No
—¿Te dejó plantada, honey?
—Si.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Totalmente, y no vuelvas a preguntármelo.
Sin dar crédito a sus palabras y llevándose las manos a la
cabeza susurró incrédulo:
—Oh. My God. Cuchi, ese hombre te ha dicho no.
A Eiza no le gustó como sonaba aquello. Ya fue bastante
humillante el plantón como para quesu primo se lo recordara.
—Me estás enfadando Tomi. Me estás enfadando y mucho.
Aun incrédulo porque alguien dejara plantada a su prima, la
gran estrella de Hollywood, añadió:
—Bueno, bueno, darling no pasa nada. Nadie se ha enterado de
ello. Por lo tanto no te preocupes, nadie se reirá de ti.
—¿Cómo que nadie se ha enterado? Lo sabemos nosotros, te
parece poco? Y ya puedes ir borrando esa sonrisita que tienes en la cara o
yo....
—Tranquila honey, yo no me rio de ti, solo me sorprendo.
Sin embargo Eiza era consciente del plantón.
—Pero… pero ¿Quién se ha creído ese idiota para dejarme
plantada? Maldita sea, estoy tan ofendida que apenas he podido descansar, y
todo por su culpa. Su maldita culpa.
Al ver el enfado que tenía, intentó tranquilizarla sentándola
en la cama. Eiza estaba acostumbrada a que todo el mundo bailara a su son, y
que alguien se saliera de lo que ella consideraba normal no le gustó.
—¿Sabes lo que te digo?
—¿Qué? —preguntó Tomi.
—Que no me voy a quedar con las ganas de decirle al idiota
ese cuatro cositas bien dichas. Ese no sabe quién soy yo.
—Ay Eiza... que tú tampoco sabes quién es él.
Sin escucharle ni darle tiempo a reaccionar, se encaminó
hacia la puerta. Tomi la pilló del brazo y la paró.
—¿Dónde vas cuchi?
—A su casa.
—No... no... no. ¡Ni lo sueñes! No puedes hacer eso.
—¿Por qué no puedo hacerlo?
—Porque you are Anna Reyna, tienes un pronto muy malo y una
diva como tú no debe hacer esas cosas. Si él no quiso acudir a su cita. Él se
lo pierde.
—Pero...
—No hay peros que valgan. Ahora mismo te vas a dar una
duchita relajante, te vas a poner el antifaz y te vas a sleep. Ay, queen mía,
se nota que no has dormido tus eight horitas y tienes la piel tremendamente
ajada.
Eiza salió disparada hacia al espejo, se miró y susurró escrutándose
el rostro:
—¿Tanto se nota?
—Ajá. Por lo tanto, no se hable más. Son las once y media.
Te dejaré dormir hasta las two o’clock. Después te despertaré, nos montaremos
en el car, nos dirigiremos al airporty nos marcharemos para Los Ángeles happy y
con glamour y, por supuesto, nos olvidaremos de este incidente tonto y absurdo.
¿Qué te parece la idea?
Mirando su propio reflejo en el espejo, Eiza suspiró y tras
entender que era lo mejor, asintió. Cinco minutos después Tomi se marchó y ella
se tumbó en la cama. Sin embargo, al cabo de un rato, harta de dar vueltas de
un lado para otro, tiró el antifaz, a un lado y, levantándose, murmuró mientras
cogía los vaqueros:
—Ah no.... de aquí no me marcho yo sin decirle a ese creído
cuatro cosas.
Miró su reloj. Las doce menos cinco. Tenía tiempo para ir y
volver antes de que Tomi acudiera a despertarla. Tras coger su móvil se puso la
gorra para esconder su llamativo pelo rubio y poniéndose las gafas de sol para
que nadie identificara su rostro, salió con cuidado del parador. Al llegar a
recepción vio a Menchu y esta rápidamente salió de detrás del mostrador.
—Buenos; días, señorita Reyna.
—Eiza, llámame Eiza, por favor, Menchu.
La joven feliz porque recordara su nombre, ansiando hablar
con ella sonrió y le preguntó cortésmente:
—¿Ha dormido bien?
—Sí. Maravillosamente —susurró y mirándola preguntó
ensenándote un papel—¿Sabes cómo puedo llegar hasta esta dirección?
Sorprendida, la joven leyó la dirección. Caminó con ella
hasta puerta del parador y cuando iba a responder se oyó tras ellas:
—Menchu, ¿cuántas veces tengo que decirte que no abandones
la recepción?
Menchu se quedó petrificada, algo que Eiza no pasó por alto
y, dándose la vuelta, la joven recepcionista respondió:
—Paula, te estaba indicando a la señorita como ir a...
—Para eso tienes los mapas que regalamos —espetó la morena
de grandes pechos poniendo un mapa sobre el mostrador Así es como hay que
atender a un huésped, no como in lo estás haciendo.
Pareces tonta, Menchu. ¿Cuándo vas a aprender?
Eiza se ofendió al escuchar aquello. Nunca le había gustado
la gente que para demostrar su superioridad insultaba a los que estaban por
debajo. Por ello, y sin poder remediarlo, se encaró con aquella, parapetada
tras sus enormes gafas oscuras y su gorra.
—Disculpe señora, pero Menchu estaba siendo sumamente amable
conmigo y no se merece que usted la trate así delante de mí.
La mujer la miró y respondió sin cambiar su gesto.
—Me alegra saber que Menchu ha aprendido al menos a ser
cortés, pero todavía tiene mucho que aprender para trabajar en este parador.
En ese momento sonó el teléfono de recepción y dándose la
vuelta la mujer atendió la llamada.
Dos segundos después colgó y con el mismo ímpetu que
apareció, desapareció.
—¿Quién es esa mujer tan estúpida?
—Oh... señorita Reyna ella…
—Eiza... te he dicho que me llames por ese nombre, ¿vale
Menchu?
La joven sonrió y respondió.
—Se llama Paula. Una mujer que llegó hace tres años aquí y
de la que poco más se sabe.
—¿Cómo puede tratarte así? ¿Por qué se lo permites?
—Necesito el trabajo y ella es una de las encargadas. Vivo
sola, hay mucha crisis y sinceramente, por mucho que me ofenda y me den ganas
de arrastrarla por el parador, necesito este trabajo para vivir.
Conmovida por las palabras de la joven recepcionista Eiza
asintió. En momentos así era cuando se daba cuenta que ella era una
privilegiada en la vida. Menchu, para olvidar lo ocurrido, dijo señalando hacia
la derecha de la fortaleza.
—Si baja por ese camino llegará hasta unas casas blancas.
Una vez allí, tuerce a la derecha y continúa de frente hasta una rotonda. Uní
vez pase la rotonda la segunda calle a la izquierda es la que busca.
—Casas blancas, derecha, rotonda y segunda a la izquierda
—repitió Eiza— Gracias, Menchu. Y por favor, si ves a mi primo no le digas que
me has visto ¿de acuerdo?. Ah, y tutéame, por favor.
La recepcionista asintió y, emocionada, vio como la actriz
más guapa de Hollywood, ¡la que acababa de pedirle que la tuteara!, se alejaba
en su coche. Agotado tras una noche movidita por su trabajo, Sebastián llegó a
su casa. Había sido un operativo laborioso. Cuatro terroristas rumanos en busca
y captura internacional habían sido interceptados en una casa del viejo Madrid
y los geo habían entrado en acción para detenerles. El operativo había sido un éxito
pero la tensión de las horas previas y el momento de entrar en acción le
dejaban extenuado. Soltó las llaves en el recibidor y saludó a su perra Senda
que rápidamente acudió a la puerta a recibirle.
—Hola, preciosa ¿me echaste de menos?
El animal, feliz por la llegada de su dueño, saltaba como un
descosido a su alrededor, haciéndole reír.
—Vale... vale... para ya. Ahora vendrá Andrés a sacarte.
Estoy agotado para pasear contigo.
Tras conseguir que la perra se calmara, se encaminó hacia la
cocina. Una vez allí cogió un vaso y la leche y se sirvió café de la cafetera.
Sacó unas magdalenas y se sentó en la mesa. Necesitaba comer algo. Después se
ducharía y se acostaría. Cuando terminó, metió la taza en el lavavajillas y
cuando salía de la cocina se quitó la camiseta, quedándose desnudo de cintura
para arriba. De pronto sonó el timbre de la puerta. Seguro que era Andrés, el
muchacho al que pagaba para que sacara a Senda los días que él no estaba.
Siempre llamaba antes de entrar, por lo que Sebastián continuó su camino.
Andrés tenía llave y entraría para coger a la perra. Pero no. No entró y el
timbre volvió a llamar con más insistencia.
—¿Quién es?—preguntó Juan apoyado en la pared con el
telefonillo en la mano.
Al escuchar su voz Eiza, inexplicablemente, se paralizo.
!Era el! Miro a ambos lados de la calle y susurro:
—Soy Eiza.
Apoyado en la pared y con el telefonillo en la mano volvió a
preguntar.
—Perdona pero no he oído bien. ¿Quién eres?
—Eiza...
—¿Quién?
—Anna Reyna —bramó enfurecida—. Abre ya la maldita puerta.
Ahora el sorprendido era él. ¿Anna Reyna? ¿Qué hacía aquella
mujer en su casa? Apretó el botón de entrada y oyó cómo la puerta de fuera se
abría y se cerraba mientras bajaba los escalones de cuatro en cuatro. Sin
perder el tiempo abrió la puerta de la calle. Ella entró como un vendaval, mirándole
parapetada tras sus enormes gafas negras y su gorra.
—Nunca pensé que pudieras ser tan desagradecido. Te estuve
esperando hasta Dios sabe cuándo y casi no he dormido, cuando para mí dormir
las horas necesarias es una obligación. ¿Por qué no viniste?
Sebastián se quedó boquiabierto. Efectivamente aquella mujer
era quien decía, pero la sorpresa fue tal que apenas pudo articular palabra.
¿Qué hacía aquella mujer en su casa? ¿En Sigüenza?
Ella, a diferencia de él, no paraba de moverse y de hablar.
Parecía que alguien le hubiera puesto pilas hasta que, finalmente, cuando
sintió que este cerraba la puerta se calló.
—¿Se puede saber qué haces tú aquí?
Escuchar aquel tono grave de voz hizo que ella se paralizara
y se sintiera pequeñita ante aquel gigante, pero clavando su mirada en su torso
desnudo murmuró en un hilo de voz:
—No... no lo sé. Solo sé que ayer te envié una nota desde el
Castillo invitándote a cenar y...
—¿Me la enviaste tú?—cortó él al recordar la invitación de
la suite 4e.
—Pues claro, ¿quién creías que te invitaba?
Sorprendido como en su vida, y sin entender que hacia
aquella actriz de Hollywood en el salón de su casa, respondió mofándose de
ella:
—Sinceramente cualquiera de mis amigas, pero nunca la
estrellita.
La visión de Juan desnudo de cintura para arriba y con los
vaqueros caídos en la cintura y el primer botón desabrochado hizo que a ella se
le resecara la garganta. Dios mío... qué sexy pensó incapaz de despegar su
mirada de él. El tatuaje de su brazo derecho, unido al oscuro tono de su piel,
la excitó. Los hombres con los que solía estar eran modelos o actores, todos
hombres guapos y fuertes. Pero su cuerpo fibroso y poderoso, y la sensualidad
que desprendía, nada tenían que ver con lo que ella conocía. Sin apenas moverse
de su sitio, Sebastián se cruzó de brazos y con gesto indescifrable volvió a interrogar
a la joven que no le quitaba ojo de encima.
—¿Me puedes decir qué haces en mi casa?
Tragando el nudo de emociones que se le habían agolpado en
la garganta, Eiza se quitó las gafas para dejar al descubierto sus
impresionantes ojos azules.
—Yo... bueno... el caso es que... es que...
—¿Es que qué?—exigió Sebastián.
Aturdida por lo que aquel hombre con solo su presencia le
hacía sentir, finalmente murmuró consciente de lo ridícula que era la
situación:
—Quería saber porque no me saludaste el otro día cuando nos
vimos.
—¿Que nos vimos? ¿Cuándo?
Abriendo la boca para protestar, ella cambió el peso de una
pierna a otra y respondió.
—En el Ritz, o acaso me vas a decir que tú no eras el poli
vestido de negro que me dio agua y habló conmigo.
Sebastián no respondió. Una de las primeras normas de su
trabajo era no revelar a gente ajena a su círculo su específica profesión.
—No sé de qué hablas.
—Por favor... —se mofó esta—, eso no te lo crees ni tú. Sé
que eras tú y no puedes negármelo.
—Quizás te estás equivocando de persona —respondió admirando
en vivo y en directo a la joven que un día conoció y que en la actualidad era
una de las actrices mejor pagadas de Hollywood.
—No. No me equivoco. Sé lo que digo ¿Y sabes por qué lo sé?
Divertido por como ella le señalaba preguntó:
—¿Por qué lo sabes?
—Porque solo ha habido dos personas en mi vida que se
refirieran a mí de una determinada manera. Una fue mi abuela, y la otra fuiste
tú.
Maldita sea. Lo oyó pensó mientras disfrutaba de la visión
que ella le ofrecía. Vestida así, con vaqueros y abrigo largo podría pasar por
una joven cualquiera. Aunque cuando le mirabas el rostro todo cambiaba. Aquella
cara, aquellos espectaculares ojos celestes y el pelo rubio que ocultaba bajo
su gorra la hacían inconfundible. Había salido en demasiadas películas y series
de televisión como para pasar desapercibida.
—Creo que tu subconsciente te traicionó.
Eiza fue a responder cuando sintió que algo le rozaba las
piernas. Al bajar la mirada y ver el enorme perro, en lugar de asustarse, le
tocó la cabeza y sonrió. Senda rápidamente movió el rabo feliz y se sentó a su
lado. Sebastián, todavía como en una nube, las observó. Su exmujer y su perra
mirándose con gesto de aprobación.
¿Qué narices está pasando aquí? pensó malhumorado y tras
llamar a la perra y sacarla al patio dijo mirando a la muchacha que continuaba
parada en la entrada:
—Necesito un café para despejarme. Si quieres uno sígueme.
Con la tensión a mil, la chica le siguió sin poder dejar de
admirar aquella espalda ancha y morena y aquel perfecto trasero que bajo sus
Levi´s desteñidos parecía de acero. Una vez llegaron a la cocina Eiza se
sorprendió al verla impoluta. Era una cocina en blanco y azul, limpia y ordenada.
—¿Solo o con leche?—preguntó al verla mirar a su alrededor.
—Con leche desnatada,
Levantando una ceja Sebastián la miró y dijo con dureza.
—No tengo leche desnatada. Solo leche normal y corriente.
¿Te vale o no?
Molesta por su tono ella le miró y asintió.
—Por supuesto que me vale.
Tras servir los cafés, Sebastián apoyó la cadera en la
encimera.
—¿Eiza o Anna?
—Eiza
—Muy bien, Eiza. ¿Cómo has conseguido mi dirección? Si mal
no recuerdo la dirección que le di al abogado de tu papito hace años era la de
mi padre.
Avergonzada por tener que contestar, intentó desviar la
atención quitándose la gorra para liberar su pelo rubio.
—Uf... ¡qué calor!—dijo distraída.
Sin darle tregua y queriendo saber que era lo que ella sabía
de él insistió:
—Te he preguntado algo y espero una respuesta.
—Tengo mis métodos—susurró dando un trago a su café.
Molesto por aquello, observó cómo sus ondas rubias caían
sobre sus hombros de forma sedosa y sensual.
—¿Me has estado investigando?
—No.
—¿Entonces cómo sabes dónde vivo?
— Bueno... es que...
Sebastián acorralándola para que dijera la verdad insistió
con cara de pocos amigos.
—Llevo razón en lo que digo, ¿verdad?
—No...bueno sí... bueno no... A ver, no es lo que parece
—respondió ella mientras se cogía un mechón de pelo y lo retorcía con un dedo—.
Yo solo quería saber por qué no me saludaste el otro día. Sé que eras tú y...
Se oyó de nuevo el pitido de la puerta.
Andrés pensó Sebastián. Y antes de que pudiera reaccionar,
oyó su voz en el patio de la casa llamando a la perra.
—Senda, preciosa ¡vamos a pasear!
Eiza al escuchar aquella voz cercana miro alertada a ambos
lados y susurro nerviosa:
—¿Quién es? ¿Quién habla?
—Es Andrés.
Dejándole boquiabierto se levantó y agachándose detrás de la
puerta de la cocina murmuró:
—Por favor... no puede verme. Si alguien me ve y me
reconoce, la prensa vendrá y...
Sebastián cogió la correa de Senda y abriendo la puerta
corredera de la cocina saludó a aquel antes de que entrara en la casa.
—Hola Andrés.
El muchacho, un chico del pueblo con una minusvalía física
al andar, sonrió al verle.
—Hola Sebastián. He visto el coche aparcado y no sabía si
querías que la sacara hoy o no.
—Sí... sácala. Acabo de llegar de trabajar y estoy agotado.
Andrés, que adoraba a Sebastián, preguntó:
—¿Ha sido una noche dura?
—Sí. Aunque más dura está siendo la mañana, te lo puedo
asegurar —murmuró mirando hacia el interior de la cocina.
El joven cogió la correa de la perra.
—¿Quieres que la traiga de nuevo aquí o la dejo en casa de
tu padre?
Tras pensarlo durante unos segundos Sebastián respondió:
—Llévala donde mi padre. Dile que iré a recoger a Senda allí
y que comeré con él y el abuelo.
—De acuerdo. ¡Vamos Senda!
La perra encantada de salir a la calle, se dejó sujetar por
el joven. Dos minutos después, este salía del jardín y Sebastián entraba de
nuevo en la cocina y cerraba la puerta.
—Ya puedes salir estrellita. Nadie va a verte—dijo mirando
hacia la puerta.
Como si de una niña se tratara, Eiza asomó la cabeza y, al
comprobar que estaban solos, se levantó y volvió a sentarse a la mesa. Después
cogió su café y tras dar un trago preguntó:
—¿Tienes un cigarrillo?
—No. No fumo y tú tampoco deberías, no es bueno para la
salud.
Aquel comentario hizo que ambos se relajaran. Sebastián aún
estaba sorprendido por tener a la actriz Anna Reyna en su cocina. Aquello era
surrealista. Si sus amigos, especialmente Carlos, se enteraban de que ella había estado en su
casa, se pondrían insoportables. Por ello, dijo con determinación:
—Creo que ha llegado el momento de que te vayas. Ha sido un
placer volver a verte después de tantos años, pero adiós.
—¿Me estás echando de tu casa? —preguntó sorprendida.
—Sí.
Molesta por su falta de consideración y dado que no estaba
acostumbrada a aquel trato le miró recelosa.
—¿Sabes que nadie me ha echado nunca de su casa?
—Alguna tenía que ser la primera y mira ¡he sido
yo!—respondió él cruzándose de brazos.
—¿Cómo puedes ser tan imbécil?
—Contigo no es difícil —respondió dejándola boquiabierta. Es
más, te agradecería que desaparecieras cuanto antes de mi entorno. No quiero
tener nada que ver contigo, ni con tu fama. Mi vida es muy tranquila y adoro el
anonimato.
—¿Crees que yo voy a perjudicarte? Pero si tú eres un don
nadie y...
Sebastian con gesto serio la cortó y respondió con
rotundidad.
—No. No me vas a perjudicar porque no tengo nada que ver
contigo. Mira guapa, no sé, ni me interesa saber qué haces aquí. Pero lo que sí
sé es que tenerte cerca lo único que puede traerme son problemas. Efectivamente
soy el que tú crees, ¡Bingo!, pero lo que ocurrió entre tú y yo fue un error de
juventud y nada más, algo que, hoy por hoy, no quiero que me arruine mi
tranquila vida, ¿lo entiendes? Por lo tanto ponte la gorra, tus preciosas gafas
de Gucci, sal de mi casa y espero que te vayas a tu maravilloso Hollywood donde
tu papito seguro que te dará todos los caprichos que un don nadie como yo no va
a darte. Aléjate de mí, de mi entorno y de mi vida, ¿me has entendido?
Nadie le había hablado con tanto desprecio en su vida. Nadie
se atrevía a decirle a Anna Reyna lo que tenía o no tenía que hacer.
Levantándose de su silla clavo sus azulados ojos en el hombre que la estaba
tratando como a una delincuente y gruñó:
—Te recordaba más amable, siempre pensé que tú eras
diferente.
—En tu caso pensar no es bueno—se mofó Sebastián.
Acercándose a él hasta absorber el olor de su piel siseó:
—¡Imbécil! Idiota. Eres un... un... ¡patán!
Con aire divertido, Sebastián miró hacia abajo y tuvo que
contener las ganas de reír que le provocaba la situación.
—Gracias... no lo sabía—acertó a decir.
Enfadada al ver que él no se enojaba, sino que, parecía
estar consiguiendo el efecto contrario, gritó:
—Te diría cosas peores pero no me gusta blasfemar, por lo
tanto, mejor me callo o te juro que yo... que yo...
—Fuera de mi casa, canija —dijo arrastrando a propósito la
última palabra.
Dándose la vuelta furiosa como nunca en su vida lo había
estado agarró las gafas.
—Por supuesto que me voy de tu casa. Pero de ahí a que haga
lo que tú me has dicho va un mundo.
Estoy de vacaciones y me quedaré aquí o donde me dé la gana
el tiempo que quiera, y tranquilo, no voy a interferir en tu vida. Simplemente
quiero descansar un tiempo y este lugar es tan maravilloso como otro cualquiera
para ello. —Caminó con brío hacia la puerta, pero se dio la vuelta para volver
junto a él y vociferó—: Recuerda, no nos conocemos de nada. No quiero tener
nada que ver contigo y si me ves ¡ni me saludes!
—Tranquila, creo que podré soportarlo—asintió sonriendo
apoyado en el quicio de la puerta.
Fuera de sus casillas, Eiza quiso patearle el culo. Se paró
ante un espejo y mientras se colocaba la gorra ocultando su pelo en el interior
vio a través del cristal la sonrisa De Sebastián y su gesto. Aquello la encendió,
y aún más al comprobar que le estaba mirando el trasero.
—¿Quieres dejar de mirarme así?
—No. Estoy en mi casa y en mi casa miro, digo y hago lo que
quiero.
—Pues como la última palabra siempre la digo yo ¡no me mires
o tendrás problemas! —gritó ella.
Aquel comentario le hizo sonreír aún más y en tono joco so
murmuró:
—Oh... que miedo me das.
Deseosa de cruzarle la cara, fue hasta él para golpearle.
Levantó la mano pero paró en seco cuando le oyó susurrar sin moverse de su
sitio.
—Atrévete.
Resoplando como un toro, Eiza se dio la vuelta, se dirigió
hacia la puerta de la calle y la abrió.
—No des un portazo—le escuchó decir.
Pero, directamente, lo dio. Dio el portazo de su vida y
suspiró satisfecha hasta que instantes después escuchó su risa, eso volvió a
encenderla.
—¡Vete al demonio!—gritó malhumorada.
A grandes zancadas fue hasta su coche e intentando no
perderse y siguiendo las instrucciones que veía por el camino llegó hasta el
parador de Sigüenza donde entró como un vendaval en la habitación de su primo.
El día, definitivamente, no había comenzado bien.
Capítulo 4
Al día siguiente de su encuentro con Eiza, Sebastián, aún no
daba crédito a lo que había ocurrido. Anna Reyna, la gran diva del cine
americano, había estado en su casa. En un principio pensó contárselo a Carlos,
pero luego calibró las consecuencias y decidió que no era una buena idea. De todas
maneras quedó con él para tomar algo. Ambos estaban sentados en una terraza de
su pueblo cuando oyeron una voz tras ellos.
—Hola cucarachos. Ya es hora de que os vea el pelo. ¿Me
invitáis a una cerveza?
Levantando la cabeza Juan sonrió al ver al Pirulas. En todos
aquellos años su vida había cambiado poco. Seguía siendo en cierto modo el
mismo descerebrado que años atrás, con la diferencia de que ahora regentaba la
panadería de su padre. Sentándose junto a ellos que tomaban unas cervezas y
tras dejar sobre la mesa unas revistas que llevaba en las manos, ordenó al camarero:
—Pepón tráeme una birra fresquita. —Después mirando a sus
amigos dijo—: Qué, ¿algo nuevo que contar?
—No—dijeron al unísono.
Fuera del trabajo nunca comentaban con nadie lo que ocurría
durante la jornada, ambos lo tenían muy claro. No les gustaba.
—Joder colegas, la movida que os perdisteis la otra noche
—contó encendiéndose un pitillo—. Resulta que el Pistacho, se f...
—¿Pistacho?—preguntó Carlos divertido.
—Sí, joder, el hijo de Luciano, el de los frutos secos. —Al
ver que asentían continuó—. Se fue a Ámsterdam una semana y el tío ha vuelto
alucinado. Trajo unas setitas buenísimas de allí y la otra noche le dio una a
la Geno, la hija del Tomaso el camionero, y no veas el globazo que se pilló la
colega, —Pirulas—sonrió Juan aprovechando que el sol calentaba aquel día para
ser diciembre—. Qué te parece si no nos cuentas esas cosas a nosotros. ¿Te
recuerdo en que trabajamos?
—No me jodas, tío. Vosotros para mí sois mis coleguitas, y
no unos jodidos cucarachos.
—Lo de cucarachos me toca las narices —se mofó Juan. Aquel
estúpido mote era por el que muchos llamaban a los Geos por su indumentaria
negra.
—Además — prosiguió el Pirulas sin escucharle—, sabéis que
yo, desde hace tiempo, paso de meterme esas guarradas. Yo solo me meto lo que
cultivo y...
Carlos miró a su amigo y poniéndole una mano en el hombro le
indicó:
—Cierra la bocaza. No queremos saber nada de lo que cultivas
—sonrió al escucharle—. De verdad, Pirulas. Tú haz lo que quieras con tu vida,
pero no nos cuentes absolutamente nada ¿vale?
—Y mirando las revistas que había dejado sobre la mesa cogió
una y dijo—: ¿Desde cuándo lees prensa del corazón? ¿Te has vuelto ahora gay? —Son
para mi madre, y no me jodas, hombre, que a mí me van más las tías que a un
jilguero el alpiste —se defendió rápidamente—. Me ha llamado la vieja al móvil
y me las ha encargado. Y yo que soy un buen hijo se las compro y se las llevo.
Hay que tener contenta a la Aurora. Todos sonrieron. Aurora, la madre del
Pirulas, era una buena mujer y bastante cruz tenía con aguantar al descerebrado
de su hijo. Carlos, cogiendo una de las revistas, la hojeó hasta que en su interior
encontró un reportaje que captó su interés y, tras mirar a su amigo Juan, que
por su gesto supo de lo que iba el tema, dijo:
—Vaya, aquí pone que la actriz Anna Reyna ha terminado su gira
por España.
Sebastián le devolvió la mirada y no dijo nada, aunque le
llamó de todo solo con los ojos. Ni siquiera cogió la revista para verla. No le
interesaba. Pero el Pirulas se la quitó de las manos para ver las fotos.
—joder, lo buena que está esa Barbie Malibú. Es que la
lamería desde el dedito gordo del pie hasta...
—Nos alegra saberlo—cortó Sebastián quitándole la revista y
cerrándola.
Pero el Pirulas volvió a abrirla y enseñándole una foto de
la actriz con un escotado y sexy vestido azul, riendo y abrazada a Mike Grisman
en Sevilla continuó.
—Vamos a ver, tronco ¿Desde cuándo ves tú a pibonazos como
este por el pueblo? Vamos... ni que fuera normal verlos pasear por la calle.
Sebastián no respondió. Era una suerte que el Pirulas no
relacionara a Anna Reyna con la joven que se casó con él años atrás. Eso le
reconfortó. No pensaba contar nada de lo ocurrido el día anterior en su casa, y
menos a aquel, cuando Carlos intervino.
—Lo dice hasta mi preciosa mujercita. Siempre dice ¡qué
actriz más guapa!
—¡Qué coño guapa! —exclamó el Pirulas mirando de nuevo la revista—.
Esta tía lo que está es buenísima ¿Pero tú has visto que cuerpazo tiene? A esta
la cogía yo y la ponía mirando para cuenca. Vamos, lo bien que nos lo íbamos a
pasar los dos.
Sebastián cogió su cerveza y dio un buen trago. No iba a
entrar en aquello. No quería. Siempre le había molestado oír hablar de Eiza.
Algo increíble y, sobre todo, incomprensible para él, pero así era. Carlos,
divertido por como aquel bebía dijo gesticulando:
—A mí lo que me encanta es su trasero. Tiene ese típico
trasero redondo y respingón que nos vuelve locos a los tíos y...
—Y esos morritos —añadió el Pirulas mientras Juan se movía
incómodo en su asiento—. Debe ser un lujo mordisquear ese morrito inferior y
tirar de él. Joder ¡pero si me estoy poniendo cachondo solo de pensarlo!
—Eso lo deben de pensar muchos —apostilló Carlos divertido—,
El otro día vi en la taquilla de un compañero una foto en bikini de Anna Reyna.
Una de su última película, Brigada 42, y ¡joder estaba como un tren!
¿Qué compañero? pensó Sebastián y se volvió hacia el
camarero para pedirle otra cerveza.
Durante un rato soporto estoica mente los comentarios de sus
dos amigos sobre la que fue su mujer. Algo que el Pirulas no conocía ni por
asomo, o se hubiera enterado hasta el último habitante de la tierra. Sonó el
claxon de un vehículo. El Rúcula en su Seat León.
—¡Qué pasa troncossssssssssss] —gritó tras aparcar sobre la
acera.
—Hombre, ya estamos todos—sonrió Garlos al verle.
El Rúcula, salió de su coche amarillo huevo y de dos
zancadas llegó hasta ellos.
—¡Qué pasa mamonazos
—No dejes el coche así o te multarán —advirtió Sebastián
tras chocar la mano con él.
—¡Que se atrevan!—se mofó.
Si había un fantasma en el pueblo, ese era el Rúcula. Al
igual que el Pirulas se había tomado la vida de manera muy relajada. El Rúcula
trabajaba en lo primero que le salía. Era un hombre sin oficio ni beneficio,
pero al que nunca le faltaba trabajo. Sabía buscarse la vida. Se sentó junto a
los demás en la terraza y continuaron pidiendo cervezas.
—¿Dónde curras ahora, Rúcula?
—Estoy en la obra con mi primo Alfonsito. Estamos rematando
unos chalecitos a las afueras del pueblo. Los que se construyeron en la parcela
de los Gargalejo.
En ese momento pasaron ante ellos unas chicas y este
interrumpiendo su conversación silbó y dijo.
—¡Guapas! Eso son jamones, no lo que mi madre compra en el
súper.
—¡Viva la minifalda y su inventor! ¡Tías buenas! —apostilló
el Pirulas divertido.
Las chicas al escucharles sonrieron y el Rúcula finalizó.
¡Venir aquí que os voy a dar con todo lo gordo!
Sebastián puso los ojos en blanco ante semejante despliegue
de vulgaridad y Carlos tras carcajearse le indicó:
Indudablemente
trabajas en la obra. Un coche de la policía municipal pasó lentamente al lado de
donde ellos estaban, y Juan saludo con un movimiento de cabeza a Fernández, que
conducía. La patrulla paro ti metros más adelante del coche del Rúcula, y este,
al verlo, se levantó escopetado.
—¡La madre que los parió! Me piro que estos mamonazos me
cascan un multazo.
Y sin más fue hasta el coche. Fernández al ver que se
levantaba de la mesa de Juan asintió y se metió de nuevo en el coche patrulla.
—Pirulas ¿te llevo? —gritó su amigo desde el Seat León.
Este se levantó y tras coger las revistas de su madre se
despidió y se marchó. Una vez quedaron solos, Sebastián se echó hacia delante y
mirando a su amigo susurró.
—¿Te he dicho alguna vez, churri, que eres un cabronazo?
Carlos sonrió y tras dar un trago de su cerveza respondió:
—Sí... cada vez que hablamos de cierta actriz. Por cierto
¿Qué haces esta noche?
—Cualquier cosa menos verte el careto.
Carlos no le hizo caso.
—Vale, lo entiendo, soy guapo pero no tu tipo. —Sebastián
rio y le preguntó—: ¿Qué te parece ver el careto de mi mujer y Paula? Hoy
tenemos canguro para Sergio y como libramos han planeado cenar y tomar algo en
el Loop. ¿Te apuntas?
Durante una fracción de segundo Juan dudó. No estaba de
humor para tonterías, pero sabía que quedar con Paula significaba sexo. Y en
ese momento lo necesitaba. Egoístamente pensó en él, y recostándose en la silla
murmuró tras beber de su botellín:
—¿A qué hora hemos quedado?
La joven actriz, apoyada en el quicio de la ventana de su
habitación, observaba como anochecía mientras intentaba organizar sus ideas y
entender lo que había pasado. Por norma, siempre era bien acogida por el sexo
masculino, y lo ocurrido con aquel español, con Sebastián, la tenía
desconcertada.
—Ay cuchita no frunzas tanto el ceño o te saldrán una
terribles arrugas.
Eiza miró a su primo que se miraba al espejo y se depilaba
con mimo sus cuidadas cejas.
Como siempre le ocurría, atrás había quedado el enfado del
día anterior. Si algo tenía bueno era que igual que se enfadaba se desenfadaba
algo que su abuela siempre le había alabado. Eiza tenía un gran corazón a pesar
de que la gente, por su aspecto glamuroso, pensara que era de hielo y superficial.
Al contrario de todo pronóstico, la joven estrella de Hollywood era una
muchacha muy afable y cariñosa y que cuando la conocías un poco te dabas cuenta
de que solo quería querer y ser querida.
—¿Sabes? Creo que lo hice mal. No debí de ir a su casa así.
ser tan dura y...
—¿Dura?—chilló Tomi—. Oh, my God, pero si por lo que me has
contado, él te echó de su casa. ¿Cómo puedes permitir que un man por muy divine
que sea te haga eso? Sé que tienes un pronto terriblemente puertorriqueño, pero
luego no eres nadie.
—Vale... tienes razón —apuntó apagando el cigarro sobre un
cenicero—, pero yo tampoco fui muy amable que digamos. Además...
—No... no... no. Ahora mismo vamos a recoger nuestras cosas,
coger nuestro auto e irnos ipsofacto para el airport. ¿De acuerdo my darling?
Estoy segura que el bombonazo de Mike te recibirá con los brazos abiertos en
hause. Oh...no veo el momento de darme un baño de color en el pelo. Lo
necesito.
Pero Eiza quería saber más de Sebastián. No sabía por qué
pero le costaba marcharse de aquel lugar. Necesitaba volver a encontrar al
muchacho que conoció años atrás. Aquel que fue amable y sincero con ella y que,
en cierto modo, se ganó su corazón. Estaba decidida a intentar de nuevo un acercamiento.
—Lo siento Tomi, pero yo tengo que hablar con él antes de
irme de aquí —al ver que su primo la miraba boquiabierto indicó—. No te puedo
explicar el porqué, pero quiero volver a ver a Sebastián y...
—¡Tú estás crazy... pero loca de remate.
—No —respondió divertida.
Su primo, blanco como la leche, al ver como esta sonreía se
sentó sobre la cama y murmuró:
—Por el amor de Diorrrrrrr... me conozco esa sonrisita y no
depara nada bueno ¿Qué es lo que pretendes?
—No lo sé. Pero no quiero irme con la sensación de no saber
qué hubiera pasado si yo...
—Te lo digo yo. La prensa se enterará de que estamos aquí
y...
Sin querer escuchar más, se acercó a su primo, le dio un
beso en la mejilla y poniéndole un dedo sobre los labios consiguió callarle.
—La abuela siempre nos dijo que cuando algo nos interesaba,
y mucho, debíamos buscar la razón. Pues bien, quiero saber esa razón —mirando
su reloj dijo antes de salir—. Buenas noches, cielo. Que sueñes con los
angelitos.
Guando llegó a su habitación, se metió rápidamente en la
ducha. El calorcito del agua corriendo por su piel la reconfortó. Una vez acabó
de ducharse, se echó crema y se secó el pelo con el secador. A las once de la
noche estaba metida en la cama mirando la televisión cuando de pronto recordó
algo. Se levantó, abrió su trolley Louis Vuitton, y cogió una carpeta. Tras
sentarse en la cama y leer lo que ponía en aquellos papeles sonrió. Ante ella
tenía la información que necesitaba. El despertador sonó a las seis y diez de
la mañana. Horrorizada, lo apagó y pensó en seguir durmiendo. Pero tras
recordar el motivo de la alarma se levantó. Como una autómata, se puso unas mallas
negras, una sudadera, unas zapatillas de deporte y con cuidado metió su melena
rubia bajo un pañuelo y después se caló la gorra de Nike y sus gafas oscuras. Guando
llegó a la entrada del parador suspiró y sintió un escalofrío. El día estaba
gris y, por los nubarrones, parecía que iba a llover. Pero dispuesta a no cesar
en su empeño, salió al trote del parador. Durante un buen rato anduvo por un
caminito hasta que a lo lejos vio a alguien que podía ser quien ella buscaba.
Acelerando el ritmo, se aproximó lo suficiente y entonces, se le aceleró el corazón.
Era él. La perra, Senda, fue la primera en percatarse de que alguien se
acercaba y se quedó quieta. Sebastián, al ver que la perra se quedaba atrás, se
volvió para mirarla y vio a una mujer correr hacia él. Sorprendido por aquello,
pues pocas mujeres veía corriendo por las mañanas, llamo a su perra y esta fue
hacia él. Dos minutos después la mujer que corría llegó a su altura.
—Buenos días. Preciosa mañana para hacer deporte.
Al escuchar aquella voz, y su particular tono, Sebastián la
miró y se paró en seco.
—¿Tú otra vez?
—No pares o te quedarás frío. Ritmo... ritmo —respondió ella
con buen humor mientras seguía dando saltitos en el mismo lugar.
Malhumorado por aquella intromisión en su espacio gruño:
—Creí haberte dejado las cosas muy claritas el otro día.
—Pues si —respondió desconcertándole.
—Entonces ¿qué narices haces aquí todavía?
Su voz crispada la tensó, pero dispuesta a no caer en su
luego respondió con la mejor de sus sonrisas.
—¿Tu siempre estás de mal humor?
—Eso no le interesa —respondió él volviendo al trote.
La joven sin dejarse amilanar, a pesar del gesto hosco de
aquel, se puso a su altura sin parar de dar saltitos mientras decía:
—Te van a salir unas arrugas increíbles en la comisura de
los labios, por el rictus serio que tienes siempre que te veo, ¿Sabías que
sonreír es buenísimo para muchísimos músculos de la cara?
—Él la miró pero no respondió mientras seguía su carrera—. Y
tranquilo, señor policía, no quiero nada de ti. Pero estoy de vacaciones y los
días que tengo para mí, me gusta disfrutarlos, y mira por donde, me encanta la
naturaleza. Por cierto, todo esto es precioso, aunque estoy segura de que con un
poquito más de calor tiene que ser todavía más bonito. Y ah... creo que va a
llover de un momento a otro.
Boquiabierto por la parrafada que iba soltando mientras
corrían se detuvo de nuevo.
—¿Qué pretendes guapa? ¿Buscas que te selle la boca con
cinta americana?
—No, por Dios—contestó con una sonrisa.
—Vamos a ver. No quiero problemas...—dijo pasándose la mano
por el pelo.
—Yo no soy un problema —siseó al escuchar aquello.
Sebastián, sin darse cuenta de cómo el gesto de aquella se
había contraído, prosiguió.
—... tú me los traerías. ¿Acaso no fui lo suficientemente
clarito contigo?
—Sí, hombre sí, te entendí perfectamente —sonrió
desconcertándole—, Soy actriz, que no es sinónimo de sorda y tonta, y sé
escuchar.
—Ah... ¿Sabes escuchar? —Se mofó él—. Permíteme que lo dude,
estrellita.
Cada vez que la llamaba estrellita con aquel tono de voz a Eiza
le daban ganas de darle una patada en la espinilla, pero conteniendo aquellas
ganas respondió resoplando por la carrera.
—Sé escuchar, pero yo interpreto lo que escucho como quiero.
—Vaya... ¡qué bien!—añadió molesto.
Sin mediar más palabra él volvió al trole y ella le siguió.
Durante unos minutos ambos corrieron en la misma dirección y
para ponérselo más difícil él se salió del camino y corrió campo a través. Eiza
le siguió como pudo pero aquello no era fácil. Él corría, sorteaba piedras y
saltaba charcos, mientras ella se lo comía todo. Por el rabillo del ojo Sebastián
comprobó su penoso estado y como se esforzaba por seguirle. Eso le animó, y
aceleró su trote sabedor que era imposible que ella tuviera su fondo físico. Sin
querer dar su brazo a torcer la joven intentó seguir aquel ritmo infernal,
hasta que se tropezó con un pedrusco y se cayó todo lo larga que era. Y para
más inri sobre un enorme charco de agua estancada. Al oír el golpe, juan
aminoró unos segundos con la intención de ayudarla, pero al ver que ella se
levantaba con rapidez, continuó su carrera. Incapaz de dar un paso más por el
agotamiento y el trompazo que se había dado, se miró lasrodillas. Se había roto
las mallas y podían verse dos bonitas heridas. Maldiciendo por lo bajo, se quitó
el barro de la boca y enfadada por la poca galantería de aquel, gritó dispuesta
decir la última palabra, al ver como se alejaba con la perra:
—¡Estoy bien! ¡Ha sido muy agradable correr contigo,
estúpido!
Sebastián sonrió, pero continuó su camino, mientras ella,
maltrecha, regresaba al parador de donde nunca debió salir.
Al día siguiente Eiza volvió a sorprenderle. Para cabezona,
ella. Allí estaba de nuevo dispuesta a correr. Sebastián al verla aparecer la
miró y a pesar de las ganas que sintió de mandarla a freír espárragos se
contuvo y continuó corriendo.
—Buenos días—saludó ella con energía.
Él la miró y sin parar su ritmo asintió con la cabeza.
Durante unos minutos corrieron en silencio hasta que ella comenzó a hablar. Sin
querer escuchar su parloteo, Sebastián sacó de su bolsillo un iPod y colocándose
unos pequeños auriculares en los oídos lo encendió y dijo:
—AC/DCA. Maravillosa música para correr y no escucharte.
—Serás grosero —cuchicheo deteniéndose al ver aquello.
Incapaz de no responder, Tras mirar al cielo y ver como
diluviaba, la miró y dijo en tono burlón antes de continuar corriendo:
—No te pares, estrellita o te enfriarás! Ritmo... ritmo.
Quiso decirle cuatro cositas, pero calló. No iba a entrar en
su juego, por lo que cerró la boca y continuó la carrera. Cuando ya no pudo más
se paró y él se alejó. Seguir su ritmo era imposible pero gritó:
—¡Que tengas un buen día, simpático!
El tercer día amaneció lluvioso. Al mirar por la ventana Eiza
pensó si ir o no pero al final las ganas de verle le pudieron, se calzó sus
deportivas y salió a correr. Durante unos segundos trotó sin rumbo hasta que le
vio y corrió hacia él. Sebastián, que venía de arreglar una valla en la granja
de su abuelo, al verla acercarse maldijo pero prosiguió su carrera.
—Hola, buenos días—saludó con positividad.
—Buenos días.
Eiza sonrió. Eso era un avance. Durante unos metros
corrieron en silencio hasta que ella se tropezó y él, con rapidez, frenó la
caída.
—Joder, estrellita, eres un auténtico pato mareado—gruñó molesto.
—Vale, lo reconozco. Correr campo a través no es lo mío. Yo
estoy acostumbrada a Jimmy, mi entrenador personal en casa y no a este campo de
barrizal.
—¿Entrenador personal? Serás pija —se mofó.
Eiza se molestó al ver su gesto y, corriendo para ponerse a
su altura, respondió:
—Mira, guapo, yo no tengo la culpa de haber nacido en una
familia adinerada, ni tampoco de ser una actriz de Hollywood. Que todo sea
dicho me lo he ganado yo sólita, aunque mi padre sea quien es. Pero bueno,
siempre habrá gente que piense que soy una niña de papá y mira ¡me da lo mismo!
— exclamó con vehemencia—. Si estás molesto porque piensas que voy de diva,
allá tú. No voy de diva. Por norma soy una mujer normal y corriente cuando no
trabajo y aunque no creas, la gente tiene buen concepto de mí y...
Pero no pudo decir más. Con una rapidez increíble Sebastián
sacó del bolsillo de su pantalón una especie de tira alargada, despegó algo de
ella y sin más, se la pegó sobre los labios. Eiza se quedó estupefacta.
—Te dije que te sellaría la boca si no callabas y al final
he tenido que hacerlo.
Sin más continuó corriendo mientras ella se quedaba de
piedra en medio del campo y con la boca sellada. ¿Había algo más humillante?
El cuarto día y con una nevada considerable la joven, que no
quería dar su brazo a torcer, consiguió llegar hasta él campo a través. Pero a
dos metros de él, pisó mal, resbaló, y se cayó de culo. Con toda la dignidad que
pudo se levantó y antes de que él se mofara de la situación, con gesto de
enfado se colocó unos auriculares y dijo.
—Marvin Gaye, maravillosa música para no hablarte ni
escucharte.
—¿Es tu última palabra? —preguntó divertido.
—Por supuesto.
Sorprendido, la vio pasar, incluso con el trasero dolorido
corría delante de él sin esperarle. Senda, la perra, que ya se había
acostumbrado a su visita matinal la siguió encantada y Sebastián suspiró. Parecía
que aquello iba a convertirse en algo habitual. Así estuvieron seis días
lloviera, nevara o tronara. Cada mañana ella corría la misma ruta que él.
Intentaba seguir su ritmo ya fuera por camino o por barrizal y, finalmente,
cuando sus fuerzas la abandonaban desistía. Se daba la vuelta y se marchaba,
mientras él continuaba tranquilamente su camino sorprendido por la cabezonería
de aquella mujer. La séptima mañana, Sebastián miró sorprendido a su alrededor.
¿Dónde estaba ella? Comenzó su carrera, pero inevitablemente la buscaba con la
mirada, pero Noelia no apareció. Corrió por el camino un buen rato, incluso más
del habitual y cuando regresó a su casa una extraña decepción se apoderó de él
¿se habría ido finalmente?
Capítulo 5
Aquella mañana, y a pesar de que intentó levantarse, Eiza no
pudo. Tenía doloridos tantos músculos de su cuerpo que apenas podía moverse.
Solo gracias a varios ibuprofenos recomendados por Menchu, la chica de
recepción, por la tarde después de comer consiguió recuperarse y junto a su primo
decidieron dar un paseo en coche por los alrededores. Querían conocer Sigüenza
y aquella tarde lluviosa era un día maravilloso para poder admirar el lugar sin
que hubiera mucha gente a su alrededor. Irreconocibles bajo gorros y bufandas
de lana por lo que pudiera pasar, visitaron la catedral de Santa María y Eiza
bromeó sobre lo romántico que tenía que ser casarse por amor en un lugar así.
Tras visitar varios sitios emblemáticos de la zona terminaron paseando bajo la
lluvia por la maravillosa plaza Mayor.
—Ay, darling ¡qué sensaciones más extrañas me causa tanto
monumento! Pensar que por estas calles han paseado man and woman como nosotros
siglos atrás vestidos de cortesanos, y ellas con sus fastuosos miriñaques y
corsé. Oh, ¡qué glamour!
—Sí, la verdad es que todo esto es precioso—asintió
encantada.
Sobre las ocho de la tarde decidieron regresar al parador.
Llovía a mares y hacía un frío pelón. Cogieron el coche y, cuando ya casi
habían llegado, el automóvil hizo un ruido extraño y se paró.
—Oh My God ¡qué le pasa a este cacharro!
Durante un rato intentaron que el coche se pusiera en
movimiento hasta que Eiza al mirar una luz que parpadeaba cuchicheó divertida:
—Ay, Tomi. Que me parece que nos hemos quedado sin gasolina.
—¡¿Cómo?! —gritó él.
—Ese pilotito azul de ahí creo que es la gasolina, ¿verdad?
Su primo miró lo que le indicaba y asintió.
—Ay, qué horror ¿Qué hacemos ahora?
Tras comprobar que el castillo estaba cerca, ella se colocó
la bufanda y el gorro y dijo:
—Pues solo hay dos opciones, corazón. La primera, ir en
busca de una gasolinera. Algo imposible pues no conocernos el lugar, y la
segunda, dejar el coche aquí y subir andando lo que nos queda de camino. Una
vez lleguemos se lo decimos a Menchu e intentaremos solucionarlo. ¿Qué te parece?
Un trueno que hizo vibrar la tierra hizo que Tomi chillara
asustado.
—No podemos salir, ¿y si nos alcanza un rayo y nos
carboniza?
—Anda ya, no digas tonterías.
—Oh, no, honey, no son tonterías, que en las noticias a
veces oigo cosas así.
—Vale. Pues quédate aquí. El castillo no está muy lejos, y
yo n o pienso quedarme aquí. En especial porque es de noche y no tiene pinta de
dejar de llover.
Dicho esto, abrió la puerta y bajó del coche bajo un fuerte
aguacero. Dos segundos después su primo estaba junto a ella.
—Por el amor de my life, mis Gucci se están ahogando por
momentos —gimió al ver sus preciosos y carísimos zapatos hasta arriba de barro.
—Tranquilo, no sufras. Y mira, para que veas lo que te
quiero por todo lo que te estoy haciendo pasar, prometo regalarle cuando
regresemos a Beverly Hills los zapatos azulados que tanto te gustaron de
Valentino. ¿Qué te parece?
—¡Divino!
El castillo visto desde el coche parecía más cercano.
Caminando bajo la lluvia por aquella embarrada carretera, la cosa se estaba
complicando. Los coches que pasaban por allí le salpicaban de barro y agua.
Tomi chillaba horrorizado y ella reía divertida. Nunca se había visto en otra
igual.
Cuando llevaban caminando cerca de diez minutos, un coche
azul oscuro paró a escasos metros de ellos.
—Ay, queen ¡qué miedo!—gimió asiéndola con fuerza del
brazo—. No mires, ni te pares. Mira que si es un violador o un secuestrador.
—Anda ya, Tomi...—respondió intentando mantener el tipo
mientras se aproximaba al vehículo.
Desde el interior del coche Juan, sin dar crédito, les
observaba por el espejo retrovisor. Allí, bajo el aguacero, había reconocido a
la mujer que cada mañana le perseguía campo a través, y sin pensárselo, había
parado. Cuando estos pasaron al lado del coche, bajó la ventanilla y desde el interior
preguntó:
—¿Les llevo a algún lado?
Al reconocer la voz Eiza, sorprendida, y con el agua
chorreando por la cara se asomó por la ventanilla, momento en el que Sebastián
bajó la música y se mofó:
—Vaya, vaya, pero si es mi buena amiga la estrellita de
Hollywood.
Aquel tono no le gustó y cambiándole el humor siseó:
—Vete a la mierda ¿me oíste? —dicho esto agarró a su primo
del brazo y le apremió—. Vamos, continuemos caminando.
Sebastián, al ver aquel ataque de furia, sonrió y acercando
el coche de nuevo hasta ellos dijo:
—Venga, subid. Están empapados y se vais a congelar.
—Oh, no... ni lo pienses. Prefiero congelarme antes que
montar en tu coche ¡idiota!
—Sube —insistió aquel.
—No. Y ponte AC/DC a todo trapo para no escucharme—gritó
ante la mirada horrorizada de su primo. ¿Qué la pasaba?
Sorprendido por aquella cabezonería, cuando ella por las
mañana siempre se había mostrado dócil, Sebastián suspiró.
—Estrellita, y si te prometo no hablar, ni decir nada hasta
llegar al parador, ¿cambiarás de idea?
—¡No!—volvió a gritar.
—Chuchita mira que nos vamos a ahogar ¿estas
segura?—preguntó su primo.
—Cierra el pico, Tomi por favor—espetó ella.
Sebastián aceleró su vehículo y paró dos metros más
adelante. Tiró del freno de mano y salió del coche para llegar hasta ellos.
—Está lloviendo a mares, mujer. Subid en el coche de una
maldita vez.
Furiosa por como este siempre la ridiculizaba se soltó de su
primo y gritó.
—¡Te he dicho que no! ¡¿En qué idioma quieres que te lo
diga?! —Al ver como este la observaba con guasa se acercó a él y gritó ante la
cara de susto de su primo —. ¡Eres el ser más ruin y antipático de la faz de la
tierra! Cada mañana pasas de mí a pesar de que yo pongo todo de mi parte para
intentar ser agradable. Maldita sea, solo he querido conocerte y ser tu amiga.
No tu novia ni tu mujer, porque como decía mi abuela ¡Dios nos libre!
—Tú lo has dicho. ¡Dios nos libre! —repitió él sacándola de
sus casillas.
Sin saber por qué, Noelia se agachó, metió la mano en un
charco con barro y sin previo aviso se lo tiró a él enfadada.
—¿Qué haces? —protestó al notar el impacto de aquello en el
cuello.
—¿Sabes? No quiero escucharte y como no tengo cinta
americana para taparte la boca, te juro que como no te subas en tu coche y te
vayas, no pararé de lanzarte barro hasta que te entierre en él, ¿me has
entendido?
—Alto y claro—asintió mientras se quitaba el barro de
encima.
De pronto ante aquella absurda situación, Sebastián quiso
conocer a la interesante mujer que empapada y dispuesta a lanzarle más barro,
le demostraba tener carácter y raza, e inexplicablemente se dio cuenta de que
ella tenía razón. Cada mañana la joven había intentado ser agradable con él, pero
él se había dedicado a tratarla con desprecio.
—¡Ah! y que sepas que odio que me llames estrellita. ¿Me has
oído? Puedo trabajar en Hollywood, puedo ser actriz, puedo no gustarle, pero ni
soy tonta ni me gusta que me traten como tal. —Él reprimió una sonrisa—. Por lo
tanto, coge tu maldito coche y vete de aquí porque antes me congelo y muero de
frío que aceptar tu maldita ayuda.
Durante unos segundos ambos se miraron a los ojos y se
retaron con la mirada. Ella estaba muy enfadada y él parecía divertido con
ello. Finalmente Juan asintió y dijo antes de darse la vuelta.
—Muy bien, estrellita, tus deseos son órdenes para mí.
Se metió en el coche, quitó el freno de mano, metió primera
y tras un acelerón que la llenó de barro hasta los empastes se marchó.
—¡Imbécil! — gruñó ella quitándose el barro de la cara.
Su primo sorprendido por lo que había presenciado se acercó
a ella y mientras comenzaban a caminar bajo el aguacero cuchicheó.
—Por el amor de Dior ¿Ese macho divino con cara de peligro y
tremendamente sexy es quien creo que es?
—Sí.
—Uisss... ahora lo entiendo todo. Lo que haría yo con...
—Cállate por favor —siseó mientras caminaba—. No quiero que
digas nada más o el siguiente en discutir conmigo serás tú, ¿entendido?
—Por supuesto my love. Como ha dicho el divino, alto y
claro.
Dos días después, en la suite del castillo de Sigüenza, Tomi
con una peluca oscura en la mano, susurraba mirando a su prima a través del
espejo.
—Ay, queen, no te entiendo ¿por qué debemos quedarnos aquí?
Está claro que ese divine no quiere nada contigo, y...
—Ni yo quiero nada con él —apostilló Eiza—, pero en toda mi
vida nadie me ha echado de ningún sitio y ese imbécil no va a ser el primero.
Sonó el móvil y Tomi lo cogió. Tras hablar durante un rato
sonriendo se lo tendió a su prima.
—Toma. Es Penélope.
Durante un rato Eiza rio con las ocurrencias de su amiga y
le agradeció los contactos y teléfonos que le había pedido por email. Habían
pasado cuarenta y ocho horas desde el encontronazo que había tenido con el
borde español, y aunque ya se le había pasado, si lo pensaba, se tensaba. Le
contó a su amiga las compras que había hecho en Madrid durante ese día. Un par
de pelucas oscuras y unas lentillas negras. Eso le permitiría andar por la
calle sin ser reconocida.
Antes de colgar le dio a Penélope recuerdos de las personas
de confianza que amablemente la habían atendido. Después de eso colgó.
—Ay, cuchifrita no es bueno llevar peluca tanto tiempo
—protestó su primo mirándola—. Si te quedas calva como BruceWillis ¡ni se te
ocurra echarme la culpa! No quiero saber nada.
—Tranquilo, cielo. Si me quedo calva será única y
exclusivamente culpa mía y yo sólita cargaré con las consecuencias. Pero
tranquilo, en muchos rodajes llevo peluca muchas horas y aún sigo con pelo en
la cabeza.
Como buen estilista que era Tomi se encargó de colocarle la
peluca, El resultado fue espectacular.
—Oh, my God! Cómo te pareces a la abuela con el pelo oscuro.
Aquel era un estupendo piropo y ella sonrió.
—¡Genial! Espera que me pongo las lentillas a ver qué tal
queda todo.
Sacó rápidamente unas lentillas color negro y se las puso.
Tampoco era la primera vez que se ponía unas lentillas para cambiar el color de
sus ojos. En ocasiones las utilizaba en las películas. El resultado, como
siempre, fue espectacular.
—Por el amor de Dior —murmuró aquel al verla— No pareces tú.
—De eso se trata—aplaudió mirándose al espejo.
Era increíble lo que hacía una buena peluca y unas
lentillas. De ser una chica rubia de ojos azules, a pasar a ser una morena de
ojos negros. Nadie la reconocería, de eso estaba segura. Se miró en el espejo
encantada. Siempre le hubiera gustado ser más latina, más como su familia de
Puerto Rico, y no tan clara de pelo y piel como la familia de su padre.
—Ay my love me recuerdas a tu amiga Salma Hayek en Abierto
hasta el amanecer. ¡Solo te falta la serpientita!
—¿En serio? Hazme una foto con el móvil y así se la mando a
ella por email. Conociéndola, seguro que se parte de risa—rio feliz.
Después de hacerse la foto con el móvil, la joven abrió una
cajita de dónde sacó unas finas gafas rojas y se las puso.
—Uis... pero si son las gafas que te regalé de Valentino.
Oh, queen pero si pareces una estudiosa y todo—se guaseó su primo al verla.
Tras comprobar que con pelo oscuro, las lentillas negras y
las gafas no parecía Anna Reyna, se volvió hacia Tomi.
—Bien, una vez acabada mi transformación, me ocuparé de ti.
—¿De mí? —gritó horrorizado separándose de ella—. Fu...
fu... crazy ¡Ni te acerques! O juro que te araño.
—¿En serio?
—Y tan en serio. Es más, y lo haré de abajo arriba que duele
más.
Pero Eiza prosiguió sin prestarle atención.
—Lo primero que haremos será quitarte esas mechas purpuras y
dejarte el pelo de un solo color.
—¡¡No!!—gritó horrorizado—.Me gustan mis mechas. I love las
mechas que me puso Chipens. ¡Son muy cool!
—Lo sé, cielo, pero necesito que lo hagas por mí. No podemos
pasar desapercibidos en este lugar si vas con esas mechas —tras suspirar él
asintió y ella volvió al ataque—. También debo pensar en tu ropa.
—¡Mi ropa! ¿Qué quieres hacer con mi ropa?
—No podemos salir a cenar mientras lleves puestos esos
pantalones rosa chicle y esa camisa floreada llena de nubecitas de algodón. No
Tomi, lo siento pero no puede ser.
—Me encantan mis pink trousers de Dolce & Gabbana y mi
camisa de nubes. Y no, no pienso abandonarlos en el equipaje por muy witch que
te pongas. A ver cuchi, una cosa es que me quite las mechas purpple por ti y
otra que no pueda vestirme como yo quiera. ¡Definitivamente no!
Sonriendo como solo ella sabía hacer, se acercó a su primo y
tras darle un beso en la mejilla murmuró tirando de la camisa:
—Cariño, necesito que parezcas un macho latino y no una
reina del glamour. Esto no es Hollywood, es un pueblo español donde tu estilo
de vestir no se lleva. Por lo tanto, quítate esos pantalones o te juro que te
los quemo y te quedas sin ellos para siempre.
—¡Bruja! —gruñó aquel mirándola.
Divertida y dispuesta a cumplir el plan que había trazado le
miró y dijo:
—Lo sé, pero me quieres ¿verdad?
Capítulo 6
En el Croll, aquella noche se celebraba una fiesta country y
medio pueblo de Sigüenza acudió a divertirse al local. Sebastián y Carlos
acompañados por Laura y Paula cenaban en una de las mesas mejor situadas. La
noche se presentaba divertida y Juan sonrió. Paula estaba especialmente guapa
aquella noche con aquel vestido tan sexy y, además, muy caliente, a juzgar por
las cosas que le ronroneaba al oído. La besó en el cuello. Aquella mujer era
una máquina sexual y siempre que quedaba con ella en la cama los dos lo pasaban
fenomenal. Tiempo atrás, en su quinta cita, Sebastián habló claramente con ella.
No quería hacerle daño. Él no quería una relación seria ni formal con nadie y
se sorprendió cuando ella le confesó que le gustaba ser libre a nivel de pareja
para hacer con su vida lo que quisiera. Aquella rotundidad animó a Sebastian a
volver a quedar en más ocasiones con ella. Laura, la mujer de Carlos, aún creía
en el amor. Era una romántica empedernida y estaba convencida de que tarde o
temprano Sebastián y su amiga Paula formalizarían su relación. Los implicados
decidieron seguirle el juego, ya se daría cuenta que lo suyo era puro sexo. Paula
no era muy guapa pero era tremendamente sexy. Años atrás apareció un día en
Sigüenza y tras encontrar trabajo en el parador, allí se quedó. No era una
mujer que despertara muchas simpatías, en especial entre las féminas. Su sexto
sentido les avisaba de que Paula no era una mujer de fiar. Su cuerpo lleno de
curvas, su sinuosa voz cargada de erotismo y su pasión en la cama volvía locos
a todos con los que se había acostado, y, por supuesto, a Sebastián. Ella era
una mujer desinhibida a la que le gustaba probar de todo y eso ¿a qué hombre no
le gustaba?
—Churri, pídeme una coca cola—pidió Laura a su marido.
—Ahora mismo, preciosa —asintió. Y echando un vistazo a un
lateral del local dijo:
—Anda... mira ahí vienen Lucas y Damián.
Con aplomo varonil y seguridad se acercaron a ellos dos de
sus compañeros de unidad. Dos ligones en potencia que solo buscaban lo que
muchos hombres: rollos de una noche y nada más. Paula, que había compartido
momentos íntimos con Lucas, sonrió al verle y este la saludó. La complicidad que
aquellos compartían nunca había importado a Juan. Los tres eran adultos y
tenían muy claro lo que querían.
—Está hoy animado el Croll —comentó Damián tras besar a
Laura.
—Sí. Con esto de la fiesta country parece que la gente ha
salido de sus casas a pesar del frío— asintió ella y mirando a su marido que
saludaba a Lucas insistió—: Churri mi Coca-Cola.
—Toma tu Coca-Cola, cielo. —Le entregó Carlos la bebida.
—Aww el churri qué majo es—se mofó Lucas haciendo sonreír a Sebastián.
Durante un buen rato los seis charlaron mientras escuchaban
a un grupo tocar su música. Una música que les incitaba a moverse aunque solo
fuera la punta del zapato. Laura sacó a Damián a bailar que aceptó encantado.
Carlos al ver a su mujer tan animada sonrió. Adoraba a aquella mujercita a
pesar de que en ocasiones le volvía loco. Instantes después Lucas, tras cruzar
una significativa mirada con Sebastián, se levantó e invitó a Paula a bailar.
Ella aceptó y segundos después, en la pista, comenzó a mover sinuosamente sus
caderas. Sebastián miraba divertido a la gente pasarlo bien. Acostumbrado a la
tensión de su trabajo ver que la gente sonreía y se divertía era una de las
mayores satisfacciones que podía Tener.
—¡Joder macho! La morena que está con Menchu, la del
parador, tiene un culito digno de forrar las mejores pelotas de tenis—murmuró Carlos
señalando hacia la barra.
Sebastián miro hacia donde su amigo decía y asintió. En la
barra una joven de pelo negro se movía al compás de la música dejando entrever
su culito respingón mientras hablaba con un tío bastante más alto que ella.
—Indiscutiblemente. Te doy la razón—asintió Sebastián dando
un trago de su cerveza.
Poco después, Paula y Laura regresaron de bailar con unos
agotados Damián y Lucas, quienes tras despedirse de ellas y sus compañeros, se
alejaron en busca de alguna conquista.
Cuando la banda country lanzó los primeros sones de la
canción de Coyote Dax, No rompas más mi pobre corazón el local entero, en
especial las mujeres, se lanzaron a la pista. Como era de esperar, Paula y
Laura entre ellas. Desde su mesa, Sebastián observaba como la gente bailaba
cuando reparó en que sus compañeros estaban hablando con la morena que, minutos
antes, Carlos y él habían estado observando. Curioso, observó como aquellos
desplegaban todas sus buenas maneras en pro de llamar la atención de la chica,
que parecía encantada con aquel cortejo.
—Mira —rio Sebastián a su amigo—. La morena del culito
respingón ya tiene a dos más babeando por ella.
Carlos dejó entrever una sonrisa. Estaba claro que sus
compañeros, aquella noche, triunfaban. De pronto, un saltito que dio la morena,
llamó la atención de Sebastián. ¿Dónde había visto hacer aquello antes?
Instantáneamente le vino una imagen a la cabeza. Aquel
movimiento se lo habla visto hacer a...
¡Imposible! pensó sorprendido. La que se movía con gracia
mientras hablaba con Lucas no podía ser ella. La actriz era rubia y aquella era
morena. Pero algo dentro de él le alarmó y ya no pudo dejar de mirar hacia donde
estaban aquellos. Carlos al darse cuenta de que no quitaba el ojo de encima al
grupo, preguntó curioso:
—¿Te ha gustado la morenaza?
Sebastián no respondió, simplemente continuó observando.
Deseaba que ella se diera la vuelta para verla de frente. Pero no, la morena,
en ningún momento se giró. Finalmente y sin poder contener un segundo más la
necesidad de saber si lo que creía era cierto o no, se levantó y se dirigió
hacia sus compañeros. Con disimulo, se acercó a la barra y se apoyó en ella.
Aquel ángulo era estupendo para verle la cara a la joven que ahora reía a
carcajadas por algo que Lucas decía. Cuando esta levantó el rostro para mirar a
su compañero Sebastián respiro al ver sus ojos oscuros. No era ella. Sonriendo
pidió otra cerveza al camarero cuando, de nuevo, ella repitió el movimiento.
Aquel gesto y como ella cambiaba el peso de una pierna a otra volvieron a
atraer su atención. Tras pagar su consumición cogió el botellín y se dirigió
hasta donde aquellos estaban, pero antes de llegar se dio la vuelta. Todo
aquello era una tontería, debía olvidarlo. Eiza, al ver por el rabillo del ojo
que el hombre que la había tratado como a una rata se acercaba, intentó
permanecer tranquila, a pesar de que era verle y hervirle la sangre. Desde que había
entrado en el bar, le había visto junto a la tetona del parador y por sus
movimientos y sus continuos besitos en el cuello intuyó que entre ellos existía
algo más. En un principio no le importó, pero por alguna extraña razón, no
podía dejar de mirar en su dirección. Y cuando vio que Sebastián se acercaba un
extraño júbilo la inundó, que desapareció justo e n el momento en que él
decidió dar media vuelta.
Cuando Sebastián regresó junto a Carlos, su amigo le
preguntó:
—¿Está tan buena la morenaza como se ve desde aquí?
Sebastián volvió a mirar hacia aquellos que continuaban de
risas y asintió:
—Te lo aseguro. ¡Tremenda!
Ambos rieron. En ese momento, se acercó Paula, que ya estaba
cansada de bailar, y se sentó sobre las piernas de Sebastián. Dos minutos
después, él la besó apasionadamente, excitado por las cosas que le decía al
oído. Eiza que observaba con disimulo desde su posición, no perdía detalle. Parapetada
por la gente que, por lo general, casi siempre era más alta que ella, comprobó
cómo Sebastián sonreía a la mujer que, con descaro, se le había sentado encima
a horcajadas movía las caderas con provocación. Ver el sensual gesto de Sebastián
y como le mordía los labios la estaba poniendo cardiaca. Desde su posición, y
sin quitarle ojo, se excito al ver como aquel pasaba su mano lentamente por la
espalda de aquella. Eiza, cada segundo qué pasaba, se excitaba más. Solo
imaginar que era a ella a quien acariciaba le hacía suspirar de placer. A punto
estuvo de gritar cuando vio como aquel, tras apretar sus caderas contra la de
ella, le agarró del pelo y, con una pasión que la dejó fuera de sí, la atrajo hacia
él y la besó.
¡Soy patética!, pensó acalorada.
Seis cervezas después, Eiza llegó a dos conclusiones. La
primera, que era realmente patética, y la segunda, que quería ser ella la que
besara a Sebastián de aquella manera. Menchu, que había accedido a acompañarla
a tomar algo aquella noche, se encontraba en una nube. ¡Ella acompañando a Anna
Reyna! Tras la discusión que mantuvieron aquella y su primo, el gay, en el
parador porque el pelo de aquel ahora era verde, este se negó a salir, y cuando
la joven estrella se lo propuso, fue incapaz de decir que no. Menchu, una joven
normalita que solía pasar desapercibida para todos, sabía quién estaba bajo
aquellas gafas, aquellas lentillas y aquel pelo negro y eso le enorgulleció. Si
alguien del local supiera que se trataba de Anna Reyna, se organizaría un gran
revuelo y le gustó ser partícipe de aquel secreto. Un par de horas después,
Juan se dirigió al aseo y allí se encontró con Damián.
—Ehhhh Morán.
—Qué pasa mamonazo —rio este al ver lo animado que se
encontraba.
—Tío tienes que venir. Te voy a presentar a una tía que está
como toda la flota de trenes españolas.
—Ah, sí—rio divertido Juan al intuir que se refería a la
morena.
—Sí... pero joder, para mi desgracia Lucas ya se la ha
adjudicado. ¡Qué cabronazo Es como tú. Se las lleva de calle.
Cuando salieron del baño Sebastián le pidió a Paula un
segundo con la mirada, y se acercó hasta aquellos. La joven morena reía a
carcajadas y, por su aflautada risa, dedujo que se había pillado una buena
cogorza. De pronto, su tono de voz le sonó, y clavando su mirada en ella la
examino, la altura correspondía y cuando aquellos ojos negros le miraron con
descaro tras las finas gafas rojas y vio como torcía el gesto lo supo: ¡era
ella!
—Rulli, ellas son Eiza—dijo Lucas agarrándola con la
familiaridad de la cintura—, y Menchu.
La madre que la parió ¿qué hace aquí todavía? pensó Sebastián
sorprendido.
La joven morena al verle sonrió y suspiró, mientras Menchu,
algo achispada y nerviosa al verse rodeada de tanto tío alto gritó:
—Nos conocemos ¿verdad?
Desviando la mirada, Sebastián al saber de quién se trataba
asintió:
—Sí. Tú eres amiga de mi hermana Eva y creo recordar que
trabajas en el parador.
—¡Es verdad! —rio Menchu, quien al igual que Eiza, había
bebido alguna copilla de más. Por unas horas, y rodeada de aquellos hombres, se
sintió una muchacha bonita y deseada. Algo que no solía ocurrir. Eiza recorrió
con su oscura mirada el cuerpo de Sebastián con descaro y soltó un suspiro de
satisfacción al imaginar lo bien que podría pasárselo con él en la cama. Se
colocó bien las gafas y dijo en tono jovial pero sin demasiada emoción:
—Hola guapetón.
Sebastián fue a decir algo cuando la joven agarrando de la
mano a un hipnotizado Lucas dijo:
—Venga, vamos a la pista. Quiero bailar. ¡Me gusta bailar!
Una vez aquellos dos se alejaron Damián soltó un silbido y
murmuró sin que Menchu le escuchara:
—Joder... joder... este Lucas es un tío con suerte. Menuda
nochecita va a pasar con esa tía. Está buenísima.
Sin abrir la boca Sebastián observó su pelo. ¿Qué se había
hecho? Había pasado de rubia a morena en un abrir y cerrar de ojos, ¿para qué?
Estoicamente, esperó a que aquellos dejaran de bailar y regresaran cansados y
sonrientes hasta ellos. Eiza que, a juzgar por sus movimientos, estaba pasada
de copas, se sentó en un taburete vacío, cogió su cerveza y tras darle un buen
trago murmuró mirando a Menchu:
—OhDios... llevaba tiempo sin bailar así.
Sebastián arqueó una ceja. ¿Qué debía hacer? Debía
llevársela o dejarla allí para que Lucas tuviera una buena noche con ella.
Mientras se decidía, Lucas se acercó a ella, la cogió por la cintura y le dijo
algo al oído que la hizo carcajearse. Esa intimidad le molestó. Pero más le
enfadó la mirada de ella, quien imitándole, levantó una de sus perfiladas
cejas. La música, en ese momento, cambió, las luces se oscurecieron y el ritmo
se relajó. Era momento de actuar. Sebastián le cogió de la mano mientras coqueteaba
sin ningún tipo de pudor con Lucas y dijo alto y claro:
—Ven, vamos a bailar.
Al ver aquello, Lucas, que ya había tenido en alguna que
otra ocasión un encontronazo con Sebastián, lo miró con gesto de enfado, y
antes de que dijera nada, Sebastián aclaró en tono autoritario.
—Eiza y yo somos viejos conocidos.
Sin poder frenar el tirón que aquel le dio, saltó del
taburete y dos segundos después estaba en medio de la pista, entre la gente,
bailando una canción lenta. Carlos sorprendido por ver a su amigo en la pista
con la morena, miró hacia sus compañeros y se carcajeó. Estaba claro que si Sebastián
se lo proponía le levantaba la tía a quien quisiera.
—¿De qué te ríes churri?—preguntó Laura.
Sin necesidad de decir nada señaló hacia la pista y Laura al
ver a Sebastián en ella bailando con una morena murmuró sorprendida:
—No me lo puedo creer. ¿Y Paula? —e instantáneamente miró a
su amiga quien con gesto no muy divertido observaba la escena.
En la pista, Sebastián necesitó unos segundos para aclarar
sus ideas. Todavía no había encajado que Anna Eiza González Reyna, la actriz de
Hollywood y para más señas su exmujer, estuviera allí, cuando tenía que encajar
que ahora estaba entré sus brazos y como una cuba. Finalmente, bajó su mirada
hacia ella y preguntó en tono seco:
—¿Se puede saber qué haces aquí?
—Divertirme. ¡Oh Dios! los españoles sí que sabéis
divertiros. Mucho más que los americanos y en especial los
californianos—respondió saludando con la mano a Lucas que les observaba.
Incrédulo porque ella estuviera aún en Sigüenza acercó la
boca a su oído.
—Te dije que te quería ver lejos de mí y de mi entorno.
—Por favor —se mofó ella.
—No quiero problemas con la prensa ni con nadie, ¿es que no
me entendiste?
Intentando controlar sus torpes movimientos levantó la
cabeza para mirar a aquel gigante y respondió:
—Perdona pero yo no me he acercado a ti, si no tú a mí. Por
cierto, que alto eres. ¿Siempre fuiste así de alto? —Al ver que él no respondía
continuó—. Y ahora si no te importa, quiero seguir divirtiéndome con Lucas. ¡Es
todo un bombón!
—¿Estás loca? Lucas y Damián no son lo que puede llamarse
gente divertida.
Clavando sus oscuros y vidriosos ojos en él, ella respondió:
—Desde luego más que tú sí que me lo parecen.
—Pero ¿has perdido el juicio?
—Sí, cariño —asintió con un gesto aniñado—. Pero eso ocurrió
hace mucho, tiempo.
—Joder. Estás borracha.
—¡¿Yo borracha?! —gritó y mirándole exigió—, ¿Serías tan
amable de soltarme para que yo pueda regresar con quien me dé la gana, y
pasármelo bien?
—No.
—¿Seguro?—dijo hundiéndole uno de sus tacones en el pie.
—¡Joder! —gruñó él al sentir el dolor. Y levantándola del
suelo con facilidad para que dejara de apretar su pie contra el de él murmuró—.
Si vuelves con Lucas te aseguro que maña. Cuándo te des cuenta de lo que has
hecho, te arrepentirás.
—¿Tan malo es en la cama?
Incomodo por aquella indiscreta pregunta fue a responderle
cuando una mano se posó en su hombro. Era Paula.
—Cielo ¿nos vamos ya?
Enfocando su mirada, Eiza sonrió. Aquella era la mujer que
había hablado de malos modos a Menchu en el parador, y que llevaba toda la
noche refregándose con Sebastián. Deshaciéndose de él lo miró y dijo.
—Venga... venga iros a casa a terminar lo que lleváis toda
la noche haciendo delante de todos.
Que todo sea dicho, es lo mismito que voy a hacer yo en
cuanto llegue al hotel con aquel rubio. Tras soltar una risita tonta que
calentó la sangre de su ex, la joven se alejó. En medio de la pista, Sebastián
observó cómo Eiza se unía de nuevo al grupo y Lucas, el rubio, la asía por la
cintura.
—... estoy deseando llegar a mi casa para desnudarte y
comerte enterito —le susurró en tono sensual Paula al oído, tras seguir con la
mirada a aquella morena y ver que estaba con la boba de Menchu.
Oír aquello volvió a atraer la atención de Juan, aunque una
risotada de Eiza le hizo volver de nuevo la mirada. Paula, consciente de que no
atraía su atención al cien por cien, se apretó contra él y tras devorarle los
labios murmuró sobreexcitada:
—Vámonos cielo. Carlos y Laura nos esperan fuera.
Sebastián tras comprobar que Eiza seguía divirtiéndose con
aquellos decidió dar por zanjado el tema, y cogiendo a Paula con fuerza de la
mano, salió del local dispuesto a tener su estupenda noche de sexo.
Mientras caminaban hacia el coche Carlos se acercó a su
amigo.
—¿Qué coño hacías levantándole la tía a Lucas?
Sin querer contestar, continuó andando hacia el coche junto
a una ardiente Paula. Pero una vez llegó a él miró a su amigo, que se quedó a
cuadros cuando dijo:
—Carlos, ¿puedes acompañar a Paula a su casa?
—¡¿Cómo?! —gritó la mujer en cuestión.
Laura y su marido se miraron y rápidamente este se puso al
lado de su amigo y preguntó:
—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo voy a llevar a Paula a su casa
si está deseando que la lleves tú?
Joder macho, que vive en ese portal—dijo señalando hacia su
derecha.
Sebastián, clavando los ojos en su amigo, dijo muy serio:
—Créeme. A mí también me apetece ir con ella y poner en
práctica lo que me lleva susurrando toda la noche, pero no puedo irme sin
solucionar algo.
—¿Qué cosa?
Resoplando, Sebastián lo miró. ¿Cómo decirle que la morenita
del culo estupendo era Anna Reyna?
—Churri —llamó Laura— Venga vámonos.
—Un segundo, preciosa.
Los dos amigos se miraron y Sebastián con un gesto que
Carlos entendió murmuro haciéndole sonreír:
—Confía en mí churri, y por favor, acompaña a Paula hasta mi
portal y mañana te explico.
Si algo había entre ellos era confianza y aquellas palabras
le hicieron suponer a Carlos que algo que se le había escapado a él había
ocurrido. Lo que no sabía era qué.
—Mañana sin falta—insistió su amigo y Sebastián asintió.
Carlos accionó el botón de su coche y lo cerró. Sebastián
era un tío muy lógico y si hacía algo tenía un por qué, del que más larde se
enteraría..
Paula paralizada por aquel desplante miró a Sebastián, aquel
ardoroso y caliente hombre, y suspiró. Ambos sabían lo que había, pero aquello
le molestó. Y tras darle un beso en los labios de despedida murmuró resignada:
—Llámame otro día.
Sebastián asintió. Una vez vio a Carlos y su mujer alejarse
con Paula, regresó al local. Sin pararse a pensar, llegó hasta donde estaban
sus compañeros con Eiza y tras echarse a la joven al hombro, que gritó al
sentirse como un saco de patatas, dijo con seguridad:
—Lucas, no te lio tomes a mal, pero ya te dije que Eiza y yo
somos viejos amigos y tenemos algo de lo que hablar.
Luego mirando a Menchu dijo en tono seco:
—Vamos, te llevaré a tu casa.
Damián y Lucas sorprendidos y malhumorados porque su
compañero se llevara su diversión asegurada fueron a protestar, pero la mirada
de aquel les calló. Minutos después Sebastián dejó a Menchu en su casa, y
continuó hacia la suya mientras Eiza roncaba en la parte trasera del coche.
Capítulo 7
Un sonido molesto y continuo la despertó. El móvil. Sin
abrir los ojos Eiza buscó el dichoso aparatito a su alrededor pero no lo
encontró. Se sentó en la cama y continuó buscando la fuente del sonido
atronador, y cuando vio que estaba sobre una mesilla blanca lo cogió y
contestó.
—¿Si?
—Oh my God! Me vas a matar a disgustos —gritó un desencajado
Tomi— ¿Dónde estás?, ¿Dónde te metes? Maldita sea, cuchi, lo tuyo no tiene
nombre. Anoche saliste a tomar unas copas con la girl del parador y son ¡las
doce de la mañana! Te podría haber raptado a saber Dios y yo aquí tan pancho y
sin enterarme. Pero ¿dónde estás?
Intentando ordenar sus ideas y, sobre todo, responder a un
alocado Tomi, miró a su alrededor.
—Por favor ¿puedes dejar de gritar? Yo m...
—Tienes voz de resaca! —chilló al escucharla.
—Si vuelves a gritar te juro que te cuelgo —siseó alejándose
el móvil de la oreja.
—Ok. ¿Dónde estás?
Miró a su alrededor. Lo último que recordaba era estar en un
bar atestado de gente divirtiéndose con Menchu y dos hombres. Levantando las
sábanas comprobó que no llevaba su ropa, aunque sí llevaba una camiseta enorme
y negra. Horrorizada por lo que hubiera podido ocurrir se llevó la mano a la
cabeza ¡la peluca! ¿Dónde la había dejado? Tras verla sobre un sillón se llevó
las manos a los ojos. ¡Las lentillas! No podía dormir con lentillas y ella
había dormido. Asustada por el mal que hubiera podido ocasionar a su vista
murmuró:
—Tomi...
—Mira lo que le digo Eiza, como se entere la prensa esto va
a ser un scandal... y si your father o tu agente se enteran de lo que estás haciendo
—tras resoplar gritó teatralmente—. Oh my God! Me pones histérica cuando haces
estas cosas y...
—Que no grites—refunfuñó mientras se metía un dedo en el
ojo.
«Ay Dios... que no encuentro lo lentilla» pensó cerrando el
ojo molesta.
—Okey... —suspiró Tomi y en tono combativo preguntó—. ¿Su
majestad, la princess, cuando me hará el honor de regresar al castillo?
—No lo sé... —respondió preocupada por sus ojos. ¿Dónde
estaban las lentillas?
Tomi, al sentirla tan despistada, perdió la paciencia y
gritó:
—¿Cómo que no lo sabes? Pero, where the hell are you?
—En casa de Menchu.
Sin ganas de bromear Tomi se retiró con glamour su flequillo
de la cara y siseó.
—Pues ya puedes ir levantando tu pretty culito de colibrí de
allí y venirte para acá. ¿Me has entendido?
—Ok.
Al escuchar aquella contestación el muchacho cambió su tono
de voz y dijo emocionado.
—Ay, queen ¡es que tengo que contarte algo! Algo
divino...maravilloso...
Con un dolor de cabeza increíble Eiza, que no quería
escucharle ni un segundo más, dijo:
—Luego me lo cuentas. Adiós.
Y, sin más, le colgó. Pero cuando fue a levantarse estaba
tan torpe que se le enredó un pie en la sabana y, sin poder evitarlo, cayó
contra el suelo provocando un gran estruendo.
—Aug—se quejó tocándose el pie.
Totalmente desorientada localizó un espejo. Debía quitarse
las lentillas cuanto antes o sus ojos acabarían dañados. Cuando se puso frente
al espejo, su cara era todo un poema. Sus ojos eran los azules de siempre,
aunque estaban cargados de sueño y de una buena noche de juerga. Localizó también
sus gafas rojas sobre la mesilla y su ropa tirada sobre un sillón color claro a
juego con el resto de los muebles de la habitación.
¿Pero dónde estoy? pensó mirándolo todo.
Al pasear su mirada por la habitación se quedó boquiabierta
al ver encima de la mesilla el recipiente verde para las lentillas que llevaba
en su bolso. Lo abrió y suspiró aliviada al ver que allí estaban sus segundas
pupilas oscuras ¿Quién se las había quitado? Y sobre todo ¿dónde estaba? Se
sentó en la cama para masajearse su dolorido pie cuando escuchó música. Sin
perder un segundo miró su atuendo. La camiseta que llevaba le llegaba hasta la
mitad de muslo pero aun así se puso los vaqueros. No sabía qué había pasado,
pero sí sabía que, fuera lo que fuera, no tenía que volver a suceder. Después
cogió la peluca y se la colocó. Con cuidado, abrió la puerta y la música heavy
metal tronó. Aquello la horrorizó. Nunca le había gustado aquella música
ratonera, pero con curiosidad se encaminó hacia las escaleras y a medio camino
se paró. Ya había estado allí. De pronto, se le puso la carne de gallina al
recordar de quién era aquella casa, y maldijo en silencio sin saber si huir, tirarse
por la ventana del primer piso o gritar como una loca. No le dio tiempo a nada
Senda, la perra, apareció ante ella e inmediatamente después, su taciturno
dueño. Durante unos segundos ambos se miraron a los ojos hasta que finalmente
él dijo:
—Ven a la cocina, hay café recién hecho.
Tragándose su orgullo, soltó un suspiro y le siguió. Entró
en la cocina y se sentó. Sebastián retiró una silla para sentarse frente a
ella. Aquel mínimo ruido consiguió que la cara de ella se contrajera.
AyDios mío ¡qué dolor de cabeza!
Sebastián se dirigió hacia un mueble, sacó dos tazas color
chocolate, las llenó de café y al enseñarle e l brick de leche entera con mofa,
ella asintió. Sin hablar ni mirarla metió las dos tazas en el microondas y dio
a la opción dos minutos.
Sentada en la silla muy tensa, Eiza se tocó el pelo y se lo
retiró de la cara.
Tengo que tener una pinta de loca increíble pensó al sentir
la peluca enmarañada.
Sin poder evitarlo se fijó en la indumentaria de él.
Pantalón negro de algodón y sudadera gris de Nike. Se le veía el pelo mojado,
por lo que supuso que acababa de ducharse. Cuando el microondas pitó Eiza
volvió a contraerse y cuando él le puso la taza de café en la mesa y la vio con
el gesto arrugado murmuró mientras se sentaba:
—Ese es el resultado de haber bebido más de la cuenta.
Quiso responderle con un insulto pero no pudo. La música tan
alta la enloquecía y el estómago le daba vueltas a más revoluciones que un
centrifugador. Llevándose las manos a la boca le miró alarmada. Iba a vomitar. Sebastián
se levantó raudo y señaló hacia la puerta.
—Segunda puerta a la derecha.
Levantándose con rapidez salió de la cocina y llegó a su
destino. Cinco minutos después Sebastián, tras pasar por el salón y bajar el
volumen de la música, llamó a la puerta y preguntó:
—¿Te encuentras bien?
Sentada en el suelo del baño, tras haber vomitado respondió:
—Sí... si a esto se le puede decir estar bien.
Sin saber por qué él sonrió y dijo antes de regresar a la
cocina.
—Sal de ahí. Te he preparado una manzanilla para que se te
asiente el estómago.
Levantándose del suelo se miró en el espejo. Estaba pálida y
el pelo oscuro la hacía parecerlo más. Tras enjuagarse la boca reunió el valor
que le quedaba y abriendo la puerta se dirigió hacia la cocina. Una vez llegó
allí, la perra le saludó y se sentó frente a Sebastián que leía el periódico.
Al ver que había retirado el café y en su lugar tenía una manzanilla aspiró su
aroma y susurró:
—Gracias.
Él no respondió, se limitó a asentir y a continuar leyendo.
Cinco minutos después y con mejor color de cara, él dejó el diario sobre la
mesa y clavando sus penetrantes ojos en ella preguntó.
—¿Qué estás haciendo todavía en Sigüenza? Te dije que...
—Lo sé... sé lo que me dijiste pero...
—¿Cómo se te ocurre hacer lo que hiciste ayer? —protestó
levantándose.
—¿Qué hice?
—Joder pues exponerte a los depredadores directamente.
¿Estás loca?
—No.
—¿Te imaginas la que se hubiera armado si alguien te hubiera
reconocido? Joder que este es un pueblo muy tranquilo y no suele haber actrices
de Hollywood emborrachándose por nuestros bares. Y por cierto, ayer te salvé de
las garras de Lucas porque estabas borracha pero no volveré a hacerlo,
¿entendido?
Al escúchale entendió al peligro al que se había expuesto y
al ver que él esperaba que dijera algo susurró confundida:
—Gracias pero yo... yo...
—¿Tú? ¿Tú qué? ¿Acaso crees que puedes aparecer por aquí
para joderme la vida?
Eiza le miró. ¿Por qué estaba tan enfadado con ella?
Quería decirle que un extraño impulso al reconocerle en el
Ritz le hizo buscarle. Ella nunca había ido detrás de un hombre y realmente no
sabía porque había hecho aquello hasta que le escuchó decir.
—Vamos a ver, estrellita. Has venido a mi pueblo, a mi casa,
me has perseguido por el campo por las mañanas, me has investigado, has ido a
los bares donde voy a tomar algo. ¿Qué narices quieres?
Molesta por escuchar aquel termino que tanto odiaba, y a la
vez sorprendida por aquella pregunta, suspiró y respondió:
—Solo quería saber si eras tú.
Sebastián espetaba cualquier respuesta menos aquella y al
ver su gesto cansado y ajado asintió:
—Pues sí. Soy yo, canija. —Ella sonrió—Soy ese idiota que se
casó contigo hace diez años en Las Vegas, gracias a que su amigo, el Pirulas,
nos echó en la bebida algunas de sus setillas pasadas de contrabando. Te
aseguro que se lo hice pagar muy caro. Aun lo recuerda.
Eiza comenzó a reír y divertido Sebastián no pudo evitar
echarse a reír también. Durante un buen rato, y más relajados, hablaron de sus
recuerdos hasta que Juan se sinceró.
—Supe quién eras el día que regresamos a España. En el avión
había una revista de cine y al abrirla me encontré con una foto donde tu padre
y tú salíais junto a un par de actores. En ese momento supe que la que había
sido mí mujer era la hija del magnate del cine Steven Rice. Te aseguro que en
ese momento me quedé sin palabras.
—¿Se lo contaste a alguien?
—Sí, a Carlos —asintió percatándose de lo guapa que estaba
sin maquillaje—. Estaba tan alucinado con lo ocurrido que un mes después de
llegar le enseñé la revista que me había llevado del avión y se lo conté. Ni
que decir tiene que él se quedó tan alucinado como yo. Meses después me
llegaron los papeles definitivos del divorcio y fin de la historia.
—Gracias—asintió ella—. Otro en tu lugar se hubiera lucrado
con todo el asunto. Pero tú no lo hiciste. Eso es de agradecer.
—Si te soy sincero un par de veces lo pensé —bromeó aquel y
echándose de nuevo café en la taza, aseguró con un aplomo que a ella le resecó
hasta el alma—: Nunca lo hubiera hecho. No es mi estilo.
Ambos se quedaron en silencio de nuevo hasta que ella, para
romper aquel incómodo momento, preguntó:
—¿Por qué hacen el café tan fuerte aquí?
—No es que lo hagamos fuerte, es que en Estados Unidos beben
agua.
—¡¿Agua?! —rio ella y al ver que él sonreía preguntó para
destensar más el momento—. ¿Has visto alguna de mis películas?
Sebastián quiso decirle que todas. Había seguido su carrera
todos aquellos años con cierto orgullo, pero dispuesto a no dejar al
descubierto su secreto murmuró entre dientes:
—Sí, alguna he visto.
Encantada por verle sonreír, ella comenzó a sentirse mejor,
y clavando sus increíbles ojos azules en él preguntó:
—¿Que le parezco como actriz?
Él la miró con diversión, y ella dispuesta a escuchar una
crítica atroz prosiguió.
—Vale... no lo digas, tu sonrisita ya ha hablado por ti.
Responder a aquella pregunta le ponía en una difícil
tesitura. Como actriz le gustaba mucho. Era una mujer guapa y con estilo,
aunque a veces alguna de sus películas no habían estado en su línea, así que
intentó ser diplomático.
—Eres una mujer muy guapa a pesar de esas gafas y esa peluca
que te has puesto y lo sabes. — Ella sonrió satisfecha, a nadie le amargaba un
dulce—. Particularmente me gustas como actriz, y a mis amigos también, te lo
puedo asegurar.
Escucharle decir aquello de «me gustas» provocó en ella un
extraño calor. Allí estaba a solas, con una pinta desastrosa y sin maquillar,
ante un hombre que apenas conocía, pero que había sido su marido y que, cada
segundo que pasaba, le atraía más y más. Por ello intentando que no se percatara de lo nerviosa que la ponía dijo en
broma:
—¿Puedo tomarme eso como un cumplido?
—Tú has preguntado y yo he respondido—asintió él, sonriendo mientras
se levantaba.
Estar ante ella no era fácil. Era la famosa Anna Reyna. Su
sonrisa pícara, sus ojos y esa manera como se tocaba el cuello al hablar le
excitaba tanto como su precioso cuerpo. Ella era sexi, dulce y suave. Solo
recordar cuando la desnudó la noche anterior para meterla en la cama y ella,
borracha, había intentado besarle, le puso duro.
Al sentirle incómodo ella cambió de tema.
—Okey. Dejemos de hablar de mí y hablemos de ti. Por lo que
he podido comprobar conseguiste ser policía, ¿verdad?
—Sí.
—Pero no eres un policía que patrulla y pone multas.
—No.
—¿Eres un S.W.A.T?
Sebastián sonrió divertido y sentándose de nuevo frente a
ella la miro y aclaró:
—Te equivocas yo soy un G.E.O. Eso de S.W.A.T. lo dejamos
para ustedes, los americanos.
—¡¿G.E.O?! ¿Qué es eso?
—Grupo Especial de Operaciones, los geo. Somos una unidad
especial del Cuerpo Nacional de Policía de España especializado en operaciones
de alto riesgo.
—Vaya... te has convertido en un héroe.
Aquel comentario hizo sonreír a Sebastián y tras dar un
trago a su café respondió:
—Yo no lo veo así. En todo caso los verdaderos héroes son
nuestras familias, por soportar todolo que soportan.
—Uf... solo pensarlo da miedo, ¿no?
Sebastián se encogió de hombros.
—A mí, particularmente, me da más miedo ponerme ante una
cámara y que todo el mundo me mire y juzgue, que realizar cualquier operativo
policial.
—Vale, reconozco que, a veces, las críticas son duras e
incluso difíciles de asumir —suspiró Eiza—. Pero lo tuyo es peligroso. Creo que
has de amar mucho tu trabajo para arriesgarte tanto.
—Me gusta lo que hago —asintió con seguridad—. Para mí
pertenecer a los geo es un orgullo, a pesar de que mi familia en ocasiones
piense que estoy loco. Por cierto, cuanta menos gente lo sepa mejor. Por lo
tanto, te pido discreción ¿vale?
—Seré tan discreta como tú lo has sido conmigo todos estos
años. Tu secreto irá conmigo a la tumba.
Aquel comentario le gustó, y cuando ella le preguntó sobre
qué solía hacer en su trabajo recostándose en la silla contestó:
—De todo un poco. Liberamos rehenes —ella sonrió—,
neutralizamos bandas terroristas, prestamos servicios de seguridad en algunas
sedes diplomáticas, en fin...
Sorprendida por lo que le contaba fue a decir algo cuando
oyó cómo la puerta principal de la casa se abría.
—Sebastián, soy Irene ¿estás despierto? —se escuchó.
Eiza se quedó bloqueada por aquella intromisión.
—Mi hermana—le informó.
—¿Qué hago? —y tocándose los ojos murmuró—. Oh Dios no tengo
las lentillas puestas.
No puede verme.
—Sube a la habitación. Rápido.
Pero fue tarde. Irene entró en la cocina y al ver a su
hermano acompañado de aquella morena dio un salto hacia atrás.
—Oh, Dios ¡lo siento! No quería, yo...
Sebastián se puso de pie impidiendo que su hermana viera a Eiza,
que se cubrió el rostro con las manos.
Después agarró a su hermana del brazo y sacándola de la
cocina dijo con voz molesta:
—No te preocupes, no pasa nada —y volviéndose hacia Eiza
murmuró—. Sube a arreglarte. Te llevaré al parador.
Como si le hubieran metido una patada en el trasero Eiza
salió de la cocina y corrió escaleras arriba.
Una vez se quedaron solos; Irene, sorprendida porque su
hermano nunca llevaba a ninguna mujer a su casa, preguntó:
—¿Quién es esa chica?
—Una amiga.
Si su hermana se enteraba de que era Anna Ponce, la estrella
de Hollywood, el desastre estaba asegurado.
—¿La conozco?
—No
—¿Es del pueblo?
—No—repitió molesto.
—Uhh…pues por lo poco que he visto, es muy hermosa.
Él asintió. Eiza era una mujer preciosa pero no quería hablar
de ella. Nunca le había gustado hablar de su vida privada y menos con la entrometida
de su hermana.
—¿Ha pasado aquí la noche contigo?
—No voy a contestar a eso.
Clavando la mirada en su guapo hermano sonrió y mofándose
cuchicheó.
—Ya me has contestado tontorrón.
Sebastián, al ver aquella sonrisita tonta, clavó su mirada
en ella y gruño.
—Vamos a ver Irene, lo que yo haga o no con mi vida a ti no
te incumbe, ¿no crees?
Molesta por el tono de voz que empleaba murmuro:
—Bueno, hermano tampoco es para que te pongas así. Que
arisco eres a veces por Dios.
Su hermano en todos aquellos años nunca les había presentado
ninguna chica, ni llevado una a casa de su padre. Solo se interesaba por su
trabajo, sus amigos y sus viajes, poco más. Aunque sabía por lo que se hablaba
por el pueblo que era un hombre que tenía gran aceptación entre las mujeres del
lugar. Especialmente entre las amigas de Laura, la mujer de Carlos.
—Vaya... vaya... no sabía yo que salieras con alguien en
particular.
—Y no salgo.
— ¿Es una de las amigas de Laura?
—No
—Per...
—Se acabó el interrogatorio ¿vale? —cortó aquel.
Irene, sorprendida por el enfado repentino de su hermano
asintió y con una sonrisita que a Sebastián le quemó la sangre murmuró:
—Hermano, no me extraña que no te aguante nadie. Eres un grosero
y malhumorado.
En la planta de arriba Eiza se sentó en la cama y, sin
pensárselo dos veces, se puso las lentillas oscuras, después se vistió, se
colocó las gafas y se arregló la peluca. Cuando hubo comprobado que su aspecto
era decente, y especialmente irreconocible, cogió su bolso, guardó el estuche
de las lentillas y bajó de nuevo al salón. Al entrar, se encontró con una mujer
de unos cuarenta años con los mismos ojos que Sebastián.
—Hola, soy Irene y siento mucho haber irrumpido de esta
manera —dijo la mujer en un tono amigable mientras caminaba hacia ella.
—Encantada. Soy Eiza y no te preocupes, no pasa nada.
Irene, sorprendida por la simpatía y belleza natural de
aquella muchacha, la observó con curiosidad.
—¿De dónde eres? —le preguntó.
Sebastián, al escuchar a su hermana, maldijo por lo bajo.
¿Por qué tenía que ser tan entrometida? Y al ver que Eiza dudaba contestó por
ella.
—Se podría decir que es de Asturias aunque no vive allí.
Tocándose la barbilla y cerrando un ojo para inspeccionarla,
Irene dijo queriendo saciar su curiosidad:
—¿Asturias con ese acento?
Al ver que ninguno respondía finalmente dijo:
—Por cierto tienes un pelo precioso. Se nota a leguas que es
tu color natural. ¡Qué bonito!
—Vaya, gracias —sonrió Eiza tocándose la peluca.
Sebastián para intentar cortar aquella conversación, llamó
la atención de su hermana.
—Irene ¿querías algo? Te lo digo porque estaba a punto de
llevar a Eiza al parador.
—¿Estas alojada en el parador?
—Sí.
—¿A que es un lugar precioso?
—¡Divino!
Cada vez más enfadado con su hermana por su parloteo, fue a
hablar cuando esta dijo mirándole:
—A ver, hermano deja de matarme con la mirada y escucha. He
pasado por tu casa por dos cosas. La primera, para recordarte por trigésima vez
que tienes que confirmarme si estás libre en las fiestas de navidad, para poder
contar contigo en los festejos importantes.
—Que sí, pesada —suspiró él—. Ya lo miré y estoy libre ¿qué
más?
—¡Genial! Y la segunda es porque hoy es el cumpleaños del
abuelo y quería saber si mañana viernes estás libre y podía contar contigo para
que vinieras a la cena familiar. He hablado con Eva María y vendrá de Madrid.
—Iré. Estoy de libranza hasta el lunes.
—¡Estupendo! —asintió Irene y volviéndose hacia la morena
preguntó—: Eiza ¿te apetece venir a la cena? Estoy segura de que a mi padre y
al abuelo les encantará conocer a una amiga de mi hermano.
Sebastián quiso estrangularla. ¿Qué cosas hacía su hemana? Eiza
al ver el gesto de aquel sonrió y todo lo amable que pudo respondió.
—Gracias por la invitación pero no puedo asistir.
—¿Por qué?—preguntó ganándose una reprochadora mirada de su
hermano.
—Creo... creo que no estaré aquí—respondió con cierto pesar.
—¿Te vas? Oh, qué pena, apenas nos hemos conocido y...
—Por el amor de Dios, Irene —protestó Sebastián—. ¿Quieres
dejar de ser tan indiscreta?
Irene miró a su hermano con gesto de enfado y cogiendo su
bolso dijo antes de salir por la puerta todo lo digna que pudo:
—Me voy. No quiero arrancarle el pellejo a cierto individúo
—luego volviéndose hacia Eiza se acercó a ella y tras darle dos besos le
susurró al oído:
—Encantada de conocerte y si puedes ven al cumpleaños del
abuelo. Le encantará conocer a una amiga de este grosero.
Dicho esto tras tocar la cabeza de Senda que parecía
escuchar sentada entre ellos, Irene se marchó dejándoles parados a los dos en medio
del salón.
—Perdona a mi hermana, es tremenda.
Eiza estaba muerta de risa. Y mientras Senda se acercaba a
ella y esta le tocaba la cabeza a modo de despedida, dijo:
—Pues a mí me parece muy simpática.
Suspirando, Sebastián cogió las llaves de su coche y
mientras salían de la casa indicó:
—Lo es. Aunque también es demasiado entrometida.
El trayecto en el coche hasta el parador fue corto.
Demasiado corto. Una vez paró en la puerta de la entrada Sebastián la miró.
Quería seguir hablando con ella pero estaba claro que aquello debía acabar.
Había sido extraño y hasta divertido aquel raro encuentro mientras duró, pero
había que ser objetivo y pensar que ella era quien era y él solo un policía
español. La joven actriz, sin moverse de su asiento, sonrió. Debía abrir la
puerta del coche e irse pero algo se lo impedía. Le miró a los ojos. Deseó
besar aquellos carnosos y seductores labios, y se estremeció.
—Ya hemos llegado—masculló él.
—Sí, aquí estamos—asintió tocándose las gafas.
Al ver el brillo en los ojos de ella sintió una punzada de
deseo. Aquella mujer, su boca, sus ojos, su piel, era una autentica y morbosa
tentación. Pero debía olvidar lo que él y su entrepierna deseaban o la
situación se tornaría embarazosa.
El silencio entre los dos se hizo denso e insoportable.
Finalmente, para acabar con aquel tenso momento, Sebastián murmuro tras
aclararse la voz:
—Ha sido un placer volver a verte y siento lo de mi hermana.
—Ella sonrió y él prosiguió—: No sé cómo se le ha ocurrido invitarte al
cumpleaños del abuelo.
Al escuchar aquello la joven, sorprendiéndose a sí misma,
murmuró:
—A mí no me hubiera importado asistir.
—¡¿Cómo?! —preguntó sorprendido.
Consciente de lo que había dicho, maldijo en silencio. Pero
al final encogiéndose de hombros susurró con una tímida sonrisa.
—No tengo prisa por regresar a Los Ángeles. Allí la Navidad
en cierto modo me entristece.
Demasiadas ausencias, Además, la promoción de mi última
película no continúa hasta dentro de un mes en Tokio. —Y quitándose las gafas
dijo clavando sus ojos en él—. ¿Sabes? en el fondo reconozco que me hubiera
gustado conocer a la familia que tuve hace años durante unos días.
Boquiabierto por aquella revelación, murmuró sin pensar:
—Mañana te recojo a las ocho y media aquí mismo ¿de acuerdo?
Sorprendida por aquella invitación, asintió feliz como una
tonta. Abrió la puerta del coche y dijo en tono jovial:
—Okey. Aquí te esperaré—rápidamente sacó un bolígrafo de su
bolso y en una tarjeta personal le apuntó su teléfono móvil y se lo entregó—.
Toma, por si surgiera un imprevisto y tuvieras que avisarme.
Desconcertado, Sebastián lo cogió y lo guardó en el bolsillo
de su vaquero. Después ella salió del coche y se alejó. Cuando desapareció tras
las puertas del parador Sebastián dio un golpe a su volante y maldijo ¿Qué
estaba haciendo? ¿Por qué la había animado a cenar con él y su familia? Pero, segundos
después sin entender por qué sonrió.
Capítulo 8
Como en una nube rosa de algodón, Eiza entró en el parador.
Aquel hombre, su exmarido, le atraía mucho. Demasiado. Sebastián era diferente
a los galanes con los que solía tratar en Estados Unidos. Le gustaba su
sinceridad al hablar y, en especial, que la tratara no como la actriz Anna
Reyna, sino simplemente como Eiza. Como una tonta, sonrió al saludar a Menchu
que estaba en la recepción. Esta, al verla, salió del mostrador y caminando
hacia ella preguntó preocupada:
—¿Todo bien?
—Sí ¡perfecto!
Al verla tan sonriente Menchu asintió y acercándose a ella
le cuchicheó en confianza:
—Sebastián es uno de los solteros de oro del pueblo.
—¿En serio? —preguntó Eiza interesada.
—Oh, sí. Es guapo y caballeroso, y sé que más de una lagartona
siliconada, como esa —señaló a Paula que pasaba junto a un cliente—, está
deseando cazarle, aunque él se resiste. Según su hermana
Eva, es amiga mía, y dice que Sebastián es un auténtico
rompecorazones.
Aquel comentario hizo que Eiza frunciera el ceño. Él no era
nada suyo pero no le gustó escuchar aquello. Desechando las absurdas ideas que
se estaban fraguando en su mente, sin quitarse las gafas, murmuró tras observar
a la tal Paula, una mujer que nada tenía que ver con ella:
—Tú lo has dicho, Menchu. Sebas es un hombre muy interesante
—y con una sonrisa añadió—: Ahora que lo pienso, yo añadiría también el término
sexy ¿no crees?
Menchu poniéndose colorada como un tomate asintió.
—Si... ya lo creo.
Al ver del color que se le estaba poniendo la cara, la
actriz prosiguió.
—Vaya... vaya, veo que a ti también te gusta.
La joven con el bochorno en la cara susurró.
—Lo conozco de toda la vida. Soy amiga de su hermana y
siempre me ha parecido un chico increíble, y cuando digo increíble no lo digo
solo por lo guapo que es, sino también por su personalidad y...
—Sí, tiene una personalidad arrolladora—suspiró aquella.
La joven recepcionista sorprendida por el efecto que Sebastián
había causado en la actriz de Hollywood preguntó:
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro, Menchu.
—¿Él sabe quién eres en realidad?
Durante unos segundos Eiza lo pensó ¿qué decir ante aquella
pregunta? Le molestaba mentir a la joven pero, dispuesta a no revelar ya más de
lo que había revelado, respondió:
—No, no lo sabe. Y, por favor, debe continuar siendo un
secreto. ¿De acuerdo?
—Por supuesto, pero creo que se va a enfadar mucho cuando se
entere. Él...
—Tranquila, Menchu. No te preocupes de eso por ahora. Cuando
él se entere con seguridad yo ya no estaré aquí—e intentando cambiar de tema
preguntó—: ¿Sabes si está Tomi en su habitación?
—No está.
—¿Cómo que no está?—preguntó sorprendida.
—Según me comentó Paula, se marchó hace un par de horas
—regresando hacia el mostrador dijo cogiendo un sobre cerrado—. Te dejó una
nota.
Extrañada por aquello Eiza cogió el sobre y tras abrirlo
leyó:
Hola princess…he salido a conocer la zona en plan Indiana
Jones. Ya te contare. Por cierto…no se a qué hora regreso.
Se buena en mi ausencia.
I love you.
Tomi
Sospechando que su primo se había vuelto loco definitivamente,
Eiza fue a decir algo cuando sonó su móvil. Había recibido un mensaje.
Rápidamente lo sacó del bolsillo trasero de su vaquero y al leerlo sonrió como
una tonta.
¿Cenamos hoy juntos? Será algo informal ¿Te recojo a las
nueve?
Juan.
Menchu, intrigada por aquella sonrisa bobalicona, se
aproximó a Eiza, cuando esta le enseñó el texto del mensaje. La joven
recepcionista se quedó ensimismada.
—Oh... ¡qué romántico!
—Sí—suspiró como una quinceañera.
Soltando un suspiro de frustración Menchu preguntó:
—¿Por qué no me pasan a mi estas cosas? ¿Por qué?
Eiza con una sonrisa en los labios llena de felicidad no
supo qué contestar. ¡Sebastián, la estaba invitando! y eso le pareció
increíble. Finalmente, tras reír con Menchu sobre lo que aquella cena podía depararle
tecleó en el móvil:
Perfecto, te espero a las 9!
Eiza.
A las nueve, vestida con un pantalón color lila a juego con
la blusa y un bonito abrigo negro, Eiza esperaba en la puerta del parador
cuando vio el coche de Sebastián acercarse. Un extraño nudo se le puso en el
estómago y comenzó a respirar con dificultad. ¿Qué le pasaba? ¿A qué se debía
aquel nerviosismo de adolescente? Hacía viento y el olor a humedad y el oscuro
cielo le hizo suponer que iba a llover, y mucho. Controló sus emociones como
pudo y sonrió al hombre que se bajaba del coche para saludarla y abrirle la
puerta con galantería. Sin mediar palabra, ni rezarse siquiera, se metió en el
coche y el sonido de la música que sonaba le envolvió. Dos segundos después,
subió él por la puerta del conductor. Cuando Sebastián quitó el freno de mano
de su coche Eiza se recostó en el asiento y preguntó divertida:
—¿A qué se debe esta cena?
Él no respondió y ella, sabedora de su encanto personal,
cuchicheó:
—Dale, confiésalo. Me extrañabas!
Sebastián sonrió de buen humor:
—Lo confieso. Extrañaba tu incesante parloteo. Pero por si
me vuelves loco, te advierto que tengo en el coche toneladas de cinta para
taparte la boca.
Divertida por aquello sonrió y señalando hacia el CD del
coche preguntó:
—¿Cómo puedes escuchar este horror de música?
—¿Horror de música? Pero si AC/DC son buenísimos.
—Lo de buenísimos, lo será para ti —se mofó—. Para mí solo
son sonidos estridentes y, a veces, desesperantes. No te voy a negar que alguna
balada heavy me guste, pero vamos, cuando se ponen a gritar, no es lo mío.
Aquello que decía, era lo mismo que en infinidad de
ocasiones había escuchado a Laura, la mujer de Carlos.
—A ver, sorpréndeme estrellita —dijo con mofa mientras
conducía—, ¿Qué música te gusta?
—El Soul,
el Rhythm and Blues...
Esperaba que dijera cualquier tipo de música pero no
justamente aquella. Eiza movió cómicamente la cabeza con un gracioso gestó que
a él se le antojó encantador.
—Es buena esa música, ¿ehhh? —dijo.
En ese momento Sebastián no supo a qué música se refería.
—Aunque me cueste reconocerlo, no es mi estilo. Es más, ¿esa
no es música para ancianos?
La nueva mueca que ella hizo como contestación le provocó
una carcajada. Aquella actriz, a la que había visto en infinidad de comedias
románticas y películas de acción, era tremendamente graciosa y su gesticulación
le provocaba una sonrisa permanente.
Boquiabierta aún por lo que él había dicho en referencia a
sus gustos musicales, se retorció en el asiento del coche y frunció el ceño.
—¿Música para viejos?—y sonriendo aclaró—: Oh my God! Estás
muy equivocado si piensas así.
—Es que esa música es...
—Preciosa —cortó ella y al ver que sonreía prosiguió— Me
encanta bailar con la música de Beyoncé, de mi amiga Jennifer López o la salsa
de Marc. Pero cuando estoy en mi casa y me quiero relajar siempre escucho Soul
o Rhythmand Blues —y mirándole extrañada preguntó—: De verdad me estás diciendo
que en tu vida has escuchado a Al Green, Ray Charles, Aretha Franklin, Marvin Gaye
o canciones como por ejemplo, At Last de Etta James, en la versión de Beyoncé.
—No.
—¿En serio?
—Te lo juro.
—Vaya...
—Sí... vaya —se mofó él.
—Pues si me lo permites buscaré remedio urgentemente para
ello —susurro incrédula mientras él conducía.
Sebastián sin poder, ni querer evitarlo la miró. Era
increíble que la chica que llevaba a su lado y que parecía tan sorprendida por
lo que descubría de él, fuera quien era. Allí estaba ella, la mujer más querida
en la meca del cine, explicándole con vehemencia que la música soul, era el
resultado de combinar el gospel y el R&B. Durante minutos la escuchó hablar
de lo mucho que le gustaba Etta James y su canción favorita. No sabía quién era
aquella cantante pero merecía la pena dejar que hablara solo por ver cómo le
brillaban los ojos mientras le relataba la cantidad de veces que escuchaba
aquella canción para relajarse antes de un rodaje.
Horas antes, cuando Sebastián llegó a su casa y entró en la
habitación donde ella había dormido la noche anterior, se tumbó sobre la cama y
cuando el suave olor de ella le envolvió deseó volver a verla. Esperar hasta la
noche del día siguiente se le hacía eterno y decidió arriesgarse. Era una locura
querer volver a ver a Eiza, pero era una locura atrayente y divertida y por
primera vez en mucho tiempo se dejó llevar por el corazón. Y ahora que la tenía
allí a su lado, hablando sobre música con tanta pasión algo en él se bloqueó,
echó el freno de mano y sorprendiéndose a sí mismo la atrajo hacia él y la
besó. Fue un beso tierno, pero tan sumamente devastador que hizo que ambos
temblaran a pesar de que el climatizador del coche marcara veintitrés grados.
Una vez se separaron, la joven, atónita por aquel increíble beso clavó sus ojos
en él.
—Vaya...
—Sí... vaya—repitió él.
Soltándola como si le quemara, Sebastián prosiguió su camino
y condujo lo poco que quedaba para llegar a su destino bajo la lluvia. Ambos
permanecieron callados y solo se escuchaba la atronadora música de AG/DC hasta
que llegaron a la puerta de su casa. Al llegar, detuvo el vehículo, salieron con
rapidez y entraron en el interior del chalet entre risas. Cuando Sebastián dio
al interruptor de la luz, no se encendió. A oscuras, cerraron la puerta y él
murmuró:
—Debe ser cosa de la tormenta.
Un rayo iluminó la estancia y los dos se miraron. Ambos eran
adultos y sabían lo que querían. Se deseaban. Acercándose a ella la arrinconó
contra la puerta de entrada y agachándose para tomar su boca volvió a besarla.
Le tomó los labios de tal manera que a ella le temblaron las rodillas y hasta el
corazón. Sentir como aquel apoyaba su fibroso y enorme cuerpo contra el de ella
mientras la besaba con vehemencia fue asolador.
—Sebas... Sebas... ¡me aplastas!
Alertado él se echó hacia atrás con un rápido gesto.
—Lo siento, canija, pero eres tan preciosa que me haces
perder el control.
Ella sonrió. Si tenía algo claro era que era una mujer sexy,
aunque no fuera tan voluptuosa como la lobuqui siliconada del parador. Por ello
le besó con descaro y tras pasarle la lengua por el labio inferior preguntó:
—¿Te gusta lo que ves?—Quiso averiguar.
—Sinceramente sin luz, ver, veo poco ¿Por qué preguntas eso?
—No soy tan voluptuosa como la mujer del parador. Ella es
alta, curvilínea, con grandes pechos y yo soy consciente de que clase de mujer
soy y....
—Me excitas tú. Me gusta lo que toco y más si es natural
—dijo posando una de sus grandes manos sobre uno de sus senos deseoso de
disipar sus dudas.
Consciente de que ella estaba receptiva, le pasó su mano
libre por la cintura para pegarla más a él y eso lo excitó aún más. Ella era
pequeña, suave y delicada, al tiempo que tentadora, sexy y deliciosa. Aquella
joven estrella de Hollywood nada tenía que ver con las mujeres exuberantes con las
que él se acostaba, pero su naturalidad resultaba absolutamente sexy. Morbosa. Encantada
con lo que le había dicho, suspiró y sonrió. Ella conocía su potencial, pero
por primera vez en su vida, al estar en los brazos de aquel hombre había
dudado. Excitada por como la tocaba y en especial, al sentir la dureza de su
entrepierna, soltó su bolso que cayó al suelo y acoplándose le respondió con
ardor.
Durante unos minutos se besaron, se mordisquearon, se
excitaron hasta que él la cogió en brazos sin ningún esfuerzo y la llevó hasta
su habitación. Una vez allí, la posó sobre la cama y con sumo cuidado, se tumbó
sobre ella, le quitó las gafas, la peluca, le revolvió su melena rubia y entre
risas dulzonas comenzó a besarle el cuello. Acalorada y sin poder apartar sus
manos de él, le acarició por debajo de su camisa vaquera. Tocar aquel duro
abdomen y sentir como sus músculos se tensaban a su tacto le pareció lo más
morboso vivido con un hombre hasta el momento. En el exterior de la casa una
tormenta con rayos y truenos descargó sobre Sigüenza, mientras en el interior
otra tormenta diferente se libraba. Sin mediar palabra y sin luz, Eiza le quitó
la camisa a Sebastián, mientras recorría con sus manos la curvatura de sus
bíceps. Animado por la situación él le desabrochó la blusa lila y, subiéndole
el sujetador con deleite, le mordisqueó los pechos. Agitada al sentir la
magnitud de aquella pasión suspiró de placer y se arqueó contra él pidiéndole
en silencio lo que quería. Necesitaba sentirlo dentro. Quería que la poseyera
ya. Y llevando sus manos al cinturón de los vaqueros de él comenzó a
desabrochárselo. Dos segundos después los pantalones de ambos volaron por la
habitación.
—Ven, ponte así —murmuró él con voz ronca deseoso de cumplir
su objetivo.
Sin pestañear se acomodó dispuesta a recibirle. Estaba
húmeda, caliente y tremendamente excitada cuando de pronto escuchó un pitido desconocido.
—No... Joder, ahora no —maldijo Juan.
Al sentir la tensión en su cuerpo, la muchacha preguntó con
la voz entrecortada por el momento:
—¿Qué ocurre? ¿Qué suena?
Sebastián, incorporándose, le pidió silencio con la mano.
Después cogió su móvil y tras escuchar a alguien al otro lado concretó:
—En media hora estoy allí.
Una voz colgó el teléfono se movió con rapidez mientras ella
aún excitada y medio desnudasobre la cama lo observaba a oscuras moverse por la
habitación.
—Sebas...—lo llamó.
Enfadado por sentir la decepción en su voz y molesto por
tener que marcharse tan repentinamente, tras vestirse con rapidez se acercó
hasta ella y la besó con ardor.
—... tengo que marcharme. Me han llamado de la base. Ha
ocurrido algo y tengo que ir.
—¿Que te vas? —preguntó sobresaltada.
—Sí.
—Pero... pero ¿cómo puedes irte en un momento así? —protestó
indignada.
Él la entendió y dándole otro breve pero intento beso en los
labios respondió mientras su entrepierna y todo él se debatía por terminar lo
que había empezado:
—Lo siento, canija, pero el deber me llama. Es mi trabajo.
Al ver su cara de sorpresa preguntó con rapidez:
—¿Quieres quedarte aquí o prefieres que te acerque al
Parador?
Molesta por tener que acabar tan pronto lo que se perfilaba
como una noche perfecta respondió levantándose para coger la peluca:
—Llévame al parador.
Minutos después los dos estaban en el interior del coche,
serios y confusos. Una vez llegaron al parador Sebastián detuvo el vehículo. Eiza
abrió la puerta para salir cuando sintió que la mano de él tiraba de ella para
que se volviera a mirarlo.
—Lo siento. Te aseguro que me gustaría tanto como a ti estar
en estos momentos haciéndolo que deseo. Y lo que deseo y me enloquece en estos
momentos eres tú. No lo dudes. Te prometo que en cuanto vuelva te recompensaré
por esta interrupción. —En ese momento ella sonrió y él se relajó—. Mi trabajo
requiere este tipo de sacrificios y solo puedo pedirte disculpas una y mil
veces.
Durante unos segundos ambos se miraron a los ojos y el
enfado de Eiza se Transformó en preocupación. Su trabajo era peligroso, pero
decidió no decir nada. No era el momento. Por fin y tras besarle en los labios
murmuro para alivio de él:
—Me debes una noche. Así que, ten cuidado con lo que haces
porque quiero esa noche. ¿Me has entendido?
Él sonrió y tras darle otro rápido beso dijo mientras ella
salía del coche:
—Te llamaré.
Sebastián se alejó bajo la lluvia mientras ella, preocupada,
se dirigió hacia su habitación.
Después de una noche en la que a Eiza le fue imposible
conciliar el sueño debido a la cantidad de pensamientos que le rondaban por la
cabeza llegó la mañana. Estaba nerviosa. Estaba preocupada porque no sabía nada
de Sebastián. ¿Y si le había pasado algo? No se relajó hasta que, sobre las dos
de la larde, su móvil sonó y leyó un mensaje de él:
Todo bien. Me voy a descansar. Esta noche te veo.
Por la tarde, y viendo que su primo Tomi no daba señales de
vida fue a su habitación y se alegró al encontrarle.
—¿Como que tú no vienes conmigo?—preguntó ella tras hablar
con él de la Cena que tenía esa noche con la familia de Sebastián.
Tomi que se estaba echando crema en los párpados respondió:
—Tengo planes.
Sorprendida, Eiza dijo caminando hacia el baño.
—¿Planes? ¿Cómo puedes tener planes si no conoces a nadie?
Dejando el bote sobre la encimera del baño, el joven sonrío
y dijo:
—Te equivocas darling. La otra noche yo...
¿La otra noche?—rio ella—. Pero...
—Calla y escucha, queen.
Eiza cogiéndolo de la mano le llevó hasta la enorme cama y,
sentándose, hizo un cómico gesto que daba a entender que cerraba la boca.
—El otro día cuando me dejaste el pelo de color green y te
fuiste con la girl de recepción, decidí bajar a tomar una copa al bar del
parador. Por cierto, hacen unos cocktails de muerte. And, well, el caso es que
conocí a alguien, tomamos a drink y .se puede decir que tonight tengo una cita.
La cara de Eiza era todo un poema. Su primo le guiñó un ojo.
—A ver si te crees que aquí solo ligas tú honey—le dijo con
voz cargada de ironía
—¿Tienes una cita?
—Yes.
Cada vez más sorprendida preguntó boquiabierta:
—¿Con quién?
Con misterio se retiró su glamuroso y verde flequillo de la
cara.
—Ay cuchi, es una monada. Es alto y algo destartalado. Vamos
para que nos entendamos tipo Robert Pattinson, el blanquecino de Crepúsculo. Me
encanta mi Peterman.
—¿Peterman? —rio Eiza.
—Se llama Peter Fenson. Oh, Peter! —suspiró emocionado—. Es
inglés y pianista. Está de paso por aquí como nosotros. El caso es que estaba
yo deprimido y ahogando mis penas en un Martini por la carnicería que le hiciste
a mis preciosas mechas purpple, cuando noté que él me miraba. Horrorizado
pensé: Ay Virgencita debo parecer un pollo despeluchado con este tono de pelo
verde musgo —ella sonrió—. Pero, surprise, cuando me levanté para irme
avergonzado de mi desastrosa y poco glamurosa apariencia él se dirigió a mí. Me
invitó a tomar algo. Ay, queen... en ese justito momento pensé “este para mí”.
Una copa llevó a otra y, bueno, ocurrió lo que tenía que ocurrir.
—¿Te acostaste con él?—preguntó sorprendida.
—Yes.
—Pero Tomi.,.
—Vale cuchi, reconozco que a veces soy un fácil. Pero mira
darling, la ocasión lo merecía y tú precisamente no eres la reina de la
moralidad para decir nada.
—Por el amor de Dior —rio divertida— ¿Desde cuándo haces
esas cosas tú?
—Desde que un increíble pianista inglés ha posado sus
precious grey eyes en mí. Ay, cuchifrita, le tienes que conocer. Es encantador
y...
—¿No le habrás contado quiénes somos?
—No reina, no. Una cosa son los revolcones que yo tenga con
él y otra muy diferente contarle mi life.
Conocía a su primo y era de los que se enamoraban hasta la
médula y sufrían dolorosamente por amor.
—A ver... todo lo que me cuentas me parece estupendo. Pero
déjame decirte que...
—Corta el rollo Reyna mía, y suelta con quién has estado en
las últimas cuarenta y ocho hours que llevo sin verte. Porque no es por nada,
pero te noto el cutis terso y los ojos happy.
—Ella sonrió y él prosiguió—: Vamos, vamos, estoy deseoso de
escuchar todo lo que quieras contarme.
Sonriendo como desde hacía tiempo, Eiza dejó escapar un
suspiro.
—He estado con él y... y...
Al escuchar ese con él... Tomi rápidamente gritó:
—Oh my Godl ¿Has estado con el divine?
—Sí.
—¿Con el de los SWAT al que el color black le quedaba mejor
que a mí cuando estoy delgado y al que la lluvia transforma su rostro como al
de un Dios?
—No es un SWAT es un geo—aclaró ella.
Con gesto indescifrable Tomi la miró y preguntó:
—¿Un qué?
—Un geo —al decir aquello pensó en lo que él le dijo e
indico—. Pero ahora olvida que te lo he dicho porque no tenía que habértelo
contado, okey?
—Va... no he oído nada pero darling. Pero ¿qué es un geo?
Enfadada consigo misma por su indiscreción murmuró:
—Un policía de élite, vamos, como los SWAT.
Encantado con lo que oía Tomi se llevó la mano a la boca y
dijo sonriendo:
—Ay my love... fíjate si eres glamurosa que hasta los líos que
le salen son de élite. ¡Uhh Dios mío! —gritó al recordar al fornido hombre de
negro, y abanicándose con la mano preguntó: —¿En vivo y en directo está tan
cuadrado como cuando estaba encapuchado bajo ese traje negro de poli, sexy y
varonil?
Eiza se carcajeó y asintió. Aquella risa le iluminó el
rostro, detalle que no escapó a su primo.
—¿Y qué? ¿Qué puedes contarme?
—Poca cosa—respondió encogiéndose de hombros.
—¿Poca cosa? —gritó él mirándola—. Has pasado horas con ese...
ese G.I.Joe esculpido como el Miguel Ángel de Da Vinci y como diría la difunta
abuela, ¿no hubo refriegas sexuales?
Una sonrisa pícara de ella le hizo intuir a Tomi que lo que
imaginaba era cierto.
—Ash ¡so víbora! Y tú reprochándome que yo me lanzara a la
lujuria y el desenfreno con mi pianista inglés.
Tras un rato de risas y confidencias, el móvil de Tomi sonó,
y cogiendo una americana en tono vino añejo, le dio a su prima dos cómicos
besos en la cara.
—Honey... me voy. Si quieres algo me localizas en el
celular. Y oye, ten cuidadito y no te encariñes con él, que nosotros tenemos
que regresar en unos días a lo nuestro, ¿okey?
—Sí. No te preocupes y oye, aplícate el cuento.
Sola en la habitación sonrió satisfecha. Sonó su móvil. Era
su íntima amiga Jennifer. Durante un rato ambas rieron poniéndose al día.
Veinte minutos después tras haber colgado, se dirigió a su habitación. Se puso
un vestido corto de lana violeta, un pañuelo negro alrededor del cuello, su peluca
y unas impresionantes botas de tacón. Se miró en el espejo y asintió. Estaba
feliz y eso solo se lo debía a un hombre llamado Sebastián Rulli.
Capítulo 9
A las ocho menos cinco Sebastián ya estaba esperándola en la
puerta de entrada del castillo con Senda, su perra, en el maletero. Volvía a
diluviar cuando escuchó unos golpecitos en el cristal. Era Paula y accionó el
botón de bajar la ventana.
—Hola amor—saludó ella bajo su paraguas—. ¿Qué haces aquí?
—Estoy esperando a una amiga —respondió con sinceridad. Entre
ellos no había nada que no fuera sexo y no tenía sentido mentir.
—¿Tu amiga se hospeda en el parador? —indagó molesta al ver
que no era ella el objeto de su visita.
—Sí —y al verla aparecer dijo—: Es ella.
Paula se volvió curiosa y al reconocer a la chica, torció el
gesto. Aquella turista amiga de Menchu, no podía competir con su exuberancia.
Convencida de su potencial sexual, y de que aquella en unos días desaparecería,
se agachó de nuevo hasta la altura de la ventana del auto y murmuró con voz insinuosa
antes de marcharse:
—Llámame y quedamos otro día ¿vale, cielo?
-Ajam..
Sebastián, rápidamente, centró su mirada en Eiza. Estaba
preciosa con aquel abrigo verde y aquellas botas altas. La aviso de su
presencia con las luces del coche y ella, al verlo, corrió hacia él.
Verdaderamente era una mujer sensual, y a pesar de que con aquel oscuro pelo y
las lentillas no parecía la actriz Anna Reyna algo en su comportamiento, en su
manera de moverse y de hablar, la hacía diferente y especial.
—Wow como llueve —cerró la puerta, le miró y le saludo—.
Hola ¿cómo estás? ¿Estuvo todo bien anoche en tu trabajo?
A Sebastián le gustó escuchar su alegre tono de voz y
atrayéndola hacia él, deliberadamente, la besó.
Aquella noche en el operativo que había cubierto en Alcorcón
se había concentrado, como siempre, a tope. Sin embargo, cada vez que recordaba
el morboso momento que haba vivido con ella, una sonrisa asomaba a su rostro.
Cuando consiguió separar sus labios de los de ella, sin
soltarla Sebastián respondió:
—Todo estuvo bien. ¿Y tú canija estás bien?
—¡Genial! —al escuchar un ruido miró hacia atrás y al ver a
la perra saludó—: Hola, Senda, preciosa.
El animal dio un ladrido y Sebastián sonrió. Después quitó
el freno de mano y arrancó el motor del coche.
—¿Preparada para conocer a mi peculiar familia?
—Sí.—Pero segundos después preguntó sorprendida—: ¿Peculiar
por qué?
—Ya lo verás—rio él.
Eiza, de pronto, se asustó. ¿Dónde se estaba metiendo? ¿Y si
aquella familia era tan insoportable como la suya? Dándole un golpecito en el
hombro exigió:
—Para el coche ahora mismo.
—¿Cómo?
—Que pares el coche.
Encendiendo el intermitente Sebastián se metió en el único
lugar que podía parar. Se subió sobre una acera a su izquierda y preguntó:
—¿Qué ocurre?
—¿Por qué es tu familia peculiar? —preguntó, encendiéndose
un cigarrillo que Sebastián le quitó y apagó, para su desconcierto, en el
limpio cenicero del coche.
—Veamos, cómo te explico yo cómo es mi familia —sonrió él—.
Mi padre es un hombre algo rígido y poco comunicativo. En un principio no te
hablará, simplemente te observará con el ceño fruncido pero no te asustes, no
es un ogro. Luego está mi abuelo Goyo, el homenajeado —rio él—. Él es un poco
cascarrabias. Si ves que te toca el culo no se lo tomes en cuenta son cosas de
la edad, ¿vale?—la cara de ella era un poema pero Sebastián continuó—. También
estará mi hermana Irene, a quien conociste el otro día, con mi cuñado Lolo, y
mis sobrinos. Por cierto mi cuñado habla por los codos ¡ya lo verás! Irene ya
sabes cómo es, por lo tanto si ves que ella y su marido discuten, no te preocupes,
la sangre nunca llega al río. En referencia a mis sobrinos, Javi tiene diez
años, y aunque le quiero mucho reconozco que es un pequeño monstruo. Ruth tiene
cinco y es una auténtica bruja. Rocío, que tiene casi dieciséis y está en plena
edad de florecer, a veces es insoportable. Vamos, para que te hagas una idea es
una versión de su madre pero en adolescente. Luego estará Almudena, mi segunda
hermana. A diferencia de Irene es observadora como mi padre y poco más. Ah...
está embarazada y soltera y odia hablar de su vida privada, en especial de su embarazo.
Asentía horrorizada, sin poder creerse lo que él le contaba
con rápidos matices.
—Finalmente conocerás a Eva. Es tímida y apocada y
bueno...para hablar con ella hay que sacarle las palabras con un sacacorchos.
Por cierto es periodista y trabaja de becaria para una revista. En definitiva
tengo una familia peculiar. Son algo fríos y poco comunicativos, pero por lo demás
saben comportarse, no te preocupes. En cuanto si habrá más gente, no lo sé.
Pero conociendo a Irene, que es la organizadora del cumpleaños, estoy seguro de
que habrá invitado a medio pueblo, lo que no sé es a quién.
De pronto la seguridad que había tenido el día anterior para
aceptar la invitación se esfumó como por arte de magia ¿Fríos y poco
comunicativos? ¿Pero qué pintaba ella con aquella gente?
Sacando otro cigarro de la caja fue a encenderlo pero Sebastián
hizo lo mismo que con el anterior.
—¿Quieres dejar de romperme los cigarros?—gruñó molesta.
—Lo siento, pero en mi coche no se fuma. Es más, creo
haberte dicho que fumar no es bueno para la salud.
Sin darle tiempo a reaccionar abrió la puerta del coche y
salió de él justo en el momento en que pasaba un vehículo que pisó un charco y
la empapó. Sebastián, al escuchar la pitada del coche por abrir de improviso la
puerta y salir, gritó abriendo su puerta:
—¿Estás loca?
—No... no estoy loca. Simplemente es muy pronto ¿vale?
Al escuchar aquel tono de voz Sebastián se paró en seco.
¿Qué había ocurrido para que ella contestara así? A dos pasos de ella le dejó
encender el cigarro y darle un par de caladas.
Finalmente, ella lo apagó y volviéndose hacia él susurró:
—Lo siento. Tengo un problema horroroso y me puse nerviosa
cuando me hablaste de tú familia. Quizá sea un error haber aceptado esa
invitación ¿Qué pinto yo en la celebración de un familiar tuyo?
Sebastián sonrió. La ternura que le provocaba aquella diva
del cine americano lo tenía desconcertado. Se acercó a ella, posó las manos
sobre el capó y la dejó encerrada entre el coche y su propio cuerpo.
—Olvidándome de ese problema que tienes —sonrió—, eres una
amiga ¿Dónde ves el problema? ¿Tú nunca has ido de acompañante de alguien a una
fiesta donde la gente es un poco extraña?
—Sí—asintió al recordar ciertos eventos con su padre.
—¿Entonces?
Cerrando los ojos Eiza suspiró y dijo:
—Odio mentir. Odio estar empapada y... Oh, Dios ¡mira qué pinta
tengo!
No pudo continuar. Él la besó. Su cercanía y el calor que su
cuerpo irradiaba la tranquilizó.
Cuando Sebastián acabó aquel sensual beso sonrió y le retiró
el mojado flequillo del rostro.
—De acuerdo. No asistiremos a la fiesta. Iremos a mi casa y
te cambiarás de ropa. —Al ver el gesto dudoso de ella, él continuó—. Pero ya le
había dicho a Irene que iríamos y conociéndola, a no ser que nos vayamos de
España, nos encontrará. Mi hermana iba para detective aunque se quedó en
entrometida. —Eiza sonrió—. Te aseguro que Irene es muy persistente y si algo
tiene claro es que la familia en temas de cumpleaños, fiestas o enfermedades
debe estar unida.
Aquellas palabras le llegaron al corazón. Eso era lo que su
abuela, que en paz descanse, siempre le decía. Y, entonces, cambió de idea.
—¿Sabes? Irene tiene razón. La familia por muy rara que sea
ha de estar unida para este tipo de acontecimientos, y aunque yo no lo sea, tú
si lo eres y por lo tanto vamos a ir. En cuanto a mi abrigo, no te preocupes se
secará.
Él asintió sorprendido al ver aquel cambio de opinión.
—¡Perfecto! —sonrió Sebastián quien tras darle un beso en la
punta de la nariz dio rodeó el coche y se metió en él.
—¡Genial! —asintió ella sentándose en su asiento
percatándose de lo mucho que la lluvia la había mojado.
Quince minutos después Sebastián paró el coche frente a una
gran casa. Mientras él abría el portón trasero para que Senda bajara, Eiza miró
a su alrededor mientras la lluvia de nuevo caía sobre ella. Ya daba igual,
estaba empapada. Sonrió, feliz por estar allí, aunque de pronto la voz de su abuela
tronó en su mente diciendo “Canija, las mentiras tienen las patitas muy cortas.
Ándate con ojo o lo lamentarás”. Traspasar el umbral de aquella bonita casa fue
fácil, lo difícil fue encontrarse sumergida ante una multitud de gente que de
pronto la miraba con extrañeza. Conteniendo sus ganas de salir corriendo ante
su mirada, Eiza sonrió y les saludó con cautela con la mano. Lo primero que recibió
fue un pelotazo en toda la barriga que la dobló. Se le cayeron las gafas al
suelo, y la peluca se le movió, pero rápidamente se recolocó el pelo, recogió
las gafas y volvió a ponérselas. Sebastián miró a su sobrino y regañándolo con
la mirada ayudó a la joven que, sorprendida aún por el pelotazo, intentaba mantenerse
en pie.
Este debe de ser el pequeño monstruo pensó mirando al niño
que se había quedado paralizado frente a ella.
—¡Javi!—gritó la madre del niño cogiéndolo de la oreja—.
Llevo horas diciéndote que dejes el balón porque iba a ocurrir lo que ha
ocurrido.
Con gesto preocupado Irene se volvió hacia Eiza y preguntó:
—¿Estás bien? Oh, por Dios ¡pero si estás empapada! ¿Te
encuentras bien?
Pero no pudo responder. De pronto un hombre pequeño, delgado
y con boina negra apareció y levantando el garrote que llevaba en la mano
gritó:
—Me cago en todo lo que se menea, coño. Irene ¡Suelta la
oreja del niño!
—¿Que lo suelte? —bufó—. Acaba de darle a la amiga de Sebas
un balonazo que ha estado a punto de sacarle los ojos de sus órbitas y tú dices
que lo suelte.
—O lo sueltas, o te doy un garrotazo— siseó el hombre.
Ay Dios... este debe de ser el cascarrabias del abuelo pensó
asustada Eiza mientras le veía blandir el bastón por los aires.
—Abue Goyo... Abue Goyo —llamó una niña castaña de ojos
claros—. ¿Juegas conmigo a las muñecas?
La muchacha miró a aquella pequeña y supuso que era Ruth, la
hermana menor del pequeño monstruo.
Y antes de que el anciano pudiera responder a la cría,
apareció una segunda muchacha morena pero con los ojos claros que, al ver la
situación, dijo retirando a la niña y acercándose a su hermana Irene:
—Pero, abuelo ¿qué estás haciendo? Baja el bastón antes de
que des a alguien.
La embarazada pensó Eiza al ver su enorme barriga.
El anciano, enfadado por como sus nietas se dirigían a él,
garrote en mano gritó:
—¡Ehhhh... no se revolucionen todas a la vez que tengo para
todas! —Luego miró a la niña que estaba tras la embarazada y dijo—: Dame unos
minutos y estoy contigo, mi lucero.
Eiza, escudada tras el cuerpo de Sebastián que observaba la
situación divertido, estaba sin palabras. ¿Verdaderamente les daría un
garrotazo? Al final, Irene soltó la oreja de su hijo, el abuelo bajó el bastón
y el crío corrió a los brazos de su salvador. Irene, enfadada, se volvió hacia
Eiza.
—Ay Dios, disculpa a mi hijo y al bruto del abuelo. Son tal
para cual.
Asomando la cabeza tras el brazo de Sebastián, Eiza susurró
asustada.
—No te preocupes, no ha pasado nada.
El hombre de la boina tras solucionar lo del niño, dio un
paso adelante y apartando con premura a Irene y a Almudena de su campo de
visión dijo al ver a su nieto:
—Pero si está aquí mi muchachote. Dame un abrazo hijo.
Separándose de Eiza, Sebastián abrazó a su abuelo, y el
anciano al ver la joven morena, preguntó con voz desgastada por los años:
—¿quién es esta preciosura?
Divertido, Sebastián soltó a su abuelo, y volviéndose hacia
una asustada Eiza la cogió de la mano para que diera un paso adelante.
—Es una amiga, abuelo —y dirigiéndose a ella dijo—. Eiza,
este es el abuelo Goyo Noelia y el hombre se miraron y ella dijo tendiéndole la
mano:
—Encantada, señor.
El anciano, acostumbra a conocer continuamente a amigos de
sus nietas, pero nunca a una amiga de su nieto, se acercó a ella y dijo:
—De señor nada de nada yo soy el abuelo Goyo. —Y al ver que
ella sonreía añadió—: anda dame dos besos hermosa y déjate de apretones de
manos que con toda la juventud que me rodea yo ya me hice a la vida moderna
hace mucho.
Todos rieron, y el viejo, sin darle tiempo a que ella se
moviera, le plantó dos sonoros besos y la cogió de la mano.
—Pero criatura ¡estás empapada como un polluelo recién
salido del cascarón! Ven, acércate a la chimenea o te enfermarás.
Sebastián, al ver la mirada inquisidora de su hermana, dijo
con rapidez antes de que su abuelo la llevara hacia dónde él indicaba:
—Ei, esta es mi hermana Almudena.
La embarazada la besó con rapidez antes que su abuelo
comenzara a andar a su marcha habitual. Una vez entraron en el enorme salón
otros ojos curiosos se fijaron en ella y Eiza pasando por su lado, le saludó
con la mano mientras el anciano la llevaba hacia la chimenea.
—Dame el abrigo que esta empapado y sécate el cabello o esta
noche estarás tosiendo. Mi mujer murió de un resfriado hace años y si te soy
sincero hermosa no me apetece asistir a tu funeral.
Te conozco desde hace poco pero eres muy bonita y te ves
buena para criar niños.
Boquiabierta por aquello que dijo el abuelo miró a Sebastián
que hablaba con su hermana Almudena y este con una sonrisa le indicó que no se
lo tuviera en cuenta. El abuelo cogió su abrigo y la miró de arriba abajo sus
pardos y cansados ojos. Su nieto tenía un gusto exquisito. Segundos después se marchó
con el abrigo colgado en su brazo y corrió tras el pequeño Javi que de nuevo
volvía a tener la pelota en sus manos. Congelada de frío, Eiza acercó las manos
hacia la chimenea, cuando una nueva voz desconocida dijo tras ella:
—Qué hermosas botas
¡me encantan!
AI volverse se encontró con una joven muchachita muy
parecida a la hermana mayor de Sebastián, Irene, pero con varios piercings en
la ceja derecha. AI ver en su cuello un colgante que decía Rocío recordó que la
sobrina de Sebastián se llamaba así y preguntó:
—Hola, emm Rocío ¿verdad?
—Sí.
—Encantada. Yo soy Eiza.
La muchacha se acercó a ella y agarrándola por los hombros
le planto dos sonoros besos. Y al separarse de ella dijo:
—Hueles de muerte. ¿Qué perfume llevas?
Eiza que no recordaba qué perfume se había puesto, se olió a
sí misma.
—La última fragancia de mi amiga Jenny. Huele genial,
¿verdad?
—¿Tu amiga Jenny hace perfumes? —preguntó Rocío extrañada.
Sin comprender porque mostraba extrañeza asintió con toda
naturalidad.
—Bueno, la verdad es que J Lo es un crack. Tan pronto hace
películas, cómo canta sola o con Marc, cuida a sus gemelos o le saca una línea
de ropa. Es una de las personas más creativas que conozco, puedo asegurártelo.
La muchacha seguía sin comprender.
—¿Hablas de Jennifer...? ¿Conoces a Jennifer López?
Al comprender que había metido la pata hasta el fondo, Eiza
buscó una salida rápida.
—Eh... ¿te he engañado?—y al ver que la joven asentía sonrío
y respondió—: Qué va, ya quisiera yo. Pero sí, el perfume que llevo es su
última fragancia.
—¡Que fuerte! Es justo el perfume que yo quería el otro día
que fuimos de compras. Pero mi mamá al ver su precio me dijo que era un perfume
demasiado caro para una adolescente sin oficio ni beneficio como yo. Que ese
perfume solo se utilizaba para momentos espéciales y yo... pues según ella no
tengo aún esos momentos.
Divertida, acercándose a la joven, le susurró en el oído:
—El próximo día que te vea te lo traigo. Yo tengo otro
frasco igual en el hotel.
La cara de Rocío fue de auténtica satisfacción. A partir de
ese momento la amiga de su tío se había ganado totalmente su corazón.
—Por cierto, siento el balonazo que te ha dado el monstruo
de mi hermano. Se cree el futuro Iniesta de la familia y bueno...me tiene
harta.
—No te preocupes. No me hizo daño —y con curiosidad
preguntó—: ¿Quién es Iniesta?
—¿No sabes quién es Iniesta?—preguntó Rocío sorprendida.
—No.
—¿De verdad que nunca has escuchado eso de «Iniesta de mi
vida»?
Eiza hizo memoria durante unos segundos.
—Pues no.
Rocío la miró divertida.
—¿Pero en qué mundo vives? Iniesta es quien metió el gol en
los mundiales de fútbol. Gracias a su golazo somos los campeones del mundo. ¿De
verdad que no lo sabías?
Tratando de no parecer una completa idiota, Eiza sonrió y,
como buena actriz que era, indicó de lo más convincente:
—Ay, es verdad... qué pendeja soy. A veces soy muydespistada
y como el fútbol no es algo que me encante pues lo había olvidado, pero sí...
sí ¿cómo no voy a saber quién es Iniesta?... Por Dios
—Oye... ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Sí
—¿Eres la novia de mi tío Sebas?
—No—respondió con rapidez tocándose las gafas con
incomodidad.
—¿Pero sales con él o algo así?
—No. Solo somos amigos.
Acercándose basta ellas, la pequeña Ruth cogió la mano de Eiza
y dijo enseñándole su mellada dentadura:
—Eres muy guapa. Tanto como la novia de Casillas y me gusta
que seas la novia de mi tío Sebas. ¿Se van a casar?
—No... yo no soy su novia, y tampoco nos vamos a casar mi
amor —respondió cariñosamente y buscando con urgencia a Sebastián, que al ver
su mirada de auxilio y a sus dos sobrinas a su lado acudió en su ayuda.
—¿Todo bien?—preguntó al llegar junto a ellas.
EIza asintió y Rocío mirando a su tío preguntó:
—Le estaba preguntando si son novios.
—Y yo le pregunté que si se iban a casar —finalizó la
pequeña Ruth.
—Increíble —susurró Sebastián conteniendo la risa—. Son dignas hijas de su madre. Pero vamos a ver ¿yo
no puedo tener amigas?
—Sí—respondieron al unísono.
—¿Entonces? —reclamó él.
—Tío, has dormido con ella —sentenció la pequeña Ruth—. Y
cuando uno duerme con alguien y se da besos de amor pues se tiene que casar.
Rocío miró a Juan y cubrió las orejas de su pequeña hermana
con las manos para evitar que oyera lo que iba a decir.
—A ver tío, yo tengo amigos pero no me acuesto con ellos
¿vale? —Al ver la cara que se le quedó, la joven sonrió y continuó—. Escuchamos
a mamá contarle a la tía Almudena, que te habías acostado con ella en tu casa.
Y ahora, al verla aquí con la familia, nos da a pensar que son algo más que
amigos.
Y acto seguido, se alejó con su hermana.
Eiza se tapó la boca para no reír.
—Son niños, y por norma dicen lo que piensan. No se lo
tengas en cuenta.
—Mataré a Irene...—gruñó él—La mataré por chismosa y...
Pero no pudo continuar, un hombre alto de pelo canoso entró
en el salón con un mandil atado a la cintura y una espumadera en la mano. Al
verlos, se dirigió hacia ellos.
—¡Ya llegaron!—dijo alegremente.
—Sí. Aquí estamos—dijo Eiza en un hilo de voz.
Aquel hombre de aspecto imponente, indudablemente, era el
padre de Sebastián. La altura, el cuerpo y el color de ojos le delataban.
Soltando la batidora encima de la mesa, el hombre se limpió las manos en el
delantal y tras darle un cariñoso abrazo a su hijo, miró a la joven y dijo
acercándose a ella:
—Un placer conocerte. Soy Manuel, el padre de Sebastián, y
estoy encantado de que estés aquí con la familia.
—Encantada señor, mi nombre es Eiza.
Con una cordial sonrisa, nada fría, como le indicó Sebastián
un rato antes, el hombre se agachó hacia ella y le indicó:
—Llámame Manuel ¿de acuerdo corazón?
Ella asintió y sonrió. Le agradó la profundidad de su voz.
Recordó que Sebastián le dijo que su padre era poco hablador por lo que cerró
la boca y no dijo nada más, hasta que de pronto le oyó decir:
—Eiza ¿te apetece ayudarme a cocinar?
Al escuchar aquello se tensó. ¡Ella era un peligro en la
cocina! Sebastián al ver la indecisión en sus ojos respondió:
—No, papá. Mejor que no.
—¿Por qué no? —insistió aquel sin apartar los ojos de la
muchacha.
Sebastián, intuyendo que una actriz de Hollywood no debía
usar mucho la cocina de su casa y mucho menos saber cocinar, en tono
despreocupado respondió:
—Papá, ella no ha venido aquí a cocinar. No ves cómo viene
vestida.
Manuel se fijó en lo elegante que la muchacha iba vestida, a
pesar de estar empapada. Aun así le preguntó:
—¿Crees que le voy a hacer un interrogatorio?
Un extraño silencio se apoderó del salón y cuando Sebastián
se disponía a contestar, Eiza dio un paso adelante y, aun a riesgo de
envenenarlos, le dijo:
—Estaré encantada de cocinar contigo Manuel.
Al escucharla, todos la miraron y Sebastián asintió. Con una
complicidad que se tornó divertida, la joven le cogió del brazo y se marchó con
él a la cocina ante la atenta mirada de todos. Sebastián, que suspiró al ver
como sus hermanas lo miraban, preguntó acercándose a su hermana mayor:
—¿Se puede saber que andan hablando aquí?
Una vez en la cocina, Manuel estuvo durante un rato
peleándose con una máquina.
—Jodida Thermomix. Cuando dice que no funciona, no funciona.
Con curiosidad, la joven miró la máquina que estaba sobre la
encimera y preguntó:
—¿Qué querías hacer con ella?
—La masa de las croquetas. La hace muy rica y a los niños
les encanta —suspiró el hombre—. Pero la maldita máquina, ya tiene más de
veinte años y me parece que ya ha llegado el momento de que compre otra.
Dejando a un lado la máquina, Manuel cogió una fuente
repleta de pimientos rojos asados y preguntó.
—¿Sabes pelarlos y prepararlos?
Su cabeza funcionó a mil. ¿Sabía pelarlos? Pero dispuesta a
quedar bien con decisión asintió pero susurró:
—Creo que sí, pero por si acaso dime como los haces tú.
El hombre con una sabia sonrisa asintió y cogiendo un
pimiento le indicó.
—Primero les quito la piel, después los corto en trocitos.
Una vez que todos estén pelados y cortados parto ajo y muy picado, se lo echo
por encima y por último, sal y aceite de oliva. ¿Cómo lo haces tú?
—Igual... igual...
—Muy bien Eiza—sonrió limpiándose las manos en un trapo—. Tú
te encargas de pelar y aliñar los pimientos asados, mientras yo continúo con el
cordero, ¿te parece?
—¡Perfecto! —asintió ésta poniéndose el delantal verde que
le pasaba
Después de lavarse las manos, la muchacha comenzó su tarea
en silencio. Al principio los pimientos y sus resbaladizas pieles se le
resistieron. Lucho contra ellos sin piedad, pero finalmente la tarea se
suavizó. Sin poder evitarlo los recuerdos inundaron su mente y sonrió al
recordar las veces que había visto a su abuela trastear en la cocina de Puerto
Rico. La mujer se había empeñado en enseñarle pero fue imposible. Eiza no
estaba hecha para la cocina. Manuel, que la observaba con curiosidad de reojo,
se percató de su sonrisa y preguntó:
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Pelar pimientos —al ver la mueca extraña de aquel
prosiguió—: Mi abuela y yo nos divertíamos mucho en su cocina con olor a
especias. Ella era una magnífica cocinera. Era genial.
—¿Era?
—Sí. Murió hace siete años—contestó cogiendo un ajo—. Fue un
momento muy triste para mí.
—Lo siento, hija —murmuró al sentir su dolor—. Perder a un
ser querido es terrible y, nos guste o no, hay que aprender a sobrellevar su
ausencia. Pero debes tener fe y pensar que ella, esté donde esté, sigue
contigo.
Aquellas palabras y, en especial el cariño de su tono,
hicieron que a la joven se le erizara el vello del cuerpo. Su padre, al verla
llorar por la muerte de su adorada abuela, simplemente se limitó a recriminarle
por ello. Ni una simple caricia. Ni un simple abrazo. Por eso, que aquel hombre
al que no conocía, y que tenía la misma edad que su padre, le dijera aquello,
la emocionó y tuvo que tragarse el nudo que se le formó en la garganta para
poder hablar.
—Lo sé. Sé que está conmigo allá donde esté. Pero creo que
el momento de su pérdida fue el peor de mi vida. Ella era una mujer con una
vitalidad increíble y que siempre me dio mucho cariño. Lo que más quería por
encima de todas las cosas era hacernos sonreír a mi primo Tomi y a mí. Nos adoraba
y estoy feliz porque a pesar de su ausencia, sé que ella sabía que el
sentimiento era mutuo.
—Recordarla y sonreír al pensaren ella es el mejor tributo
que le puedes hacer. ¿Y sabes por qué? —Ella negó con la cabeza—. Porque estás
haciendo algo que a ella le gustaría, sonreír y ser feliz. Nunca lo olvides.
Aquel tono de voz tan cautivador volvió a emocionarla.
Durante un buen rato ambos hablaron sin cesar de todo lo que se les ocurrió y
ella sonrió al darse cuenta que Sebastián la había engañado. Manuel nada tenía
que ver con un hombre poco hablador y frío. Al revés, era afable, cariñoso,
divertido y alegre.
—¿Conoces desde hace mucho a mi hijo? —preguntó de pronto
sorprendiéndola.
Durante unos segundos dudo qué contestar y los nervios le
atenazaron. No podía contar la verdad pero le molestaba mentir. Técnicamente,
su hijo había sido su marido durante unos meses, hasta que llegaron los papeles
definitivos del divorcio, pero dispuesta a no revelar aquel secreto murmuró con
aparente tranquilidad:
—No...Realmente nos conocemos desde hace poco.
Al verla dudar, Manuel sonrió e intuyó que se conocían desde
hace mucho tiempo, y soltando el cordero que llevaba en las manos dijo
poniéndose a su lado:
—¿Sabes qué es lo que me parece más curioso?
—¿Qué?
—Que Sebastián te haya traído a casa. Él siempre es muy
reservado con su vida privada y aunque sé por sus amigos del éxito de mi hijo
entre las mujeres, tú eres la primera que nos presenta. Debes ser muy especial.
Un extraño júbilo hizo que el corazón le comenzara a latir
con fuerza. No quería emocionarse como una niñita a la que le dan una nueva
muñeca, pero saber aquello le alegró y la hizo sonreír. Aunque al ver como la
miraba el hombre recompuso su gesto y respondió con simpatía:
—Manuel, solo somos amigos.
—¿Solo amigos?
—Aja... y te recuerdo que le dijiste que no me someterías a
un interrogatorio—asintió divertida.
—¿Sabes? Los jóvenes de hoy tenéis una manera muy extraña de
llamar las cosas. En mi época el llevar a una chica a casa de los padres y
presentarla a la familia tenía otro nombre y...
—Oh, my
God!—soltó divertida.
Manuel la miró extrañado. ¿De dónde era aquella bonita
muchacha? Ella, al darse cuenta de que habla hablado en inglés, dijo mientras
le señalaba con un pimiento en la mano con gesto pícaro:
—Solo estoy de paso. —Al escucharla, Manuel soltó una gran carcajada—,
Y Sebas está siendo cortés conmigo invitándome a vuestra fiesta. Nada más. En
cuanto me marche él continuará con su vida y yo con la mía, ya lo verás.
Pero Manuel conocía muy bien a su hijo y sabía lo posesivo
que era, y con la pequeña reacción que había observado antes de entrar en la
cocina había sido suficiente. Su hijo tenía algo diferente en su mirada aquella
noche. Con una sonrisa en los labios Manuel volvió a coger el cordero y salándolo
murmuró dispuesto a saber más de aquella divertida y peculiar muchacha:
—Eiza, tienes un acento extraño. ¿De dónde eres?
En ese momento la puerta de la cocina se abrió de par en
par. Era Sebastián, que al escuchar la pregunta de su padre, contestó en lugar
de ella:
—De Asturias.
Manuel le miró y levantó una ceja. Aquella de asturiana
tenía lo que él de canadiense. Su hijo y aquella muchacha escondían algo y eso
le resultó muy divertido.
—Entonces sabrás hacer buenas fabadas ¿verdad?
—Oh... por supuesto —mintió al sentir la mirada penetrante
de Sebastián a su lado.
—¡Estupendo! —aplaudió Manuel y clavando la mirada en ella
preguntó—. ¿Qué te parece si un día de estos nos preparas una? Al abuelo y a mí
nos encanta la fabada y más si quien nos la hace es una auténtica asturiana.
—Cuando quieras, Manuel —respondió ella y Sebastián
sorprendido la miró.
Ay Dios mío ¿qué he
hecho?, pensó Eiza, que ya se estaba arrepintiendo de sus palabras.
Con la mirada, Sebastián le hizo mil preguntas y ella,
asustada, se mordió el labio.
—Pues no se hable más—asintió Manuel y cogiendo un papel y
un bolígrafo preguntó mirándola —: Dime lo que necesitas y lo compraré.
El desconcierto cruzó por su cara. ¿Qué necesitaba para
hacer aquel plato? Con la mirada buscó ayuda en Sebastián, pero este se limitó
a mirar el suelo. Finalmente y sintiendo la mirada de su padre en el cuello, se
volvió y dijo:
—Fabada. Compra fabada.
Manuel estuvo a punto de soltar una gran carcajada. Sus
caras eran para desternillarse de risa.
¿Qué les ocurría a esos dos? ¿Qué ocultaban? Y sobre todo
¿Por qué su hijo reaccionaba así? Pero dándoles un respiro asintió y murmuró
soltando el papel
—De acuerdo. Compraré los ingredientes en la tienda de
Charo. Estoy deseando probar esa magnífica fabada.
“¡Ay, Dios mío los voy a envenenar!” pensó mientras Sebastián
la observaba como si se hubiera vuelto loca.
Capítulo 10
La cena se retrasó. Eva, hermana que trabajaba en Madrid, no
llegaba. Pero cuando las tripas de todos comenzaron a rugir por fin apareció
como un vendaval.
—Ay Dios... perdónenme todos pero tenía que cubrir una
noticia y mi jefe...
—¿El impresentable?—preguntó Almudena.
—Sí, hermana ¿quién sino? —respondió Eva repartiendo besos—,
El muy imbécil a pesar de que hoy era mi último día me ha martirizado como
siempre. Y les diré algo más, he estado a puntito de graparle las orejas a la
mesa por negrero, pero al final he pensado eso que papá siempre dice de dejar
las puertas abiertas para el futuro.
—Hiciste bien, cielo. En esta vida nunca se sabe —asintió su
padre tras darle un cariñoso beso en la frente.
—¿Te despidió? —preguntó Irene preocupada.
—Hoy cumplía mi contrato y directamente no me lo ha
renovado. Según él, con la crisis existente han de rebajar la plantilla. Por lo
tanto ¡estoy en paro! Y para colmo el portátil que me entregó la empresa se lo
quedó. ¡Estoy sin portátil! —gritó—. ¿Qué va a ser de mí?
—Mujer... en tu habitación tienes tu PC —sonrió Almudena.
—Sí, de tenerlo, lo tengo... pero es que es de la
prehistoria y ahora en paro no puedo comprarme uno nuevo. ¡Estoy frustrada!
El abuelo tras besar a su alocada nieta, con la que tanto se
divertía, levantó un puño y respondió:
—A ese jefe tuyo, mándalo a comer caca. Si yo lo agarro, no
la cuenta
Eva, divertida, volvió a decirle.
—Abuelito me ha mandado él a mí —suspiro resignada—. Solo
espero tener una noticia sensacional algún día para poder darle una patada en
los testículos cuando se la venda a otra agenda. El día que consiga esa
noticia, haré que se arrastre a mis pies.
Todos sonrieron. Si algo tenían claro era que Eva cumpliría
con subjetivo. Machacar a su jefe y darle un escarmiento tardara lo que
tardara.
Cuando acabó de saludar a todos los presentes se fijó en una
muchacha morena de ojos oscuros que Sebastián le presentó como Eiza, una amiga.
Tan sorprendida como el resto de su familia se acercó a la joven y tras darle
un par de besos la miró con curiosidad.
—¿Nos conocemos?
Incómoda por cómo le observaba, Eiza se colocó el flequillo
en la frente y respondió:
—No creo.
—Pues me suena un montón tu cara. ¿Dónde te he visto antes?
—murmuró escrutándola con la mirada. Sabía que la había visto ¿pero dónde?
Nerviosa, miró a Sebastián, pero intentando aparentar
tranquilidad sonrió. Entonces, el padre de la joven curiosa dijo acercándose a
ella:
—Es asturiana quizá la hayas visto en alguno de tus viajes,
cielo.
Sebastián miró a su padre. Este levantó su cerveza con
complicidad y sonrió, y Sebastián maldijo para sus adentros. Su padre,
definitivamente, se había dado cuenta de algo.
—¿Asturiana con el acento que tiene?—preguntó Eva con
comicidad.
—Bueno, la verdad es que viajo mucho. He vivido en Estados
Unido muchos años y de ahí mi acento —susurró Eiza al punto del desmayo.
Analizándola, Eva se fijó en su brazo.
—¡Me encanta tu reloj! Es muy bonito.
—Eiza se fijó en su brazo y al ver que llevaba el carísimo
reloj Piaget fue a decir algo, cuando Sebastián se interpuso entre ellas abrazando
a su hermana.
—Si llegas a tardar un rato más, mando a los geos a
buscarle.
Aquello atrajo la atención total de Eva. Le encantaba un
compañero de su hermano, Damián.
Divertida le besó y dijo:
—Pues si lo hubiese sabido ese, me retraso un poco más.
Dos horas después, tras una agradable cena, todos estaban
alrededor de la mesa cuando el abuelo, tras servirse de una botella, dijo:
—Después de comer, una copa de anís es lo mejor que sienta
al estómago.
—Abuelo Goyo, he visto que no has comido nada de verduras
—protestó Irene—, y sabes que eso es precisamente lo que tienes que comer, no
la copa.
El anciano miró a la joven que acompañaba a su nieto y,
acercándose a ella, le cuchicheó haciéndole reír:
—Esta nieta mía se empeña en que coma verduras todos los
días.
—Las verduras son buenas para el cuerpo—sonrió Eiza.
—No para el mío, hermosa —puntualizó el hombre.
Irene se levantó y fue a la cocina a coger una estupenda
tarta de tres pisos de chocolate y nata, apagó las luces y entró en el salón.
Todos comenzaron a cantar cumpleaños feliz al abuelo. El anciano sopló las
velas y se emocionó cuando sus nietos comenzaron a aplaudir mientras le pedían
que dijera unas palabras. Finalmente se levantó de su silla:
—Ay mis amores, que feliz me hacen.
Tras mirar a sus nietos con cariño dijo mirando a Irene:
—Dame un pañuelo, bonita, que estoy por llorar.
Aquello hizo que Sebastián se carcajeara divertido y Eiza
disfrutara como una niña del momento. Le encantó ver a aquella familia tan
unida ante el abuelo. Aquello era lo que había vivido cuando era niña con su
abuela en Puerto Rico, y le emocionaba su autenticidad. Irene le tendió un
pañuelo al anciano, este se secó los ojos y dijo con voz desgastada:
—Hoy cumplo 80 años. Mi vida está siendo más larga de lo que
yo nunca imaginé y todos y cada uno de ustedes que sea bonita y dichosa.—Tras
una breve pausa continuó—. Aunque no les mentiré si les digo que en un momento
así me encantaría que mi Luisa y su madre, mi Rosita, estuvieran aquí.
—Secándose los ojos murmuró—: Aunque bueno, ya saben cómo pensamos. Ellas están
aquí mientras las recordemos y sé que todos nosotros las recordamos todos y cada
uno de los días.
El padre de Sebastián miró a la “amiga” que había traído su
hijo y sonrieron. Aquello era justo lo que habían hablado horas antes en la
cocina.
—Tengo una familia maravillosa y aunque a veces —sonrió el
abuelo—, me irriten y me sienta más vigilado que un marrano el día previo a la
matanza—todos rieron— No los cambiaría ni por todo el oro del mundo —luego
mirando a la joven qué acompañaba a su nieto añadió—: Por cierto, me congratula
mucho haber conocido a la amiga de Sebas. Y espero, que el año que viene, y al
siguiente, y al otro, vuelva con nosotros para celebrar mi cumpleaños.
Todos sonrieron. Estaba claro que todos habían aceptado a Eiza
como una más. Sin poder evitarlo y mientras todos cantaban de nuevo el
cumpleaños feliz al abuelo, Sebastián la observó. Se la veía sonriente y
relajada. Incluso parecía disfrutar con la compañía de los suyos. Eso le
agradó, pero al tiempo, no pudo evitar sentirse molesto. Ella estaba de paso, y
no quería que su familia se hiciera ilusiones con algo que era totalmente
imposible.
—Hermosa ¿no quieres más tarta? —preguntó el abuelo al ver
la minúscula porción que ella se había puesto en el plato.
—No gracias, no me va mucho el dulce—mintió.
Si algo le gustaba era el dulce. Pero mantener su línea era
algo primordial para ella. No debía olvidarlo.
—Sito y yo queremos más tarta, abue Goyo —sonrió Ruth
sentándose en sus rodillas.
—¿Sito? —pregunto Eiza.
La niña le enseñó un viejo oso azulado del que no se
despegaba.
—Este es mi osito Sito.
Eiza le tomó la mano al muñeco y, agachándose, lo saludó:
—Encantada de conocerte. Sito. Creo que eres un osito muy
bonito.
La niña sonrió.
—Él dice que tú eres bonita—respondió.
Fijándose en el muñeco Eiza preguntó:
—¿Qué le pasó en el ojo a Sito?
—Se le cayó uno y como no lo encontramos, mamá le puso este
azul ¿te gusta?
Sonrió satisfecha al ver el botón azul que la madre de la
niña le había cosido por ojo.
—Precioso. Creo que le queda genial.
Ambas se rieron a carcajadas y el abuelo cortó una buena
porción de tarta.
—Toma tesoro, para Sito y para ti. Anda... corre antes de
que tú madre la vea y te la quite.
La cría encantada de haber conseguido semejante trozo lo
cogió y antes de que su madre la viera desapareció con el oso y la tarta.
—Por cierto —señaló el anciano divertido—, le has dado un
toque sabrosísimo a los pimientos asados.
—Gracias —sonrió satisfecha. Era la primera vez que la
felicitaban por algo culinario— Me encanta saber que te han gustado.
Al escuchar aquello Manuel, metiéndose en la conversación
dijo:
—Ah... pues no sabes lo mejor, abuelo. Eiza, como buena
asturiana, sabe hacer fabada y se ha ofrecido a hacernos una. ¿Qué te parece?
El abuelo, al escuchar aquello, se tocó su inexistente
barriga con un gesto que provocó la risa de todos.
—Ya tengo hambre de solo pensarlo—afirmó.
Ay Dios, ahora si los voy a envenenar, pensó Eiza.
Sonó el timbre de la puerta y segundos después aparecieron
varios familiares y vecinos, todos venían a felicitar al abuelo Goyo. También
acudieron Carlos, el mejor amigo de Sebastián, con Laura, su mujer y su bebé,
Sergio. Y cuando llegó el turno de las presentaciones Eiza tuvo que excusarse
de nuevo ante la pregunta de Laura:
—Oye ¿nos hemos visto alguna vez?
—No creo.
—Sí la viste la otra noche en el Croll —intercedió Sebastián.
Era mejor que la identificara con aquello que con otra cosa.
—Ah, es verdad... —asintió Laura.
Durante más de una hora Eiza fue testigo en silencio de cómo
la mujer de Carlos la observaba con curiosidad, hasta que de pronto tras una
carcajada general por lo que el abuelo Goyo había dicho, saltó delante de
todos.
—Ya sé a quién me recuerdas.
—¿A quién?—preguntó Eva que estaba sentada a su lado.
—A Anna Reyna.
—¿Y quién es Anna Reyna? —preguntó con curiosidad el abuelo
Goyo.
—Una actriz de Hollywood—asintió Laura.
Divertido el abuelo Goyo dijo haciéndoles reír:
—De Hollywood nada menos.
—¡Anna Reyna! —repitió Rocío levantándose—. Es verdad ¡qué
fuerte! Si te quitas las gafas te pareces un huevo.
—Es cierto —asintió Eva escrutándola con la mirada— Sí, ya
decía yo que tu cara me sonaba de algo.
Eiza se encogió en el sillón, Sebastián se puso en pie,
nervioso, y Laura prosiguió emocionada:
—Madre mía, si fueras rubia y tuvieras los ojos claros,
serías igual a ella— ¿No te lo habían dicho nunca?
Sintiéndose medio descubierta, la joven, sacó a relucir sus
dotes artísticas.
—Vale... lo confieso. Alguna vez me lo han dicho pero...
—¡¿Anna Reyna?!—preguntó Carlos abriéndose paso entre ellos
con su hijo en brazos.
—Sí... mírala bien, churri ¿no te la recuerda?—dijo su mujer.
Carlos clavó sus ojos en aquella muchacha morena. Después
miro a su desconcertado amigo, que miraba hacia otro lado. No podía ser ¿Cómo iba
e estar ella allí? Además, la actriz de Hollywood era rubia y de ojos claros y
aquella era morena de ojos oscuros.
—Mírala bien, churri— insistió Laura a su marido—. ¿No crees
que se parece a ella? Mira su nariz, su mandíbula, es casi tan perfecta como la
de la Reyna.
Manuel captó el gesto de su hijo, e interponiéndose entre
ellos, preguntó atrayendo la atención:
—¿Quieren tarta? La hizo Irene y ya saben que es una
magnifica repostera.
Laura aceptó sin dudar y se alejó de Eiza. Carlos, en
cambio, se aproximó a su amigo.
—¿En qué lío te estás metiendo? —le susurró al oído.
Sebastián no tuvo ni que responder. Una mirada bastó. Carlos
resopló y volvió a mirar a la joven con detenimiento.
—Irene... dame tarta y que sea doble ración por favor —dijo.
El resto de la noche Eiza les demostró a Sebastián y a todos
que, además de ser una joven hermosa, era cariñosa y sabía escuchar. Estuvo
pendiente de todos y todos fueron encantadores con ella. Almudena, la
embarazadísima hermana de Sebastián, comentó que al día siguiente tenía que ir
a Guadalajara a comprar cosas para el bebé, y Eiza, rápidamente, le preguntó si
podía acompañarla. Encantada por aquel ofrecimiento Almudena asintió y quedaron
para el día siguiente.
Según pasaba la noche Eiza se dio cuenta que aquella familia
nada tenía que ver con la descripción que Sebastián le había dado en el coche,
y cuando se lo susurró a él, este no pudo por menos que sonreír.
—¿Por qué me mentiste sobre tu familia? Son geniales y
totalmente diferentes a lo que me describiste—dijo mirando a Lolo, el marido de
Irene, que no había abierto la boca.
—Lo sé—rio él—, Pero quería que lo descubrieras por ti
misma.
Cuando Eiza vio que Almudena se levantaba y empezaba a
llevar platos a la cocina, la imitó.
Quería ayudar.
Almudena al verla entrar en la cocina con varios vasos
rápidamente dijo:
—¿Podrías meterlos en el lavavajillas? Así nos ahorramos
trabajo.
—Ahora mismo.
Al ver la buena disposición de la amiga de su hermano esta
sonrió.
—Por cierto ¿qué quieres comprar mañana en Guadalajara? le
preguntó curiosa.
—Necesito encontrar una tienda de música —rio al decirlo—.
Tu hermano necesita conocer algo más que el ruidoso heavy metal.
Tras soltar una carcajada Almudena añadió:
—Me alegra oírte
decir eso, porque cada vez que voy a su casa o monto en su coche, me vuelve
loca con esa música. ¡Qué horror! Para su cumpleaños le regalé el último CD de Sergio
Dalma ¿le conoces?
—No. ¿Es música heavy también? —preguntó con sinceridad.
—No, por Dios —rio Almudena—. Es un cantante español que me
encanta y que a él le gustaba hace años, ¿no lo conoces? Sacó a la venta un
nuevo CD que es un recopilatorio de música italiana y es estupendo. Se lo
regalé para poder escuchar algo decente cuando voy a su casa. Dile que te lo ponga,
verás que bien suena.
—Se lo diré.
Durante un buen rato hablaron en la cocina, hasta que de
pronto Noelia la escuchó decir.
—¿Qué ocurre? —preguntó alarmada.
Almudena apoyada en la mesa, con una mano sobre su tripa,
murmuró tras beber un vaso de agua:
—Tranquila. Es solo una patadita del búho.
—¡¿Búho?!
Al escucharla Almudena sonrió y aclaró.
—Así lo llamo de momento. Hoy mi búho está guerrero.
—¿De cuánto estás?
—De ocho meses y seis días. Salgo de cuentas el 6 de enero.
—Y sonriendo murmuró—: Él o ella será mi regalo de reyes.
—Maravilloso regalo, ¿no crees?
Almudena acarició su abultado vientre con dulzura.
—Sí aunque ¿tú has visto cómo estoy? Soy un verdadero
hipopótamo.
Ambas sonrieron. Realmente Almudena tenía una gran panza.
—He engordado quince kilos con el embarazo y temo no volver
a ser quien fui tras esta experiencia.
—Tranquila, ya verás cómo sí. Mi amiga Jenny tuvo gemelos y
eso mismo pensaba ella. Sin embargo ahora está aún más guapa que antes de
tenerlos.
—Eso espero. O no me mirará ni un solo hombre nunca más.
—¿Estás llevando tu sola el embarazo?
—Sí. A veces es mejor estar sola que mal acompañada.
Ambas sonrieron y Eiza, enternecida, se aproximó a ella.
—Eres muy valiente, y estoy segura de que tu búho sabrá
recompensártelo con su cariño.
—Eso espero —murmuró Almudena encogiéndose de hombros—. Yo
solo quiero que aunque tengamos poquito, sea verdadero. Prefiero eso a tener
mucho y falso. Y eso es lo que hubiéramos tenido mi búho y yo si hubiera
continuado con su padre.
Aquel comentario hizo que a Eiza se le pusiera la carne de
gallina. Eso era lo que ella siempre había pensado. Prefería la humildad y el
cariño de su abuela, a la pomposidad y falsedad de vida que su padre quería
para ella.
—Por cierto, no sabes el sexo del búho ¿verdad?
—No. No quiero saberlo. Quiero que sea sorpresa. Lo que
realmente me importa saber es que está bien y que todo sigue su curso.
—Uhh... pues yo no podría vivir con esa incógnita. Si alguna
vez me quedara embarazada necesitaría saber si es niño o niña inmediatamente.
La puerta de la cocina se abrió y entró Irene con más platos
sucios.
—¿Pueden creer que hoy he estrenado esta falda tan bonita y
mi marido ni se ha dado cuenta?
¡Hombres!
Eiza y Almudena observaron la supuesta “Falda bonita, la
cual era la cosa más horrible que habían visto en su vida. Azul y con muchas
rayas
—A ver, Irene, no te enfades —dijo Almudena sentándose en
una silla—. Pero es normal que no te diga nada. Es horrible. Vamos, ni una
monja se la pondría.
Irene, sorprendida, miró a su hermana y gruñó:
—¿Cómo puedes decir eso? La compré el otro día en modas
Encarni y me dijo que era de la última colección.
Eiza prefirió no decir nada. Si aquella horrible falda era
de última colección, no quería ni pensar qué sería de colección pasada—
—Me parece a mí que Encarni, tiene vende lo que le da la
gana — se mofó Almudena—, ¿Cómo puede decir que esto es moderno y actual? Pero
por Dios, Irene, las engaña.
—Pues yo la veo mona y tiene un paño muy agradable al tacto
—respondió Irene tocándose la falda—¿Tú qué piensas Eiza?
Al escuchar su nombre esta se tensó. No quería quedar como
una maleducada ante nadie y menos aún ante la hermana de Sebastián, así que
hizo acopio de diplomacia:
—No es mi estilo.
Almudena soltó una risotada y dijo para atraer la mirada de
su hermana:
—Vamos a ver, Irene, sobre mí no vamos a hablar porque en
estos momentos soy como el muñeco de Michelin, y la antítesis del glamour, pero
¿Qué te parece el estilo que lleva Eiza? ¿Te gustan su vestido y sus botas?
Tras escanearla con la mirada de arriba abajo respondió:
—Sí. Me encantan.
—¿Y por qué tú no te compras algo así en vez de faldas,
zapatos y camisas de monja? Y esto ya sin hablar de tus bragas que son peores
que las que llevo yo de cuello vuelto —aquello hizo reír a Eiza—.No me extraña
que Lolo no te mire, es que me llevas últimamente unas pintas terribles. Y no
me mires con esa cara, porque esto mismo te lo dijimos Eva y yo la última vez
que dijiste que habías ido a la peluquería y Lolo ni te miró.
—Yo no necesito ir tan arreglada como ella y...
—Irene. ¿Realmente crees que voy muy arreglada? —preguntó
sorprendida Eiza al mirar su vestido y sus botas de tacón negras de caña alta.
—Pues sí. Si te pones esto para venir a cenar a casa de mi
padre... ¡qué no te pondrás para ir a una boda!
Aquello hizo sonreír a Eiza. Si viera los modelos que ella
solía ponerse para acudir a fiestas ¡se quedaría sin palabras!
—Pero vamos a ver,—protestó Almudena—Eiza lleva un vestido
actual, con unas botas modernas. Caras, porque se ven buenas, pero vamos,
actuales. Eso no quiere decir que vaya de boda. Eso simplemente quiere decir
que se preocupa por ponerse algo que le quede bien. Algo con lo que se siente a
gusto. Algo con lo que gustar. ¿No has pensado nunca comprarte nada parecido?
—Pues no. ¿Para qué quiero yo algo así?
—Pues para que Lolo se fije en ti y tú no protestes de que
te compras algo y él no se da ni cuenta. Para sentirte actual. Para sentirte
femenina, joder, Irene, la próxima vez que quieras comprarte algo dímelo y voy
contigo de compras. Pero no a modas Encarni. Cogemos el coche y nos vamos a la
tienda de mi amiga Alicia, a Guadalajara o a Madrid.
—Vale... vale...—sonrió.
—Hermanita, tienes cuerpazo, el problema es que no sabes vestirte.
Ojalá tuviera yo tu altura y tus bubis, pero no, yo soy más bajita y porque
estoy embarazada, porque si no estaría más lisa que la tabla de planchar y lo
sabes —aquello las hizo reír—. Estoy segura que si te pusieras el vestido y las
botas de Eiza, a Lolo se le caería la baba y no te quitaría el ojo de encima.
Lo sé, y tú lo sabes ¿verdad?
Colorada como un tomate, Irene finalmente asintió.
—Si quieres te lo presto y...—dijo Eiza.
—No... no por Dios—susurró colorada.
—Anda, venga, dame un abrazo — pidió Almudena— y no te
enfades con la gorda de tú hermana porque te diga las cosas como las piensa.
Para eso estamos las hermanas ¿no?
Se abrazaron delante de Eiza, que al ver aquello sintió una
punzada en su corazón. Siempre había querido tener una hermana, aunque ese
cariño lo había suplido con el amor de su primo Tomi.
Pero le gustó ver aquella complicidad.
Más relajadas y sonrientes las tres regresaron al salón
donde Eiza se sentó de nuevo junto a
Sebastián, que al verla salir de la rocina junto a sus
hermanas no pudo evitar sonreír.
Carlos, al ver a su amigo tan encantado con ella, los
observaba ron disimulo ¿Realmente Anna Reyna, la estrella de Hollywood estaba
allí? ¿En Sigüenza? ¿En el salón del padre de Sebastián y nadie lo sabía? Intentó preguntar en un par de
ocasiones sobre aquello a su amigo, pero este se negó con la mirada. Eso
confirmó sus sospechas. Anna Reyna estaba allí.
Sebastián y Eiza conversaban junto a la chimenea hasta que
el abuelo les interrumpió.
—Bonita ¿Puedo hablar contigo?
—Abuelo, se llama Eiza — corrigió Sebastián.
El hombre hizo un aspaviento con la mano y sin hacerle caso
dijo cogiendo a la joven del brazo.
—Ven... quiero comentarte algo.
Eiza se dejó guiar ante la cara de sorpresa de Sebastián.
Salieron del salón y el abuelo cogió el bolso de Eiza que estaba en el
mueblecito de la entrada y la llevó hasta el patio trasero de la casa. Una vez
allí le entregó el bolso.
—¿Fumas verdad?
—Sí.
Goyo sonrió y, con un gesto de satisfacción, susurró:
—¿Me darías un cigarro por favor?
Noelia abrió rápidamente su bolso y sacó la caja de los
cigarros, el abuelo, al verla, se la quitó de las manos y tras acariciarla con
cuidado, se la metió en la boca y la mordió. La muchacha se quedó muda.
—¿Es de oro puro?
—Sí.
El hombre devolviéndole la caja hizo un gesto de aprobación.
—Bendito sea Dios, hija qué lujo. ¿Sabes? Mi bisabuelo, que
en paz descanse, recuerdo que tenía un bastón cuyo agarre era una bola dorada.
No creo que fuera oro, pero así lo creía yo de niño.
Por cierto, bonita, lo bien que te tiene que ir la vida para
tener una caja de cigarros de oro puro en tu bolso.
—Es un regalo—sonrió sacando dos cigarrillos que rápidamente
encendieron.
Tras un par de caladas ambos se miraron y sonrieron. Solo
les faltó gritar ¡viva la nicotina!
Después, el abuelo, cogiéndola de la mano la llevó hasta el
balcón.
—Mi Sebas es un buen mozo. Es algo cabezón en ocasiones,
pero es un muchacho formal, valiente y trabajador. Nunca nos ha dado ningún
disgusto a excepción de cuando nos dijo a lo que se quería dedicar. Ese trabajo
suyo es peligroso pero ya nos hemos acostumbrado a él. —Eiza al escucharlo asintió
y él prosiguió—: Siempre ha sido un muchacho muy cariñoso.
—Mira bonita, nosotros no somos ricos como para tener cajas
de oro como tú, pero a pesar de la crisis que hay, no nos podemos quejar. Aún
no ha llegado el día que no tengamos para echar a la panza un par de patatas y
zanahorias. Tenemos una pequeña granja en las afueras de Sigüenza. Allí criamos
pollos de corral, marranos y tenemos algunas vacas. Por lo tanto, me complace
decirte que aquí nunca te faltará comida. Y volviendo a mi Sebas, es un buen
partido. Piénsatelo. No hay muchos guapos y valientes como él. Y no es amor de
abuelo.
—Goyo, tu nieto y yo solo somos amigos y...
—Amigos... amigos. La juventud de hoy en día es como rara—cortó
el abuelo haciéndola reír—. Quieren ser tan modernos que retrasan el tener una
familia y saber vivir.
¿Cuántos años tienes, gorrioncillo?
—Treinta—respondió con tranquilidad.
—Se te va a pasar la hora mujer.
—¡¿Cómo?! —preguntó sorprendida.
—¡Bendito sea Dios! Pero si ya deberías de tener hijos y
esposo.
Eso la hizo reír más fuerte y fue a responder cuando el
anciano dijo:
—A tu edad mi Luisa y yo ya teníamos a nuestra Rosita con
diez años. ¿Tú no quieres casarte? ¿No quieres tener una familia?
Aquello era algo que desde hacía tiempo no se planteaba.
Tras su fallida relación de cuatro años con Adarn Stillon, decidió disfrutar de
lo que la vida le ofreciera. Ella tenía muy claras dos cosas. La primera que no
quería tener una familia desestructurada como la que ella tuvo. Y la segunda
que prefería estar sola que mal acompañada.
—Pues la verdad es que....
—¿Tampoco quieres descendencia? —interrumpió sin dejarle
contestar.
—A ver Goyo... los niños necesitan mucha atención y yo
apenas tengo tiempo. Además, para tener un bebé primero hay que encontrar un
padre y…
—¿Y mi Sebas qué te parece? ¿Te gusta lo guapo que es? Creo
que les saldrían unos niños muy guapos.
Eiza sonrió, dio una calada a su cigarrillo y respondió:
— Sebas me parece una estupenda persona, pero entre él y yo
nunca habrá nada más que una buena amistad. Nuestros mundos son demasiados
diferentes como para que entre nosotros exista algo. Se lo aseguro, abuelo
Goyo.
Al escuchar aquello el anciano dio un bastonazo en el suelo
que hizo que Eiza se asustara.
—Mi Luisa y yo tampoco teníamos nada que ver. Ella era la
hija de un ganadero y yo simplemente el que cuidaba las vacas. Pero cuando nos
miramos y sentimos que las mariposillas revoloteaban en nuestro interior
supimos que estábamos hechos el uno para el otro. ¿No sientes maripositas
cuando miras a Sebas?
En ese momento se abrió la puerta del patio y apareció Juan.
Rápidamente Goyo apagó el cigarro contra el suelo y puso la colilla en la mano
a Eiza
—Cierra el puño gorrioncillo y cúbreme.
Dicho y hecho. Ella cerró el puño y suspiro al percibir que,
por lo menos lo había apagado.
Sebastián, que se había percatado de todo, acercándose hacia
ellos preguntó:
—... ¿Qué hacen?
El hombre acomodándose la boina con estilo respondió
mientras apoyaba sus dos manos en el bastón:
—Nada hijo. Aquí de platicando con mi bonita. —dijo
guiñándole un ojo a Eiza.
—¿Estabas fumando abuelo? Ya sabes lo que dijo el doctor,
nada de fumar.
Levantándose con una agilidad increíble, Goyo se aproximó a
su nieto.
—Maldita sea Sebas, pues claro que no fumaba. ¡Dios bendito!
Solo olía el humo del cigarro de ella. ¿También está mal que haga eso? ¿Acaso
ya no puedo ni oler el humo del tabaco? Boquiabierta por aquello Eiza se
levantó del balancín dispuesta a regañar al anciano por haberla embaucado en
aquella mentira, cuando este mirándola con ojos suplicantes preguntó:
—¿Verdad bonita que yo no fumaba?
Aquellos ojos grisáceos y la dulzura que reflejaban la derritieron,
e incapaz de delatarlo se rindió. Volvió su mirada hacia Sebastián que la
observaba fijamente con gesto divertido y respondió:
—No Sebas, tu abuelo solo olía el humo de mi cigarro.
Sin dejarlo decir nada más, este fue a quitarle el cigarro a
ella pero ésta, retirándose, replicó alto y claro:
—Él no fuma, pero yo sí. Y no se te ocurra quitármelo, ni
apagármelo o te las verás conmigo ¿entendido?
Goyo al ver como su nieto se detenía ante lo que aquella
decía, movió la cabeza y antes de desaparecer por la puerta de la cocina
murmuró:
—Vamos mal Sebas si ya dejas que la bonita te hable así,
hijo.
Ya a solas se echaron a reír. La escena había sido de lo más
cómica. Sebastián cogió un bote que había en un lateral del jardín y se lo
tendió.
—Anda, abre la mano y tira la colilla del cigarro del
abuelo. He visto cómo te la ha dado para que la escondieras.
Abriendo el puño dejó caer el cigarro aplastado y ambos
volvieron a reír.
Sebastián y Eiza permanecieron en el patio de la casa
durante un buen rato. Hacía frío, pero ambos necesitaban estar solos sin que
nadie los mirara continuamente.
—Tu abuelo es todo un personaje.
Sebastián sonrió y asintió.
—Sí. Reconozco que así es. Su fortaleza y la positividad con
la que mira la vida es lo que más nos ayudó cuando murió mi madre. Si no
hubiera sido por él...
—¿Te puedo preguntar de qué murió tu madre?
—Cáncer.
Sentir la tristeza de su respuesta, hizo que ella levantara
su mano y la posara sobre la de él.
—Lo siento, Sebas.
Él asintió y suspiró. La quietud del lugar y el sentirse
solos hizo que él acercara su boca a la de ella para besarla. Durante unos
instantes ambos disfrutaron de aquel acercamiento hasta que un golpe en la
espalda de él los devolvió a la realidad.
—Ohh Dios, tío lo siento—se disculpó Javi al ver a quien
había dado un balonazo.
Convencido de que lo sentía por la mirada del crío, Sebastián,
sonrió y respondió con paciencia:
—Javi... Javi... ¿Cuántas veces te hemos dicho que no
juegues con la pelota dentro de casa?
—Esto es el patio, no un sitio para besarse —se defendió el
crío—. Aquí el abue Manuel me deja jugar. ¿Te deja el abuelo a ti besuquear a
las chicas?
La puerta del patio volvió a abrirse y Carlos apareció con
una cerveza en la mano. Al ver como su amigo miraba a su sobrino le dijo al
crío para relajar el ambiente:
—Pequeño monstruo, tú madre quiere que entres.
El niño vio una buena oportunidad para escapar. Sabía por la
mirada de su tío que lo que había dicho no estaba bien, pero ya no había marcha
atrás, Una vez quedaron los tres adultos solos en el patio, Carlos dio un buen
trago a su cerveza y acercándose a aquellos dos susurró:
—A ver tortolitos ¿me puede alguno contar que está pasando?
Al ver que ninguno respondía, acercándose más a ellos
murmuró mirando a la joven:
—Sé quién eres y...
—Y te vas a callar —sentenció Sebastián.
—Joder macho, que ella es...
—Cierra el pico ya —cortó
aquel con determinación. Solo faltaba que alguno de los que estaban en el
interior de la casa le escuchara.
Carlos sonrió.
—¿Qué estás haciendo?—le preguntó preocupado.
Incapaz de continuar un segundo más callada, Eiza se
interpuso entre ellos.
—Él no está haciendo nada, en todo caso soy yo. Le reconocí
hace unos días en el hotel Ritz y solo vine para confirmar que era él y...
—¿Le reconociste?—preguntó sorprendido Carlos.
¿Cómo se podía reconocer a alguien vestido como iban en el
operativo del hotel Ritz?
—Sí... intuí que era él por algo que dijo. Y oye, ahora que
le tengo más cerca, a ti también reconozco. Tú estuviste en Las Vegas ¿verdad?
—Al ver que aquel dejaba de respirar ella sonrió y dijo—. Oh, sí... pero si tú
te acost...
—No sigas por favor —cortó en esta ocasión Carlos, quien
tras comprobar que no había nadie más a su alrededor, susurró—.Mi churri no
sabe nada de lo que pasó allí. Si se entera...
—¡Vaya! asintió Eiza—. Todos tenemos secretos ¿verdad
Carlos?
Aquel asintió comprensivo.
—¿Qué le parece si yo guardo tu secreto y tú el mío?.
Incrédulo por aquel chantaje miró a su amigo y este, en tono
de burla, murmuró:
—Creo que es un buen trato. Eso sí... eliges tú.
Divertido, Carlos dio un trago de su cerveza.
—Esta chica además de guapa ¡es lista!
—Gracias.
—Y una buena negociadora —sonrió Sebastián.
Aprovechando el momento Carlos se sentó junto a ellos y
susurró emocionado:
—E.P. ¡Aquí!—dijo mirándola alucinado—¿Puedo tocarte para
saber que eres real?
—Depende de lo que quieras tocar —se mofó ella, pero al ver
cómo la miraba extendió su brazo y dijo—Toca... toca.
Sin perder un segundo Carlos le tocó el brazo como el que
toca una reliquia y mirándola susurró bajito para no ser escuchado:
—¡OMG! Estoy tocando a Anna Reyna.
—Y como verás soy de carne y hueso, igual que tú. Y por
favor, llámame Eiza.
Sebastián, cada vez más sorprendido por su naturalidad,
estaba disfrutando de lo lindo con el interrogatorio de su amigo.
—¿Pero tú no tenías los ojos azules y eras rubia?
—Lentillas y peluca—indicó Sebastián divertido.
—Joder... si mi churri se entera que eres tú ¡le da algo!
—gesticuló Carlos—. Eres su actriz favorita. Le encantan todas tus películas.
—¿En serio?—sonrió ella.
—Te lo aseguro — dijo
Sebastián consciente de lo mucho que Laura siempre hablaba de Anna, para su
pesar.
—Laura no se pierde ni una sola película tuya. Es más en
cuanto la sacan en DVD se las compra y las colecciona. ¿Sabes cuál es su
preferida?
—¿Cuál?—preguntó quitándose las gafas.
—Esa llamada El destino de un amor. La que hiciste con un
tal Buttler y...
—Oh, sí con Gery, es un cielo. Todas mis amigas se mueren
por rodar con él es un encanto - suspiró ella al recordarlo.
Aquel suspiro no pasó desapercibido a Sebastián pero no dijo
nada.
—¿Me firmarás un autógrafo para Laura antes de irte?
—Los que tú quieras, Carlos. Es más, ojalá algún día podamos
salir a cenar todos juntos y disfrutemos de una larga charla. Me encantaría
decirle a tu mujer quién soy, pero me temo que...
—Ni se te ocurra—le interrumpió—. Primero porque le daría un
patatús y segundo porque sería imposible mantenerla callada.
Los tres se carcajearon, y cuando Sebastián fue a decir
algo, Almudena abrió la puerta del patio diciéndoles:
—Chicos, no es por nada pero ¿por qué no regresan al salón
con todos?
No hizo falta decir más. Los tres entraron y durante horas
rieron con los chistes que contaban una animada Eva y el abuelo Goyo.
Capítulo 11
A las dos de la madrugada todos decidieron regresar a sus
hogares. Tras despedirse entre guiños de Carlos y dejar a Senda, la perra, en
casa de su padre, Sebastián y Eiza se montaron en el coche y él se dirigió
hacia su casa sin preguntar. Esa noche iba a terminar lo que había empezado el
día anterior. Cuando llegaron Sebastián metió el coche en el garaje. Una vez
apagó el contacto, miró a Eiza y agarrándole con sus manos el rostro la atrajo
hacia él y la besó. Durante toda la velada había deseado hacer aquello y ahora
por fin podía hacerlo con tranquilidad. Tras varios besos cargados de erotismo,
el teléfono móvil de Sebastián comenzó a sonar, y él al ver el nombre de
«Irene», directamente lo apagó.
—¿No contestas?—susurró Eiza besándole el cuello—. Puede ser
importante.
Él sonrió, y sin bajarse del coche, se deshizo con premura
de su chaqueta de cuero y, clavando sus oscuros ojos en ella, susurró mientras
le ponía sus manos peligrosamente sobre las piernas:
—En este momento, canija, no hay nada más importante que tú.
Ella sonrió y dejándose izar, terminó sentada sobre las
piernas de él. El aire impregnado de sensualidad iluminó el rostro de los dos. Sebastián,
excitado, devoró su boca. Lamió sus labios. Mordisqueó su barbilla. Ella se
quitó su abrigo verde.
—Deberíamos entrar en la casa ¿no crees?
Desde su adolescencia no había vuelto a hacer aquello en un
coche, pero él respondió.
—Luego... —susurró bajándole lentamente la cremallera que el
vestido tenía en la espalda.
El vestido cayó sobre su cintura, dejando a Eiza solo con un
sensual un sujetador rojo. Su perfume y la pasión que desprendía contribuyeron
a que Sebastián, excitado por el momento, deseara desnudarla allí. En su coche.
—Uf... Qué calor...
—Sí... mucho calor... —respondió pasando su lengua entre sus
pechos, mientras con un dedo le acariciaba la espalda.
Excitada como en su vida, por su ronca voz y por cómo la
tocaba, Eiza echó el cuello hacía atrás, mientras disfrutaba de las caricias y
los besos, primero en el cuello, después entre sus pechos y finalmente en
ellos. Su gruñido varonil al sacarle un pecho de la fina tela del sujetador le
hizo volver a la realidad y agarrándole del pelo, atrajo su mirada y susurró:
—Esto no es buena idea...
—Estás muy equivocada, es una excelente idea...—respondió
mientras lamía con mimo su rosado pecho.
—Sebas... me gustas y...
Apartándose de ellas unos centímetros la miró a los ojos y
pregunto.
—¿Eres adulta para tomar tus propias decisiones o no?
—Sí.
—¿Entonces dónde está el problema?
—No lo sé...
—Canija, ¿no me dijiste que tú vives el momento?
—Sí—si algo había aprendido día a día era a disfrutar de la
palabra «ahora».
—Pues vivámoslo—asintió él—. Esto es lo mejor que te puedo
proponer. Tú y yo estamos aquí, no hay compromiso alguno, nos deseamos y
queremos sexo. ¿Cierto? —ella asintió—. No pienses en nada más. Solo en lo que
deseas ahora. Mañana será otro día. Ahora estamos aquí tú y yo, eres preciosa y
yo deseo besarte y...
—¿Tienes preservativos?
—Por supuesto—asintió él sacándose la cartera del bolsillo
de atrás del pantalón.
—¡Genial! Continuemos.
—¡Perfecto! No es momento de negociaciones.
Segundos después, y aún metidos en el coche Eiza le quitó la
camisa y después le desabrochó el cinturón del vaquero. Medio desnuda y aun
sentada sobre las piernas del hombre que la estaba volviendo loca, comprobó
excitada donde en aquel momento a él le latía el corazón. La acelerada
respiración de ambos y los besos cargados de frenesí, solo se podía culminar
con lo que ambos deseaban, cuando de pronto se escuchó:
—Tío me estoy haciendo pis.
Aquella voz hizo que ambos se paralizaran. ¿Ruth? De un
salto Eiza volvió a su asiento y agachada todo lo que pudo se echó por encima
el abrigo. Sebastián blasfemó, se volvió hacia el asiento de atrás e,
incrédulo, vio a su pequeña sobrina con cara somnolienta junto a su osito
mirándole y, como pudo, preguntó mientras se subía la cremallera del vaquero:
—Pero Ruth ¿qué haces aquí?
Tras un bostezo, la niña abrazó a su osito y respondió con
gesto inocente:
—Quería dormir contigo. Me gusta cuando me cuentas cuentos y
por la mañana me haces trencitas en el pelo mientras tomo leche con galletas.
Sorprendida por aquello Eiza lo miró y en tono de mofa
preguntó:
—¿Le haces trencitas por la mañana en el pelo?
Sebastián no respondió, simplemente resopló. Eiza, muerta de
risa, se tapó la boca para no reír.
Aquello era lo más gracioso que le había pasado nunca justo
antes de hacer el amor con un hombre. Con rapidez, Sebastián cogió su móvil y
lo encendió. Tenía siete llamadas de su hermana Irene y dos de Almudena.
—¿Le dijiste a mamá que te venías conmigo, cielo?
—No tío.
—¿Por qué?
La cría se encogió de hombros y con gesto pícaro susurró:
—Porque no me hubiera dejado.
Una vez Eiza se puso el abrigo, aún con el vestido sin
abrochar, se incorporó en el asiento y mirando a la pequeña, que les observaba
con los ojos como platos dijo:
—Ruth, lo que has hecho no está bien. Tú mamá y tu papa
deben de estar muy preocupados.
Sebastián, malhumorado, a causa de que su sobrina hubiera
estado todo aquel rato en la parte de atrás del coche y él no se hubiera dado
cuenta, blasfemó de nuevo. Llamó a su hermana y esta, más tranquila al saber
dónde estaba su hija, quedó en pasar a buscarla. Sin querer mirar a Eiza, se puso
la camisa y salieron del coche. Esperarían en el interior de la casa. La
pequeña al ver a su tío lo miró y preguntó:
—Tito... ¿Por qué te habías quitado la camisa en el coche?
Él no respondió y Eiza sonrió. ¿Qué responder ante aquella
pregunta?
La niña entró en la casa y fue corriendo al baño, después
regresó al salón. Se sentó en el sillón y mirando a la joven de pelo oscuro
volvió al ataque:
—¿Y tú por qué te habías quitado el vestido? Mamá dice que
con el frío que hace hay que abrigarse al salir de casa.
Aquello hizo que Eiza dejara de reír, aunque esta vez quien
sonrió fue Sebastián. Ver su cara de desconcierto sin saber qué contestar, era
de chiste. Al ver que la niña no le quitaba ojo y que su querido tío no iba a
ayudar, Eiza se encogió de hombros y respondió sin mucha convicción.
—Uf, Ruth... hacía mucho calor en el coche.
La niña los miró de él a ella, y de ella a él, y astutamente
respondió:
—Ah, vale... teníais calor por los besos con lengua que se
estaban dando... ¡Iaj! ¡Qué asco! — gesticuló la niña y prosiguió—. En las
películas cuando los enamorados se besan así, casi siempre se quitan la ropa
y...
—Se acabó, pequeña —interrumpió Sebastián llamando su
atención—. Mañana mismo le diré a tú madre que no te deje ver la tele. Creo que
ves demasiada.
—No tío...
La niña no pudo seguir. El timbre de la puerta sonó y
Sebastián abrió la puerta. En el salón entró una histérica Irene acompañada por
su marido y por Almudena, quien corrió a abrazar a la niña—
—Ay Dios mío, qué
susto nos has dado ¿Cómo se le ocurre marcharte sin decir nada? —la reprendió.
—Quería dormir con el tío y con su novia. ¿Sabes mami se han
besaron con lengua? ¡Qué
asco! Si los hubiera visto el abue Goyo, hubiera dicho que
se estaban comiendo los mocos.
Lolo, el marido de Irene, sonrió y al ver la cara de
circunstancias de los tortolitos dijo:
—Hablando de dormir. Creo que es mejor que nos vayamos. —Y
cogiendo a su hija en brazos añadió—: Y tú señorita, no vuelvas a hacer lo que
has hecho o te prometo que la próxima vez me enfadaré. ¿Entendido?
—Sí papi. —Y clavando su picara mirada en su tío, quien
intuyó que no iba a decir nada bueno soltó—: ¿Se van a quitar la ropa otra vez?
—Pero bueno ¿Qué hicieron hecho delante de la niña?
—protestó Irene al escuchar aquello, mientras Almudena no podía parar de reír.
—Te recuerdo hermana, que no sabíamos que la niña, estaba
allí ¿vale? —respondió Sebastián molesto, mientras observaba a su hermana
Almudena sonreír.
Todos se miraron y Eiza, al ver que la cría esperaba una
contestación, respondió:
—Tesoro, yo ahora me voy a ir a mi hotel a dormir.
Sorprendido al escucharla Sebastián se acercó a ella y sin
importarle quién estuviera presente la cogió del brazo y la llevó a la cocina.
Necesitaba aclarar aquello.
—¿Qué es eso de que te vas?
Eiza lo miró. Deseaba quedarse y pasar la noche con él, pero
sabía que aquello no podría terminar bien. Si se quedaba con él solo
complicaría las cosas.
—Sí. Es lo mejor.
—Pues yo no estoy de acuerdo. ¿Por qué te vas? —exigió él.
—Sebas yo... yo...
—Tú... tú. ¿Qué? Otra vez estás con las mismas dudas que en
el coche. A ver, Eiza somos adultos y podemos decidir por nosotros mismos.
Al ver que ella no respondía le dedicó una fría sonrisa y le
y preguntó con sarcasmo:
—¿Cada vez que te acuestas con Mike Grisman o alguno de tus
galanes americanos te lo piensas tanto?
Aquella indiscreta pregunta la molestó. ¿Quién era él para
preguntar aquello? Y clavando su mirada en él siseó:
—Pues no. Con Mike siempre es fácil y satisfactorio, y con
el resto divertido y morboso ¿alguna pregunta más?
—¿Fácil y satisfactorio?—preguntó molesto.
—Sí —mintió ella—Mike es un buen amante que sabe lo que me
gusta y cuando estamos en la cama me satisface, como hasta el momento ningún
hombre lo ha hecho.
Al oír semejante respuesta se encolerizó. Se la merecía por
haber sido tan desconsiderado. Pero el daño ya estaba hecho. Se dio la vuelta
para salir de la cocina, cuando ella le asió del brazo y en tono jocoso le
preguntó:
—¿Qué pasa contigo? Primero ofendes y luego... ¿te vas? —él
no respondió y ella volvió al ataque—. Por cierto ¿tú te acuestas con toda la
que se te pone a tiro?
Incómodo por el cariz que estaba tomando la conversación, se
cruzó de brazos y siseó con un tono agrio:
—A pesar de que estos días he bajado el listón contigo, soy
bastante exigente para el sexo. No me vale cualquiera.
Eiza lo miró con ganas de abofetearlo y él, consciente de lo
que había dicho, sonrió y preguntó en tono malicioso:
—¿Alguna pregunta más estrellita?
La joven miró la espumadera de la cocina. Deseó cogerla y
estampársela en la cabeza, pero tras imaginar el terrible resultado cerró los
ojos y suspiró. Debía relajarse o aquello acabaría muy mal, pero él insistió.
—¿Qué te ocurre? ¿Es que en tu glamuroso mundo nadie le
habla así?
—Tú qué sabes?—susurró enfadada.
Sebastián se acercó a ella en actitud intimidatoria, dejando
patente lo pequeña que era ella a su lado.
—Estoy seguro que en Hollywood todo el mundo hace lo que
quieres. Todos besan el suelo por el que pisas, te dan las gracias y te dan lo
que quieres por ser quien eres ¿verdad? Pues bien, entérate que yo no tengo
porque hacer lo que quieras, porque ni me interesas, ni te busqué, ni me convienes.
Por lo tanto, si te quieres ir, vete. Mujeres como tu hay muchas y yo no te
necesito para nada.
Humillada, dolida y decepcionada por sus duras palabras,
tuvo que contener las enormes ganas de llorar que sentía.
—Cierra el pico. Me estás enfadando y mucho.
—Uhh—se mofó él—, ¡Qué miedo!
Dando un paso atrás para alejarse de él, levantó el mentón
para mirarlo de frente y dijo todo lo tranquila que pudo:
—Me alegra saber que a partir de este instante volverás a
subir tu listón en cuanto a tu vida sexual. Es tarde, me marcho y...
Arrepentido por las cosas que había dicho pero sin darle
tiempo a terminar la frase, él sentenció antes de dejarla sola en la cocina.
—De acuerdo. Vete.
Con el orgullo herido, le siguió al salón. Nadie la había
despreciado así nunca y se sentía humillada. Recomponiéndose tras el cruel
ataque, preguntó:
—¿Podrían acercarme con el coche al parador?
Estupefactas por el giro que habían dado los acontecimientos
en pocos minutos, las chicas miraron a su enfadado hermano.
—¿Y Sebastián? —preguntó Almudena.
Abrochándose su abrigo verde la joven estrella de cine miró
a la embarazada y dijo con contundencia.
—No, él no me va a llevar. ¿Pueden ustedes o no?
—Sí... sí por supuesto—asintió Irene al ver la incomodidad
de su hermano.
Tras una despedida de lo más fría con el hombre que le había
calentado hasta el alma, Eiza se montó en el coche, y se marchó. Era lo mejor.
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