Capítulo 12
El sábado, Eiza se fue de compras con Almudena a
Guadalajara. Al principio no estaba de humor por lo ocurrido la noche anterior.
Las duras palabras de Sebastián aún resonaban en su mente. Pero estar con Almudena
y sentir su positividad la aliviaba. Eiza, gracias al tiempo que pasaron juntas
en unos grandes almacenes, descubrió que a la joven le gustaba la fotografía.
—Es mi pasión ¿Has visto esa cámara réflex?
—Sí... enorme—murmuró mirándola.
—¡Es la genial! Cuando nazca el búho y comience a trabajar,
lo primero que voy a hacer es comprármela. La cámara que yo tengo ya está muy
vieja, pero la mimo hasta que tenga una nueva—rio Almudena con aquello entre
las manos.
Eiza quiso decirle que odiaba aquellas cámaras de grandes
objetivos. Demasiadas como aquella la seguían allá donde fuera y en cierto modo
le ponían nerviosa. Pero calló. Unas horas después, tras comprar varias cosas
para el bebé, entraron en un par de tiendas de discos y Eiza se alegró al
encontrar varios de los CD que buscaba. En especial la banda sonora de la
película Cadillac Records. Allí estaba la canción At last cantada por Beyoncé.
Una canción que le encantaba y que le hubiera gustado escuchar con Sebastián,
aunque tras lo ocurrido era de lo más improbable. Pero aun así lo compró, y por
la tarde tras un buen día de compras con Almudena, regresó más contenta al
parador.
El domingo llegó y ninguno se llamó por teléfono. Sebastián
libro aquel fin de semana pero ofuscado por lo ocurrido y en cierto modo
molesto por cómo le había hablado a Eiza, decidió salir con sus amigos de cañas
y olvidarse de ella. Pero no lo consiguió. Era ver una muchacha morena andamio por
Sigüenza y los ojos se le iban detrás. Carlos, que sabía lo que había pasado
porque Irene se lo había contado a su mujer, intentó hablar con él, pero
Sebastián era muy reservado en sus asuntos y no quería hablar de lo ocurrido.
Al anochecer, Laura apareció con la explosiva de Paula y
decidieron ir a tomar algo los cuatro por el casco viejo de Sigüenza.
Eiza, a cada segundo que pasaba, más se arrepentía de lo
ocurrido. ¿Cómo era posible que hubieran acabado discutiendo de esa manera?
Miró su móvil cientos de veces. Pensó en llamarlo, en enviarle un mensaje, pero al final se arrepintió.
Ella nunca había ido tras un hombre y, por supuesto, esta no iba a ser la
primera vez, y más aún cuando el muy idiota la había humillado con lo de Mike y
su listón.
Entristecida porque no la llamaba, el domingo por la tarde
miraba por la ventana cuando Tomi llamó a la puerta.
—¿Sigues igual darling?
—Peor —gruñó molesta.
En su cabeza retumbaban las cosas que Juan le había dicho y
cada vez se enfadaba más.
—A ver, ¿por qué tienes ahora esa cara de pequinés? —Ella no
respondió y él prosiguió—: Que yo sepa, por lo que tú me has contado, fuiste tú
la que decidiste regresar al castillo. Él no te echó de su house. Por lo tanto,
you and only you tienes la culpa de todo lo ocurrido.
—¿Por qué te pones de su parte? —refunfuño enfadada.
—Ponte en su lugar, queen. Tú fuiste la que huyó de su casa.
—Y él me dijo cosas terribles.
—Sí... de eso no hay duda cuchita, pero te aconsejo que le
llames por teléfono. No dejes para tomorrow lo que puedas hacer today...
recuérdalo. Ese tipo de macho man, no se fabrica en los United States, y no
puedes marcharte sin darte un homenaje al body, si el susodicho te lo pide.
Saber que tenía razón era lo que más le jorobaba, pero las
duras palabras de él aún resonaban en sus oídos. No... no lo llamaría.
Sentándose en una silla al lado de la ventana, se encendió un cigarrillo.
—No sé qué me pasó, Tomi. Yo quería quedarme con él y tener
una estupenda noche de sexo, pero... pero un extraño miedo me atenazó y... y...
—Y cuando él no te trató como a la diva Anna Reyna y tú...
—No venían a cuento sus comentarios —protestó ella.
—Mira queen —suspiró su primo—. Te conozco. Sé que sus
palabras no te gustaron, pero también sé que lo que más te molestó fue eso de
que había bajado su listón para estar contigo, ¿verdad?
Recordar aquello le hizo sentir insegura. Realmente ella no
se podía comparar con Paula. La encargada del parador era exuberante, alta y de
grandes pechos. Eiza sabía que su cuerpo era proporcionado y sensual, se lo
había currado con gimnasia y dietas, pero no poseía ni su altura ni sus
atributos. Siempre se había negado a pasar por el quirófano a pesar de que su
padre se lo había sugerido en múltiples ocasiones. Y ahora, por primera vez en
su vida, se estaba arrepintiendo.
Tomi, al ver su gesto contrariado sonrió y acercándose a
ella murmuró:
—You are jealous de la chica del parador?
—¡¿Celosa yo de esa?!
Al ver cómo esta le miraba el joven respondió con gracia:
—Yes, baby, yes, celos. Eso tan latino y que en las
rancheras mexicanas está tan de moda, como por ejemplo «You eres mía, y only
mía» —Eiza sonrió y su primo prosiguió—: Por cierto, ¿venía a cuento que fueras
tan descriptiva en lo maravilloso amante que es Mike?
—Vuelves a tener razón —susurró al recordar el gesto de Sebastián,
cuando le dijo que las relaciones con aquel eran muy satisfactorias.
—A ver
cuchi, look at me.
Eiza levantando la mirada clavó sus claros ojos en él.
—Tú y yo siempre hemos hablado claro de cosas como sexo,
lujuria, hombres y desenfreno, right?
Si, verdad sonrió al recordar ciertos episodios.
—¿Y desde cuando Mike es satisfactory? Mira... mira que tú
me habías dicho que al principio era divertido pero que las últimas veces te
resultó un tostón. ¿Desde cuándo es salisfactory?
Al escucharlo sonrió, y entendió que lo dijo para molestar a
Sebastián. ¿Realmente tanto le gustaba él? Sí... la respuesta era sí. Fue a
decir algo pero su primo se le adelantó.
—Ahora contéstame a unas questions.
—Dale.
—La primera ¿te gusta ese G.I.Joe español tanto... tanto...
tanto?
—Más.
—¿Hay chispa y atracción entre vosotros?
Ella sonrió y tras resoplar murmuró:
—Sí... hay fuegos artificiales.
—Eso es fenómeno, cuchi... porque mira, my girl, si no
existiera morbo, chispa o attraction, entonces ¡apaga y vámonos! Pero si me
dices que existe ¿me puedes explicar por qué te negaste una noche de sexo, y
encima del bueno?
—Me gusta Juan, Tomi. Me gusta mucho.
El joven retirándose el flequillo de la cara con glamour
respondió divertido:
—Ah... qué cachonda. A mí por gustarme, I like Gerard
Butler, Matthew Fox o Jason Sthatam, pero ni me miran cuando coincidimos con
ellos en alguna party en Hollywood. Pero ¡Ay Dios!, si al mirarme cualquiera de
ellos surgieran chispas, morbete o atracción ¡otro gallo cantaría! Con esto quiero
decir, que you and only you decides con quien quieres tener un affaire o no. Si
estamos aquí, en Spain, en este lugar, y en este pueblo, es por el G.I.Joe, y
lo que no entiendo es ¿qué haces aquí con cara de almeja pudiendo disfrutar de
la lujuria y el desenfreno con él?
—¿Me has escuchado bien Tomi? —repitió ella—. Te he dicho
que me gusta; que me gusta mucho y cada segundo que pasa más; que lo veo y
siento las maripositas que la abuela nos contó que sintió al conocer al abuelo
en el estómago; que cuando estoy con él me siento diferente, no una diva de Hollywood;
que no puedo parar de pensar en él; que la otra noche en el cumpleaños del
abuelo Goyo, me sentí como llevaba años sin sentirme, y quise pertenecer a esa
familia, y yo quise eso porque... yo... yo...
—Por el amor de Dior ¡Huyamos rápidamente de aquí! —gritó
Tomi levantándose con rapidez
—. Ay my baby, tú no puedes decir en serio lo que estás
diciendo. Apenas le conoces y tú te mereces algo mejor que...
No le gustó aquel último comentario, tan parecido a los de
su padre.
—¿Qué es eso de que me merezco algo mejor? Sebas es
maravilloso, trabajador, bueno con su gente. Pero si hasta le hace trencitas en
el cabello a su sobrina cuando desayuna leche con galletas —gimió desesperada.
—Oww ¡qué tierno!
—Ay, Tomi, mi gran problema, es que creo que me estoy enamorado
como una tonta y...
—Lo dicho... ¡huyamos! Salgamos de Spain ¡pero ya!
—Pero...
—No hay peros, que te conozco y te pones muy pesadita.
Sin prestar atención a su primo susurró:
—Él es tan auténtico, tan cariñoso, tan familiar y...
— El problema, darling— cortó aquel—, es que tú eres Anna
Reyna, una gran estrella de Hollywood, una diva entre las divas y...
—Pero también soy una mujer, Tomi. Soy una mujer de carne y
hueso, que llora, ríe, ama, se enfada y desea que la quieran por como es, no
por quien es ¿lo entiendes?
Su primo al mirar sus ojos y sentir su desesperación,
sentándose junto a ella, la abrazó.
—Claro que te entiendo bobita. Pero esta life es very perra
a veces, y las cosas que queremos no podemos tenerlas, por ello, has de ser
práctica y conformarte con otras options.
—¿Mike Crisman?
—Es una linda y sexy option—asintió Tomi ante la cara de
mosqueo de su prima.
—Oh, my God, Tomi, cómo se ve que no has conocido a Sebas.
Si lo conocieras te aseguro que te enamorarías de él.
—Uhh entonces no me lo presentes, que a mí los spanish me
gustan mucho y no vaya a ser que con mi morbazo de queen del glamour te lo vaya
a levantar. —Al ver a su prima sonreír concluyó —. Mira mona, porque tengo la
varita mágica en el taller, porque si no... ese G.IJoe latino me lo agenciaba
para mí.
Aquel comentario volvió a hacerla reír. Tomi era fuerza en
estado puro. Una positividad bien heredada de su abuela y que ella necesitaba y
siempre encontraba en él.
—Recuerdas ese dicho español que la abuela siempre decía
cuando nos veía sufrir por amor «La mancha de mora, con otra mora verde se
quita». Piénsalo. Quizá lo que necesitas es eso, otra mora para que quite la
mancha y definitivamente marcharte de aquí.
Aquella opción era la mejor.
—Sí... creo que lo mejor será que regresemos a Hollywood.
Aquí no pintamos nada y necesito regresar a mi realidad.
—Muy bien dicho, honey.
Al escuchar su tono de voz Eiza recordó algo y preguntó:
—Oye, ¿Y tú Peterman?
—Peter. Se marchó ayer para Barcelona. Tiene que dar allí
dos conciertos.
—¿Y?
—Y nada... fue beautiful mientras duró. Hemos intercambiado
teléfonos, pero ya sabes lo que quiere decir eso de... ya te llamaré. Nunca se
llama. —Sin perder un ápice de su humor la miró y dijo—: Qué te parece si tú y
yo tonight, como despedida del lugar, de Spain y del machoman latino, nos vamos
a cenar al mejor restaurant a comer algo terriblemente prohibitivo para
nuestros regímenes y luego de copas.
—¡Perfecto! Una buena idea ¡Que vivan las calorías!
—¡Que vivan! Voy a vestirme.
Cuando su primo se levantó y caminó hacia la puerta Eiza lo
llamó.
—Tomi.
—Ponte algo discreto ¿de acuerdo?
—Yes.
—No quiero que la gente repare en nosotros—insistió ella.
—Ok, me pondré discreto, pero divine.
—A ver Tomi... la palabra divine, no es algo que un hombre
suela utilizar.
—Peor para ellos —rio este—. Tranquila. Dejaré mis
pantalones pink chicle para cuando estemos en casita. Pero tú ponte guapa a
rabiar. En un par de horas paso a buscarte.
Una vez sola, Eiza se echó sobre la cama y dejó escapar un
suspiro. ¿Realmente deseaba volver a ver a Sebastián Rulli? Lo que sintió al
pensar en él se lo confirmó. Y sentándose en la cama se preguntó: Realmente,
¿me estaré enamorando de él?.
Capítulo 13
Tras pedirle a Menchu que les preparara la cuenta porque al
día siguiente se marchaban, la joven se decepcionó. Pero la ilusión volvió a su
rostro cuando Eiza la invitó a cenar con ellos aquella noche. Aconsejados por
la recepcionista fueron a cenar a un asador llamado La Secuntina. Un lugar
donde disfrutaron de la buena cocina, aunque a la joven actriz se le veía en la
cara la pena.
—Esa carita de perrita apaleada me deja sin habla. Queen,
alegra el gesto.
—Lo sé Tomi... pero es que me da tanta pena irme que yo...
—Es fácil. Quédate —se mofó Menchu ajena a lo ocurrido.
—Mira, honey, el amor es como una paloma, viene, se caga y
después se va. ¿Acaso todavía no te has dado cuenta?
Eiza asintió. Desde hacía años su corazón estaba cerrado con
una puerta acorazada, pero sin saber por qué Sebastián había conseguido traspasarla.
—Qué bueno Tomi —rio Menchu—, Nunca había escuchado hablar
así sobre el amor.
—Uhh, pues como se lance, puedes escuchar mil barbaridades
—se burló Eiza.
Sin prestarles atención el joven rebañó su plato con pan y
dijo:
—Menchu eres lo más... pero te odiaré cuando me pese
tomorrow y vea que he engordado five kilos. Por el amor de my life ¡qué rico
está todo!
—Me alegra saber que les gusta el sitio donde los he traído.
—La salsa de cordero está... ¡increíble! —asintió !a joven
actriz mojando pan en aquella exquisita salsa.
—Yo me quedo con el asado de cordero y la sopa castellana
¡qué maravilla! Rio —Tomi.
Menchu encantada por lo mucho que la comida de su tierra les
había gustado bajó la voz y
Levantándose murmuró:
—Voy al baño. Por cierto si les ha gustado la comida,
esperen a probar las yemas de Doncel o
los bizcochos borrachos ¡son una delicia!
— Y una gran cantidad de calorías querrás decir —se mofó
Tomi al ver al carnero acercarse con el carrito de los postres.
En el mismo restaurante, pero en otro comedor, Carlos Laura,
Paula y Sebastián, también cenaban. Todos reían ante las ocurrencias de Laura
pero Sebastián no tenía la cabeza al cien por cien con ellos. Inexplicablemente
no podía dejar de pensar en la joven estrella de Hollywood a pesar de que Paula
ya había desplegado sobre él todas sus armas de mujer. Intentó centrase en
ella, pero se le hacía imposible. Cada vez que Paula lo besaba, aquellos labios
se le antojaban vacíos y sin gracia a pesar de que él los aceptaba. Los
devoraba deseoso de disfrutarlos como siempre lo había hecho, pero su cuerpo no
reaccionaba. No se excitaba y eso lo molestó. De pronto, Sebastián vio pasar a
la recepcionista del parador por el pasillo. ¿Menchu en aquel lugar? Verla allí
lo alertó y se levantó disculpándose. Con disimulo se asomó a varios de los
comedores que el asador tenía hasta que la vio. Ella, la mujer que tenía
presente en la mente a cada instante, estaba allí. Un regocijo extraño inundó
su cuerpo y su entrepierna reaccionó. Verla sonreír fue suficiente para que se
excitara. Feliz por aquel descubrimiento se encaminó a los baños. Esperaría a que
Menchu saliera y se haría el encontradizo.
—Hola Menchu.
La joven se sorprendió de que recordara su nombre y ló
saludó con una radiante sonrisa:
—Hola.
—¿Cómo tú por aquí?
—Ya ves, cenando con unos amigos.
Sin tiempo que perder él preguntó aun sabiendo la respuesta.
—¿Esta Eiza aquí?
—Sí, estamos haciendo una cena de despedida. Mañana se va.
Al escuchar aquello a Sebastián se le contrajeron las
tripas, ¿cómo que se iba? Pero sin querer manifestar su malestar respondió con
una sonrisa.
—Lo sé, me lo dijo y me gustaría despedirme de ella. ¿Irán a
tomar una copa después?
—Sí. Hemos hablado de ir al Croll. Le gustó la otra vez que
fuimos y hemos hablado de pasar por allí.
Contento por saber dónde localizar a la joven antes de su
marcha, Sebastián se acercó a Menchu y tras darle un beso en la mejilla, que la
hizo ponerse colorada como un tomate, le susurró:
—No le digas que me has visto. Quiero darle una sorpresa.
Dicho esto se alejó y Menchu acalorada por el acercamiento
mantenido con aquel hombre regresó a la mesa donde sus nuevos amigos atacaban
con primor los postres.
Tomi, que no había estado en el Croll, se sorprendió al
encontrar un bar repleto de gente guapa y con ganas de pasarlo bien. Durante
más de una hora los tres amigos bailaron y disfrutaron de la música. Eiza no
quería pensar en Sebastián, pero igual que le pasaba a él, le era imposible.
Cada vez que veía a un hombre alto y moreno su corazón latía a mil por hora.
Aunque cuando comprobaba que no era quien en el fondo anhelaba ver, la
decepción la superaba. Todo en ella era contradicción. Deseaba verlo, pero no
quería verlo. Quería besarlo pero no deseaba besarlo. ¿Qué la estaba pasando?
—Uhh my
love —cuchicheó Tomi—. Esta noche aquí hay muchos papasitos, pero siento
reconocer que ninguno es como my Peterman.
—Vaya Peterman ¿te ha cagado en el corazón? — se burló Eiza
al recordar lo que él dijo sobre las palomas.
—¡Perra!—rio aquel al escucharla.
—Eh... hola—saludó de pronto una muchacha acercándose a
ellos.
Era Eva, la hermana de Sebastián, quien tras recibir la
llamada de Menchu e informarle que estaría allí, se había animado a acudir al
local. Eiza sonrió al verla. Eva era una muchacha muy simpática y lo comprobó
el día que la conoció. Con ella era fácil hablar. No como con el grosero de su hermano.
Cogiéndola del brazo con familiaridad Eiza se acercó a su
primo y dijo:
—Tomi, te presento a Eva. Ella es hermana de Sebastián—y
mirando a la muchacha dijo—: Él es mi primo.
—Encantada —y observándole indicó—. Me encanta la camisa de
Gucci que llevas ¡es preciosa!
Contento porque alguien se fijara en aquello, contestó el
presumido de su primo:
—Uhh... qué lady más encantadora. Pues la blusa que llevas
de Custo es una divinidad.
—¿A que es una monada?—contestó tocándose la camiseta con
una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Ideal!—asintió aquel.
Si algo le volvía loco a Tomi era la moda, algo que a Eva le
apasionaba. Mientras ellos hablaban de diseñadores, pasarelas y demás, Eiza
paseó su mirada por el local, cuando el corazón se le paró de repente. Al fondo
de la barra estaba Sebastián con unos amigos y, muy a su pesar, descubrió que
estaba de nuevo con la pechugona del parador, que no paraba de besuquearle por
el cuello.
Maldita sea. ¿Por qué hoy tuvo que venir justamente aquí?
Irritada retiró la mirada. Pero inexplicablemente sus malditas
pupilas volvían a buscarlo ¡y lo encontraban!
No... no... no quiero mirarlo pensó enfadada.
Desde su posición Sebastián se percató de que ella lo había
visto. Lo supo cuando la vio retirar la mirada con brusquedad con el entrecejo
fruncido. Estar con una mujer tan ardiente como Paula, le hacía sentir que
controlaba la situación, pero al mismo tiempo se asqueaba porque quien quería
que le estuviera tocando o besando estaba al otro lado de la barra. Ofuscado,
cogió su cerveza y le dio un buen trago. Lo necesitaba.
—Okey picarón. Ahora entiendo por qué querías venir de nuevo
al Croll —murmuró Carlos apoyándose junto a él.
—No me jodas tú ahora ¿vale?
Su amigo sonrió y dijo:
—¿Pero no me habías dicho que lo tuyo con ella estaba
finiquitado?
—Y lo está...—resopló al ver como ella se retiraba un mechón
salvaje que había caído sobre su mejilla. Con una sensualidad que lo dejó para
el arrastre observó cómo se colocaba aquel mechón tras la oreja dejándole el
camino libre para poder admirar la bonita y sensual curvatura de su cuello. La
boca se le resecó y tuvo que beber otro trago de su cerveza. Carlos sonrió, y
con cuidado de que no le escuchara ni su mujer ni Paula cuchicheó:
—¿A qué estás jugando?
—A nada.
—¿Seguro?
—Seguro — afirmó aquel.
Pero su ceño fruncido y su mandíbula tensa no decían lo
mismo.
—¿Tengo que ir comprándome el traje para la boda?—preguntó Carlos
burlándose.
Al escuchar aquello, Sebastián con gesto tosco siseó:
—Deja de decir tonterías ¿quieres?
—Joder Sebas que ella es...
Sin dejarlo terminar la frase le dijo:
—Sé quiénes, por lo tanto, cierra el pico ¿entendido?
—Vale, pero déjame decirte que es impresionantemente hermosa
y...
Incómodo por la situación fue a responder, pero Paula
acercándose de nuevo a él se puso de puntillas y lo besó.
Sofocada por la escena, Eiza maldijo. ¿Por qué? ¿Por qué
tenía que sentirse como una quinceañera a la que le habían quitado el novio
cuando ella, solo por ser quien era, podía tener al hombre que quisiera?
Acabada su bebida se pidió otra. Necesitaba refrescar su garganta seca. Eva que
observaba con curiosidad a Eiza, se percató de lo que ocurría cuando al mirar
al fondo de la barra vio a su hermano. Eso la hizo sonreír y acercándose a ella
cuchicheó:
—Si pasas al lado de él, te aseguro que se interesará más
por ti.
—¿Cómo dices?
—Es mi hermano y lo conozco. Pero también es un hombre y cariño,
todos funcionan igual. Y también te diré que la mujer que está con él no es su
tipo.
—¿Y cómo puedes tú saber eso?
Eva sonrió y contemplando como su hermano se dejaba mimar
por aquella murmuró con desgana:
—Paula es una mujer demasiado liberal para él. Y ojo, yo no
soy ninguna mojigata. Pero, curiosamente, tengo unos amigos de Madrid que la
conocen, y me han comentado y enseñado algunas cosas de ella que yo no creo que
Sebastián sepa. Si él fuera consciente de la clase de vida que suele llevar esa
tetona en Madrid ¡otro gallo cantaría!
—¿Quizá lo sabe y no le importa? —insistió Eiza quien retiró
la mirada de la parejita al ver como aquel sonreía ante algo que aquella le
decía.
—No. Te aseguro que mi hermano no lo sabe, pero creo que al
final va a acabar enterándose.
Ambas sonrieron por aquel comentario y Eiza, al recordar lo
que llevaba en el bolso, dijo para cambiar de tema:
—Recuérdame que luego te de unos CD de música para que se
los des a Sebastián. Mañana regreso a Los Ángeles y los compré para él.
—¿Por qué no se los das tú?
Volvió la cabeza y estuvo a punto de gritar al comprobar que
Sebastián bailaba abrazado a la tetona. Enfadada, retiró la mirada y respondió
con gesto agrio:
—Está demasiado ocupado y no quiero molestar.
Eva, apoyándose en la barra durante unos segundos, observó a
su hermano y vio como este miraba con disimulo hacia donde estaban ellas. Tras
sonreír miró a la joven morena que con gesto de enfado bebía de su copa y
preguntó:
—¿De verdad eres de Asturias?
—Digamos que tengo sangre asturiana.
—Has dicho que mañana regresas a Los Ángeles ¿pero no vivías
en Londres?
Eiza se percató de cómo estudiaba su rostro y todas sus
respuestas, e intentando satisfacer su curiosidad respondió:
—Vivo en Los Ángeles. Aunque por motivos de trabajo viajo
mucho a Londres y París.
Eso le cuadró más a Eva. El acento que ella y su primo
tenían no era londinense. Pero queriendo saber más volvió al ataque y preguntó:
—¿En qué trabajas?
Respondió rápidamente y con convicción.
—Tomi y yo trabajamos en el mundo de la moda.
—¿Ah, sí? ¿Y qué hacen exactamente? insistió como buena
periodista.
Con un aplomo digno de una buena actriz, Eiza bebió un trago
de su cerveza y dijo convencida de su mentira:
—Somos personal shoppers. Tenemos nuestra propia empresa. Se
llama Fashion Victim.
Aquello atrajo totalmente la atención de Eva.
—¡Qué genial! Oye, ¿y qué hacéis aquí en Sigüenza? —al ver
su gesto puntualizó—, Vale...
lo asumo. Soy como dicen mis hermanos una entrometida, pero
creo que mis estudios de periodismo, me han creado una deformación profesional.
Ambas rieron y Eiza acercándose a ella le cuchicheó en plan
amigas:
—Hasta ayer estuvo alojado en el parador Peter Fenson, un
famoso pianista inglés.
—¿No me digas? Joder, y yo sin saberlo. Podría haber
cubierto la noticia—blasfemó Eva.
Con una angelical mirada Eiza se encogió de hombros:
—Lo siento. Pero nuestro contrato no nos permite hablar de
los famosos a los que aconsejamos.
—Vale... lo entiendo —y al recordar en lo que trabajaban
sonrió y silbó—. Wow... me atrae muchísimo vuestro trabajo. Soy una adicta a
las compras.
Divertida por ver que había conseguido desviar el
interrogatorio fue a decir algo cuando alguien se acercó a Eva y la saludo.
Instantes después le presentó a varios de sus amigos y diez minutos más tarde
reía y bailaba con ellos. La semioscuridad del lugar y su perfecto camuflaje le
hacía pasar inadvertida. Era magnífico poder mezclarse con la gente sin que
nadir la reconociera, ni le pidiera una foto o un autógrafo. Era fantástico ser
una más.
Una hora después, acalorada por lo mucho que estaba bailando
con los amigos de Eva fue al servicio. Había perdido de vista a Sebastián y
dedujo que se había marchado con la lobuqui de Paula.
Mejor, Así no tengo que ver lo que no quiero, pensó
mirándose al espejo.
Suspiro de rabia, se echó agua en la nuca y salió del aseo.
Pero se quedó petrificada al verlo recostado en la puerta.
—Vaya...—susurró.
—Sí... Vaya ¡qué coincidencia! Con todos los pubs que hay en
Sigüenza y siempre tenemos que coincidir en el mismo—dijo él en tono
amenazador.
Llevaba toda la noche muriéndose de celos por cómo esta reía
y bailaba con los amigos de su hermana y, cuando vio que se alejaba de ellos,
no lo dudó y fue tras ella.
Con la boca seca por la impresión Eiza fue a responder pero
él se le adelantó.
—Escuché que mañana te marchas.
—Sí.
—¿Ya has acabado lo que viniste a hacer aquí?
Nerviosa e incapaz de hilar más de dos sílabas volvió a
contestar:
—Sí.
Al escuchar sus escuetas respuestas, Sebastián apoyó sus
manos en la pared a ambos lados de la cabeza de ella, y clavándole sus oscuros
y enfadados ojos preguntó en tono desafiante:
—¿Y?
Sus defensas contra el huracán Sebastián comenzaban a
flaquear.
—¿Y qué?—balbuceó.
Más próximo a ella de lo que él deseaba estar, le susurró
cerca de su tentadora boca:
—¿Lo pasas bien con los amigos de mi hermana?
—Sí. ¿Y tú con la lobuqui esa?
Aquel desdén en sus palabras lo hicieron sonreír y
acercándose aún más a ella murmuró:
—No. ¿Y sabes por qué? —Cuando ella negó con la cabeza, él
siseó—: Porque no me gusta mirar cuando deseo algo, yo prefiero participar.
Aquella mirada. Aquellos labios. Aquella mujer lo volvía
loco. Cogiéndola de la mano con posesión la hizo entrar de nuevo en el baño de
mujeres y tras cerrar la puerta y quedar los dos a solas dijo con aplomo:
—¿Sabes canija? Yo aún no he terminado lo que vine a hacer
aquí.
Y sin más la besó. La poseyó con la boca de una manera que
hizo que ella se estremeciera. La música del local pareció desaparecer, ambos
olvidaron donde estaban mientras sentían que un atroz deseo se apoderaba de
ellos.
—Estás preciosa esta noche.
—Tú más...
Seguir enfadado, con ella entre sus brazos, era imposible.
Sonrió y aquel gesto tan varonil calentó todavía más la sangre de la joven, que
con voz sensual murmuró;
—Gracias... nunca me habían dicho que estaba preciosa.
Ella también sonrió. Sebastián, con su seguridad, derribaba
todas sus defensas inmediatamente. Una mirada suya podía con ella. Pegándose a
él y deseosa de su contacto, sintió que la sangre le quemaba y anheló que la
poseyera allí mismo. Un gemido de ansia y deseo escapó de sus labios cuando
sintió la mano de él subiendo lentamente por su espalda. Aquella gran mano
recorrió su cuerpo con movimientos circulares hasta que llegó a su pecho, y
cuando lo tocó a través de la tela del vestido, sus pezones respondieron a la
llamada del sexo haciéndola respirar con agitación.
—Me vuelves loco, canija —susurró con voz áspera—. Es verte
y olvido todas las señales que me alertan para que no me acerque a ti. Es
tocarte y querer poner en práctica contigo todas las fantasías húmedas que me
provocas.
Con la respiración entrecortada, Eiza lo escuchaba excitada.
Después se lamió los mojados labios, aún calientes por sus besos y susurró:
—Atrévete.
Con una sonrisa peligrosa Sebastián posó las manos en el
trasero de ella con posesión y la cargó. La apoyó contra la puerta del aseo y
ella lo rodeó la cintura con las piernas. Excitado por aquel “atrévete”, metió
sus manos bajo el vestido y mirándola a los ojos con morbo se lo subió. Ella se
estremeció y gimió. Sebastián comprobó con deleite que las medias que ella
llevaba solo llegaban hasta los muslos y eso lo volvió loco. Sin
contemplaciones tiró del tanga y lo rompió, hasta que por fin sus grandes manos
tocaron el terciopelo húmedo que tanto deseaba.
—¿Quieres que continúe? —susurró él mordisqueándole el lóbulo
de la oreja.
Ella no pudo decir nada, tan solo asintió. Sabía que aquel
lugar, un baño público, no era el más apropiado. Si la prensa se enteraba de
aquello sería un tremendo escándalo, pero no le importó. Le pudo más el deseo y
dispuesta a todo murmuró:
—Sigue...
Su tono ronco y excitado estremeció a Sebastián y sin dejar
de mirarla los ojos y deseoso de arrancarle mil jadeos más de placer, le
introdujo entre los húmedos pliegues de su sexo uno de sus dedos mientras le
susurraba:
—Mírame...
Hechizada por aquel momento lo obedeció. Fijó su mirada en
él y cuando sintió que Sebastián metía dos dedos y jugaba con su sexo, se chupó
los labios y exigió:
—Bésame... bésame.
Sebastián tomó posesión de aquellos tentadores labios y,
entre gemidos, sintió su sexo duro dispuesto para entrar en acción. Entre
jadeos, y sin perder un segundo, Eiza le desabrochó el cinturón de cuero y
después la cremallera del vaquero. Cuando este resbaló entre sus piernas ella
suspiró. Metió su mano bajo el bóxer negro y tocó con mimo su pene. Incapaz de
continuar aquel juego de toqueteos, Sebastián le retiró la mano y cogiendo su
duro y terso pene lo colocó entre las piernas de ella y de una certera estocada
la penetró mientras la tenía en contra la puerta. Ambos jadearon por la intensidad
del momento y la situación y Sebastián, enloquecido, la besó robándole el
aliento mientras animado por como ella lo recibía entraba y salía de su
interior una y otra vez. Cuando el calor comenzó a humedecer sus frentes y
parecía que ambos iban a explotar, Eiza arqueándose entre sus brazos gritó
satisfecha al sentir un maravilloso y devastador orgasmo que endureció aún más
a Sebastián. Sentir la humedad alrededor de su pene, ver su gesto sensual y
notar como los músculos internos de ella se aferraban a su miembro, le hizo
perder el control y tras varias embestidas más, el atlético cuerpo del policía
finalmente se tensó y tras soltar un varonil gruñido de satisfacción se liberó.
Apoyados el uno contra el otro, agolados y exhaustos por la
intensidad de lo ocurrido, acompasaron sus respiraciones mientras sentían que
la tensión vivida en aquel baño público se relajaba. Había ocurrido lo
inevitable. Lo que ambos habían deseado y ya no había vuelta atrás. Irguiéndose
todavía más entre sus brazos, Eiza lo miró. Se le veía cansado y sin resuello,
sin embargo, clavó su oscura mirada en ella y dijo con seguridad:
—Vayamos a mi casa.
No lo dudó. Salió del baño sin importarle las caras de
sorpresa de las mujeres que golpeaban la puerta, y en especial la de Paula, la
lobuqui, que con gesto de enfado los seguía con la mirada. Feliz por ir cogida
de la mano de Sebastián, y dispuesta a repetir lo que acababa de pasar
instantes antes en el baño, pasó por el lado de Tomi, Eva y Menchu, les guiñó
un ojo y se marchó junto con Sebastián.
Capítulo 14
La sesión de sexo entre dos amantes cuando se desean es
fructífera e interminable, y eso fue lo que ocurrió. Guando llegaron a casa de
él, su erótico juego de seducción continuó durante horas con grandes dosis de
morbo, seducción y pasión. Sobre las cinco de la madrugada, agotados y felices,
bajaron a la cocina para reponer fuerzas. Estaban hambrientos.
—¿Qué te apetece? —Preguntó él abriendo la nevera solo
vestido con unos bóxer negros—. ¿Quieres que preparemos algo o prefieres leche
con algún dulce?
La palabra dulce le hizo suspirar y acercándose
provocativamente a él susurró mientras tocaba su duro abdomen y su sensual
tatuaje del brazo.
—Mmm para dulce ya te tengo a ti.
Sebastián sonrió y besándola la subió sobre la encimera de
la cocina e indicó:
—Si sigues mirándome así con esos preciosos ojos y
diciéndome esas cosas, creo que al final me voy a decidir por comerte a ti. Por
cierto, ¿te he dicho que tienes los ojos más azules que he visto en mi vida?
—No... pero acabas de decírmelo.
Él soltó una risotada y hechizado por su pícaro gestó la
besó y segundos después la camisa que ella llevaba cayó sobre la encimera.
—Sebas... —rio al ver como rápidamente se animaba—. Comamos
algo antes de que caigamos desfallecidos.
Divertido, la soltó y ella volvió a colocarse la camisa
sobre los hombros. Una camisa que, por cierto, olía muy bien a él. Sebastián sacó
de la nevera huevos y embutido, y de un armario, pan de molde y una caja con
bollos.
—¿Quieres cocinar?—pregunto mirándola
—¡¿Yo?!—respondió sorprendida. Pero sin querer dar más
explicaciones preguntó—: ¿Tienes mayonesa?
—Sí.
—¿Pavo?
—Sí.
—¿Y lechuga?
—También.
—¡Genial! Estoy hambrienta sonrió ella al ver la mesa
repleta de comida.
—Come canija... come —rio divertido al verla animada abrir
el bote de mayonesa.
Cinco minutos después, sorprendido, observó como ella
engullía con un apetito voraz un sándwich de tres pisos con mayonesa, pavo y
lechuga. Una vez acabó con aquello, mientras charlaban la vio dudar, pero
finalmente cogió un paquete de galletas Oreo. Lo abrió con cuidado, sacó una de
las oscuras y redondas galletas y acercándosela a la nariz murmuró:
—Mmm... ¡Qué rico! Me encanta el dulce y las Oreo son mi
debilidad.
Sebastián preguntó sorprendido:
—¿Y por qué en casa de mi padre comiste tan poca tarta en el
cumpleaños del abuelo? Si mal no recuerdo dijiste que no le gustaba el dulce.
Sonriendo como una chiquilla asintió y tras morder la
galleta, reveló:
—Adoro el dulce. ¡Me vuelvo loca por el dulce! Pero no puedo
permitírmelo. Ya sabes, tengo que mantener la línea para mi público. Cuando
firmo un contrato, no puedo incumplirlo y eso significa no engordar más de cien
gramos. Pero es que es ver estas galletas ¡y volverme loca!
Aquello a él le hizo gracia, pero calló. Era evidente que Eiza
era de complexión delgada y estaba seguro de que por mucho que comiera, poco
engordaría.
—¿Qué tal tus Navidades? —preguntó Sebastián con curiosidad.
—Uf... pues como todos los años. Mi padre organizara una de
sus grandes fiestas en la casa de Beverly Hills, y bueno, aunque no es lo que
más me divierte asistiré y luego ya veré... —sin querer pensar en ello le miró
y preguntó— ¿Y las tuyas?
Sebastián al pensar en ellas sonrió. Su familia para eso era
muy tradicional.
—Familiares y llenas de regalos como siempre. Además, este
año estoy libre todas las fiestas, por lo que no podré escaparme del acoso de
mis hermanas —sonrió al decir aquello—. Cenamos durante todas las fiestas, ya
sabes, Navidad, Nochevieja y Reyes en casa de mi padre. Es una tradición y,
como tal, la respetamos. Pero vamos, no han comenzado y ya estoy deseando que llegue
el día seis de enero para que mi vida vuelva a su normalidad y yo vuelva a
recuperar mi independencia.
—Vaya... pues sí que lo celebran —sonrió encantada con lo
que oía.
—Demasiado —asintió él—. Mamá era una persona muy familiar y
nos acostumbró a todos a reunimos en esas fechas. Y aunque ella ya no está, lo
seguimos haciendo por papá y el abuelo. Bueno, la verdad, y aunque no lo
confesaré nunca delante de mis hermanas, me gusta disfrutar de todos ellos en
estas fiestas.
—Tienes suerte, mucha suerte —asintió al escucharle—. Yo no
recuerdo haber tenido nunca unas Navidades tan familiares. Ni siquiera cuando
mi madre vivía.
Sebastián no quiso preguntar sobre aquello. Recordó haber
leído que la madre de Eiza murió cuando ella era pequeña. Pero finalmente y
tras un tenso silencio la joven mordisqueó con cuidado su galleta y murmuró:
—Mi madre murió cuando yo tenía seis años. No pudo soportar
más la falta de atención de mi padre hacia ella y sin pensar en mí... se
suicidó.
—Lo siento—susurró sin querer ahondar en el tema.
—Y yo —asintió con tristeza—. Yo lo sentiré toda mi vida.
—Debió ser terrible. Eras una niña y...
—Lo fue —cortó ella. No le gustaba hablar de aquello—. ¿Pero
sabes? A otros niños una desgracia así los marraría toda la vida, pero a mí me
hizo ser fuerte y entender que la vida hay que vivirla y disfrutarla al máximo.
Mi abuela me enseñó a no desaprovechar los momentos.
—¿Y tu padre? —preguntó al recordar al imponente hombre que
apareció años atrás en Las Vegas.
—Él y su magnífica mujer, Samantha, prefirieron sus fiestas
y sus amigos a prestar atención a una niña. Mi padre se limitó a hacer conmigo
lo que hizo anteriormente con mi madre... nada. Siempre me considero un
problema —recalcó aquella palabra—, y prefirió seguir viviendo su glamurosa
vida en Los Ángeles a cuidar de unos niños. Y cuando digo niños incluyo también
a Tomi. Mi tía se subió al carro de la fama de mi padre y bueno.... —al ver que
una extraña tristeza la embargaba se retiró el pelo de la cara y asintió con
decisión—. Sinceramente con mi abuela y su cariño, a mi primo y a mí no nos
faltó nada. Aunque desde que ella no está, ya nada es igual y...
—Lo siento, canija, lo siento mucho —susurró con cariño al
sentir su tristeza. Sabía poco de ella, pero por lo poco que le contaba, sus
vidas no podían haber sido más diferentes.
—Bah. No te preocupes. Todo eso ya está superado. Soy adulta
e intento vivir la vida lo mejor que puedo —y para desviar el tema dijo
animada—: Este año en Navidad, asistiremos a la fiesta que organiza un amigo de
Tomi en el Plumber. Estoy segura de que será muy divertido. Por cierto, ¿te
gustaría venir con nosotros?
Aquella invitación le pilló a Sebastián tan de sorpresa que
solo pudo decir:
—Me halaga tu invitación, pero mi Navidad está aquí, con los
míos.
Eiza asintió. Le entendía. Si su abuela continuara viva, no
se plantearía fallarle nunca. Durante más de veinte minutos hablaron sobre sus
distintas familias, hasta que ella recordó algo, cogió su bolso, y lo sacó:
—Toma. Esto es para ti.
—¿Para mí? ¿Qué es?—y al abrirlo sonrió.
—Eran unos CDs de música. Marvin Gaye, Ray Charles y alguno
más. La joven, al percibir que su regalo le había hecho gracia, le quito uno y
pregunto:
—¿Dónde tienes el equipo de música?
—En el salón y en el dormitorio.
Con gesto pícaro cogió un pañuelo de seda de su bolso Loewe,
le miró y preguntó:
—¿Me permites que te enseñe la música que me gusta a mí?
—Por supuesto, pero ya sabes que lo mío es el heavy metal.
Ella le tendió la mano y él, captando la indirecta, se la
cogió y la guío hasta el equipo del salón. Una vez allí, sonrió con picardía.
—Voy a taparte los ojos con este pañuelo —dijo.
—¡¿Cómo?! —preguntó sorprendido.
—Solo quiero que te centres en lo que vas a oír, no pienses
cosas raras ¿vale?
—Me van las cosas raras ¿no lo sabías?—rio atrayéndola para
besarla.
—Quita y escucha —sonrió divertida tras besarlo.
Sin entender bien lo que iba a hacer se agachó para que ella
le tapara los ojos con el suave pañuelo quedándose parado en medio del salón.
Una vez le tapó los ojos ella abrió el CD de música y tras sacarlo de su
estuche e introducirlo en el equipo, pulso play. Los primeros acordes comenzaron
a sonar, y divertido por aquel juego sintió que ella le echaba los brazos al
cuello cuando la escuchó susurrar en su oído.
—No hables. Déjate llevar por la melodía y disfrútala.
Sin más, comenzaron a bailar muy pegados en el salón,
mientras escuchaban la sugerente voz de Beyoncé cantando aquel lento y sensual
R&B.
At Last my love. has come
along /Al fin mi amor ha llegado
My lonely
days are over / Mis días solitarios han acabado
And life is like a song /Y la vida es como una canción
At Last /Al fin
Aturdido por su cercanía, su suave olor y la letra de la
canción, Sebastián hizo lo que ella decía y se dejó llevar por la música. Aquel
ritmo lento y sensual. Aquella voz pausada y llena de emoción y la suavidad de
la mujer que tenía entre los brazos le hicieron sentir cosas que hasta ese
instante nunca había imaginado. Particularmente nunca había creído en lo que la
gente denominaba amor, pero de pronto, una necesidad extraña de protegerla se
instaló en su estómago al bailar con ella aquella canción.
[...]
You smile, you smile / Tu sonríes, tu sonríes
Oh, and
then the spell was cast / Oh, y me hechizaste
And here we
are in heaven / Y aquí estamos en el cielo
For you are
mine at las t/ Porque eres mío, por fin
Mientras duró la canción, ninguno de los dos habló.
Simplemente bailaron y disfrutaron de uno de aquellos momentos mágicos que la
vida regala con dosificador, donde sobraba todo excepto ellos dos y aquella
canción. Con los ojos aún vendados le repartió dulces y calientes besos por el cuello,
mientras sentía unos deseos irrefrenables de tumbarla en el suelo y hacerle el
amor. Ninguna mujer le había hecho sentirse tan vulnerable y eso le tensó. Eiza,
aquella mujer inalcanzable, en pocas horas había conseguido derribar las
defensas que durante años ninguna otra mujer derribó y eso comenzó a preocuparlo.
Pero dispuesto a disfrutar del momento y de la compañía, simplemente se dejó
llevar. Cuando la sensual melodía acabó, Eiza abrió los ojos con el corazón
latiéndole a mil y aún entre sus brazos preguntó quitándole con delicadeza el
pañuelo de los ojos:
—¿Te gustó la canción?
Sorprendido porque hubiera terminado y estuviera aún
sobrecogido por el momento vivido, Sebastián, abrió los ojos y la miró. ¿Qué
había pasado allí? Nunca se había dejado cautivar así por una melodía, ni por
una mujer, y ella lo había conseguido con una simple canción. La gran diva del
cine americano, aquella que lo miraba con sus preciosos ojos azules, con algo
tan sencillo como una canción, le estaba desbaratando el corazón. Entonces lo
supo, tenía un grave problema, pero intentando aparentar normalidad respondió
con voz ronca:
—Me ha encantado.
Aturdida por el efecto causado al bailar, se separó de él
unos centímetros intentando poner sus ideas en orden.
—Adoro esta canción.
—Es bonita, canija... tan bonita como tú.
Tratando de romper aquel momento mágico, Eiza se desbloqueó
y sonrió como si no hubiera ocurrido nada especial entre ellos.
—Yo la utilizo para relajarme. Si estoy tensa por un rodaje
me la pongo veinte veces seguidas y me relaja. Recuérdalo. Cuando estés tenso
esta canción te destensará. Volvamos a la cocina —animó ella.
Desconcertado por las irrefrenables ganas que sentía de
abrazarla y protegerla la siguió. Ya en la cocina, ella, nerviosa, sacó su caja
de cigarros del bolso y se encendió un cigarrillo y al ver el gesto de Sebastián,
dijo antes de que él pudiera abrir la boca:
—Me lo voy a fumar, quieras tú o no.
Levantando las manos sonrió y mientras ella fumaba, él se
encargó de guardar las sobras de lo que se habían preparado en el frigorífico,
mientras intentaba ordenar sus ideas. ¿Qué demonios había pasado en el salón?
Recogió la mesa y se sentó frente a ella, turbado:
—¿ibas a marcharte sin despedirte?
—Sí...
—¿Por qué?
—No lo creí oportuno.
—Aprecio tu sinceridad.
Al sentir su desconcertada mirada, se retiró el pelo de la
cara de aquella manera que a él tanto le gustaba y aclaró:
—¿Cómo iba a despedirme de ti con lo que nos dijimos el
último día que nos vimos? —y con una media sonrisa murmuró—:Y siento que por mi
culpa bajaras tu listón en cuanto a tus conquistas.
Escuchar aquel reproche le hizo sonreír y añadió:
—Eso que dije fue una tontería. Créeme.
—Vaya... —susurró al escucharle.
—Tú eres preciosa y lo sabes. Y...
—Pero no exuberante—cortó ella.
—Eiza, tú eres mucho mejor que todo eso. Créeme. Y te pido
disculpas por lo que te dije. Fue imperdonable y estaba fuera de lugar—aclaró.
—Perdonado —murmuró deleitándose en su sensual mirada—. Por
mi parte, espero que me disculpes por lo que yo también te dije.
—Perdonada.
Su mirada y la dulzura de su sonrisa provocaban que el
corazón de Eiza latiera desbocado.
Sebastián era tan natural, tan atento y tan auténtico que
era imposible no enamorarse de él. Sin poder evitarlo miró el reloj digital de
la cocina. Las seis menos cuarto. En unas horas debería regresar al parador
donde la esperaba su primo. Sebastián al ver hacia donde enfocaba su mirada y
cómo fruncía el ceño preguntó:
—¿A qué hora sale tu avión?
—A las ocho y media de la tarde —respondió antes de
resoplar—. Queremos salir a las cinco y media del parador para llegar con
tiempo al aeropuerto.
—¿Irás en jet privado?
—No. Tomi ha sacado billetes en un avión comercial. Eso sí,
en Bussines Class— rio al decir aquello aunque después murmuró—: Estoy segura
que ya habrá decenas de periodistas en el aeropuerto esperándome. ¿Cómo se
enterarán siempre?
Aquel comentario y, en especial, sus graciosos ojos azules
le hicieron sonreír.
—Es su trabajo. Deben estar informados para poder dar la
noticia —dijo recordando a su hermana Eva.
—Pero Sebas, ¿qué importancia tiene sacarme caminando por el
aeropuerto?
Aunque él estaba convencido de que ella tenía razón, sabía
que el mundo del papel espectáculo funcionaba así. Se encogió de hombros y tras
una sonrisa maravillosa indicó:
—Eres Anna Reyna. Una de las grandes divas de Hollywood. No
lo olvides.
—No lo olvido. Aunque a veces ante las impertinentes
preguntas de los periodistas me gustaría gritarles: ¿Y a ti qué te importa?
—Hazlo—sonrió él.
—No puedo. Bueno más bien, no debo.
—Ah, no...—se mofó el,
—Pues no. Cualquier mal gesto, cualquier palabra más alta de
lo normal, se toma de un doble o triple significado ¡si yo te contara! —dijo
sonriendo, y él le correspondió con otra sonrisa—. A veces me gustaría
simplemente ser Eiza. Solo Eiza —susurró.
Sebastián se levantó de su silla, se acercó hasta ella y
poniéndose en cuclillas murmuró:
—Nos queda poco tiempo. Apenas unas horas para estar juntos.
—Sí.
Se miraron y durante unos segundos ninguno habló.
—Es una pena que tengas que marcharte—dijo finalmente Sebastián
rompiendo el silencio.
Eiza asintió.
—Debo volver. Creo... creo que lo mejor es que ambos
retomemos nuestras vidas cuanto antes.
Perdiéndose en la calidez de sus ojos, Sebastián lo lamentó.
Apenas la conocía, pero lo que ella le había transmitido nada tenía que ver con
la feliz y alocada vida que conocía de ella a través de la prensa. Le gustaría
conocerla mejor pero solo pensarlo era una locura. Sus vidas eran tan dispares que
era imposible pensar en algo más. Dispuesto a hacerla sonreír el tiempo que estuvieran
juntos, por sorpresa, la tomó entre sus brazos.
—¡Ehhh! —gritó ella divertida.
Subiendo las escaleras con ella entre sus brazos un
encantado y natural Sebastián, tras besarla en la nariz murmuró aún excitado
por lo ocurrido minutos antes en el salón:
—Tengo más hambre y como me he dado cuenta que hoy eres mi
debilidad, he decidido comerte a ti.
Subieron entre risas a la planta de arriba y, sobre la
enorme cama de la habitación de Sebastián, hicieron apasionadamente el amor.
Con tristeza, hastío y desgana, Sebastián la llevó al
parador a las ocho y diez de la mañana mientras escuchaban Aerosmith en el
coche. El día era oscuro y gris y amenazaba con lluvia. A las nueve tenía que
estar en la base de Guadalajara para dar una clase teórica sobre armamento a un
grupo de geos. Por primera vez desde que entró en aquel cuerpo de élite Sebastián
deseó poder olvidarse del trabajo. Pero no, no podía hacerlo. Muchos hombres y
en especial muchas vidas dependían de que él cumpliera con lo estipulado. En el
interior del coche los dos se besaban incapaces de despedirse cuando el CD se
acabó y se escuchó en la radio.
Amorcito que melancolía.
En tus ojos muere el día ya.
Yo sin ti... moriré.
Sin saber por qué los dos se miraron y supieron que estaban
retrasando la despedida. Finalmente Sebastián suspiró.
—Me encantó volver a verte, a pesar de que al principio
pensé que serías una auténtica molestia —dijo.
—Lo sé, me lo hiciste saber, en especial cuando te perseguía
haciendo footing por el campo — murmuró haciéndolo reír.
—Te pido disculpas por ello. A veces soy algo...
—¿Rudo? ¿Descortés? ¿Grosero? —preguntó divertida.
—Canija, si sigues diciéndome esas cosas tan amables, te
juro que te volveré a tapar la boca con lo que tú ya sabes.
Recordar aquel momento y, en especial, la cinta americana
les hizo sonreír.
—¿Sabes?
—¿Qué?
—Me encanta que me llames canija... me gusta mucho.
—Estrellita me quedo claro que no —se mofó él mientras la
voz de Sergio Dalma inundaba el interior del coche—. Por cierto, gracias por
los CD de música, creo que van a gustarme mucho.
—Vaya...me alegra saberlo…
Ambos sonrieron, pero la tensión acumulada por el momento se
percibía en sus rostros.
Finalmente, la joven intentando desviar el tema dijo;
—Por cierto, despídeme de tu familia —abriendo su bolso,
sacó una agenda y de ella una foto suya en la que escribió algo y se la
entregó—: Toma, dásela a Carlos para su mujer. Se lo prometí.
Sebastián asintió. Pensó en pedirle una para él, pero
finalmente desistió. Mejor no.
—Y dile a tu padre y al abuelo Goyo que siento lo de la
fabada. Aunque casi es mejor no haberlos hecho pasar por esa terrible
experiencia —se burló.
—Se lo diré —rio él—. Pero conociéndolos sentirán mucho no
haber podido despedirse personalmente de ti. En especial el abuelo. En ti había
encontrado una aliada para fumar.
Emocionada asintió y dándole vueltas a las gafas que tenía
en sus manos murmuró:
—No les digas la verdad de quién soy. Creo que los
decepcionaría y...
—Nunca los decepcionarías. Pero, tranquila, nuestro secreto
seguirá siendo nuestro. Te lo prometo. Aunque sé que mis hermanas me someterán
al tercer grado durante algún tiempo preguntándome por ti.
Pensar en aquellas personas que la habían tratado como a una
más de la familia sin apenas conocerla, la emocionó. Y, sin poder evitarlo, los
ojos se le encharcaron de lágrimas.
—Sebas, tienes una familia increíble. Cuídalos mucho.
Al ver sus vidriosos ojos la atrajo hacia sí y la abrazó.
Aquella mujer a pesar de vivir rodeada de lujo y glamour, debía sentirse muy
sola... demasiado sola. Conmovido por el momento la besó en la cabeza y
susurró:
—Eh... canija. ¿Desde cuándo una diva del cine llora?
Secándose rápidamente las lágrimas de sus azulados ojos,
sonrió y dijo a modo de disculpa:
—Soy una sensiblera. Tenías que haberme visto cuando gané el
Globo de Oro. Estuve llorando un mes. Es más, cada vez que veo la estatuilla
sobre la chimenea de mi habitación, aún lloro.
—Pues estás nominada a los Oscar. ¿Qué harás si
ganas?—bromeó él.
—Llorar a mares.
—Te propongo algo mejor —rio el—. Cuando sientas que estás a
punto de llorar y no quieras hacerlo, piensa en algo o alguien divertido y eso
te hará sonreír. Pruébalo. Es efectivo.
—Dale... lo recordaré.
Sin poder evitarlo volvió a besarla. Iba a echar de menos
aquella dulzura y, en especial, su chispa para hacerle sonreír. Algo que pocas
mujeres conseguían. Cuando se separó de ella murmuró mirándola a los ojos:
—Volver a verte ha sido lo mejor que me ha ocurrido en mucho
tiempo. Lo mejor —insistió—. Y, por mucho que me gustaría que te quedaras, es
mejor que te marches porque, sinceramente Eiza, yo no tengo mucho que
ofrecerte.
El nudo de emociones que pugnaba por salir de su garganta
solo le permitió asentir. Él tenía razón. Era mejor acabar cuanto antes con
aquello. Las despedidas nunca le habían gustado y aquella no estaba siendo nada
fácil. Tantos sentimientos pululando a su antojo estaban empezando desquiciarla.
Sebastián, intentando mantener su autocontrol y disciplina,
algo para lo que estaba muy preparado por su trabajo, con una candorosa sonrisa
indicó:
—Si vuelves a venir a España, ya sea por la promoción de
alguna película o simplemente porque te apetezca volver a comer en mi cocina un
sándwich de pavo, lechuga y mayonesa, por favor, házmelo saber ¿de acuerdo?
—Por supuesto —asintió con una triste sonrisa.
No quería apartar sus ojos de él. Quería retener todos y
cada uno de los detalles de aquel hombre. Deseaba grabar su perfume, su
sonrisa... todo, pero los minutos en el reloj pasaban y él tenía que marcharse,
Eiza decidió terminar con aquella agonía. Él lo había dejado muy claro, no
tenía mucho que ofrecerle. Abrió la puerta del coche, y le dio un rápido beso
en los labios.
—Sebas... es mejor que me vaya, si no al final llegarás tarde
a trabajar, y entonces ahí si pensarás que he sido una molestia—él sonrió—Mira,
no te voy a decir adiós, porque nunca me ha gustado esa palabra, mejor lo dejamos
en un hasta pronto. ¿De acuerdo?
—Hasta pronto, canija—respondió él con voz ronca.
Con una teatral sonrisa en los labios, Eiza cerró la puerta
del coche y una vez fuera movió la mano a modo de despedida. Durante unos
segundos la observó. Necesitaba tanto como ella recordar todos y cada uno sus
preciosos rasgos. Pero, finalmente, al verla caminar hacia el interior del parador,
quitó la radio y aquella triste canción y pulsó play en el reproductor del
coche. La música cañera de Metallica lo hizo despertar. Pisó el acelerador y se
marchó. El mundo debía de continuar incluso sin ella.
Capítulo 15
Las horas en la base de los geo pasaban lentamente y el
humor del inspector Sebastián Rulli iba de mal en peor. Tras dar por la mañana
la clase teórica a un grupo de los geos, salió a correr varios kilómetros con
unos compañeros, pero le fue imposible concentrarse. Solo podía pensar en ella.
Su mente recreaba una y otra vez su sonrisa, sus labios, su dulce mirada, y
recordar su modo de decir «Oh my god...» cuando se sorprendía inexplicablemente
lo hacía sonreír.
A la hora de la comida, Carlos que se había percatado de la
ceñuda mirada de su amigo, cogió su bandeja y se sentó junto a él al fondo del
comedor.
—Cómo la pasaste anoche. Ni te cuento como se puso la fiera
de Paula al ver que te marchabas con otra.
Sorprendido por aquello Sebastián levantó la vista de su
plato.
—¿Paula? Pero si ella y yo sabemos lo que existe entre
nosotros.
—Lo sé. Pero el rechazo en vivo y en directo ante todo el
mundo jode, y anoche a Paula la jodiste pero bien.
—¿Cómo se te ocurrió hacerlo tan descarado? Si tenías claro
que en el Croll iba a estar A.R. ¿Por qué no despachaste a Paula y luego fuiste
al Croll?
Comprendía el reproche de su amigo. Lo había hecho mal. Muy
mal.
—Luego la llamaré y le pediré disculpas.
—Harás bien. Porque como tú has dicho Paula es una mujer que
tiene las cosas tan claras como tú, pero eso no quita que le moleste si le
hacen una jugada como la de ayer.
Sebastián volvió a asentir. No quería pensar en Paula,
bastante tenía con Eiza. Durante unos minutos ambos comieron en silencio, hasta
que al recordar algo, se metió la mano en el bolsillo derecho de la camisa del
uniforme y puso algo sobre la mesa.
—Toma. Ella me ha dado esto para ti.
Carlos, al ver el papel, lo cogió y al darle la vuelta vio
una foto de la actriz y leyó en voz alta:
—«Con todo mi cariño y admiración para Laura. Espero que
algún día pueda llegar a conocerte. Un beso, Anna Reyna».
—¡Joder! Mi churrita se va a morir cuando vea esto.
—No lo dudo—gruñó Sebastián sin parar de comer.
Carlos se guardó la foto satisfecho y preguntó a su amigo:
—Bueno qué... ¿Cuándo pensabas contarme lo que está
ocurriendo? ¿Cómo apareció en tu vida? ¿Desde cuándo se están viendo?
Soltando el tenedor de mala gana sobre el plato, Sebastián
contestó:
—Apareció hace unos días. Me preguntó si yo era el policía
que la había salvado en el hotel Ritzy... —soltó una carcajada—yo literalmente
la eché de mi casa.
—¿Echaste a A.R. de tu casa?
—Sí.
Sorprendido por aquello Carlos cuchicheó:
—Sabía que eras idiota, pero no tanto.
—Luego ella me persiguió cada mañana por el campo mientras
hacíamos footing y yo la rechacé.
—Joder, me estás dejando alucinado. Ese bombón, deseado por
media humanidad, te perseguía y tú la rechazabas.
—Después la vi en el Croll con Damián y Lucas —continuó sin
escucharle—. Al principio no supe que era ella, se había oscureció el pelo y se
puso lentillas para pasar desapercibida y yo... yo...
Desesperado se rascó la cabeza ¿verdaderamente había
ocurrido lo que contaba?
—A ver, relájate macho que te estoy viendo muy afectado
—susurró Carlos mirando a su alrededor. Nadie podía enterarse de aquello o se
formaría una buena.
—Esa noche la salve de las garras de Lucas porque estaba
borracha, la llevé a mi casa, y no ocurrió nada. Pero desayunamos juntos y
empecé a sentir que era algo más que la actriz que vemos en el cine, entonces
volví a quedar con ella y...
—¿Te acostaste con A.R.? Joder tío... eres mi héroe.
Sin contestar, ni prestar atención a lo que su amigo decía Sebastián
continuó:
—Anoche vi a Menchu en el restaurante, y ella me confirmó
que se marchaba a Los Ángeles y deseé volver a verla. Por eso os propuse ir al
Croll. Luego allí, cada vez que ella sonreía y hablaba con otro me sentía
enfermo y...
—Eso en mi pueblo se llaman celos —dijo su amigo.
—No. Yo no soy celoso.
—Querrás decir... eras.
—No. No lo soy—afirmó con rotundidad.
—Joder, no seas niña —rio Carlos—. ¿Estás celoso? Eso que
has sentido se llama celos. Esa mujer te gusta y te gusta de verdad. Aunque
bueno, lo raro sería que no te gustara, A.R. que es un bombón además de
divertida e ingeniosa, anda vez que recuerdo como se metió a toda tú familia en
el bolsillo, increíble!
Al escuchar aquello Sebastián se paralizó. En su vida había
sentido celos por ninguna mujer. Pero realmente la noche anterior, cada vez que
veía que Eiza bailaba o reía con alguno de los amigos de su hermana, se ponía
enfermo. Sobrecogido por lo que acababa de descubrir, miró a su amigo que con
una tonta sonrisa le miraba y preguntó:
—¿Por qué coño me miras así?
—Sebas... estás perdido. Te has enamorado de tu exmujer, que
curiosamente es... A.R. ¡casi nada we!
—¡Quieres dejar de llamarla así!
—No... colega. A.R. nadie sabe quién es. Pero si digo su
nombre al completo ¿crees que la gente no sospechará?
Carlos tenía razón y tocándose los nudillos fue a hablar
cuando aquel prosiguió:
—¿Has dicho que hoy se marcha?
—Sí.
—¿Regresa a su perfecto mundo?
—Si
—¿Te jode que se marche?
—Sí—siseó desesperado.
—Pues entonces ¿qué coño haces aquí sentado sin impedirlo?
Desconcertado, Sebastián lo miró. ¿Qué pretendía su amigo
que hiciera? Ella era una estrella del maravilloso y luminoso Hollywood y él
simplemente un policía español que nunca iba a poder ofrecerle nada de lo que
ella tenía ahora.
—Pero ¿qué quieres que haga?
—Joder, macho, pues lo normal en estos casos, impedir que se
vaya. Si realmente te gusta, haz algo. No te quedes aquí sentado y con cara de estúpido.
—Es imposible Carlos. Ella es...
Sin dejarlo terminar su amigo interrumpió:
—Sí. Ella es quién es ¿y qué narices pasa? A ver ¿Qué
probabilidades había de que ella y tú se conocieran? Y menos aún de que
volvieran a coincidir. —Al ver que Sebastián no contestaba prosiguió—. Joder, Sebas,
que estás cosas solo pasan una vez en la vida y a ti te ha pasado dos veces y
con la misma persona. ¿No crees que será por algo? Vale... los separan muchas
cosas, entre ellas medio mundo, y un montón de ceros en la cuenta corriente,
pero no me jodas hombre... si esa mujer te gusta ¡a la mierda el resto!
Búscala, vive el momento y mañana que salga el sol por donde tenga que salir.
Pero no te quedes con las ganas de saber lo que podría haber pasado.
—OMG... —susurró Sebastián y rio como un tonto al darse cuenta
que acababa de utilizar la misma expresión de sorpresa que utilizaba ella.
La positividad y empuje de Carlos le hizo reaccionar.
Conocer a Eiza era una locura pero le gustaba esa locura. Miró su reloj. Las
cinco menos diez.
—Ve a hablar con Sotillo—le animó Carlos—. Cuéntale lo que
quieras. Estoy seguro de que no te pondrá ningún impedimento para salir. Te
conoce y sabe que tú no te ausentarías de la base si no fuera por algo
importante.
Sebastián se tocó la barbilla ¿debería hacerlo? Pero tras
pensar en ella, lo vio claro. Debía intentarlo. Emocionado, Carlos siguió a su
amigo hasta el despacho del superior. Diez minutos después este salía con una
grata sonrisa en los labios.
—¡Perfecto! —aplaudió Carlos, y al verle correr hacia donde
tenían aparcados los coches gritó —. ¿Dónde vas así vestido?
Levantando la mano a modo de despedida Sebastián no
contestó. Deseaba llegar cuanto antes al parador. No tenía tiempo para
cambiarse de ropa.
En la habitación del parador de Sigüenza, la joven estrella
de cine miró por última vez por la ventana. Deseaba que aquel paisaje invernal
y su paz la acompañaran el resto de su vida. Cerró los ojos y pensó en Sebastián,
en su sonrisa, en su voz, en su mirada cuando le hacia el amor.
—Oh my god! ¡Basta de martirizarse!—gritó de pronto.
Abrió los ojos, cogió su bolso y sin pensar en nada más
salió de la habitación.
En la recepción del hotel, Paula, con gesto agrio observó
salir a Menchu. No entendía la amistad que la unía a aquel mariquita y la joven
que lo acompañaba, y que, además, la noche anterior la había privado de Sebastián.
Deseó ir a reprenderla, pero al estar atendiendo a los nuevos huéspedes en el mostrador
no pudo y se quedó con las ganas. Sin embargo, cuando vio aparecer a la joven
morena, y recordó lo ocurrido la noche anterior, llamó a un compañero para que
la sustituyese y salió tras ella.
—Un momento, señorita.
Eiza, al escuchar aquella voz, se detuvo, y no se sorprendió
al ver quien era la que la llamaba.
Dejando su gran bolso de Loewe en el suelo, se colocó bien
la peluca y esperó a que aquella llegara
hasta ella.
—¿Se va ya?—preguntó Paula.
—Sí. En este instante.
Paula pareció intuir que ella sonreía bajo sus gafas
oscuras.
—Me alegra saber que se marcha ¡por fin!
—Muy amable—suspiró Eiza.
Acercándose más a ella Paula, murmuró casi en su oído.
—Y en cuanto a lo de anoche, quiero que sepas, maldita zorra
que espero que algún día te hagan lo mismo. Yo era quien estaba con Sebastián y
tú lo engatusaste a saber con qué malas artes y te lo llevaste para acostarte
con el ¿verdad? pero no lo olvides, quien vive aquí soy yo, y no tú. Tú habrás podido
gozar de una noche con él, pero yo disfrutaré de él todas las demás.
Al escuchar aquello, Eiza se tensó. Imaginar a Sebastiám
acostándose con aquella pechugona le revolvía el estómago. Pero le gustara o
no, ella tenía su parte de razón, aunque no pensaba permitir que le faltara al
respeto de aquella manera.
—Oh... Oh. Oh... Disculpe señora —siseó Eiza marcando un
espacio—, ¿Desde cuándo usted y yo nos tuteamos?
Paula, que no esperaba aquella reacción, se quedó paralizada
y Eiza continuó:
—Que yo sepa usted trabaja aquí y yo aún soy cliente del
parador. ¿Lo ha olvidado? Por lo tanto, si no le importa, me gustaría que me
tratara con respeto y no como acostumbra a tratar a la pobre gente que trabaja
con usted. Y en cuanto a mi vida privada, a usted precisamente no tengo que
darle ninguna explicación. Pero déjeme decirle que yo no viviré aquí en
Sigüenza, pero usted sí que trabaja aquí ¿verdad?
Aquella asintió y Eiza prosiguió:
—Pues entonces no olvide que yo aquí soy el cliente, y si no
quiere tener problemas cierre la boca, deje de insultarme y aléjese de mí antes
de que decida quéjame a dirección para que la pongan de patitas en la calle ¿me
ha entendido?
Paula, a punto de explotar, no tuvo más remedio que recular.
La gente les miraba, y le gustara o no, tenía que saber comportarse en su lugar
de trabajo, y se había dejado llevar por la pasión, roja como un tomate se dio
la vuelta y se marchó. Eiza, enfadada por lo que aquella lobuqui había dicho,
se agachó, cogió su bolso Loewe y continuó su camino hacia el exterior.
En el aparcamiento del parador, y ajenos a lo ocurrido, Tomi
se despedía de una llorosa Menchu.
—Te espero en mi casa, Darling. No lo olvides ¡Te encantara!
cuando vengas a verme le llevaré al Golden y a Vanity. Te presentaré a los boys
más guapos que habrás visto en tu life y ya verás lo bien que lo vamos a pasar.
Emocionada por la amabilidad de Tomi, mientras sostenía en
la mano la tarjeta con todos sus datos que este le había entregado murmuró:
—Gracias. Si puedo, intentaré ir cuando me den vacaciones.
—Tienes que poder Menchu. Prométemelo.
—Vale... te lo prometo —asintió con cariño.
—Te tomo la palabra my love. ¡Uy! Además te llevaré de
shopping y verás lo guapa y glamurosa que vas a regresar.
Aquellas palabras, y su particular manera de entremezclar el
español y el inglés emocionaron a la joven que, contrayendo el gesto, rompió a
llorar de nuevo. Ella era de todo menos guapa y glamurosa.
—Por el amor de Dior, Menchu... ¡no llores más! ... —murmuró
Tomi.
—No puedo remediarlo. Fueron tan maravillosos conmigo que...
—Ay... ay... ay ¡Stop! Tú sí que has sido devine con
nosotros. Tu discreción nos ha demostrado que eres una girl de fiar y eso,
tesoro mío, ni Eiza ni yo lo olvidaremos.
La joven volvió a hipar y Tomi, en un intento por hacerla
hacer sonreír cuchicheó:
—Cielo stop de lloriqueos, ¿pero tú no sabes que es malísimo
para el cutis y salen arrugas?
—No lo sabía...
Eiza, aún enfurecida por lo ocurrido, se acercó a ellos y,
al cruzar una mirada con su primo, comprendió lo que estaba pasando. Por ello,
olvidando lo que le rondaba por la cabeza se acercó hasta la joven llorosa y la
abrazó.
—Menchu, como dice Tomi stop de lloriqueos. Si sigues así
conseguirás que se me corra el rímel, porque yo sí que soy una buena llorona. Y
oye... te espero en mi casa. —Al ver que la joven la miraba y se secaba las
lágrimas continuó—: Te he dado mi dirección y mi teléfono directo. Solo tienes
que llamarme, decirme cuando vienes y no preocuparte de ningún detalle más. ¿De
acuerdo?
La joven conmovida asintió, sin entender aun la suerte que
había tenido al conocer de aquella manera a aquellos dos. Tomi, al fijarse en su prima,
y ver su entrecejo fruncido preguntó:
—¿Qué te ocurre reina?
Soltando un suspiro de frustración Eiza se volvió hacia su
primo y gruñó enfadada tras quitarse las gafas:
—¿Te puedes creer que la zorra esa, me ha montado un
numerito en el hall porque anoche Sebas y yo nos fuimos juntos del bar?
—Normal honey ¡le levantaste a ese bombón!—cuchicheó su
primo—. Y mira lo que te digo, si a alguien se le ocurre levantarme a mí
semejante adonis delante de mi cara... le arranco los ojos y me hago un collar
con ellos.
—¡¿Paula te dijo algo?!—gritó Menchu.
Eiza asintió.
—Sí, pero tranquila, ya la puse en su sitio.
Menchu, sorprendida por lo que Paula hubiera podido decir,
fue a comentar algo cuando se escuchó el sonido de un coche entrar con prisa en
el parking del parador. Los tres miraron con curiosidad y a Eiza se le cayó el
bolso de la impresión. Era él. Era Sebastián.
Sin tiempo que perder, él salió del coche y suspiró aliviado
al comprobar que había llegado a tiempo. Unas turistas que estaban sacando sus
maletas del maletero giraron las cabezas al ver pasar a aquel hombre. Era todo
un lujo para la vista. Con una seguridad que les dejó a todos plantificados, él
camino hacia su objetivo. Eiza. Sus botas negras y su aplomo a cada paso
consiguieron hacer retumbar el corazón de la joven. Mientras ella no podía
apartar su incrédula mirada de él. Los pantalones y la camisa de camuflaje que
llevaba lo hacían sexy, tremendamente sexy, y varonil. Se le resecó la
garganta.
—Madre; mía, lo de Sebastián ¡es de escándalo! Qué bueno está—cuchicheó Menchu embobada.
—Es lo más... si es más guapo revienta —murmuró Tomi
boquiabierto—. Confírmame ahora mismo Ei, que ese pedazo de macho, latino, y
moreno que camina hacia nosotros con sonrisa de peligro y ojos de pasión es el
mismo G.I.Joe de anoche o me tiro a sus brazos en este momento y me lo como a
besos.
Eiza con el corazón a mil por hora, no pudo articular
palabra, tan solo asintió.
—Ahora mismo llamo al taller para que me reparen con
urgencia la varita mágica. Yo quiero un spanish así only para mí.
Menchú sonrió ante su ocurrencia y sintió un extraño calor
por el cuerpo. Ojalá algún día un hombre como aquel la mirara así. Sebastián
llegó hasta ellos, recogió el bolso de Eiza del suelo, se lo entregó y dijo:
—Canija, necesito hablar contigo.
—¿Ahora? —preguntó estupefacta al sentir su aterciopelada
voz.
—Sí. Ahora. Ven.
Sin esperar a que ella accediera, Sebastián la tomó de la
mano y con un suave tirón la obligó a moverse, Tomi todavía sobrecogido
acercándose a una atónita Menchu cuchicheó:
—¿La ha llamado canija?
—Sí —suspiró la joven.
—Oh my God ¡es divine! —suspiró al recordar a su abuela—.
Además de guapo y sexy.
Mientras seguía con la mirada a aquellos dos, Tomi se
abanicó con la mano y preguntó:
—Menchu, sé sincera, ¿Hay más machos latinos como él por
estas tierras?
Divertida por aquello, la joven pensó en algunos de los
compañeros de Sebastián y asintió.
A pocos metros de ellos una atónita y desconcertada Eiza,
aún sin creer que Sebastián estuviera frente a ella, con las gafas en la mano
preguntó:
—¿Qué ocurre? ¿Qué haces aquí?
Con el aplomo de quien sabe perfectamente lo que desea, la
atrajo hacia sí y la besó. Eso logró calmarle un poco y, acto seguido, la
separó unos centímetros de su cuerpo y con voz profunda murmuró:
—Pasa conmigo la Navidad.
—¡¿Cómo?!
Convencido de lo que decía, sin soltarla, prosiguió:
—Sé que es una locura, y que si lo descubre la prensa me
puede traer infinidad de problemas, pero quédate.
—Oh my god... —murmuró ella y él continuó—. Esta mañana
cuando me despedí de ti, te dije que no tenía nada que ofrecerte pero estaba
equivocado. Quizás lo que yo te ofrezca sea poco para lo que tú estás
acostumbrada pero...
Turbada e impaciente le cortó y preguntó:
—¿Qué me ofreces?
—Veamos... —sonrió al ver su buena disposición. Y sin dejar
de sonreír sacó un trozo de cordón negro de su bolsillo, le cogió la mano y
dejándola boquiabierta se lo ató alrededor de la muñeca.
—Sebas, ¿esto qué es?
—La pulsera de todo incluido. —Al ver su gesto divertido él
prosiguió—: Eso quiere decir, alojamiento, comida, cama, sexo, café, música,
toneladas de galletas Oreo, leche desnatada, todo lo que tú quieras y yo pueda
ofrecerte.
—Tentador —asintió ella al ver a Paula asomarse a la puerta.
—También incluye paseos por el campo con Senda, tardes
lluviosas y frías, películas con palomitas en el sillón de mi casa, bailes en
el salón con tú música y...
—¿Y?
—... y una familia algo curiosa que celebra la Navidad con
unión, regalos, villancicos y tradiciones.—Ella sonrió. Le encantaba.
—Pero no quiero engañarte. No todo lo que te ofrezco es
bueno.
—¿No?
—No. Esta pulsera, incluye días que te quedarás a solas
porque yo tendré que trabajar y excluye compromiso y reproches entre tú y yo.
—Acepto.—Aquel era un buen plan para pasar las Navidades.
Él sonrió y la besó con tal vehemencia que a ella le tembló
todo el cuerpo. Mientras tanto, Paula enfadada por lo que acababa de
presenciar, entraba en el parador y comenzaba a dar órdenes a diestro y
siniestro.
—Tengo tres condiciones—dijo Eiza de pronto.
Sebastián, feliz por saber que estaría con él un tiempo más,
murmuró:
—Estoy dispuesto a negociar todo lo que tú quieras canija.
—La primera condición es que mi primo se quede con nosotros
en tu casa. Él ha venido conmigo y también se irá conmigo.
Sebastián miró al joven que junto a Menchu les observaba, y
al ver que este cuchicheaba con la amiga de su hermana sonrió.
—De acuerdo. Siempre y cuando no duerma con nosotros. ¿La
segunda?
—Que no te enfades conmigo porque siempre me guste decir la
última palabra —se mofó divertida y él se carcajeó.
—Te lo prometo. ¿Y la tercera?
—Que me hagas trencitas en el pelo como a tu sobrina cuando
desayune por las mañanas.
La dicha que sintió el geo al escuchar aquello, le hizo reír
a mandíbula abierta. Era feliz.
Capítulo 16
Parte1
La convivencia en la casa de Sebastián se tornó perfecta.
Tomi, desde el primer momento cayó rendido a los pies del geo, y este no paraba
de reír por la forma de hablar de aquel y sus alocadas ocurrencias. Senda, la
perra, al principio no dejaba a Tomi moverse por la casa. Lo perseguía y observaba.
Pero tras comprobar que no era ninguna amenaza, al revés, que era un continuo suministro
de comida, simplemente, lo adoró. Al cuarto día de estar en la casa de Sebastián,
Tomi recibió una llamada de su Peterman. Su pianista. Lo echaba de menos y
quería volver a verlo. Sin pensárselo el joven cogió el coche y el GPS y se marchó
a Barcelona. Iban a pasar juntos los días que le quedaban en España. Eiza se
sentía feliz por su primo. Ambos aprovechaban la felicidad al máximo en cuanto
se les presentaba la ocasión. Los siguientes días para Eiza en la casa de Sebastián
fueron un sueño. Paseaban con Senda por el campo, iban juntos a comprar,
escuchaban música tirados en el sillón, se besaban, reían por lo mal que ella
cocinaba y hacían apasionadamente el amor en cualquier momento. Eiza se miraba
el cordón oscuro que colgaba de su muñera con cariño y sonreía al pensar qué significaba
todo incluido. Lo que le estaba pasando con aquel hombre era lo más auténtico y
maravilloso que le había pasado nunca y estaba dispuesta a aprovecharlo al
máximo. No quería pensar en el futuro. Solo quería disfrutar el momento, sin más.
Una noche en la que Sebastián se tuvo que marchar a la base
para trabajar, tras mirar su correo y hablar por teléfono con Max, su
representante, decidió llamar a su padre para decirle que no asistiría a su
glamurosa fiesta de Navidad. Quien cogió el teléfono fue la mujer de aquel que,
como era de esperar, entró en cólera.
—Samantha, deja de gritar y escúchame —siseó sin querer
levantar la voz.
—No... no quiero escucharte. No sé porque eres así con
nosotros Anne. No lo entiendo. Intentamos apoyarte en tu carrera y tú...
—Mira Samantha —cortó con desagrado—. A ti precisamente no
te debo nada, y por lo tanto, no tengo porque darte explicaciones.
—Toda la vida igual. Toda la vida cargando contigo y tus
problemas y...
—¿Cargando conmigo y mis problemas?—voceó Eiza al
escucharla—, Pero bueno, si alguien lleva cargando toda la vida contigo soy yo.
¿Pero quién te crees que eres?
—He intentado ser tu madre y...
—¡¿Mi madre??! Oh... qué bonito que es decirlo ¿verdad? Pero
disculpa, esa palabra a ti te queda demasiado grande como para que tú misma
hasta te la creas. Vamos, ni por accidente lo has intentado porque si así
hubiera sido, al menos yo me habría dado cuenta.
—Eres cruel Anne, además de una mala hija. ¿Cómo me dices
eso?
—Te digo lo que te mereces. Tengo treinta años y nunca he
visto en ti un ápice de humanidad, ni ternura. No me vengas ahora con cuentos
chinos, porque no te lo voy a consentir. Una cosa es lo que mi padre y tú vendían
a la prensa y otra muy diferente la realidad. ¿Entendido?
—Eres terrible... terrible.
—Pues que bien—se burló al escucharla.
La tristeza que Samantha intentaba hacerle creer que sentía,
era tan falsa como ella.
—¿Cómo te permites no asistir a la fiesta de Navidad que
organizamos tu padre y yo? ¡¿Cómo?! —insistió.
—Mira... Samantha, discúlpame, pero a ti ya te he dicho que
no tengo porque darte explicaciones de lo que hago con mi vida y...
Pero la voz de su padre, que arrancó el teléfono
literalmente de las manos de su mujer, fue la que hablo.
—Te exijo que cojas el primer avión que encuentres y
regreses cuanto antes a Los Ángeles.
Cansada de discutir, cerró los ojos y suspiró dispuesta a
librar un nuevo combate.
—Papá, he dicho que no. No estaré allí para su dichosa
fiesta.
—Por el amor de Dios, Anne. ¿Por qué te gusta hacerlo todo
tan difícil? ¿Por qué siempre eres un problema?
—Yo no soy ningún problema —gruñó al escuchar aquello.
Durante años aquella odiosa palaba había sido la más
utilizada por su padre. La niña es un problema. Anne es un problema. Todo lo
referente a ella suporta un problema para su padre. Por eso cuando Sebastián le
nombraba aquella palabra se molestaba tanto. Odiaba que la consideraran un problema.
—Ya me pareció una locura cuando no regresaste con el equipo
a Los Ángeles, pero intenté entender tus excentricidades —prosiguió aquel con
su ácida voz—. Pero que me digas que no estarás en Navidades con tu madre y
conmigo, eso ya no me da la gana entenderlo.
—Te he repetido más de un millón de veces que ella no es mi
madre. —Ofendida y malhumorada contó—: ¿Desde cuándo es tan importante para ustedes
pasar las Navidades conmigo? —Al ver que su padre no respondía añadió—: ¿O
quizás es importante porque este año estoy nominada a los Oscar?
Al escuchar el gruñido de su padre continuó—: Te recuerdo
que me he pasado toda la vida pasándolas con la abuela y Tomi, alejada de ustedes
y siempre les pareció bien.
—Eso quedó en el pasado. Anne, ahora...
—No papá eso que tú llamas pasado es mi vida. Y tengo muy
claro quién me quiere por ser simplemente Eiza y desea estar conmigo en esas
fechas tan señaladas, y quien quiere estar conmigo por ser Anna Reyna.
—No digas tonterías Anne.
—No papá, no las digo. Pero déjame decirte que tú y tu mujer
se encargaron de dejarme muy claro que yo era más un estorbo que una
satisfacción y...
—Eras una niña que...
—Una niña que siempre deseo pasar las Navidades como el
resto de los niños. Hubiera querido tener un padre y una madre con los que
poner un precioso árbol, hacer galletas de Navidad y cantar villancicos, pero
no... yo no tuve eso gracias a ti. Por lo tanto, ahora que soy adulta yo decido
sobre mi vida. ¿Me has escuchado papá? ¡Mi vida!
—¿Desde cuándo es tan importante para ti pasar la Navidad en
España?
Eiza quiso gritarle lo feliz que era, pero sabía que él,
como siempre, no lo entendería. Por ello y dispuesta a no revelarle nada más de
su vida privada contestó:
—Vamos a ver papá, Samantha y tú tendrán la casa llena de
gente en su fiesta. El que yo esté o no, nadie lo notará y...
—¿Cómo que nadie lo notará? Eres mi única hija y todo el mundo
nos preguntará por ti.
—Pues digan que estoy en Puerto Rico con Tomi y ya está.
—Oh, Anne, qué difíciles haces las cosas. No hay quien te
entienda.
—No pretendo que me entiendas. Solo pretendo vivir mi vida.
¿Cuándo te vas a enterar?
Tras un silencio incómodo por parte de los dos, Steven Rice
siseó:
—Anne, ya metiste una vez la pata con ese hombre español.
¿Qué pretendes hacer de nuevo?
Al escuchar aquello a la joven se le puso la carne de
gallina y descolocada por completo por loque aquel le acababa de revelar muy
enfadada gritó:
—¿Qué has hecho papá?
—Nada que no sea preocuparme por mi hija.
—¿Me estás espiando? Porque si es así ¡te lo prohíbo!Es mi
vida y...
—Eres mi hija, además de una actriz de Hollywood, y él no es
nadie.
—No consiento que digas eso. Es un hombre maravilloso que me
trata con respeto y con dignidad, algo que tú nunca has hecho.
Pero su padre, centrado únicamente en lo que quería decir y
no en escuchar a su hija, prosiguió:
—¿Acaso quieres que la prensa internacional se entere de que
mantienes un free con un policía español? ¿Un don nadie que curiosamente te
engañó hace diez años y se casó contigo seguramente
para llenar su cuenta corriente?
—Él no me engañó y nunca pretendió beneficiarse por lo que
pasó. Te prohíbo que hables de algo que no conoces. Y en lo que respecta a mi
vida privada, soy una mujer adulta que decide con quien quiere o no quiere
estar, ¿te has enterado? Y ah... sobre la prensa, tranquilo. Tanto él como yo sabemos
lo que hacemos. Por lo tanto Feliz Navidad y que lo pasen muy bien.
Dicho esto, colgó furiosa el teléfono y se tumbó en la
enorme cama. El aroma a Sebastián la reconfortó momentáneamente, aunque al
pensar en su padre volvió a tensarse. Nunca entendería aquel afán por criticar
absolutamente todo lo concerniente a su vida. ¿Acaso no quería verla feliz? No...
Definitivamente no quería su felicidad.
En la base de los geo de Guadalajara se recibió un aviso a
las tres menos veinte de la madrugada. Una mujer desesperada había llamado a la
policía de Sevilla porque su expareja se había llevado a sus hijos y ellos, al
ver la delicada operación, decidieron llamar a los geo. La policía de Sevilla
había localizado el piso con los niños y se alarmó al comprobar que en aquel lugar
estaban varios narcos rusos.
Podía haber sido una misión más, si no hubiera sido por la
presencia de los niños. Aquello lo convertía en una misión delicada. Ataviados
con sus monos negros, pasamontañas, gafas tácticas, guantes y cascos negros, un
par de comandos de la sección operativa de los Geo, salió con urgencia hacia
Sevilla. Nunca pensaban en el peligro, sino en la acción. Y mientras observaban
las instrucciones que el grupo de apoyo les enviaban a través del portátil
grababan a fuego en sus mentes la palabra «positividad».
Sebastián miró su reloj. Las cuatro y cinco de la madrugada.
Durante unos segundos se permitió pensar en algo que no fuera su trabajo y
sonrío al imaginar a Eiza dormida y atravesada en su cama.
—¿A qué se debe esa cara de enamorado? —preguntó Carlos al
mirarlo.
Este no respondió, simplemente se limitó a sonreír.
—Vale... entonces imaginaré que esa sonrisita es por mí —se
mofó aquel.
—No me jodas Rulli que estás enamorado de una mujer—preguntó
Roberto, Lucas, al escuchar aquello, se echó hacia delante y mirando a Sebastián
dijo alto y claro:
—¿Sabes que no te voy a perdonar que te llevaras a la morena
y menos que ahora la tengas en tú cama? Esa preciosidad era para mí y me la
quitaste.
—¿Rulli te quitó una mujer? —se burló Roberto.
—Un dulce y suave mujerón y delante de sus narices—asintió
Damián divertido.
—Rulli puede tener a la mujer que quiera. ¿Acaso todavía no
se han dado cuenta? — cuchicheó Carlos con guasa.
Sebastián no respondió y Lucas, retándole, indicó:
—Lo que él no sabe, es que a la morena ahora se la voy a quitar
yo a él.
—¿En serio?—preguntó Sebastián.
—Solo dame la oportunidad de estar a solas con ella —rio
Lucas—, y esa preciosidad donde dormirá será en mi cama, Concretamente entre
mis piernas.
—Joder... es que es para darte dos puños—masculló Carlos.
—Tú, churri, cállate—indicó Lucas.
Carlos al escuchar aquello se carcajeó y gruñó de buen
humor:
—A ver... que mi mujer me llame churri, no te da derecho a
que tú también me llames así. ¿Entendido?
Todos le miraron y al unísono gritaron:
—¡Churri cállate!
—Imbéciles —rio aquel divertido—. Esperen a que saque un buen
apodo y los voy a molestar el resto de vuestras vidas.
—Wow —se burlaron todos al escucharlo y Sebastián, clavando
su inquietante mirada en Lucas, sentenció:
—Aléjate de ella, capullo, si no quieres tener problemas
conmigo.
Su gesto. Su mirada. Su rostro al decir aquello hizo que sus
compañeros silbaran y rieran.
Estaba claro que aquella mujer le gustaba y eso les hizo
bromear. Durante parte del trayecto hasta Sevilla, Sebastián tuvo que soportar
todo tipo de comentarios, Sus compañeros, aquellos que se jugaban la vida en
cada operativo con él, eran parte de su familia y sabía que aquellas risas y
bravuconadas eran una buena manera de paliar la tensión que sentían en los
momentos previos a pasar a la acción. Cuando llegaron a Sevilla se trasladaron
inmediatamente hacia el lugar donde debían proceder. Eran las cinco y media de
la mañana y, con el máximo silencio posible, desalojaron a los seis asustados
vecinos del edificio. A través de la pared comprobaron que no había ninguna
actividad en la casa y dedujeron que todos dormían. Así que procedieron a
actuar de la manera habitual en aquellos casos, entrar y pillarles por
sorpresa.
Tras derribar la puerta y gritar «¡Alto policía!», los
valientes policías españoles comandados por Sebastián, parapetados en sus monos
negros y portando en sus manos el subfusil MP5 fueron limpiando habitación por
habitación con profesionalidad y disciplina, hasta tener a los narcos neutralizados
y a los dos niños en su poder y fuera de peligro.
Agotado por la noche de trabajo Sebastián llegó a casa a las
siete de la mañana. Como siempre su fiel Senda le hizo uno de sus sonoros
recibimientos.
—Hola Senda, ¿todo bien por aquí?
La perra, feliz porque su amo hubiera regresado, le dio
varios lametazos y a continuación se tumbó en su lugar preferido, detrás de la
puerta. Sebastián, cansado, soltó las llaves sobre el mueble del recibidor,
entró en el salón y comprobó que en su contestador automático tenía un mensaje.
Bajando el volumen, lo escuchó y sonrió al escuchar a Andrés, el chico que
paseaba a Senda, despidiéndose porque se iba a Badajoz para pasarlas Navidades.
Con una sonrisa en la boca entró en la cocina. Necesitaba tomarse algo
caliente, después se iría a descansar. Como otras muchas mañanas calentó el
café en el microondas, iba a sentarse a ojear el periódico cuando pensó en la
mujer que lo esperaba en su cama. Con una flamante sonrisa, abrió el armario
donde guardaba la comida para el desayuno, buscó algo y cuando lo encontró
asintió complacido. Después calentó dos cafés, los puso sobre una bandeja y
subió con todo ello a su habitación.
Al entrar, la semioscuridad de la habitación y el silencio
le hicieron pensar que ella estaba dormida. Con cuidado, dejó la bandeja sobre
una de las mesitas y la buscó con la mirada. Sorprendido, observó la cama y
finalmente sonrió al notar un bulto bajo el edredón. Con mimo para no
despertarla, la destapó y casi suelta una carcajada al ver cómo dormía. En vez
de estar con la cabeza sobre la almohada, estaba atravesada y hecha un ovillo. Durante
unos segundos la observo complacido. Se sintió como un tonto, pero continuó admirando
su cabello rubio y revuelto. Verla al natural, sin peluca ni lentillas, le
encantaba. Era preciosa. Recordó lo que Lucas dijo en el helicóptero y se
sintió molesto. Se sentó en la cama con sigilo y se tumbó a su lado. Deseaba
abrazarla y sentir su calor cuando ella abrió los ojos sobresaltada
—Buenos días canija —susurró besándole en la punta de la
nariz.
—Sebas—balbuceó abriendo los brazos para acurrucarle.
Durante unos segundos permanecieron abrazados hasta que el
olor del café llegó hasta las fosas nasales de ella y sin poder remediarlo
preguntó:
—¿Trajiste café?
—Sí. Pero ya sabes que yo no doy nada sin recibir algo a
cambio.
Con los ojos somnolientos se retiró el flequillo de la cara
y preguntó:
—¿Qué quieres a cambio de ese rico y calentito café?
—Mmm... Para empezar, ¿qué tal un beso de buenos días?
—¡Genial!
—Pero no uno cualquiera —insistió él—. Debe ser uno de esos
que gusta recibir cuando uno llega destrozado de trabajar y...
Sin darle tiempo a decir nada más, ella saltó de la cama y
corrió en dirección al baño dejándole solo. ¿Qué había ocurrido? Boquiabierto
se incorporó, fue hasta el baño y la encontró lavándose los dientes.
—¿Qué estás haciendo?—preguntó sorprendido.
Al escucharle ella levantó un dedo a pidiéndole que esperara
y cuando acabó y se limpió la boca con la toalla y dijo sorprendiéndolo:
—No pretenderías que te besara con los dientes sucios ¿no?
Dicho esto volvió corriendo de nuevo a la cama, se tumbó
como estaba y dijo ante un desconcertado Sebastián:
—¿Dónde nos habíamos quedado?
Divertido por las cosas que hacia se tumbó de nuevo junio a
ella y acercándose peligrosamente a su boca susurró, al oler el fresco sabor de
la pasta de dientes.
—Creo que ibas a besarme.
Dicho y hecho. Eiza le echó los brazos al cuello y tomando
su boca con auténtica adoración lo besó. Durante unos segundos degustó el sabor
salado y masculino de él, mientras notaba cómo aquellas manos grandes subían
tentadoramente por el interior de la camiseta negra de Armani con la que
dormía.
—Estaba deseando volver a tenerte así, canija —susurró
poniéndole la carne de gallina.
Ella suspiró encantada. A sus treinta años había disfrutado
del sexo, pero nunca, ningún hombre, había provocado aquella candorosa
sensación. De pronto él cerró sus manos alrededor de sus costillas y eso le
provocó una sonora carcajada.
—No... Cosquillas no, por favor.
Cautivado por aquello, en especial al ver como ella se movía
desconsoladamente entre sus manos, murmuró haciéndola reír con más fuerza:
—Por el amor de Dior—dijo él parodiando a Tomi—. ¿Tienes
cosquillas?
Jadeando para tomar aire ella, asintió y él continuó
cosquilleando la zona mientras ella se revolvía como una loca y reía a grandes
carcajadas. Estuvieron así unos segundos hasta que finalmente y sin poder evitarlo
se dejó caer sobre ella y la besó. La camiseta negra de Armani voló por los
aires y la ropa de él, segundos después, siguió el mismo itinerario. Excitados entre
beso y beso por el tórrido momento, ella abrió sus piernas y él, sabedor de lo
que quería, sacó un preservativo de la masilla, lo abrió y se lo puso. Sin
mediar palabra, guió su duro pene hasta el calor que lo enloquecía, y de un
empellón que hizo que ambos se estremecieran, lo hundió en Ella. Enloquecida
por el deseo que sentía, clavó sus uñas en aquellos poderosos hombros y se arqueó
para ir a su encuentro. Meció las caderas borracha de pasión dejándose llevar
por el momento. Excitado por la vehemencia en su entrega, Sebastián se hundió
en ella una y otra vez, hasta que la sintió vibrar entre sus manos y escuchó su
suspiro de satisfacción al llegar al clímax. Al ver que ella quedaba satisfecha entre sus brazos, aceleró sus
embestidas en busca de su propio placer mientras sentía como a cada segundo, a
cada roce, todo su cuerpo se erizaba. Poseerla en su cama y sentirla suya era
lo más maravilloso que le había ocurrido nunca y cuando creyó que iba a
explotar de placer, cayó sobre ella exhausto y feliz.
Segundos después, aún sobre ella, Sebastián respiraba con
dificultad. Fue a apartarse para no aplastarla pero ella no lo dejó.
—No... no te quites por favor.
—Pero te voy a aplastar.
—No. Tú solo abrázame—exigió.
Durante un buen rato descansaron en silencio uno en brazos
del otro sumidos en sus propios pensamientos, hasta que finalmente Sebastián la
besó en el cuello y susurró con una dulzona sonrisa:
—Cariño, si por un café he conseguido esto, no quiero ni
pensar lo que conseguiré de ti cuando te diga que además del café sobre la
bandeja hay una caja de galletas Oreo que tanto te gustan.
Ella rio a carcajadas. Diez minutos después, los dos
desayunaban sentados sobre la cama.
—Come más galletas canija, te vendrán bien—animó Sebastián.
Eiza miró con deleite las Oreo. Se moría por comérselas,
pero tras dar un sorbo a su café murmuró con resignación:
—No. Ya me he comido dos y...
Sin darle tiempo a terminar la frase, Sebastián cogió una de
las galletas y metiéndosela en la boca para su sorpresa murmuró:
—Mastica y déjate de tonterías. Tienes que alimentarle.
El sabor dulce y fuerte de la Oreo hizo que se le contrajera
el estómago. Cerró los ojos, masticó la galleta y la disfruto.
Veinte minutos después, y animada por Sebastián para que se
comiera otra galleta, terminaron con todo lo que él había subido en la bandeja,
pasadas las ocho de la mañana ninguno de los dos tenía sueño, cuando Sebastián
recordó algo de pronto.
—Voy a enseñarte algo que cuando lo veas, te vas a
sorprender.
Levantándose desnudo para deleite de ella, abrió el armario
del fondo. De la parte superior cogió una caja y la llevó hasta la cama. Una
vez allí quitó la tapa sacó varias carpetas y tras rebuscar entre varios
papeles—sacó un sobre y se lo entregó.
—Ábrelo.
Eiza cogió sobre y obedeció.
—OMG—murmuró realmente sorprendida.
—Sí OMG —asintió él. Aquella palabra. Aquella cara de
sorpresa, aquel gesto tan suyo lo volvía loco.
—La licencia de nuestra boda en Las Vegas —rio ella—. ¿Y la
Foto?
—Sí.
Boquiabierta, observo lo jóvenes que se les veía a los dos y
lo ridículos que estaban con aquellos feos vestidos de boda.
No pudo contener la risa al darse cuenta, por sus caras, de
la ropa que llevaban en ese momento.
—El montón de dinero que pagaría la prensa por esta foto.
—¿En serio? —se mofó él sabiendo que tenía razón.
—Totalmente en serio.
Sorprendiéndola como siempre, le dio un dulce beso en la
mejilla y en tono divertido murmuró:
—La seguiré guardando como un perfecto seguro de vida.
Eiza supo al instante que él nunca lo utilizaría como tal.
El no veneraba el dinero y el poder como su padre.
—Pero yo recuerdo que rompiste esto y...—añadió ella.
—Sí. Lo rompí. Pero cuando me marchaba de aquella preciosa
suite, vi los papeles en el suelo, y, si te soy sincero, no sé porque, los cogí
y los guardé. Y aquí están.
—Sin poder apartar la mirada de aquella foto, Eiza sonrió:
—Vale, lo confieso. Yo aún conservo las horrorosas alianzas
de la boda —confeso ella con un suspiro.
Ahora el sorprendido era él.
—¿Tienes las alianzas?
Ella asintió y al ver su gesto de incredulidad dijo:
—Están en mi casa de Bel Air en uno de mis joyeros. Son
baratas, horrorosas y vulgares con esos dados de juego, pero siempre me dio
pena deshacerme de ellas. Además, nunca se sabe. Quizá también en un futuro
sean mi seguro de vida.
La abrazó y, al cabo de unos minutos hicieron de nuevo
apasionadamente el amor sobre la foto y la licencia de matrimonio.
Capítulo 16
Parte 2
Capítulo 16
Parte 2
Dos días después, una mañana en la que descargaba una fuerte
tormenta sobre Sigüenza, Sebastián tuvo que ir a Guadalajara con su padre y su
abuelo para arreglar unos asuntos. Él la animó a acompañarlos, pero ella se
negó. Quería darse un baño relajante y ocuparse un poco de su aspecto. Desde
que había llegado a casa de Sebastián, apenas se había mirado al espejo y ya
era hora. Una vez se quedó sola, abrió el grifo de la bañera, y cuando se
disponía a darse un maravilloso y relajante baño de espuma sonó el teléfono de
la casa. En un principio lo dejó sonar, pero al ver la insistencia lo cogió y
escuchó:
—Sebas...
La voz de una mujer al otro lado le hizo sentir fatal. ¿Qué
hacía ella cogiendo el teléfono? Pero intentando aparentar normalidad
respondió:
—No está pero si quieres dejar un mensaje cuando regrese yo
se lo daré.
—Oh, Dios... no... no —gimoteó la mujer—. Soy Almudena
¿Quién eres?
Al reconocer a la hermana de Sebastián dijo alarmada:
—Almudena, soy Eiza y...
—Ven a casa de mi padre con urgencia —resopló—. El búho se
ha propuesto salir y creo que.... Oh... Dios mío qué dolor.
Eiza respiró alterada.
—A ver Almudena... tranquilízate y...
—Estoy sola —prosiguió aquella—. Papá y el abuelo se
marcharon, a Irene no la localizo y Eva salió a comprar y no se llevó el puto
teléfono... Ven rápido. Te necesito.
La comunicación se cortó y la joven actriz se quedó con el
auricular en la mano. De pronto un trueno la hizo regresar a la realidad. ¡La
necesitaba! Subió a la habitación como un rayo, se cambió de ropa, cerró el
grifo de la bañera y dos minutos después salió de la casa.
—Maldita sea... y yo sin coche —cuchicheó bajo el paraguas.
Comenzó a andar por las calles de Sigüenza con paso
acelerado. La lluvia la calaba entera pero debía de llegar hasta la casa de
Manuel cuanto antes. Quince minutos después empapada y con barro hasta en las
orejas consiguió llegar. Llamó al portero automático, pero nadie abrió la
puerta. Sin tiempo que perder, saltó una pequeña valla y al asomarse por una de
las ventanas, vio a Almudena tumbada y respirando con dificultad sobre el
sillón. Con el corazón a mil por hora llamó a Sebastián a su móvil pero estaba
«Apagado o Fuera de cobertura».
Piensa... piensa maldita sea Eiza, pensó temblorosa.
De pronto vio una piedra en el suelo y lo supo. Debía romper
el cristal de la puerta para entrar.
La cogió sin dudarlo y cuando iba a golpear escuchó.
—Si haces eso se lo diré a mi padre.
Volviéndose para mirar, suspiró al ver a Eva llegar cargada
con unas bolsas y tiró la piedra apurándola.
—Corre...Almudena está de parto.
Dos segundos después las dos estaban rodeando a la futura
madre que chorreaba de sudor.
—Joder... ¿Por qué has tardado tanto en venir Eva?—gruñó
Almudena.
Temblando como una hoja la joven hermana la miró y al ver
como su cara se contraía de dolor suspiró en busca de una rápida solución.
—¿Llamo a una ambulancia? Verás cómo en breve estarán aquí.
—Y mirando a Eiza preguntó histérica—: ¿Cuál es el número de urgencias?
—No sé—gimió asustada. Ella no sabía los números en España.
Almudena al escucharlas, tomó aire y gritó descompuesta.
—Uno, uno, dos ¡coño! Que la que está de parlo soy yo, no ustedes.
El dolor debía de ser tremendo. La cara de Almudena se
contraía mientras Eva hablaba por teléfono y cuando colgó dijo para
tranquilizar a su hermana:
—Ya está. Ya vienen...
—¿Qué vienen? —gritó Almudena con la frente perlada de
sudor—. El que viene es el búho ¡Dios qué dolor!
Eiza, aturdida, intentó mantener la calma. Ordenó a Eva
traer toallas limpias y agua. Al fin y al cabo eso se pedía siempre en las
películas. Con delicadeza, tumbó a Almudena sobre la alfombra y le quitó como
pudo el pantalón. Chorreaba por todos lados. Pero al ver con lo que se encontró
murmuró:
—Oh, my god ¡esto es horrible!—pero levantando la voz para
que Almudena la escuchara dijo —, Va todo genial, cielo. Va todo muy bien. La
ambulancia llegará de un momento a otro y tendrás un bebé precioso.
Eva llegó con las toallas. Ninguna de las dos podía apartar
la vista de entre las piernas de aquella. Horrorizadas observaban lo dilatada
que estaba y cómo empezaba a asomar la cabeza.
—Mierda, me voy a desmayar—murmuró Eva sentándose en el
suelo.
—Ni se te ocurra —exigió Eiza asustada y con las pulsaciones
a mil.
—¿Pero tú has visto eso? —dijo Eva horrorizada—, Pero...
pero si parece un volcán a punto de entrar en erupción.
—Es que va a entrar en erupción —cuchicheó la joven actriz.
Pero mantén la calma o tú hermana se pondrá histérica y será ella la que entre
en erupción.
—Eiza se levantó y fue al baño. Se lavó las manos y deseó
quitarse la peluca, pero no podía, si hacía eso todo sería un problema más. Se
echó un poco de agua por la cara para tranquilizarse. Almudena necesitaba ayuda
y ella la ayudaría. Antes de salir cogió más toallas limpias que vio sobre un
mueble, seguro que las necesitaría. Regreso al salón y tras hacer que la
parturienta levantara el trasero y lo pusiera sobre varias de las toallas, se
posicionó entre sus piernas, y tras suspirar y ver como la pobre se retorcía de
dolor preguntó a una descolorida Eva:
—¿Crees que debemos animarla a que puje?
Pero no hizo falta proponérselo. De pronto Almudena con una
fuerza descomunal comenzó a pujar ante ellas.
—Ay, Dios mío. ¡Ay Dios está saliendo algo por ahí!—gritó
Eva.
Eiza, tragando saliva con dificultad, agarró la mano de
Almudena que empujaba como una loca cuando Eva, blanca como la cera, volvió a
gritar.
—¿Qué es eso? Coño ¿qué sale de ahí?
—Agua... quiero beber agua—suplicó Almudena agotada.
Eiza intentando no gritar a pesar de como Almudena le
retorcía la mano respondió.
—Eso debe ser la cabeza del bebé.
—¿Esa cosa pegajosa? —gritó Eva fuera de sí.
—¿Le estás llamando cosa pegajosa a mi búho? —gruñó Almudena.
Eiza miró a una pálida Eva y tras darle un golpe para hacerla reaccionar
sugirió:
—Eva, dale agua a Almudena y refréscala.
Pero la joven estaba tan trastocada, tan fuera de sí por lo
que estaba viendo, que el vaso de agua en vez de acercárselo a su hermana se lo
bebió ella del tirón.
—Por Dios... mañana mismo voy al ginecólogo y que me lo
cosa. No volveré a dejar que ningún hombre se acerque a mí por mucho que me
excite. Pero... pero... ¿pero tú has visto como se pone eso?
Almudena, incapaz de escuchar un segundo más a su
desconcertada hermana, la asió con fuerza de la mano y gritó fuera de sí:
—Como no te calles, la que te va a coser la boca voy a ser
yo... ¡Me estás asustando! Ahh otra contracción.
Durante unos segundos que a las tres se les hizo
interminables Almudena pujó y pujó mientras Las tres gritaban asustadas.
—¿Dónde están los del puto Samur cuando se los necesita?
—preguntó Eva. y al fijarse con atención entre las piernas de su hermana gritó
de nuevo—: ¡Ay Dios mío que ahora sale algo baboso!
—No es algo baboso es mi búho —aulló la Almudena acalorada.
Incapaz de estarse quieta, Eiza soltó la mano de Almudena.
—Cógele de las manos con fuerza—le ordenó a Eva—. Y tú,
Almudena, ¡puja!. ¡puja! Que el búho ya está aquí.
Como si la vida le fuera en ello la joven y futura mamá
chilló junto a su asustada hermana y tras tres empujones que parecieron
llevarse su vida, el bebé salió. Eiza lo cogió con manos resbaladizas e
instantes después el bebé comenzó a llorar. Aquel lloro hizo que las tres
jóvenes se miraran y comenzaran a reír entre sollozos. Eva, emocionada, abrazó
a su hermana y Eiza con lágrimas en los ojos susurró:
—Oh my god...
—¿Está bien mi bebé? — Gimió Almudena.
—Creo que sí...
—¿Qué es? —preguntó la madre.
Con una sonrisa triunfal por haberlo conseguido, Eoza la
miró y enseñándole al bebé dijo llena de satisfacción:
—Es un niño. El búho es un precioso y guapísimo niño.
—Además de pegajoso —añadió Eva abrazando a su hermana.
Instantes después los médicos del Samur entraron en el salón
y apartando a las dos jóvenes hacia un lado, se encargaron de la mamá y el
bebé, mientras Eiza y Eva se abrazaban emocionadas.
Capítulo 17
Aquella noche, cuando regresaron del hospital, donde todos
se felicitaron por el nacimiento del bebé de Almudena, en la cocina de la casa
de Sebastián, Eiza hablaba con un tal Max por teléfono. Él preparaba unos
filetes de pollo a la plancha y derretía mantequilla en un cazo con leche.
Intentaba concentrarse en lo que hacía, pero se le hacía difícil al escuchar a
la joven que estaba sentada sobre la mesa de la cocina divertida y muerta de
risa. Eiza, por su parte, tampoco podía prestar total atención a Max Nixon, su
representante. No podía dejar de observar a Sebastián. Ver cómo cocinaba y se
movía con seguridad por la cocina, era una de las cosas más sexys que había
visto en su vida. Su ceño fruncido al salar el pollo y su concentración al
ponerlo en la sartén le hizo sonreír. Diez minutos después cerró su móvil, se
bajó de la mesa de un salto, le dio un manotazo en el trasero para llamar su
atención y preguntó:
—¿Puedo ayudarte en algo? Eso sí... facilito porque ya sabes
que la cocina no es lo mío.
Él sonrió, quiso preguntarle quién era ese tal Max, pero
calló y sugirió:
—¿Qué tal si preparas el puré de patatas?
—¡Perfecto!
Ver su entusiasmo ante cualquier cosa cotidiana, era algo
que a Sebastián le dejaba K.O., y sacando del armario de arriba la caja de puré
instantáneo se lo entregó y dijo:
—En el segundo cajón, a tu derecha, encontrarás cucharas de
madera para mover los copos en la leche hasta que espese.
Durante unos minutos ambos se mantuvieron en silencio hasta
que de pronto ella dijo.
—Qué fácil ha sido preparar el puré. ¡Es muy sencillo!
—Me alegra saberlo —sonrió Sebastián dando la vuelta al
pollo mientras ella se sentaba en una de las sillas de la cocina.
Mirándola por el rabillo del ojo observó que se miraba las
uñas y preguntó.
—¿Buenas noticias?
—Era Max. Mi representante. He recibido dos estupendas
ofertas por dos películas y está contentísimo. —Al ver que él sonreía murmuró—:
Y sí... lo reconozco, yo también estoy contenta. Rodar con Morgan Freeman y
Denzel Washington me apetece mucho. Son excelentes actores y profesionales y sé
que con ellos tendré un buen rodaje.
Al ver que él no decía nada, ni la miraba, continuó:
—Por cierto, cuando regrese y le diga a mi nutricionista
todo lo que he comido estos días ¡me va a matar!
Limpiándose las manos en el pequeño delantal oscuro que
llevaba Sebastián atado a la cintura, la miró, y preguntó.
—¿Tienes nutricionista?
—Oh, sí ¿acaso lo dudabas? —Él no respondió—. Necesito
controlar las calorías si quiero mantenerme en este peso. Como ya te dije, mi
público espera de mí que no cambie durante mucho tiempo.
—Increíble—se mofó él apagando la vitro cerámica.
Una vez colocó las porciones de pollo en dos platos, cogió
el cazo donde ella había hecho el puré y al no poder sacar la cuchara, la miró
y preguntó:
—¿Cuánto puré has echado?
—Un sobre entero. ¿Me he pasado?
Sebastián se dio la vuelta divertido e intentando sacar la
cuchara del cazo dijo con una sonrisa:
—Creo que sí. Ha espesado tanto, que esto vale como cemento
para la construcción.
Levantándose de la silla Eiza miró aquella pasta dura e hizo
un gesto que le provocó una carcajada a Sebastián.
—¿Lo ves? Lo mío no es la cocina.
Media hora después. Tras cenar el pollo con una improvisada
ensalada que el preparó, los dos se encaminaron hacia el sofá del salón con una
copa de vino para ver una película, mientras Sebastián continuaba riéndose de
ella por lo del puré.
—Si alguna vez decides buscar otro oficio, recuerda, como
obrera de la construcción preparando cemento no tienes precio.
Con una sonrisa en los labios se sentó en el sofá justo en
el momento en que le sonó el móvil.
—Hola Anthony, ¿cómo estás, cielo?—saludó consiguiendo que Sebastián
la mirara ceñudo.
Durante veinte minutos ella rio y habló con un tal Anthony
mientras Sebastián, tirado en el sillón, cambiaba de canal en busca de algo que
le entretuviera y su humor se oscurecía por momentos. Oírla reír y hacer planes
con aquel para cuando regresara a Los Ángeles, no le estaba gustando absolutamente
nada. Cuando la conversación acabó y ella se despidió, para su gusto, demasiado
cariñosa, su humor había cambiado, pero intentó disimularlo. ¿Qué le pasaba?
¿Acaso una de las condiciones que él mismo había exigido no era aquello de «Sin
reproches»? Eiza, sin ser consciente de lo que pensaba, con una sonrisa de
oreja a oreja se acurrucó junto a él para ver la televisión.
—¿Qué ves?
—Aún nada. Estoy cambiando a la espera de encontrar algo
bueno.
—Esta película me gusta mucho —exclamó ella de pronto
señalando el televisor.
—¿Cuál?
—Siete días y siete noches. Harry está estupendo y...
—¡¿Harry?! —preguntó él mirándola
—Harrison Ford. ¿No le conoces?
—Ah... el actor—dijo Sebastián encogiéndose de hombros.
—Es un cielo de hombre. Hace unos meses estuve con él y unos
amigos dando un paseo en su avioneta y lo pasamos muy bien.
—No me gusta Harrison Ford como actor —mintió él, cambiando
de canal.
—Pero si es buenísimo —insistió ella.
—Pues a mí no me gusta—zanjó el tema él.
Durante unos segundos ambos permanecieron callados hasta que
ella volvió a decir.
—Oh, Dios ¿has visto esta serie alguna vez?
—¿House?
—Sí... es que no sabía si se llamaba igual en España.
Bueno... bueno, el papel que hace Hugh de doctor antipático y sarcástico me
encanta. Lo que me puedo reír con él cuando me cuenta sus anécdotas. Cada vez
que coincidimos en alguna fiesta nos morimos de risa los dos.
Sebastián volvió a cambiar de canal sin comentar nada y ella
de pronto gritó:
—Wow qué guapo que sale Viggo Mortensen en esta película. De
verdad, tendrías que conocerlo. Es un tipo maravilloso y muy simpático. Ni te
cuento la que se armó con mis fans cuando fuimos a...
—joder, ¿es que conoces a todos los hombres que salen en las
películas?—cortó Sebastián.
Sorprendida por aquel tono de voz, y en especial por aquella
ridícula pregunta, ella se encogió de hombros y respondió:
—Muchos han trabajado conmigo y son amigos desde hace años.
Son actores como yo. Y en la industria cinematográfica, al menos en la
americana, casi todos nos conocemos.
—Qué bien. ¡Qué emoción!
Al ver en él un gesto que hasta el momento no había visto
nunca preguntó.
—Oye ¿qué te pasa? Parece que te moleste que conozca a...
—¿Tuviste algo con tu guapo y simpático Viggo?
Sorprendida por aquella pregunta y el cariz que estaba
tomando aquella conversación, lo miró y frunciendo el ceño preguntó:
—¿Qué es lo que me estás preguntando exactamente?
Molesto por haber dicho aquello sin pensar, se irguió en el
sillón. Se tocó la cabeza y sintió que estaba perdiendo su trabajado
autocontrol.
—Bah... déjalo. Olvídalo —dijo.
—De eso nada. Tú has empezado y ahora yo quiero seguir
—siseó molesta—. Es más, como bien me dijiste una vez, somos adultos para poder
charlar.
—Mejor dejémoslo—insistió él.
—No.
—Sí.
—¡No!
Al ver la terquedad de ella la miró y en actitud chulesca
cruzó los brazos tras la cabeza, estiró las piernas y preguntó con voz grave.
—¿Tienes ganas de discutir y decir la última palabra canija?
Aquella absurda pregunta, y más cuando él había comenzado
toda con la discusión le quemó la sangre, y levantándose del sillón gritó:
—¡No... no quiero discutir, pero tú sí! Yo solo he comentado
que conocía a esas personas, porque soy actriz como ellos, cuando tú has
preguntado una cosa terrible. ¿Qué pasa? ¿Que todo lo que sale en la prensa
crees que es verdad? Porque si es así, entonces creerás que he tenido royos con
todos los hombres que comparten plano conmigo en mis películas y...
—¿Con Mike Crisman no has tenido un lío?
Al ver su gesto torcido y la chulería en su cara, Eiza
resopló y señalándole con el dedo siseó:
—Pero bueno. ¿Y a ti que te importa?
—Vaya... veo que a mí sí me dices lo que a la prensa no te
atreves a decir—se burló enfadado.
—Te recuerdo que la pulsera del todo incluído —gritó
señalándose la muñeca— excluye reproches y preguntas incómodas. ¿Has olvidado
que tú mismo lo pediste?
—No—mintió malhumorado. ¿Qué hacía él preguntando aquello?
—¿Acaso yo te he preguntado con cuantas mujeres te has
acostado?
—No.
—Entonces ¿por qué tú me lo preguntas a mí?
Con la sangre hirviéndole y tan fuera de sí como ella gritó
enfadado consigo mismo por lo que estaba haciendo:
—Porque he visto fotos tuyas muy acaramelada con él, con Crisman,
y...
—¿Que has visto fotos mías?
—Sí. En la prensa.
—Vaya...
—He visto fotos tuyas con Crisman y con muchos otros
prosiguió él—. He visto películas tuyas donde te besas apasionadamente y...
¡—¿Y?!
Con la sensación de haber metido la pata hasta el fondo,
pero incapaz de frenar respondió.
—Y nada. Soy un imbécil por haber preguntado algo que en el
fondo no me interesa. Y aunque no quiero pensarlo, sí que me imagino que si la
prensa descubre que estás aquí, conmigo, solo tendría problemas.
—Si quieres me voy. Nunca me ha gustado ser el problema de
nadie.
Aquello le dolió. Estaba siendo injusto y al ver su mirada
miento modular su tono de su voz, se acercó a ella y sin tocarla susurró:
—Yo no he dicho que te vayas.
—Sí, si lo dijiste
Dolorida se apartó de él, cogió su caja de cigarros que
estaba sobre la mesa y con un enfado monumental decidió irse a la cocina. Se
conocía, y en aquel preciso momento lo mejor era alejarse o continuaría
discutiendo con él. Al verse solo en el salón maldijo en silencio. Su perra,
Senda lo miró y como si entendiera lo ocurrido se levantó de su sitio y se fue
tras Eiza. ¿Qué había hecho? Lo que menos le apetecía era aquella situación de
enfado. Ella nunca había preguntado ni exigido nada. Había aceptado sus exigencias
y no podía entender por qué de pronto a él se le hacían difíciles de cumplir. Miro
la televisión y vio a Viggo Mortensen caminar con su capa de capitán Alatriste
hacia un barco y sonrió. Al final el capullo de Carlos iba a tener razón y los
celos por primera vez estaban llamando a su puerta. Aunque más que llamar,
derribaban la puerta. Durante un rato esperó a que ella regresara al salón.
Nunca había ido tras una mujer. Nunca lo había necesitado. Pero al ver que los
minutos pasaban y ella no regresaba comenzó a sentirse inquieto. Aquella
situación era nueva para él y tras suspirar y convencerse de que era un imbécil
y todo lo había propiciado él decidió actuar.
En la cocina, Eiza se fumó un cigarrillo y una vez lo apagó,
sin poder evitarlo abrió el mueble de los bollos y se cogió unas Oreo. Eso
calmaría las ganas que tenía de salir corriendo de allí. ¿Qué había pasado?
Solo estaba hablando de sus amigos y compañeros de trabajo, como él en
ocasiones había hablado de Lucas, Carlos O Damián. Enfadada por lo ocurrido
mordisqueaba la galleta apoyada en la puerta del patio mirando como llovía,
cuando escuchó la música proveniente del salón. Era la canción At Last de
Beyoncé. Su canción.
—Cierra los ojos y relájate. Esta canción sé que te ayuda a
relajarte ¿verdad?—escuchó de pronto la voz ronca de Sebastián en su oído.
Incapaz de no entrar en su juego, asintió y le hizo caso. Sebastián
conseguía que ella explotara de furia pero también tenía el poder de calmarla
solo con su voz. Instantes después se dejó abrazar y comenzó a bailar con él
aquella dulce y sensual canción en la cocina. Cundo la canción terminó
Sebastián la miró a los ojos y le preguntó
—¿Me perdonas?
¿Cómo no perdonarte? pensó ella, lo besó y esbozó una
sonrisa.
Capítulo 18
Superada aquella absurda discusión, días después, Eva, Sebastián
y Eiza fueron al Hospital Universitario de Guadalajara para recoger a Almudena.
Tanto la madre como el bebé estaban de maravilla, pero Almudena llevaba dos
días sin parar de llorar. Cualquier cosa que le dijeras la hacía llorar una y
otra vez y aunque todos se preocuparon, los médicos los calmaron indicándoles que
aquello era normal. Las hormonas de la nueva mamá aún estaban revolucionadas y
por eso lloraba continuamente. Cuando dejaron el coche en el parking y se
dirigían al hospital se cruzaron con dos hombres vestidos de policía.
—Mmm... Cómo me encantan los uniformes —suspiró Eva al
verlos pasar y mirando a la joven que caminaba junto a su hermano preguntó—:
¿No te encantan los hombres así vestidos? ¿No te parecen varoniles?
—Definitivamente sí —rio Eiza tras mirar a Sebastián—. Cada
vez que tu hermano aparece vestido de policía ¡me vuelve loca!
Sebastián se carcajeó
—Normal querida, cuando se visten de negro desprenden
sensualidad y testosterona por todos sus poros y al recordar a Damián, el sexy
compañero de su hermano, suspiro—. Uff... ya te digo, hay cada uno.
Sebastián, al ver aquel gesto, le dio un empujoncito.
—Hermana, por favor. No es necesario que todos se enteren
que te vuelven loca algunos de mis compañeros de la base.
—Dios... es que allí hay material de primera —suspiró esta—.
Por cierto Ei, cuando quieras vamos a hacerle una visita a mi hermano a la
base. Almudena y yo de vez en cuando vamos y nos damos un alegrón a la vista.
Te aseguro que merece la pena
—Vale... encantada.
—Chicas, olvídense de eso—las reprendió Juan.
Lo que menos le apetecía era ver a Eiza en la base, rodeada
por los depredadores de su unidad y menos junto a la entrometida de su hermana.
Definitivamente no era buena idea.
—Anda... ahora que lo pienso —dijo Eva— Quizá a Almudena le
vendría de lujo darse un homenaje visual para que deje de llorar por el simple
hecho de existir.
—Tranquila. Se le pasará—aseguró Sebastián divertido.
—Mira, hermanito no es por nada. Pero tú podías tirarte el
rollo un poquito ¿no crees?
Sorprendido por aquello la miró y preguntó:
—¿Tirarme el rollo? ¿En qué?
—En proporcionarle a tu llorosa y lacrimosa hermana Almudena
un poco de felicidad visual y de paso también a nosotras. Tampoco es tanto
pedir, ¿no?
—Oh, sí... sería un bonito detalle—asintió Eiza y divertida
le enseñó la pulsera que llevaba y le susurró al oído—: Te recuerdo que yo
tengo un todo incluido.
—Sería un gran detalle—prosiguió Eva sin percatarse de cómo
aquel fruncía el ceño.
Sebastián finalmente sonrió por sus ocurrencias y tras
cogerlas por la cintura murmuró:
—Ni la base, ni mis compañeros por muy guapos que les
parezcan son para divertirse.—Y para enfadar a su hermana comentó—.Además, a
ti, señorita entrometida te da lo mismo un policía de verdad que un chico
vestido para la ocasión ¿verdad?
—Pues tienes razón. Me da igual. Soy una conformista nata
—asintió divertida—. Por lo menos del chico sé lo que espero. Por lo tanto, y
si no quieres que aparezcamos por la base con nuestra hermana llorona, ya sabes
lo que tienes que hacer para alegramos el alma, la vista y alguna que otra cosa
más.
Eiza disfrutaba de aquel momento familiar mientras se
cruzaba con personas que en traban y salían del hospital. Aquella libertad le
encamaba y sonrió satisfecha de su anonimato. Aquello era maravilloso. Tras
subir en el ascensor a la tercera planta entraron en la habitación. Allí
estaban Manuel y el abuelo Goyo haciendo caras al pequeño Joel.
—¡Oh... mis salvadoras! Sin ustedes todo hubiera sido un
desastre—gimió Almudena al verlas aparecer llevándose un pañuelo a la cara.
—¿Seguimos en plan drama?—se burló Eva al ver a su hermana.
—Sí, seguimos—asintió Manuel tras suspirar.
—Ay, hermosa... no lo sabes tú bien—contestó el abuelo Goyo
poniendo los ojos en blanco.
—Pero no llores cariño, que tienes un bebé precioso. — Eiza
corrió a abrazarla.
Sebastián miró a su padre y a su abuelo, quienes se
encogieron de hombros y para hacer sonreír a su hermana dijo:
—Aquí te traigo a las enfermeras más alegres de todo
Guadalajara, Almudena. Estoy segura que en este hospital tomarán en cuenta su
inestimable experiencia como matronas.
Divertida por aquello, Eva se acercó a la cama y le dio un
beso a su hermana. Se veía bien aunque con la nariz hinchada como un tomate y
los ojos rojos y vidriosos. La besó y le limpió los ojos con un kleenex.
—Que sepas mona, que gracias a tu hijo y a ti he decidido
privar a este mundo de la existencia de mi descendencia. Y por supuesto, y muy
importante, no volveré a quedarme a solas con ningún hombre por muy guapo e
irresistible que sea.
—No me digas eso. No quiero sentirme culpable por no tener más
sobrinos — lloriqueó aquella.
—Ni caso, Almudena —la consoló Sebastián—, Se acaba de
cruzar con unos tipos con uniforme y te aseguro que por su linda boquita ha
salido de todo menos la abstinencia.
—Y he pensado en ti eh... Almu. Le he dicho a nuestro
hermanito que sería algo tremendamente recomendable para ti que te alegrare la
vista con unas buenas tabletas de chocolate y unos estupendos oblicuos bien
trabajados —apostillo Eva consiguiendo que aquella por primera vez sonriera.
—Esta muchacha es un caso perdido—sonrió el abuelo Goyo.
Todos sonrieron. En especial Sebastián, al que se le veía pleno
y feliz. Al principio, ninguno quiso pensar que Eiza era la causa de su
felicidad, pero todos lo deducían. Se le notaba relajado desde que aquella
joven había aparecido en su vida y eso les gustaba. Tras un rato en el que
consiguieron hacer reír a la llorona, Eiza se acercó a la cunita del recién
nacido y murmuró:
—Es precioso. Es el bebé más bonito que he visto en mi vida.
Aquel comentario hizo que Manuel mirara a su hijo y le
guiñara el ojo. Este al ver aquello junto las cejas y su padre sonrió. No era
para menos.
—Un nuevo pequeño al que mimar—asintió el abuelo Goyo
encantado.
La puerta se abrió y una enfermera morena y de mediana edad
entró. Tras saludarlos a todos con una tímida sonrisa preguntó:
—¿Todo bien por aquí?
Almudena fue a responder pero su padre se le adelantó.
—Magníficamente.
Aquella extraña se agachó y tras mirar al pequeño Joel que
dormía plácidamente en su cunita murmuró:
—Es un niño muy guapo.
—Y hermoso. Casi cuatro kilos que ha pesado —asintió el
abuelo Goyo satisfecho.
La enfermera tras sonreír por el comentario del anciano,
cruzó una mirada con Manuel y dijo:
—Se parece mucho al abuelo.
—Gracias —sonrió Manuel, mientras Sebastián, Eva y Almudena
cruzaban sus miradas sorprendidos.
¿Qué estaba pasando allí?
La enfermera, tras suspirar, se recompuso y dijo:
—Vengo a llevarme al niño. Tenemos que hacerle unas pruebas.
—¡¿Pruebas?! Ohh, Dios mío. ¿Qué le pasa? —gimió Almudena
comenzando a llorar.
Manuel, acercándose a la enfermera le preguntó en tono
preocupado:
—¿Le ocurre algo al niño?
—No...Manuel, no te preocupes—sonrió la mujer mientras cogía
al bebé—, Las pruebas que le vamos a hacer se las hacen a todos los bebés
cuando nacen antes de marcharse del hospital.
—¿Estás segura? —preguntó aquel ante la expectación de
todos.
—Si—asintió aquella con una dulce sonrisa.
—¿Qué le van a hacer? —preguntó Almudena.
—Le vamos a pinchar en el talón y...
—Ay pobrecito mi niño... ya comienza a sufrir —gimió la
sensible madre comenzando a llorar de nuevo.
La enfermera tras mirar a la joven y sonreír, se acercó a
ella y cogiéndole con la mano el óvalo de la cara para que la mirara murmuró:
—Son pruebas rutinarias, no te preocupes. ¿Vale Almudena?
—Vale... si nos lo dices tú, me quedo tranquilo —asintió
Manuel con un dulce tono de voz.
Aquel tono de voz de su padre hizo que los hermanos se
miraran los unos a otros. ¿A qué se debía aquella sonrisa? Y sobre todo, ¿por
qué aquella mujer sabía el nombre de su padre? La enfermera sonrió de nuevo,
pero cuando se dio la vuelta para salir, el abuelo Goyo se plantó delante y
dijo en tono poco conciliador:
—Yo te acompaño. No hago más que ver en la televisión que
roban niños, y este es tan hermoso que no puedo dejarlo marchar sin mi
vigilancia. ¿Quién nos asegura que no nos lo van a robar?
—¡Abuelo! —protestó Sebastián, mientras Eiza sonreía.
—Ni abuelo, ni nada. El pequeño es una hermosura y no va a
ningún lado si no voy yo.
Sebastián divertido por cómo su abuelo se aceleraba en
décimas de segundos, se acercó a él y en tono tranquilizador dijo:
No te preocupes. Estoy seguro que esta enfermera lo cuidará
y enseguida lo traerá para que podamos irnos.
—¡Que no!—insistió el anciano—. Que de aquí no sale el niño
sin su bisabuelo detrás.
—Goyo... no te preocupes —dijo Manuel con seguridad—.
Quédate con los muchachos mientras yo acompaño a Maite. Me aseguraré que
nuestro Joel regrese junto a su mamá.
—Si papá acompáñale —gimió Almudena.
Dos minutos después, la enfermera y su padre desaparecieron
tras la puerta y Eva miranda a su hermana susurró:
—¡¿Maite?! Es mi impresión o papá y esa enfermera?...
—¿Papá ligando?—preguntó Almudena secándose las lágrimas.
—No empiecen que las conozco —se burló Sebastián.
Eiza sonrió y Eva sorprendida por lo que había visto minutos
antes dijo:
—¿Vieron cómo se puso de meloso papá y como miraba a esa
mujer, a Maite?
Vaya... vaya con papá, si al final va a ser más ligón que
tú.
—A ver señorita entrometida —rio Sebastián—. Papá es papá y
yo... soy yo.
Aquel comentario de Eva, hizo que Eiza frunciera el ceño,
pero finalmente sonrió. Escuchar las cosas que aquellos decían ante la cara de sorpresa
del abuelo Goyo, no tenía precio. Ver aquella familia tan unida y con sus
bromas... Eso era lo que siempre había anhelado tener y, de pronto, aquellas
personas se lo estaban dando todo.
Cinco minutos después el abuelo Goyo miró en dirección a Eiza.
—Bonita, ¿vamos a tomar un café?
—Oh, sí... ahora mismo—asintió Eiza.
—¡Abuelo Goyo que no puedes fumar! —le recordó Eva
sonriendo.
El anciano al escuchar aquello, levantó el bastón y gruño.
—Me cago en todo. ¿Quién ha dicho que voy a fumar?
Eiza se tapó la boca para no sonreír. Estaba claro lo que el
anciano quería y Sebastián, suspirando, indico:
—Vamos, abuelo... yo los acompañaré.
—Sebas, no te ofendas. Pero me gusta más la compañía femenina.—Pero
al ver como este lo miraba dio un taconazo en el suelo y dijo—: De acuerdo,
vayamos a la cafetería.
—Buena idea abuelo...buena idea —sonrió Sebastián, que antes
de salir por la puerta dijo en broma —: Se me comportan chicas.
Una vez se quedaron solas Almudena, ya más tranquila, dijo:
—Qué fuerte lo de papá con la enfermera. ¿Maite? ¿Quién es
Maite?
—Está visto que los uniformes nos ponen a todos los de la
familia—se burló Eva haciendo reír a
carcajadas a Eiza—.Yo creo que aquí hay royo caliente. ¿Has visto como se
miraban?
Eiza, sintiéndose una más entre aquellas, añadió:
—Quizá no deba de decir esto, pero su padre es un hombre
joven, solo y creo que se merece ser feliz ¿no creen?
—Te doy toda la razón, pero ¡Dios! verás cuando Irene se
entere —susurró Almudena.
—Calla... y no me lo recuerdes —suspiró Eva—. Que como aquí
haya royo nuestra santa Irene, estoy segura de va a formar la tercera guerra
mundial.
Sobre las seis de la tarde todos estaban en la casa de
Manuel en Sigüenza. Como era de esperar, Almudena lloró al entrar con su hijo,
cuando entró en su habitación, cuando se miró al espejo, cuando el bebé hizo
caquita y en todas las ocasiones habidas y por haber. Una hora después los hombres
agotados de tanta lágrima decidieron ir a comprar provisiones a la tienda de
Charo, mientras las chicas se quedaban en casa. Poco después llegó Irene con
sus hijos para achuchar al pequeño Joel, que plácidamente dormía en su cunita.
—Ay qué hermoso —susurró Rocío al ver a su pequeño primo.
—Si... es muy lindo —gimió la joven madre emocionada.
—Tía Almu ¿Puedo cargarlo?—preguntó la pequeña Ruth.
—Ahora no cielo, esta dormidito. Pero cuando se despierte te
prometo que serás la primera en cargarlo.
Javi, que como siempre andaba con su balón bajo el brazo,
tras ver a su tía continuamente llorando dijo acercándose a la cuna:
—Vale mamá ya lo he visto ¿puedo irme a casa de Jesús a
jugar?
Su madre asintió.
—Sí, hijo si puedes irte a jugar. Pero de allí no te muevas
hasta que yo vaya a buscarte.
¿Entendido?—una vez el pequeño salió murmuró divertida—: Es
un futuro hombre y lo quiero con locura, pero tiene menos sensibilidad que un
calamar.
Durante un rato las mujeres estuvieron hablando del bebé, de
sus ojitos, sus cachetes y lo precioso y gordito que estaba hasta que la pequeña
Ruth para llamar la atención dijo:
—Me duele la tripita.
—Ay mi niña ¿Qué te pasa? —se alarmó Almudena.
—Tendrá hambre —replicó su madre con tranquilidad— Ve a la
cocina y coge un yogur del frigorífico del abuelo.
—Yo quiero una palmera de chocolate—exigió la niña en tono
de capricho.
—Ruth, no sé si el abuelo tiene palmeras en casa. Ha ido a
comprar y...
—Pues yo quiero una palmera. Y la quiero ahora —insistió.
Aquel tono de voz y en especial como la niña se hacía notar
hizo que las hermanas se miraran y Eva en tono de broma dijera:
—Me huele a celos.
Consciente de la carita de le pequeña, Eiza sonrió y tomándola
del brazo le preguntó:
—¿Quieres que vayamos a la cocina y miremos lo que tiene el
abuelo?
—Sí—sonrió la pequeña al ver que había conseguido la
atención de alguien.
Segundos después llegaron a la cocina. Eiza no sabía dónde
guardaba las cosas Manuel, por lo que dejo que la pequeña se lo indicara. Su
felicidad fue total cuando encontró lo que ella ansiaba.
El abuelo, como siempre, tenía palmeras de chocolate para
ella.
Cuando regresaban al salón sonó la puerta de la calle y una
amiguita la reclamó para jugar. Irene dio su consentimiento y la niña se marchó
a casa de Úrsula, una vecina.
—Mamá, ¿iremos de compras a Madrid? —preguntó Rocío.
—No lo sé. ¿Por qué?
La joven al ver que su madre no la miraba insistió.
—Mamá quiero que me compres el abrigo de cuero que te dije
en la tienda de JLo ¿no lo recuerdas?
Irene suspiró y mirando a su hija respondió:
—Sé que te vas a enfadar, pero tengo que decirte que lo que
me pides es imposible, cielo. Tú padre necesita una nueva radio para el camión
y el sueldo de él no da para mucho. Por lo tanto, y aun a riesgo de que no me
hables el resto del año, tengo que decirte que no te puedo comprar el abrigo de
cuero que quieres.
—Mamá ¡me lo prometiste!
—Lo sé cielo, pero tenemos un límite para los gastos y no
contaba con la increíble factura de la calefacción y el seguro del hogar.
—¿Qué abrigo de cuero quieres? —preguntó con curiosidad Eiza.
Conocía toda la ropa de su amiga JLo y quizás ella pudiera
hacer algo.
—Pues uno que cuesta un riñón y parte del otro —se quejó
Irene.
—El nuevo de la colección de Jennifer López—suspiró Rocío.
Uno que ella luce en su nuevo catálogo. Me encanta ¡es precioso!
Eiza asintió. Tendría que mirar el último catálogo de su
amiga para saberle qué abrigo se trataba. Irene, entristecida por tener que
darle aquella noticia a su hija prosiguió:
—El problema es que si te compro ese abrigo de regalo de
Reyes, el resto de la familia se quedaría sin regalos. ¿Crees que eso sería
justo para ellos?
—Vale mamá... lo entiendo.
Sorprendida por aquella contestación Irene miró a su hija y
murmuró boquiabierta:
—¿De verdad, cielo que lo entiendes?
—Que sí, mamá—suspiró sabedora de que su madre tenía razón.
El sueldo de su padre no daba para mucho y tener un abrigo tan caro era un
sueño imposible. Además, no quería enfadarla. Había quedado con unos amigos un
par de horas después para ir a tomar algo al pueblo de al lado y mejor contentarla
a que le prohibiera salir.
Olvidado el incidente del abrigo, todas siguieron adorando
al pequeño hasta que Eva dijo:
—Es precioso... ¿Pero es solo cosa mía o se parece a él?
—Sí. Es igualito a él —asintió Rocío muy segura de lo que
decía.
Eiza no entendió aquel acertijo hasta que Almudena mirando a
su bebé asintió y como era de esperar gimoteó llevándose el kleenex a la boca:
—Es idéntico a su padre.
—Por Dios, Almu, pareces un bulldog con tanta baba —se mofó
Eva al verla.
Irene al escuchar aquello le dio un pellizco y consoló a la
llorona abrazándola.
—Ya está, cielo... ya tranquila.
Diez minutos después y tras conseguir que Almudena dejara de
llorar, miró a su precioso hijo y dijo más tranquila:
—Si lo viera Saúl se quedaría de piedra. Es idéntico a él.
—Por cierto y hablando de piedras —dijo Eva para cambiar de
tema—. Irene, ¿a que no sabes quién es un ligón impresionante?
Eiza y Almudena se miraron sorprendidas. Sabían lo que iba a
decir y centraron toda su atención en Irene que con gesto dulce miraba al
pequeñito.
—¿Quién es un ligón? —se interesó Rocío tras mirar su móvil.
—Tu abuelo, vamos, mi padre.
—¡¿El abuelo?!
—¡Ajá!
—¡¿Mi abuelo?!—Pregutó Rocío sorprendida.
—El mismo que viste y calza. Ya ves... tenemos otro latín
lover en la familia además de nuestro guapo Sebas—asintió Eva esperando la
reacción de su hermana mayor que no se hizo esperar.
Irene levantó el rostro y tras clavar la mirada primero en
su hija y después en sus hermanas, dijo en un tono de voz nada sorprendido:
—Pues hace muy bien. Papá es un hombre joven y se merece ser
feliz. ¿No creen?
—Dios mío bendito, que a ti no hay quien te entienda—se burló
Eva al escucharla.
—¡Mamá! Pero ¿has oído lo que han dicho las tías?
—Sí cariño, claro que lo he oído. Y repito. Me parece muy
bien que el abuelo salga con alguien. La abuela murió hace años, para nuestro
pesar y el suyo, y necesita compañía.
—¡Qué fuerte! Contigo una no sabe cómo acertar—murmuró Eva
mirando a Eiza.
—Y que lo digas —asintió Almudena.
Sorprendidas como nunca en su vida, Eva y Almudena se
acercaron a su hermana y poniéndole la mano en la frente murmuró Eva.
—Llamen a una ambulancia con urgencia.
—Irene ¿estás bien?—preguntó Almudena.
Esta tras sonreír a Eiza que las estaba observando apartada,
se sentó junto a la cuna del pequeño Joel y dijo:
—Yo estoy perfectamente. ¿Y ustedes?
—Pero... pero... yo pensé que ibas a formar la tercera
guerra mundial —cuchicheó Eva.
—Ash, Eva María. Qué exagerada eres —rio Irene.
—Pero vamos a ver ¿con quién sale el abuelo? —preguntó Rocío.
Irene, Tras tapar con la manta al bebé las miró y contesto
con una sonrisa:
—Con una señora encantadora desde hace al menos año y medio.
—¡¿Cómo?! —gritaron sorprendidas Eva y Almudena.
—Relájense, mujeres modernas —se mofó Irene tras soltar su
noticia—. ¿A qué viene tanto alboroto? Ni que estuviera saliendo con una putingui.
—¡¿Putingui?! ¿Qué es eso? —preguntó sorprendida Eiza.
Rocío respondió divertida:
—Putingui, puta, guarra, zorra, o una mujer sueltecita de
bragas.
—Ah... vale o como digo yo una lobuqui—se carcajeó Eiza.
l.as hermanas, ante la defensa de Irene de aquella
desconocida corrieron a sentarse a su lado.
—Comienza a hablar si no quieres que te torturemos —dijo
Almudena tras ponerse un flotador bajo el trasero.
Irene, suspiró y pasó a relatarles cómo su padre, hacía cosa
de dos años, le comentó una tarde que había conocido a una mujer en uno de los
chequeos del abuelo Goyo en el hospital Universitario de Guadalajara. En un
principio no quiso hacer caso a sus sentimientos, hasta que un día el abuelo Goyo,
al ver a la joven enfermera en la cafetería del hospital, ni corto ni perezoso
se empeñó en desayunar con ella. Aquel primer contacto hizo que el abuelo Goyo
confirmara sus dudas. Se había dado cuenta de cómo su yerno, que había estado
felizmente casado con su hija, evitaba mirar a la simpática enfermera que se
deshacía en atenciones hacia ellos.
—Así que el abuelo Goyo hizo de celestina —sonrió Eva.
—Ya te digo —asintió Irene—. Es más, el abuelo fue el que
consiguió el teléfono de Maite, la enfermera, y se lo dio a papá para que la
llamara. Entonces papá me llamó un día a casa y me contó lo que pasaba. Sabía
que ustedes y Sebastián aplaudirían su decisión, pero también sabía que yo no
lo haría, y decidió contarme lo que ocurría antes de que yo me enterara por
otro canal y me pudiera enfadar.
—Ay qué lindo que es papá—gimoteó Almudena de nuevo.
—El caso es que cuando papá me lo dijo — prosiguió Irene—,
al principio me quedé sin saber que decirle. El que esa mujer formara parte de
su vida, me hizo pensar que ya se había olvidado de mama. Yo me enfadé con él y
le dije cosas que luego me arrepentí y decidió olvidarse de ella. Papá antepuso
nuestra felicidad a la suya propia. Una semana después, el abuelo Goyo se
enteró de lo ocurrido, vino a verme a casa y me hizo entender, bastón en alto
—rio emocionada al recordar aquello—, que papá se merecía volver a ser feliz.
—Ay qué lindo es el abuelo Goyo —volvió a suspirar Almudena
justo en el momento en que Eiza le pasaba un nuevo kleenex que ella aceptó
encantada.
—Y tú qué bruta, Irene—siseó Eva mirando a su hermana.
—Lo sé y por eso cambié de opinión. El abuelo Goyo me hizo
entender que papá hubiera dado la vida por mamá y que la querría toda la vida,
pero que él estaba vivo y se merecía tener una nueva ilusión. En definitiva,
hablé con papá y le obligué a llamar a Maite delante de mí. Desde entonces siempre
que él va a Guadalajara queda con ella y se ven. Incluso ha venido a casa un
par de veces, pero como las dos estaban viviendo en Madrid no se enteraron y Sebastián,
por su trabajo, tampoco. Papá me dijo que no dijera nada porque quería ser él
quien les diera la noticia si lo de ellos continuaba. Y ahora, vamos a ver
¿cómo se enteraron?
—En el hospital. Esta mañana ha entrado una enfermera, Maite,
a la habitación a por Joel, y...
—¿Qué les pareció Maite?—preguntó emocionada Irene ¿Verdad
que una mujer encantadora? Oh, Dios... a mí me cae fenomenal y siempre que voy
a Guadalajara hago como papá, la llamo y me tomo un café con ella.
Almudena y Eva se miraron y divertida esta última respondió:
—Pues... no hemos hablado con ella y...
El timbre de la puerta sonó y Rocío se levantó para ir a
abrir. Dos segundos después la joven entraba en el salón seguida de dos
impresionantes policías municipales.
—Mamá...estos... estos señores preguntan por...
— ¿Pero qué ven mis ojos? —gritó Eva sorprendiéndolas a
todas.
—Dos policías —respondió Almudena sin entenderla.
—¡Wow! ¡Adelante!—gritó Eva al ver a aquellos musculosos y
atractivos hombres vestidos de policía. Eiza, al ver aquello, se quedó
boquiabierta, pero Eva se levantó y llegando hasta donde estaban le dio un
cachete en el trasero al más alto y dijo dejando a sus hermanas sin palabras —:
Mmm... me encanta este trasero redondo. Lo bien que te queda el uniforme y el
cinturón que llevas en la cintura.
—¡Eva María! —gritó Irene sorprendida por aquel descaro.
El policía miró a la joven que sonreía a su lado y tras
cruzar una mirada con su compañero dijo:
—Me alegra saberlo, señora.
—¡Señorita! —recalcó divertida.
—Señorita —repitió el municipal.
—Vaya... vaya... veo que mi hermanito por fin se ha dado
cuenta de que necesitamos un alegrón para el cuerpo y la vista.
—No lo puedo creer —murmuró Eiza sorprendida. ¿Sebastián
había enviado a unos boys para alegrarles la tarde?
—Créetelo nena—rio Eva al escucharla—. Sebas es el mejor.
Irene y Almudena, patidifusas, miraban a su hermana pequeña
revolotear alrededor de aquellos policías cuando la escucharon decir:
—Vamos, nenes, pongan la musiquita y comiencen el
espectáculo. Somos todas ojos ¡guapos!—Y mirando a su hermana Almudena le
cuchicheó—: Le dije a Sebastián que un numerito de estos te vendría bien ¡y
aquí están!
—Wow—rio Almudena complacida—, ¿En serio?
—Ya te digo.
—Uff... con esto me va a subir la calentura.
—No importa, Almu... disfrútalo.
—Entonces... vamos nenes. Enseñen lo que saben hacer que
acabo de ser madre, estoy sin pareja y desesperada por ver un cuerpo musculoso—aplaudió
Almudena divertida cambiando radicalmente su tono de voz.
Eiza al escuchar aquello se tapó la boca con las manos.
Aquello era lo más surrealista y divertido que había vivido nunca y no pudo
evitar carcajearse, mientras pensaba en el detallazo que Sebastián había tenido
al enviarles aquella diversión.
Los policías, sin saber realmente de qué hablaba, se miraron
y el más alto, tras clavar su mirada en las jóvenes alocadas, en especial en la
que estaba junto a la cunita del bebé, dijo:
—Preguntamos por...
—Por Eva, Almudena, Eiza, Irene y Rocío ¿verdad? —susurró
Eva.
—No precisamente—respondió el policía divertido.
—Venga guapos, no se hagan de rogar—cuchicheó Almudena.
Avergonzada por sus hermanas, Irene se acercó a su hija y
tapándole los ojos dijo:
—Tú no mires, cielo... a tus tías se les ha ido la cabeza.
—Quita mamá—protestó Rocío que no quería perderse nada.
—Vamos, nenes, pongan la música y comiencen a quitarse la
ropa—suspiró Eva sentándose junto a Eiza que se retorcía de risa.
—Eva María ¿te has vuelto loca?—protestó Irene al
escucharla.
—No cielo... loca te vas a volver tú cuando veas el cuerpazo
que se gasta ese moreno, con más morbo que el mismísimo Hugh Jackman en
Australia.
—Miren señoritas, no sé a qué se refieren —respondió el policía
más alto levantando la voz—. Tanto mi compañero como yo les agradecemos los
piropos que nos han dicho, aunque siento decirles que por mucho que ustedes nos
digan, la denuncia que acaba de poner su vecina, Asunción Castañedo, a Javier
López Morán por haberle roto el cristal de su puerta, no se la vamos a quitar.
Como si se hubieran caído de un quinto piso todas se
quedaron calladas e Irene torciendo la cabeza al más puro estilo de la niña del
exorcista gritó.
—¡¿Que la sinvergüenza de la Asunción, la ruca esa le puso
una denuncia a mi niño?! ¡¿A mi Javi!?
—Sí, señora. Me alegra saber que por fin nos entendemos
—asintió el policía alto aun sonriendo.
Como un cohete a propulsión la madre de la criatura corrió
al exterior y antes de que ninguno pudiera llegar donde estaba ella se
comenzaron a escuchar gritos.
—Ay madre ¡la que se va a armar! —gritó Eva y mirando a su
hermana dijo antes de salir—: Almu, quédate aquí con Joel que tú no estás para
líos.
Dos segundos después las jóvenes discutían con Asunción y
las hijas de esta, cuando la susodicha se abalanzó sobre Irene y, como si de
una batalla campal se tratara, todas las mujeres comenzaron a gritar y a
empujarse. Eiza en un principio intentó mantenerse a un lado. No estaba acostumbrada
a aquel tipo de problemas, ni contactos. Pero al ver como dos agarraban a Eva,
no se lo pensó dos veces y se metió por medio. Al pensar en su peluca intentó
por todos los medios que nadie la agarrara del pelo, pero era imposible, había
manos por todos los lados. Almudena que observaba todo aquello dando gritos
desde la ventana, al ver el problema, no se lo pensó y dos segundos después
estaba metida en todo aquel problema en camisón. Los policías, sorprendidos por
el problema se había armado en décimas de segundo, se metieron por medio para separarlas
pero era misión imposible. Eran muchas mujeres para ellos dos. En ese momento
llegó un coche. Sebastián junto a su padre y su abuelo al ver aquello y
reconocer a sus hermanas y a Eiza en aquel problema se acercaron rápidamente y
entre todos consiguieron separarlas.
—Pero ¿qué le pasa? —preguntó Sebastián tras comprobar que
todas, en especial Eiza, estaban bien a pesar de que respiraban con dificultad.
—¡La ruca de la Asunción!—gritó Irene—, Pues ha denunciado a
Javi porque dice que le ha roto los cristales? Cuando Javi está jugando en casa
de Jesús.
—¡Tu hijo me ha roto el cristal de la puerta de un balonazo!
—gritó esta como una verdulera,
—¡Imposible! —Voceó Almudena— El niño no pudo ser.
—¡Ha sido ese sinvergüenza con cara de delincuente! ¡Lo he
visto con mis propios ojos!—gritó una de las hijas de la otra.
—Será mentirosa la tipa esta—gruñó el abuelo Goyo con el
bastón el alto.
—¡Mentiroso usted viejo verde!—gritó la ofendida.
—Ya quisieras tú que yo te tocara ¡so fea! —se mofó—. Vamos,
ni con un palo y a distancia te tocaba yo.
—Asqueroso... baboso. Cierra esa boca sin dientes.
—Mire señora —gritó Eiza encendida—. Como vuelva a insultar
a este hombre te las va a ver conmigo, porque tú sí que te quedarás sin dientes
cuando yo te los arranque y me haga un collar con ellos ¿Quieres?
Sebastián, sorprendido, la miró y el abuelo gritó:
—Aquí está mi bonita, ella si tiene ovarios —Eso abuelo, tú
anímala —gruñó Sebastián deseoso de acabar con aquello.
—¿Y tú quién eres? —gritó una de las hijas de la ofendida—.
¿La que se pasa por la piedra ahora al policía?
—¡Señoras!—gritó el municipal incapaz de parar aquello.
Manuel fue a responder a aquella ofensa pero Eiza se le
adelantó:
—¡Yo soy la que te va a arrancar los dientes como sigas
diciendo tonterías!—gritó haciendo carcajearse a Almudena.
—Asunción —protestó Manuel enfadado—.Diles a tus muchachas
que no falten a mis chicas o...
—¿O qué? ¿Acaso nos vas a pegar?
—¡Perra. Si es que todos los de tú familia son unos
delincuentes—gritó el abuelo Goyo levantando el bastón—. Asunción, eres más
perra que...
—¡Abuelo! —gritó Sebastián para hacerlo retroceder.
Por todos era bien conocida la enemistad de aquellas dos
familias vecinas, las Chuminas y los Rulli desde hacía años, por unas tierras.
—Su nieto nos ha roto los cristales de la puerta — protestó
Asunción mirando a Manuel que estaba horrorizado por todo aquello.
—Imposible —gritó la madre del niño—. He repetido mil veces
que él no ha podido ser. Estoy segura de que te estás equivocando y tú lo
sabes.
—Oh... dijo su santa madre — se mofó aquella—. Tú qué sabrás
si estabas zorreando con tus hermanas en casa.
—¡Zorreando! — gritó Almudena muerta de risa.
—¡¿Zorreando?! —repitió Eva—. Aquí la única que zorra eres
tú ¡so perra!
—Chicas... chicas... no entren en su juego—protestó Sebastián
al ver aquello
—Señoras tranquilícense y acabemos con esto —insistió el
municipal intentando no sonreír ni mirar a Almudena.
—¿Dónde está Javi? —preguntó el abuelo del niño intentando
poner paz.
—En casa de Jesús, el hijo de Eulalia —informó Eva muy
enfadada.
—Ve a buscarlo ahora mismo y aclaremos esto de una vez
—insistió Sebastián al ver como su hermana mayor comenzaba a encenderse de
nuevo.
Sin perder tiempo, Sebastián se presentó a aquellos dos
policías y rápidamente comenzaron a hablar entre ellos de lo ocurrido. Cinco
minutos después, Javi, junto a Jesús y la madre de este llegaban al lugar de
los hechos donde se aclaró que los niños no habían salido de la casa en toda la
tarde. Rompieron la denuncia allí mismo y cuando Sebastián obligó a sus
hermanas a entrar en casa, el policía alto, antes de montarse en el coche
patrulla, se acercó hasta Eiza, Almudena y Eva y dijo para su sorpresa:
—Cuando quieran, acabamos el numerito, nenas.
Almudena soltó una carcajada mientras las otras dos se
ponían rojas como tomates. Finalmente se encaminaron hacia el interior de la
casa muertas de risa, mientras Sebastián sin entender nada preguntaba:
—¿A qué se refería el municipal?
—Mejor no preguntes—se mofo Almudena, quien no volvió a
llorar más.
Capítulo 19
Aquella tarde, tras la trifulca con los vecinos, Eiza y Sebastián
regresaron caminando a la casa de este. Pararon en la plaza donde se tomaron
unas cervezas y se comieron unas galletas, que a Eiza la apasionaron, y luego
continuaron su camino. Aquel paseo tranquilo, agarrados de la mano, Eiza lo
disfrutó de una manera increíble. Cosas tan básicas como pasear por la calle,
ir a comprar a una tienda o tomar algo en una terraza, ella las disfrutaba de
una manera que a Sebastián lo hacía sonreír. Durante el camino hablaron sobre
sus vidas. Ella le contó curiosidades de rodajes y divertidas anécdotas que le
habían ocurrido y él la escuchaba encantado. Aunque cuando hablaron sobre las escenas
de sexo que ella interpretaba o los supuestos besos a los galanes, ya no le
hacía tanta gracia.
—No me seas anticuado. Los actores interpretamos ¿tan
difícil es de entender?
Sebastián se paró para responder.
—Mira Eiza... no pongo en duda que actúes, pero a ver,
¿Cuándo ruedas una escena de sexo y están desnudos en la cama, no se excitan?
Con gesto pícaro murmuró:
—Pues depende.
—¡¿Depende?!
—Si —respondió ella echando a andar de nuevo.
Incapaz de creer una respuesta tan sincera la cogió de la
mano y haciendo que se detuviera, preguntó:
—¿Te le has excitado alguna vez ante la cámara?
Le miro con seguridad y asintió.
—Interpretar una buena escena es dejarte llevar y...
—No quiero escuchar más —dijo Juan levantando las manos.
Aquel gesto hizo sonreír a Eiza y acercándose a él murmuró:
—Sebas, los actores sabemos interpretar muy bien, no pienses
cosas raras.
—Pero si me acabas de afirmar que te has excitado —replicó
enfadado.
—Pues sí. Pero mira, yo por norma cuando interpreto una
escena de sexo, bloqueo mi mente y visiono lo que yo quiero para que sea más
realista. El que tenga a un actor sobre mí besándome no significa que me guste.
Además, tú en el cine ves solo la escena final montada, y déjame decirte que una
escena tiene muchas tomas. Y en esas tomas lo que menos haces es excitarte de
la manera que estás pensando.
—Oh... ¿y los besos? — se interesó Juan—. ¿Me vas a decir
que los besos que se dan no son reales?
Encogiéndose de hombros la joven suspiró.
—Sí... Sebas, nos besamos. En ocasiones más pasionalmente
porque lo exige el guion, pero te puedo asegurar que es solo un beso, nada más.
—Y dejándole planchado le agarró y dijo acercando su boca a la de él—: Ahora te
voy a dar un beso de los que a mí me gustan, para que me entiendas, de los
nuestros.
Sin dejarle hablar tomó sus labios y con una sensualidad que
a Juan le puso la carne de gallina lo besó. Enredó su lengua con la de él y se
la succionó primero lenta y pausadamente para instantes después devorarlo con
pasión. Tras conseguir que él respondiera a aquel apasionado beso, la joven lo
finalizó dándole un pequeño tirón en el labio inferior.
—Ves... eso ha sido un maravilloso y excitante beso —y sin
dejarle hablar añadió—. Y ahora, voy a bloquear mi mente, no pensar que eres
tú, y te voy a dar un beso típico de toma de cine.
Sin más volvió a tomar sus labios, aunque sin la misma
emoción de minutos antes. Metió su lengua en la boca de aquel, pero no la
movió. Simplemente restregó sus labios contra los de él. Una vez se separó,
ante su cara de incredulidad por la diferencia del beso la joven pregunto:
—¿Has notado la diferencia?
Como si mirara a una vaca con manchas azules Sebastián
asintió. Claro que había notado la diferencia. Pero sin querer darle la razón
murmuró comenzando a andar:
—Sinceramente, no me gustaría que la mujer que estuviera
conmigo hiciera esas cosas. No soportaría verla desnuda en la pantalla y menos
refregándose con otro que no sea yo.
—Ohh... es bueno saberlo—se burló divertida.
Tras unos segundos en silencio, al ver que ella sonreía, la
agarró por la cintura e intentando ser más suave murmuró:
—En serio, Eiza. Yo entiendo tu trabajo, pero no lo apruebo.
—Vale... eso es un principio —asintió optimista.
—De todas formas —añadió él comenzando a andar—, lo que
ambos hagamos una vez te hayas ido, no es de la incumbencia del otro ¿verdad?
Dolorida y decepcionada por aquello, pero consciente de que
él siempre le había dejado claro aquello, lo besó y murmuró:
—Por supuesto.
Cuando llegaron a casa, Senda los saludó con su acostumbrado
chorreo de lametazos y saltitos Sebastián comenzó a preparar la cena y Eiza
subió a darse una ducha. Veinte minutos después bajó sin peluca y sin
lentillas. Su rubio cabello relucía cayendo en cascada sobre sus hombros y él,
al verla aparecer, silbó. Estaba preciosa. Feliz por aquel recibimiento se
acercó y al ver que estaba cocinando algo en el horno preguntó:
—¿Qué celebramos?
Tras besarla él sonrió y aclaró:
—Que es miércoles.
—Genial ¡Que vivan los miércoles!
Entre risas y confidencias, degustaron una exquisita dorada
a la sal. Cuando terminaron de cenar ella se ofreció a recoger la cocina.
Mientras él se estaba duchando sonó el teléfono. Eiza, sin dudarlo, descolgó:
—Hola, soy Roció ¿está mi tío?
—Está duchándose, cielo ¿Te puedo yo ayudar?
—Realmente quería hablar contigo, no con él.
—Okey... pues aquí me tienes—asintió sonriente sentándose en
el sillón.
—Tengo un pequeñito problema. Son las diez menos cinco y a
las diez en punto tengo que estar en casa. Pero estoy a una hora de distancia y
he pensado llamar a mi madre y decirle que estoy contigo tomando algo por el
pueblo. Si le digo eso, sé que no se enfadará y...
—¿Pretendes que yo le mienta a tu madre?
—Lo sé, Ei... lo sé —suspiró la joven—. Pero es que si le
digo que estoy con Fran en una fiesta se va a enfadar. Solo sería una pequeña
mentira. Como diría ella, una mentira piadosa. Lo justo como para que me dé
tiempo a llegar sobre las once a casa. Si te lo digo es porque sé que mi madre
lo pondrá en duda y seguramente te llamará para confirmarlo.
Eiza al notar el tono de voz de Rocío suspiró. Ella también
había tenido dieciséis años y había suspirado por algún joven. AI final
resopló:
—De acuerdo. Por esta vez te cubro las espaldas, pero no me
gusta que me metas en estos líos. Imagínate que te pasa algo. ¿Qué le podría
decir yo después?
—Tranquila, no pasará, y te prometo estar en casa a las
once.
—Más te vale —asintió divertida.
—Y, por favor, si mi madre llama que el tío le diga que tú
estás conmigo ¿vale?
—Okey. Pero lo dicho... a las once. No más tarde.
Dicho esto la comunicación entre ellas se cortó y Eiza
sonrió. Le agradaba ayudar a aquella jovencita. Era una niña bastante buena con
los típicos problemas de la adolescencia. En ese momento, Sebastián entró
vestido únicamente con una toalla negra alrededor de sus caderas. Al verle esta
vez fue ella la que silbó y él sonrió.
—¿Quién llamó?
—Rocío.
—¿Y qué quería?
Sonrió y bajo la atenta mirada de este contestó:
—Sé que lo que te voy a decir quizás no te guste, pero he
prometido ayudarla. Está en el pueblo de al lado con unos amigos —omitió el
nombre de Fran—, y llegará un poco más Tarde de lo que su madre le dijo... y va
a llamar a su madre para decirle que está conmigo Tomándose algo en el pueblo,
así no la regañará. Y tú, si su madre llama, se lo tienes que confirmar.
Boquiabierto por aquella artimaña, gruñó:
—¿Pero a qué hora piensa llegar esa mocosa a casa? Deben ser
casi las diez de la noche.
—En una horita más o menos.
—¿A las once?
—Sí.
—¿Pero en qué estás pensando para ayudarla en algo así? Es
una niña.
—No me regañes. Necesita ese tiempo para llegar del pueblo
de al lado —al ver su gesto ceñudo murmuró—: No te enfades ni con ella, ni
conmigo. Es una jovencita y está en la edad de querer llegar un poquito más
tarde a su casa.
—No me gustan estas cosas, Eiza. Hoy en día hay mucho loco
suelto y Rocío aún es una menor. No deberías haber dejado que te engatusara
porque...
—Lo sé... lo sé... soy una blanda y tienes toda la razón
—sonrío ella—. Pero es que he sido incapaz de decirle que no.
Verla ante él con aquella sonrisa pícara en los labios fue
lo máximo que Sebastián resistió y acorralándola contra el sofá se tumbó encima
de ella y posando sus manos sobre sus caderas murmuró quitándole la camiseta.
—Esto lo vas a pagar, muy... muy caro.
—Bien... Me gusta lo caro —se burló haciéndola sonreír.
Capítulo 20
Sin decir nada más Sebastián la besó. Comenzó devorándole
los labios para después bajar lenta, muy lentamente su boca hasta su cuello. En
aquel pequeño recorrido, cientos de dulces besos acompañados de delicadas
caricias hicieron que a Eiza se le pusiera la carne de gallina y tirara de la
toalla que aquel tenia enrollada en la cintura hasta hacerla caer al suelo. Tener
a Sebastián desnudo sobre ella era sensual, morboso y altamente excitante. Con
delicadeza recorrió con las uñas la piel de su espalda. Su olor varonil y cómo
la miraba la hacían vibrar sin que ni siquiera la tocara. Sebastián, incapaz de
seguir un segundo más sobre ella sin cumplir su objetivo, se incorporó y, por
el camino, le arrancó los pitillos elásticos negros que ella llevaba, quedando ante
él desnuda y solo con un bonito tanga rosa.
—Canija... me vuelves loco —susurró excitado mientras metía
su mano dentro de la diminuta prenda que ocultaba lo que él deseaba poseer y
comprobaba lo húmeda que estaba.
Incapaz de decir nada ella asintió. Sebastián era un excelente
amante y se lo demostraba cada vez que le hacía el amor. Deseosa de sus
caricias le besó. Atrajo su boca hasta la de ella y se la devoró justo en el
momento en que él le abría las piernas con las suyas. Aquello la excitó más, y
todavía más cuando vio la intensidad de su mirada y lo que se proponía.
Excitada, sintió como él recorría su cuerpo con la punta de la lengua
lentamente hasta llegar a su sexo y le quitaba el tanga. Después le separó los
muslos y tras sonreír bajó su boca hasta los pliegues de su sexo y lo besó. Aquel
simple contacto le arrancó un gemido mientras sentía que todo su cuerpo se
abría para él. Deseoso por saborear lo que tenía ante él, Juan exploró
pausadamente aquella feminidad mientras ella con los labios entreabiertos
dejaba escapar dulces y sensuales gemidos. Cuando su boca llegó al clítoris lo
rodeo con su lengua y lo lamió con deleite para después succionar con suavidad.
La agarró de las caderas con posesión y levantándoselas del sillón le devoró
con tal pasión su rosada feminidad que ella gritó.
—¡Oh... sí!
Excitada, complacida y deseosa de más, le agarró del pelo y
gimió mientras un devastador orgasmo la hacía temblar ante él, que endurecido
como una piedra, posicionó su ardiente miembro entre sus piernas y la penetró.
Tumbándose sobre ella, le agarró las muñecas y tras besárselas se las sujeto
por encima de la cabeza y comenzó a moverse con un ritmo cautivador y regular. Entregada
totalmente a él, arqueó la espalda en busca de que profundizara más mientras
apretaba las piernas alrededor de su cintura. Quiso gritarle que siguiera, que
no parara nunca, pero era incapaz. Oleadas de placer explotaban en su interior
a cada nueva embestida. Ver el placer que le proporcionaba, excitó aún más a Sebastián,
por ello aumento la velocidad de sus penetraciones hasta que la sintió gemir
extasiada, entonces y, solo entonces, él se permitió dejarse llevar por un
abrasador orgasmo que le hizo soltar un gruñido varonil. Agotados y con las
respiraciones alteradas Juan la miró y antes de levantarse la besó en los
labios y le susurró:
—Me gusta mirarte a la cara cuando hacemos el amor. Estas
preciosa.
Ella no respondió. Apenas tenía resuello para respirar y
cuando escuchó aquello sintió una nueva oleada de placer que la hizo suspirar.
Segundos después ambos se levantaron del sillón. Sebastián
cogió la toalla negra que descansaba en el suelo y se la anudó de nuevo a la
cintura. Eiza miró hacia una botella de agua junto a la mesa del comedor y
levantándose se acercó hasta ella y tras llenar un vaso de agua bebió. Estaba
seca. Sebastián incapaz de quitarle los ojos de encima a aquella mujer,
recorrió con deleite su cuerpo desnudo y acercándose a ella volvió a besarla
mientras susurraba:
—Tú y yo esta noche tenemos muchas cosas que hacer. Muchas.
Encantados por la magnífica noche de sexo que tenían por
delante disfrutaban del momento entre besos y abrazos sin ser conscientes de
que alguien les observaba desde el exterior del chalet. Irene, enfadada por la
llamada de su hija, quiso saber la verdad. Y en vez de llamar a su hermano por
teléfono se presentó en casa de este para ver si Eiza estaba allí o no. Pero
tras aparcar frente a la casa se quedó de piedra. Podía ver desde la calle y a
través de la ventana como su hermano se besaba apasionadamente con una mujer
rubia. ¿Quién era aquella? ¿Y por qué su hermano se la jugaba estando Eiza a
punto de llegar? Encendida, indignada e incapaz de marcharse sin hacerle saber
al descerebrado de su hermano lo que había visto, se dirigió hacia la casa y
pegó el dedo al portero automático. Sebastián vio desde el interior que se
trataba de su hermana, abrió la cancela de inmediato e Irene entró hecha una
furia en el jardín. Sebastián ordenó a Eiza esconderse. Irene no podía
encontrarla allí. No solo porque no llevaba la peluca ni las lentillas, sino
también porque se suponía que estaba con su sobrina Rocío. Cuando Sebastián
abrió la puerta de su casa solo vestido con la toalla alrededor de la cintura,
su hermana lo miró y con gesto agrio dijo:
—¿Te parece bonito lo que estás haciendo? ¡Cochino!
Desconcertado, y sin entender a qué se refería le preguntó:
—¿Qué estoy haciendo?
—Eres como todos. ¡Un insensible! Tienes menos sensibilidad
que un dragón y me avergüenzo de ser tu hermana. Yo... yo pensé que por Eiza
sentías algo especial. Creí verlo en tu mirada, la manera como la tratabas,
pero no... ¡Me equivoqué! Eres un imbécil más que solo piensa con la punta del
pito y... y aquí estás retozando con esa puta rubia sin importarte lo que otra
mujer sienta por ti. ¡Qué horror! Y encima con una... una rubia de bote que
estoy segura que no le llega a la maravillosa Eiza ni a la punta del dedo
meñique. ¡Imbécil! Eres un completo imbécil y terminarás más solo que la una
por ser eso ¡Te crees más listo que nadie! Pero bueno, ¿acaso no has pensado
que Eiza está por llegar? ¿Qué pretendes? ¿Qué te pille ella con esa zorra? Oh,
Dios... cómo son los hombres.
Sebastián no habló. No podía sacarla de su error. Se limitó
a escuchar aquella reprimenda mientras ella proseguía.
—Ahora me alegro que mi Rocío esté con Eiza Tomando se algo
en el pueblo. Mira no le creí cuando me llamo, pero ahora soy feliz al saber
que al menos esos dos angelitos se están divirtiendo.
—Lo de angelillos me ha llegado al corazón—se burló Sebastián
y su hermana, al escucharlo, le dio un bolsazo.
—Pues sí, imbécil, más que tú sí que lo son. Por lo menos no
están engañando a nadie, cosa que no se puede decir de ti. Ojalá se lo pasen
bien y disfruten, porque lo que es contigo. Tras el sobeteo que te estás
metiendo con esa... esa puta rubia, fuerzas te faltarán. Esto Sebastián... no
me lo esperaba de ti.
Sin más se dio la vuelta con cajas destempladas y comenzó a
andar pero antes de llegar a la puerta del jardín se volvió y gritó:
—Haz el favor de sacar a esa perra de tu casa y cambiar las
sabanas. No querrás que cuando llegue Eiza, la pille aquí.
Dicho esto cerró de un portazo la puerta del jardín y
desapareció. Sebastián todavía boquiabierto por aquel arranque de furia de su
hermana cerró la puerta de su casa y al volverse se encontró con la divertida mirada
de la supuesta rubia que muerta de risa murmuró:
—¿¡Puta?... tu hermana me ha llamado Puta y a ti Imbécil.
—Sí, angelito —suspiró boquiabierto—. Y esto es solo culpa tuya.
La mentira que tú y Rocío tramaron, ha traído sus consecuencias.
—Venga, no seas tan negativo y saca el lado positivo de
ello.
—¿Lado positivo? ¿Dónde está lo positivo?
Con una pícara sonrisa Eiza corrió hacia las escaleras y
antes de comenzar a subirlas con Senda detrás dijo:
—Que tu hermana me quiere y que por fin ha descubierto que
eres un imbécil a veces.
Al sentir su felicidad, sonrió y corriendo tras ella
escaleras arriba gritó:
—Prepárale canija, porque esto lo vas a pagar muy... muy
caro.
Capítulo 21
Días después, Eva sentada ante su viejo y anticuado PC
respondía los emails de sus colegas y amigos y se divertía un rato en facebook.
Tras hablar con varios compañeros envió su currículum a varias agencias con la
esperanza de que le saliera algún trabajo. No era momento fácil con la crisis pero
aun así ella no se rendía y se empeñaba en encontrar algo.
—Cariño ¿vienes a desayunar?—preguntó Manuel golpeando con
los nudillos en la puerta de la habitación de su hija.
—Papá, dame unos minutos. Este maldito computador es lento.
En cuanto termine lo que estoy haciendo, bajo.
—Tu hermana y el bebé ya están en la cocina. No tardes.
—Vale papá.
Ataviada con un pijama de Pucca abrió el navegador de
Google. Tenía una curiosidad y tecleó Fashion Victim, el nombre de la empresa
que Eiza le había dado. Buscó entre los cientos de enlaces existentes que
encontró con aquel nombre, pero no encontró nada concerniente a ellos. Qué raro.
Una empresa joven y que no esté en la red pensó sorprendida. Finalmente
desistió y cuando iba a cerrar su correo personal, comprobó que había recibido
un mensaje de su amiga Yolanda Grecia. Una periodista como ella pero que
trabajaba para la agencia EFE.
Hola Eva. ¿Cómo va todo? Me imagino que mal. Ya me enteré
que te habían echado del curro. Por aquí jorobados como siempre. Han despedido
a Núñez y dicen que van a despedir a más gente ¿me tocará esta vez? Te cuento:
Hace unos días llegó un rumor a la redacción. Por lo visto Anna Reyna, la
actriz de Hollywood, nominada este año al Oscar como Mejor Actriz, está en
España. Según cuenta alguien de su equipo, esta de incógnito. Ni que decir que
todas las redacciones matarían por saber dónde está y en especial con quién. Si
encuentras algo dímelo, ya sabes que con un bombazo así nos aseguraríamos un
buen trabajo y seguramente más. Un besito. Yoli
Sorprendida por la noticia pinchó en el enlace que le ponía
su amiga. En ella se veían las últimas noticias de Anna Reyna. Su nominación a
los Oscar, su supuesto romance con Mike Crisman, su promoción de Brigada 42 por
Europa y lo ocurrido en el hotel Ritz de Madrid. Observó con curiosidad a la
glamurosa mujer rubia que aparecía en las fotos. En especial en las que
aparecía junto al guapísimo Mike Crisman. Pero al llegar a las fotos: del
suceso ocurrido en el hotel Ritz, algo llamó su atención. Durante unos segundos
observó una de las fotos. En ella se veía a Anna Reyna de pie hablando con el
actor Mike Crisman y alguien más a su lado de quien solo se le veía la mano y
un sello de oro en el dedo anular.
—¿Dónde he visto yo ese anillo?—murmuró al observarlo.
Al continuar con la revisión de las fotos comprobó que en
una de ellas se veía a varios hombres de espaldas, y por su indumentaria,
especialmente por el casco negro parecían ¿geos? Al ver aquello recordó el
rescate y sorprendida se preguntó si su hermano habría estado allí. Tendría que
preguntárselo.
—Gorrioncito, si no bajas se te quedará la leche congelada,
hermosa. Y mira lo que te digo, el que no escucha consejos no llega a
viejo—escuchó de pronto la voz de su abuelo Goyo.
—¡Vale abuelo lo he pillado! ¡En seguida voy!—exclamó
sonriendo.
—El en seguida voy no me convence—insistió aquel tras la
puerta —Piensa que cuando tú vas a por harina, yo ya hice setecientas barras de
pan y me las comí.
—De acuerdo…voy... voy.
Sorprendida por lo que habla descubierto en la foto dejó el
portátil abierto, más tarde seguiría mirándolas. Encontrar alguna pista de
aquella diva del cine podía ser una buena carta de presentación para volver a
encontrar trabajo o al menos para sacarse un dinero extra. Finalmente abrió la
puerta de su habitación y cogiendo a su entrañable abuelo del brazo dijo:
—No se hable más abuelo Goyo ¡a desayunar!
Faltaban pocos días para la cena de Nochebuena e Irene ya
les había cotorreado a sus hermanas lo que había descubierto en casa de Sebastián
aquella noche. Continuaba muy enfadada. ¿Cómo podía su hermano ser tan
insensible?
Almudena y Eva no daban crédito a que su hermano hubiera
metido a otra mujer en casa teniendo a Eiza como invitada. No se lo podían
creer. Pero era tal la vehemencia con la que Irene lo afirmaba, que no tuvieron
más remedio que creerla. Intentaron hablar del tema con Sebastián, pero este tras
escuchar con paciencia la sarta de quejas y reproches de sus hermanas, lo único
que pudo decir fue que se preocupasen por sus vidas y que se olvidaran de la
suya. Tomi regresó. Su viaje a Barcelona para estar con Peterman había sido un
acierto y volvió pletórico y feliz. Durante todos aquellos días Juan no volvió
a mencionar la palabra «problema». Si algo no quería Eiza era ser una molestia.
Solo quería disfrutar aquellos días con él y atesorarlos para siempre.
Capítulo 22
Una mañana, tras una maravillosa noche de pasión, Eiza
obligó a Sebastián a llevarles de compras en su día libre. Él al principio se
resistió. Las compras no eran algo que le apasionara, pero al final cedió ante
la insistencia de ella y el loco de su primo. Ataviados con ropa de sport el
joven policía les llevó hasta centro de Madrid. Ellos querían ir de shopping y
él les llevó hasta la calle Serrano y alrededores. Sabía que aquellas calles y,
en especial sus tiendas, les gustarían. Como era de esperar Tomi, al ver aquel
jubileo de gente y glamour aplaudió emocionado.
—Oh, si... si... si. ¡Esto es vida! I love shopping. Quiero husmear un ratito a mi
manera. Así ustedes pueden estar a solas, que una cosa es sujetar la el violín
y otra cosa es ser violinista.
Sebastipan divertido como siempre cuando Tomi hablaba,
murmuró:
—Tomi, a mí no me molestas y...
—Lo sé, rey... eres divine. Pero I need mis ratitos de
soledad y de compras.
—Tomi, necesito que vengas conmigo —aclaró la joven—. Si
pago yo con mi tarjeta todo el mundo sabrá quién soy, ¿no lo entiendes?
—Por el amor de Dior ¡es verdad! —murmuró al darse cuenta de
ello—. Menos mal que eres una cabeza pensante además de una actriz divina.
—Puedo pagar yo —se ofreció Sebastián,
Al escuchar aquello ella sonrió y le plantó un beso.
—Lo sé. Pero prefiero pagar yo. Son mis regalos y el gasto
también es mío.
Tomi al entender que ella se iba a gastar una barbaridad,
asintió y dijo cogiendo a Sebastián con comicidad del brazo:
—Okay, quien. Vayamos de compras y enseñemos a este divine lo
que es comprar con glamour. Eso sí, una vez terminemos con tus compras,
necesito que me dejes un par de horitas para las mías ¿de acuerdo?
Durante más de cuatro horas Tomi y Eiza volvieron medio loco
a Sebastián. Entraban en las tiendas más caras y se gastaban ante él ingentes
cantidades de dinero que lo dejaban boquiabierto. ¿Cómo podían gastar así con
la crisis que había? En un par de ocasiones intentó protestar, pero fue inútil,
no le hicieron ni caso. Acabadas las compras y con multitud de bolsas en las
manos Tomi preguntó:
—Bueno ¿puedo comenzar mi shopping?
—Pero ¿vas a comprar más? —preguntó Sebastián agotado.
—Oh, my love, pero si esto no ha hecho más que comenzar
—respondió aquel haciendo reír a su prima. Tras escuchar cómo Sebastián
resoplaba, Eiza salió a su rescate, muerta de risa.
—Venga, ve. Nosotros tomaremos algo en esta cafetería
mientras tú fundes tu Visa gold. Nos vemos aquí dentro de una hora. ¿Te parece?
—Mejor dos. Las prisas me vuelven crazy. Ciao bellos.
Un par de segundos después, Tomi se alejó dispuesto a
disfrutar de las tiendas. Desde su posición, Sebastián lo observó marcharse y
al ver que volvía a entrar en una de las tiendas donde ya habían estado no pudo
dejar de preguntar:
—¿Pero todavía le queda algo que comprar en esa tienda?
—¿En Loewe? Uf... solo te diré que es una de nuestras
tiendas favoritas. —Eiza lo besó y lo cogió del brazo para ir a tomar algo.
Corno una pareja más de enamorados, se encaminaron a una
bonita cafetería. Una vez allí soltaron las bolsas y de pronto un camarero cayó
a los pies de Sebastián con una bandeja llena de cafés. El ruido fue atronador
y todo el mundo les miró. Rápidamente Sebastián se agachó a ayudar al muchacho que
avergonzado por lo ocurrido no paraba de disculparse.
—Discúlpenme señores. Lo siento... lo siento ¿los he
manchado?
Eiza negó con la cabeza y Sebastián miró sus vaqueros.
Algunas gotas de café habían caído encima, pero sin darle ninguna importancia,
leyó el nombre del camarero en la chapa que llevaba en la solapa y se dirigió a
él:
—No te preocupes por eso, Wilson. ¿Tú estás bien?
El muchacho asustado por lo que su jefe pudiera decir por
aquello asintió. Eiza observaba como Sebastián ayudaba a aquel pobre muchacho a
recoger aquel estropicio, cuando un señor mayor se les acercó:
—Disculpen. Soy Damián Suárez, dueño de la cafetería. Pidan
lo que quieran que están invitados. —Y clavando la mirada en el chaval
continuó—: Wilson, recoge todo rápidamente y pídele disculpas al señor.
Al escuchar aquel tono de superioridad, Sebastián intervino:
—Muchas gracias señor Suárez por su invitación pero no hace
falla. En cuanto a Wilson, un error lo comete cualquiera. Ya me ha pedido
disculpas y no hace falta que le hable así. Sin despegar los labios, Eiza fue
testigo de la situación y pocos minutos después tanto el muchacho como su jefe
se marcharon y los dejaron a solas.
—Me pone enfermo ver cómo la gente utiliza su poder para
humillar al más débil. No lo soporto —protestó Sebastián. Pero al ver el gesto
de ella sonrió y dijo—: Venga, tomemos algo.
Se sentaron en una de las mesas, otro camarero se les acercó
y pidieron un par de cafés.
—Por cierto, mis hermanas están deseando que yo desaparezca
de casa para pillarte a solas y entrometerse. Así que te aviso. Ten cuidado con
ellas, y más tras lo que ocurrió la otra noche con Irene.
Que por cierto, sigue ofendidísima conmigo. Ni me habla.
—Se le pasará—sonrió al recordar como Irene la había
defendido.
—Lo sé —asintió él—. Pero no me gusta que saquen
conclusiones erróneas, y este caso no puedo subsanar el error o te
descubrirían.
—Bah... no te preocupes, son encantadoras.
—Vaya, creo que han conseguido engañarte —rio al recordar lo
que sus hermanas le dijeron—. Dales tiempo y terminarás huyendo de ellas. Solo
recuerda lo que ocurrió el otro día con los policías y las vecinas.
Al recordar aquello Eiza sonrió.
—¿Pero qué ocurre realmente con tus vecinos? ¿Por qué esa
enemistad?
—Todo comenzó hará unos noventa años —contó él—. El padre
del abuelo Goyo compró las tierras que tenemos y quiso hacerse con unas
hectáreas más. Pero el dinero no le llegó y no pudo ser. La finca que está
junto a la nuestra es fantástica. Tiene bastantes hectáreas y yo
particularmente a veces me doy el lujo de soñar que algún día si me toca la
lotería levantaré mi hogar allí —ambos sonrieron y él prosiguió—. Por esas
tierras corre un pequeño arroyo que nos vendría muy bien para regar los campos
que tenemos pero el dueño pide un precio desorbitado que no estoy dispuesto a pagar.
Durante años, tanto mi familia como la familia de las Chuminas...
—¡¿Chuminas?!
—Es el mote que tienen esos vecinos en el pueblo, pero no me
preguntes por qué, porque no lo sé —ella asintió—. Como te decía, durante años
mi familia y la de las Chuminas, han intentado adquirir esas tierras pero nadie
lo ha conseguido debido a su precio. Y de ahí viene nuestra tonta enemistad,
todo por unas tierras que ninguno tiene y que hasta el momento solo nos han
ocasionado problemas y disputas.
—Vaya...—murmuró Eiza.
—Y en cuanto a lo de los policías, ¿de verdad creías que yo
les iba a mandar a unos boys a casa?
—Yo qué sé Sebas—se carcajeó al pensar en aquello—. Todo fue
una confusión que...
—Lo dicho, canija... cuidado con mis hermanitas que son
especialistas en meterse en problemas —se burló.
—De eso nada. Las tres son estupendas. ¿Cómo puedes pensar
eso?
Inclinándose sobre la mesa para acortar distancia entre
ellos, el joven policía murmuró:
—Porque soy su hermano y las llevo padeciendo para bien o
para mal toda mi vida.
Una vez dijo eso la besó. Fue un beso leve, corto, pero
lleno de erotismo. Cuando él regresó a su posición Eiza suspiró y murmuró
anonadada:
—Me encantas.
—¡Genial! Yo también he conseguido engañarte—se mofó él.
—En serio —insistió—. Todo lo haces tan especial, tan
natural, que es imposible no pasarlo bien contigo, tus besos son estupendos. Tú
eres maravilloso y yo...
Sin terminar la frase esta vez fue ella la que se inclinó
sobre la mesa y la besó. Aquel beso lento y profundo y el recuerdo de la
anterior noche de pasión, hizo que a Sebastián se le calentara todo, absolutamente
todo.
—Me parece que tú y yo nos vamos a ir ahora mismo a un hotel
a sofocar el calentón que me estás haciendo sentir en estos momentos. Si sigues
así te aseguro que...
—¿Te he dicho que me encanta España? —le cortó ella
haciéndole reír—. Es un país lleno de belleza y donde estoy descubriendo muchas
cosas... que me apasionan.
Sebastián sentía un persistente latido en su entrepierna
causado por lo que oía y veía, lo que le provocó un suspiro de frustración. El
camarero llegó y dejó los cafés sobre la mesa mientras ambos se miraban con
vehemencia. ¿Era posible acariciarse con la mirada? Sebastián, excitado, llegó
a la conclusión de que sí.
Sebastián cogió el sobrecito de azúcar ante la atenta mirada
de ella. Lo abrió y antes de volcarlo en su café sonrió como solo él sabía y
dijo:
—Me alegra saber que de España te apasionan muchas cosas.
—Muchas —insistió ella hechizada por su mirada.
—¿Sabes canija? —murmuró con voz ronca apoyando los codos
sobre la mesa para acercarse a ella—. No veo el momento de llegar a casa,
desnudarte y hacerte el amor mirando esos preciosos ojos azules que ocultas
tras esas lentillas.
—Vaya…—rio ella enloqueciéndole más.
—En este instante, te relataría punto por punto todo,
absolutamente todo, lo que quiero hacerte, pero creo que si sigo pensando en
ello, no voy a ser capaz de contener mis instintos más primitivos y debo
recordar que estamos en un local público, soy un agente de la autoridad y en mi
ficha no vendría nada bien que constara que me han detenido por escándalo
público con. Por lo tanto—dijo recostándose en la silla—, me tomaré el café;
retendré mis impulsos y mis ganas de ti y seré un buen chico hasta que llegue a
la intimidad de mí habitación. Excitada por como él le hacía el amor con la
mirada en medio de aquella cafetería, la diva del cine tragó el nudo de
emociones atascado en su garganta.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de España? —Mizo una
pausa—: Sin lugar a dudas tú.
—Vaya... —bromeó él.
Ambos sonrieron y para enfriar el momento Noelia soltó:
—También me tiene maravillada poder estar sentada aquí
contigo en esta cafetería, pasar desapercibida y sentirme una persona
completamente normal corriente.
Dicho esto ella se levantó de su asiento y, sin dudarlo, se
sentó sobre sus piernas. Por primera vez en su vida podía ser natural y
espontánea, y sin importarle lo que la gente pudiera pensar a su alrededor, lo
besó con adoración y le susurró a escasos centímetros de su boca:
—Gracias.
—¿Por qué cielo? ¿Por traerte de shopping? ¿Por desearte
como te deseo? —preguntó divertido y excitado.
Consciente de que estaba totalmente colada por él dejó
escapar un suspiró.
—Por ser como eres y por invitarme a pasar las Navidades
contigo —dijo.
Aquella noche cansados por el día de compras en Madrid, tras
una cena maravillosa ya en casa de Sebastián, Tomi les contó sus locas aventuras
con Peterman por Barcelona.
Un par de horas después, los tortolitos al fin se quedaron
solos y decidieron dedicarse a lo que más les gustaba. Besarse apasionadamente
en el sofá. Todo apuntaba a pasar una nueva noche de tórrida pasión, cuando
sonó el timbre de la casa. Eva, Irene, Laura, Almudena y Menchu habían decidido
salir a tomar algo y querían llevarse a Eiza. Era la primera noche que Almudena
salía tras ser mamá. El pequeño Joel se quedaba con los abuelos y querían
celebrarlo. A ninguno de los dos les gustó aquella intromisión. Tenían planes y
ellas con sus risas y su buen humor se los habían estropeado.
—Venga vamos ¡que la noche es joven! Ya estarán en la cama
otro día —gritó Eva divertida al ver el gesto ceñudo de su hermano.
—Hoy, por fin, soy una madre liberada —gritó Almudena
deseosa de pasarlo bien.
Eiza miró a Sebastián deseosa de ver en su mirada una señal
para rechazar la oferta, pero él se limitó a sonreír.
—Venga Noelia, ¡vámonos!—intervino Irene y mirando a su
hermano concluyó—. Es noche de chicas y ten por seguro que lo vamos a pasar
bien. ¡Muy bien! En Sigüenza hay muchos hombres guapísimos y quiero que Eiza
los conozca.
Sebastián miró a su hermana. En seguida pilló por dónde iba
aquel comentario tan sarcástico, y apoyándose en el quicio de la puerta asintió
resignado.
—Si te apetece, ve con ellas. Seguro que lo pasarán bien.
Acto seguido Eiza corrió escaleras arriba para cambiarse de
ropa. En ese momento, Sebastián cambio el gesto y mirando a su hermana mayor
indicó:
—Cuidadito dónde meten a Eiza, ¿entendido?
—Piensa el ladrón que todos son de su condición —contestó
esta y al ver su ceño fruncido aclaró—: Mira imbécil, te aseguro que esta noche
ella va a disfrutar de lo lindo. Tanto como tú la otra noche.
Fue a responder cuando escuchó decir a Laura:
—Mi churri ha dicho que ahora te llamaba. Dice que llevará a
Sergio a casa de mis padres y así ustedes pueden salir a tomar algo también.
¿Te apetece?
—Bueno...—suspiró resignado.
Sin querer escuchar las barbaridades que sus hermanas decían
subió a la habitación donde Eiza se arreglaba a toda prisa.
—¿Regresarás muy tarde?
Sorprendida por aquella pregunta le miró y encogiéndose de
hombros respondió:
—Pues no lo sé, Sebastián ¡es noche de chicas!
Quiso pedirle que no se marchara, que se quedara con él,
pero algo se lo impedía. No debía hacer aquello. La exclusividad no era buena y
si ahora la exigía, tarde o temprano ella se la podría exigir a él. Por ello
observando cómo se maquillaba los ojos preguntó:
—¿Qué hacemos con Tomi? ¿Vas a decírselo?
—No. Está durmiendo ya.
—Estoy seguro que él estaría encantado de salir con ustedes—insistió
de nuevo.
Eiza, molesta porque no le pidiera que se quedara con él, lo
miró, y con una fantástica sonrisa de lo más estudiada dijo tras pensar en su
primo:
—Sé que le encantaría una reunión de mujeres. Pero cuando le
duele la cabeza es mejor que duerma. Además, se ha tomado dos pastillitas para
dormir y cuando lo hace, cae como un tronco en la cama.
Inquieto por lo que sus hermanas podían tener tramado pero
sin querer manifestarlo, se sentó en la cama mientras recorría lentamente aquel
cuerpo con la mirada. Ella se ha había puesto unos vaqueros, una camiseta azul
ajustada y sus botas altas. Estaba guapísima. Pero ¿cuándo no estaba preciosa?,
se preguntó mientras intentaba contener las ganas de desnudarla.
—Yo saldré a tomar una copa con Carlos y los chicos.
—¡Perfecto! —asintió ella con vivacidad.
Una vez se pintó los labios y comprobó que su peluca estaba
perfecta y en su sitio, se volvió hacia él que la miraba con gesto indescifrable
y tras darle un rápido beso en los labios murmuró sin querer pensar en nada
más:
—Pásalo bien con tus amigos. Hasta luego.
Dicho esto se dio la vuelta y desapareció. Boquiabierto miró
la puerta que se cerró tras ella ¿se había ido? Sorprendido por lo enfurecido
que estaba porque se hubiera marchado se levantó y se asomó a la ventana. Desde
allí vio al grupo de locas montarse todas en el todo terreno de Irene y ponerse
en marcha. Durante unos segundos se quedó mirando las luces del coche que se
alejaban. Aquel silencio de pronto se le torno incómodo. Le apetecía escuchar
el bullicio de la risa de Eiza y eso le incomodó. ¿Qué le estaba ocurriendo?
¿Desde cuándo la presencia de una mujer a su lado le había sido tan necesaria?
Finalmente sacó su móvil y llamó a Carlos.
—A ver, churri ¿Dónde nos vemos?
Capítulo 23
Las chicas cenaron en un restaurante italiano entre risas y
alboroto. Almudena contó por decimoctava vez lo ocurrido el día del parto y
todas se morían de risa con aquel relato. Cuando terminaron la cena decidieron
ir a tomar unas copas al bar de Quique, un amigo de Menchu.
—¡OMG la madre!—rio Eva—. Almu, ¿ese de allí no es el
municipal que fue el otro día a casa?
Tolas las mujeres se volvieron para mirar. Almu, tras
hacerle un escáner y ver que este las miraba asintió.
—Correcto, hermanita. Allí tenemos al supuesto boy que
resultó que no lo era.
—Ay Dios que pena — murmuró Irene al ver como se acercaba
hasta ellas.
—¿Vergüenza por qué? —preguntó Eva haciendo sonreír a Eiza—.
Un tonto error lo tiene cualquiera.
—Pues claro que sí —asintió Menchu divertida.
Segundos después aquel alto y atractivo hombre llegó hasta
ellas y tras clavar su mirada en Almudena dijo:
—Qué grata sorpresa.
—Por supuesto—asintió Eva encantada.
Los siguientes instantes Irene los dedicó a disculparse
mientras las demás, a excepción de Eva que sacó toda su artillería sexual,
miraban hacia otro lado. Pero pasados diez minutos Eva claudicó cuando el
hombre se marchó y asumió que solo tenía ojos para Almudena.
—Has ligado—susurró Eiza divertida.
—¡¿Yo?!
—Sí, tú—asintió Eva—. Ese poli note ha quitado la vista de
encima. ¿No le has dado cuenta? Sorprendida. Almudena miro hacia el policía y
comprobó que aquel aun la miraba.
—Pero ¿cómo voy a ligar yo con la pinta que tengo? Joder...
pero si no tengo cintura y debo oler a leche agria.
—Será por las tetas que tienes—se burló Menchu.
—Pues si es por eso lo lleva claro —se mofó Almudena— Se
llevará una gran decepción cuando vea que las pierdo según pasan los días.
—Mujer... ¿y qué? —insistió Eiza—. Aprovecha el momento y
pásalo bien.
—Tú sí que tienes que aprovechar el momento, cielo —propuso
Irene, y tras mirar a sus hermanas preguntó—. ¿Has visto algún guapo que te
guste?
Sorprendida por aquella pregunta pero intuyendo el porqué,
la miró y dijo:
—Pues no. La verdad es que no.
—Vamos a ver Ei mira y observa, porque yo estoy viendo mucho
material de primera —se burló Eva.
—¿Qué te parece el amigo del policía? El que lleva el polo
naranja—insistió Irene.
Eiza volvió la cabeza para mirarle y al ver que le sonreía,
le devolvió la sonrisa y se encogió de hombros para deleite de todas.
—Como diría alguien que conozco ¡es divinel
Las tres hermanas aplaudieron. Laura las miró alucinada. No
entendía por qué las hermanas de Sebastián la animaban a ligar con otro.
Aquello no estaba bien. Fue a decir algo cuando Almudena se le adelantó.
—Vale, el divino de naranja para ti y el policía alto para
mí.
—Vamos a ver, alma de pájaro —intervino de nuevo Irene—. Te
recuerdo que has tenido un bebé hace menos de quince días y en lo que menos
tienes que pensar ahora es en lo que estás pensado. ¿Te has vuelto loca?
Todas rieron ante la reacción de aquella.
—Tranquila, Irene. Tengo muy claro lo que puedo o no puedo
hacer ahora. Pero oye... que te miren con deseo cuando estás como el muñeco
reventón de Michelin, a una le sube la moral —dijo Almudena, finalmente.
Dos horas después, el policía ya había ligado con Almudena y
habían conseguido que Eiza hablara animadamente con el del polo naranja.
Decidieron cambiar de local y, como era de esperar, los hombres decidieron
acompañarlas.
Ya en el Loop, Irene, que todo lo controlaba, se fijó en que
su hermano y sus amigos estaban al fondo del local, pero no dijo nada. Quería
que Sebastián viera a Eiza divertirse con el policía del polo naranja para que
probara de su propia medicina y así ocurrió. En una de las ocasiones en que Sebastián
regresaba del baño, las vio y se quedó sin palabras al ver a Eiza bailar y reír
con aquel individuo. ¿Quién era ese sujeto?
Regresó hasta donde estaban sus amigos pero ya no pudo
disfrutar más con ellos. Estaba incómodo. Saber que Eiza estaba cerca y no
precisamente con él, comenzó a martirizarlo, aunque trató de aguantar el tirón.
En especial cuando cruzó una mirada con su hermana Irene y vio su sonrisa
perversa. Cuando llevaban en el pub cerca de una hora y todos lo estaban
pasando bien, Menchu que se había dado una vuelta por el local, regresó con el
resto del grupo e informó:
—Pero si hay más
guapos al fondo.
Con curiosidad todas miraron hacia donde Menchu señalaba y
Laura susurró:
—Pero si allí están mi churri y sus compañeros.
—Ohh los increíbles— se burló Eva.
—No los llames así que no les gusta —protestó Almudena
muerta de risa.
Al fondo del local un grupo de hombres jugaba ruidosamente a
los dardos. En cuanto aparecían aquel grupo de enormes y musculosos hombres,
las chicas perdían los papeles. Algo a lo que ellos ya estaban acostumbrados y
de lo que solían sacar el mayor partido. Rápidamente Eiza localizó a Sebastián
y sonrió, aunque la sonrisa se le heló al ver a varias jovencitas pasarlo bien
con ellos.
—Joder, pero si está el bombón de Damián—aplaudió Eva al ver
al objeto de su deseo.
Irene que sabía lo mucho que le gustaba a su hermana aquel
hombre, la agarró del brazo y le susurró al oído:
—Eva María. Haz el favor de comportarte como una señorita.
—No lo dudes —pero dos segundos después, al ver cómo una de
aquellas jóvenes se acercaba más de la cuenta a su Damián
rectificó—.Bueno...mejor comienza a dudarlo.
Con varias cervezas sobre la mesa Sebastián, junto a Carlos
y algunos hombres más, reían mientras las muchachas revoloteaban a su alrededor
intentando llamar su atención.
—No me jodas—rio Lucas—, Que tengo que ir a pasar la ITV
antes de un mes.
—Pues lo siento, pero mi prima ha dicho que no piensa
ponértelo fácil —rio Damián—. Tú sabrás qué has hecho, pero que sepas que la
tienes muy cabreada.
—Joder con tu prima —se mofó.
—Eso te pasa por pendejo y por jugar con fuego —se burló
Carlos.
Sebastián, divertido por lo que escuchaba, sintió que una de
aquellas jóvenes, la del top azul, se sentaba en el brazo del sillón donde
estaba sentado. La miró pero no dijo nada. Estaba claro que ella quería algo
que en otras ocasiones habría estado dispuesto a darle, pero que aquella noche
no se iba a dar el caso. ¿O sí?
—Pero qué pequeño es el mundo, por Dios. Siempre tenemos que
acabar en los mismos bares — dijo Eva de pronto acercándose a ellos.
Damián al escuchar la voz de esta se volvió y tras pasear su
mirada por ella sonrió y dijo:
—... la hermanita de Rulli. ¿Tú por aquí?
—¿Algo que objetar, tarado?— respondió aquella.
Damián resopló con resignación, agarró su cerveza y a la
pelirroja que hablaba con él y se alejó. Después de lo que había pasado entre
Eva y él una noche loca meses atrás, estaba claro que no podían verse sin
discutir. Aquella descarada y él nunca iban a poder llevarse bien a pesar de lo
mucho que se atraían.
—Serás idiota—se quejó Eva con media sonrisa al ver que se
alejaba con la pelirroja.
Al escuchar el comentario de su hermana, Sebastián miró
hacia la derecha y por fin conectó con la gélida mirada de Eiza. Sin levantarse
del sillón la observó acercarse pero no llegó hasta él, Lucas la interceptó en
el camino.
—Hola preciosa, ¿qué tal?
—Bien... ¿Y tú? —respondió con una maravillosa sonrisa
mientras en su interior deseaba levantar a la mujer que estaba sentada tan
cerca de Sebastián.
Lucas, sin necesidad de mirar, sabía que Sebastián los
observaba y aunque intuía que no tenía nada que hacer con ella, decidió
vengarse de lo ocurrido días atrás. Y, apoyando su mano sobre la cintura de Eiza,
preguntó en tono cautivador:
—¿Bailas? Todavía recuerdo lo mucho que te gusta bailar.
Eiza quiso decirle que no, pero al ver que Sebastián
continuaba su animada charla con aquella muchacha, que ahora le estaba tocando
el cuello con las yemas de los dedos dijo:
—¿Por qué no?
Lucas cruzó una mirada con Carlos quien le pidió prudencia y
este sonrió. Si algo detestaba Lucas era la prudencia. Cogió a Eiza de la mano
y se encaminó hacia la pista de baile. Una vez allí la agarró de la cintura y
comenzó a bailar con ella al compás de la música. Carlos al ver aquello a miró
en dirección a su amigo y, al acercarse, pudo ver las arrugas que se le
formaban en la frente y como se le tensaba la mandíbula por momentos.
—Cambia esa cara. Lucas solo lo está haciendo para tocarte
las bolas ¿no lo ves?
Sebastián los miró con gesto furioso. Conocía perfectamente
a Lucas. Pero el que tuviera a Eiza entre sus brazos lo molestaba igualmente.
Le fastidió tanto que tras controlar al policía del polo naranja al fondo del
local, preguntó enarcando la ceja: ¿Estás seguro?
Carlos sonrió.
—Conozco a ese imbécil y solo quiere jugar.
Ambos rieron aunque a Sebastián no se le pasó por alto la
sonrisa de Eiza. ¿Qué hacía sonriendo así al imbécil de Lucas? Después cruzó
una mirada con su hermana Irene y al ver la maldad en sus ojos y cómo
disfrutaba de su incomodidad resopló. Aquellos bailaron varias canciones y eso
a Sebastián le quemó por dentro, pero incapaz de montar un numerito delante de
sus hombres, esperó pacientemente. Diez minutos después, cuando dejaron de bailar,
el policía del polo naranja se acercó a ella y la llevó de nuevo a la pista. El
enfado de Sebastián creció y más cuando vio que ella ni lo miró. Cuando por fin
la canción acabó y dejaron de bailar en lugar de acercarse a él, Eiza regresó
junto al grupo con el que había comenzado la noche. Sebastián, desde la distancia,
observaba sus movimientos junto a su amigo Carlos.
—¿Sabes Rulli? Cuando me la lleve a mi cama esta noche, te
aseguro que escucharás sus dulces gemidos de placer desde tu casa. Ah... y por
el idiota del policía de polo naranja no te preocupes, si alguien disfrutará de
ella esta noche, seré yo—dijo Lucas, acercándose a ellos.
Carlos, sorprendido por aquel comentario, respondió:
—Lucas... ¿Por qué tienes que ser tan imbécil?
La carcajada de Sebastián no lo dejó escuchar su
contestación.
—Mira Lucas, si vuelves a ponerle la mano encima o a divagar
delante de mí sobre algo que nunca, nunca, sucederá, el que va a escuchar tus
gemidos de angustia por la paliza que te voy a dar, seré yo. Por lo tanto,
aleja tus calientes pensamientos de ella si no quieres problemas conmigo.
Lucas, divertido por la contestación, y por lo que aquella
manifestación de posesión daba a entender, soltó una risotada.
—¿Son celos lo que intuyo?
—No—respondió Sebastián.
Carlos miró hacia el otro lado. Estaba claro que su amigo se
negaba a aceptar algo que cada día era más palpable. Lucas, asombrado, le dio
un golpe en el hombro a Sebastián.
—No me jodas Rulli que te has enamorado de la morena —le
espetó.
—No.
—¿Seguro tonto?
—Seguro —finalizó Sebastián.
Tras cruzar una mirada con Carlos, Lucas soltó una carcajada.
—Me alegra saberlo, Rulli. Ya sabes que soy de los que
piensa que para qué vas a tener solo una, cuando se pueden tener varias. Y
nosotros podemos tener la que queramos.
Aquella frase tan de hombres hizo saltar a Carlos.
—Eso lo dices porque todavía no ha llegado la que te robe el
corazón, y sientas que solo quieres estar con ella y...
—No sigas churri... eso nunca pasará—corrigió Lucas
alejándose entre carcajadas.
Aún entre risas, Carlos cogió dos de las cervezas que
llevaba el camarero en una bandeja y le ofreció una a Sebastián.
—A mí no me engañas. Te gusta Eiza y...
—No pretendo engañarte y se acabó hablar del tema —gruñó
este.
Carlos dio un trago a su bebida y loa dejó sobre la mesa.
—Bebito y deja de mirarla, la vas a desgastar.
Sebastián bebió como un autómata, pero no podía dejar de
mirarla. ¿Qué le ocurría? ¿Tanto se le notaba? ¿Qué hacía ella con aquellos
hombres y por qué no estaba con él? Finalmente no pudo más. Se levantó y se
encaminó hacia donde estaba. La agarró con posesión por la cintura ante la
mirada atónita del policía del polo naranja y atrayéndola hacia sí la besó en
el cuello, para dejar claro que ella estaba con él y con nadie más. Sus
hermanas al ver aquello sonrieron y se miraron con complicidad. Su hermano
había picado y estaba probando por primera vez en su vida de su propia
medicina. Aquel arranque de posesión no lo había tenido Sebastián en su vida y
eso solo podía significar una cosa. Esa mujer le gustaba y mucho. Por su parte,
Eiza, incapaz de no dejarse llevar por aquel arrebato pasional, disfrutó del contacto
entre ellos hasta que le escuchó susurrarle al oído:
—¿Divirtiéndote con otros hombres canija?
—Tanto como tú con otras mujeres —respondió levantando el
mentón.
Al ver que ella intentaba separarse de él, la agarró con más
fuerza y volvió al ataque.
—Te he visto muy compenetrada bailando con Lucas y luego con
el idiota este de naranja. ¿Debo pensar que deseas tener algo con ellos?
Boquiabierta se dio la vuelta para encarársele y tras cruzar
una mirada con Lucas que sonreía con broma desde la barra, dijo en tono nada
conciliador:
—¿Debo pensar que tú buscabas algo con la chica del top
azul?
Su contestación y su mohín de enfado lo hizo sonreír.
Aquella mirada furiosa, y como ella se estiraba para parecer más alta lo puso
duro en décimas de segundo, y no se lo pensó. Dejó la cerveza que llevaba en la
mano sobre la mesa, rodeó a Eiza con sus fuertes brazos y tras mirar a sus
desconcertadas hermanas, a los hombres que las acompañaban y a sus compañeros,
gritó divertido encaminándose hacia la puerta del local:
—Allí se quedan todos. Yo tengo que resolver ciertas cosas
con esta preciosidad.
Lucas, Carlos y el resto de los compañeros al ver aquello
vocearon cosas que consiguieron asustar a Irene. ¿Pero qué decían aquellos
descerebrados?
Fuera del local, Eiza que todavía estaba entre sus brazos,
le dijo:
—¡Suéltame!
—No—respondió él caminando hacia el coche.
—Suéltame, maldita sea —gritó ella.
En lugar de parar, él continuó su camino y suspirando con
frustración ella preguntó:
—¿Se puede saber a dónde me llevas?
Al llegar junto al coche, Sebastián lo abrió con el mando a
distancia y tras sentarla en el asiento, la besó, clavó sus oscuros ojos en
ella y con voz ronca murmuró:
—A mi cama, canija, de donde no tenía que haberte dejado
salir.
Capítulo 24
A la mañana siguiente, tras haber pasado una tórrida noche
de pasión, cuando Sebastián se marchó a la base, sonó el portero automático de
la casa. Eiza, que estaba sentada mirando un correo en su portátil que su
representante Max le había enviado de la Paramount Pictures, se levantó y al
abrir la puerta, las hermanas de Sebastián entraron como una tromba en la casa.
Al verlas sonrió. Él tenía razón. Ya estaban allí. Menos mal que llevo la
peluca y todo lo demás pensó al verlas.
—Querida, anoche nos dejaste preocupadas. Ese hermano mío a
veces se comporta como un animal—murmuró Irene mientras le plantaba un par de
besos en la cara.
—Hola guapa—saludó Almudena y después Eva que la besuquearon
una tras otra.
Entraron directamente en el salón, se quitaron los abrigos
que dejaron sobre una de las sillas mientras Eiza buscaba rápidamente con la
mirada las gafas y se las ponía.
—¿Qué tal? ¿Todo bien? — preguntó Irene con una gran
sonrisa.
—Sí bien... —respondió Eiza.
Almudena sentándose con su bebé en los brazos, miró a la
joven morena y sin darle tiempo a pensar sonrió abiertamente:
—¿De verdad que todo va bien entre Sebas y tú?
—Sí.
—¿Pero Todo... todo?—insistió Eva.
Eiza volvió a asentir.
—Pues sí.
—Uff... ¡Cuánto me alegro! —aprobó Irene cogiéndola de la
mano para sentarla a su lado—. Anoche cuando los vimos a los dos discutir
pensamos ¡Oh Dios... la que se va armar! Parecían muy enfadados. Pero vamos,
por lo que vemos habéis hecho las paces ¿verdad?
Al recordar aquel momento Eiza sonrió y entendió el porqué
de las preguntas.
—Sí. Tranquilas. Ya está todo solucionado.
—Ay, benditas reconciliaciones. Aún recuerdo yo cuando mi
Lolo y yo nos reconciliábamos tras una de nuestras tontas peleas. Su manera de
mirarme y como luego me sonreía, me volvía loca.
Eva, divertida por las historias de su hermana mayor, miró a
Eiza y le guiñó el ojo.
Ambas sonrieron.
—Por cierto —dijo Almudena sacándose un pecho para dar de
mamar al bebé—. Nos ha dicho Eva que eres personal shopper. Qué trabajo más
alucinante, ¿no?
“Vaya... como vuelan las noticias pensó Eiza.”
—Joder, Almu... ¿tienes que sacarte la teta en cualquier
lado? Ayer igual. Estábamos en el médico y ¡zas!, teta fuera.
—¿Qué quieres que haga si le toca comer ahora? —se defendió
Almudena—. Piensa que ahora soy como una central lechera. Produzco y debo
suministrar si no quiero explotar, y no me apetecía sacarme la leche con la
máquina infernal que me regalaste —rio al recordar el sacaleches que utilizaba
para dejar comida a su bebé cuando salía.
Irene sonrió ante las ocurrencias de sus hermanas y trató de
reconducir el tema.
—Ay, hija, yo porque me explicó Almudena qué era eso, porque
no tenía ni idea de que existiera un trabajo así. ¿En serio que trabajas yendo
de compras?
—Sí.
Con gesto indescifrable la curiosa hermana de Sebastián
volvió al ataque.
—¿De verdad que otros te pagan para que tú los vistas y los
aconsejes sobre qué es lo que mejor les queda?
—Sí.
—Se lo dije, pero no me creyó —cuchicheó Eva, observan do
con curiosidad el portátil color blanco de última generación que había abierto
sobre la mesa.
—Es que me parece tan ridículo pagar a otros para que te
vistan que ¿cómo iba a creerte?
Eiza, al percatarse de hacia dónde se dirigía la mirada de
Eva, y recordar que tenía abierto el email de Max, su agente, donde le hablaba
sobre la película de la Paramount, se levantó con rapidez, se apoyó en el
portátil y, disimuladamente, lo cerró.
—No me seas así Irene —protestó Almudena—. Igual que tú
pagas a Ulche, la chica rumana para que te limpie la cocina una vez al mes,
otros pagan a personas como Eiza para que los aconseje sobre qué deben llevar.
—Pero pagar a alguien para que te ayude en la casa es más
normal que pagar a alguien para que te diga qué te tienes que poner. Y oye...
no te pases ni un pelo que yo de paleta tengo lo mismo que tú de santa ¿eh?
—Vale... vale...—rio Almudena besando a su bebé.
Eva, divertida por la conversación entre ambas, asintió y
dijo:
—A ver, Irene. Esto es como todo en la vida. Es la ley de la
oferta y la demanda. Hay quien busca personal doméstico para ayuda en el hogar
y otro tipo de gente, digamos un poco más adinerada que no tiene tiempo para
compras, contrata a un personal shopper como Eiza. Entiendo que a ti te parezca
ridículo pagar para que alguien te diga lo que has de ponerte, pero para
ciertas personas no lo es.
—Tienes toda la razón—asintió Eiza al pensar en Clive Olsen,
su asistente.
—Pero vamos a ver —insistió Irene—, ¿De verdad me estás
diciendo que tu trabajo es ir de compras con quien te contrate?
—Si—asintió odiando tener que mentir.
—¡Qué maravilla! —se carcajeó Almudena.
—Entonces—dijo Irene—, el famoso pianista que nos dijo Eva
que estuvo en el parador, ¿te contrató para comprar aquí en Sigüenza?
—A ver cómo te lo explico —suspiro Eiza mientras ideaba una
mentira creíble—. Ese pianista tuvo un par de conciertos en Madrid y allí fue
donde hicimos las compras. Después vinimos a conocer el parador, él se marchó y
yo me quedé unos días.
—Será muy moderno lo que cuentas, pero me parece ridículo
¡muy ridículo!—suspiró Irene.
—Te entiendo Irene, pero el mundo funciona así.
Al ver como su hermana Eva la miraba para que callara,
volvió a decir para arreglarlo:
—A ver Eiza... no me parece ridículo tu trabajo. Todo el
mundo tiene derecho a trabajar, pero...
Consciente de que el mundo en el que se movía Irene nada
tenía que ver con el suyo, Eiza la
cortó y dijo:
—Escucha Irene. Mi trabajo consiste en estar siempre al
tanto de las tendencias de la moda y saber recomendar. Me ocupo de la imagen de
mis clientes, y en el caso de algunas mujeres, de su maquillaje, peinado o
complementos. Incluso a veces si mi cliente no tiene tiempo para ir de tiendas,
estudio su perfil, y soy yo quien compra lo que luego él, o ella, se vaya a
poner.
Durante un rato las cuatro mantuvieron una animada
conversación sobre aquel trabajo, cuando de pronto se escuchó:
—Yuju... My love, el divino George Clooney al celular.
¡Quiere hablar contigo! ¿Querrá hacerte una proposición indecente?
Las mujeres miraron hacia la puerta del salón donde apareció
un Tomi recién salido de la ducha, vestido con un albornoz de Sebastián, una
toalla enrollada en la cabeza perfectamente colocada y el móvil en la mano.
Sorprendidas por aquella inesperada aparición Irene y Almudena miraron a Eiza
que levantándose rápidamente para ponerse junto a aquel dijo:
—Les presento a mi primo Tomaso Anthony—y mirando a la
hermana menor indicó—: Eva, tú ya lo conoces, ¿verdad?
—Sí. Hello, guapo —sonrió esta divertida mirando a sus
hermanas.
—Puchi, qué linda te ves—saludó.
Al ver como aquellas miraban las pintas de su primo, Eiza
intervino con rapidez:
—Él y yo trabajamos juntos de personal shopper y fuimos los
encargados de comprar y aconsejar al pianista.
Sin perder un segundo, le quitó el teléfono de la mano, con
la esperanza de que ninguna hubiera reparado en el nombre de George Clooney.
Antes de desaparecer por el pasillo dijo:
—En seguida vuelvo.
Tomi al quedar a solas con aquellas desconocidas que lo
miraban como a un bicho raro, suspiró e intentando parecer natural, se acercó a
Eva, la besó y luego mirando a las otras dos mujeres dijo:
—Pueden llamarme Tomi, me gusta mucho más.
Irene, boquiabierta, por ver a aquel hombre casi en paños
menores ante ellas, apartó la vista, pero al ver que aquel se agachaba para
besarla en la cara, tuvo que corresponderle:
—Tomi, la que te mira con cara de susto es mi hermana mayor,
Irene —indicó Eva muerta de risa. Sabía que cuando su hermana lo conociera se
quedaría sin palabras.
—Sí... sí soy la mayor. ¿Conoces a Sebas verdad?
Tomi, poniendo los ojos en blanco y mordiéndose el labio
inferior, murmuró:
—Oh, sí querida... lo conozco. I love Sebas. Lo deseo
locamente y todo lo que se te pueda ocurrir. Digamos que es el rey de mis
pensamientos más oscuros y perversos. —Al ver como se le desencajaba la
mandíbula finalizó—: En fin él es very...very divine.
—Yo soy Almudena, otra hermana de Sebastián.
—Encantado ladies—Y clavando su mirada en el bebé dijo—: Por
el amor de Dior. ¿Qué es eso que te chupa un pecho?
—Mi búho particular—respondió divertida.
Inmediatamente ambos se enzarzaron en una conversación sobré
embarazos, estrías y cremas reafirmantes, mientras Irene se recuperaba de la
impresión. Cinco minutos des— pues cuando Eiza regreso al salón tras hablar con
su amigo George escuchó a su primo decir:
—Déjenme que les diga que tienen un brother sexy y
estupendo.
—¿Un qué? —preguntó Irene todavía patidifusa por la forma de
hablar y de moverse de aquel.
Nunca había conocido a nadie tan peculiar.
—Un hermano —aclaró Eva.
Las hermanas de Sebastián al ver entrar en el salón a Eiza
cruzaron una mirada con ella y Eva preguntó con curiosidad y broma:
—¿Hablabas de verdad con George Clooney?
Eiza agarrando a su primo del brazo lo obligó a sentarse y
respondió con naturalidad:
—¡Ojalá! Ya me gustaría a mí conocerlo.
Tomi reaccionando con rapidez murmuró:
—Y a mí… pero no. Es un amigo que es tan divine que lo hemos
bautizado como el Clooney.
—Es guapísimo—apostilló con énfasis Eiza.
—Mucho. Muy divine—finalizó Tomi.
Tras escuchar aquello, Eva los miró extrañada. Ella había
estado buscado por Internet la página web de la empresa que regentaban aquellos
dos, y por más que buscó no encontró fashion Victim.
Iba a comentarlo cuando Almudena atacó:
—¿Entonces los dos trabajan juntos?
Los primos se miraron.
—Sí. Desde hace años se puede decir que somos
inseparables—respondió Eiza.
Irene, escaneando de arriba abajo a Tomi preguntó
boquiabierta:
—¿Tú también aconsejas sobre moda?
—Oh, sí querida ¡me encanta! En cierto modo me considero un
fashion victim.
—¿Qué es eso?—volvió a preguntar Irene.
Tomi, quitándose la toalla mojada del pelo, sacó un peine de
púas dorado del bolsillo del albornoz y mientras se peinaba su pelo color
pistacho indicó:
—A ver, para que me entiendas. No soy fiel a ningún
diseñador. Me vuelve crazy comprarme de todo y a veces compró más de lo que
necesito. Me encanta que todo el mundo sepa que llevo lo último de Gucci, y lo
próximo de Dior. Oh My God ¡adoro la moda!
Al ver que Eva sonreía, pero ninguna de las otras decía nada
clavó su mirada de nuevo en la mujer que le había preguntado y dijo antes de
que Eiza lo pudiera frenar:
—Por cierto, y esto te lo digo en confianza. Ese peinado que
llevas te hace very... very mayor. Ese ahuecado no se lleva desde hace lustros,
y si me dejaras aconsejarte podría conseguir que parecieras por lo menos diez
años más joven, simplemente cambiando tu look. Por cierto, ¿dónde compras la
ropa tan horrenda que llevas?
La cara de Irene era todo un poema. ¿Quién era aquel tipo
tan desagradable? Eiza al ver aquello, acercándose a su primo siseó:
—Tomi, cierra la boca ¡ya! ¿Alguien te ha pedido opinión?
Almudena, divertida por todo lo que escuchaba, soltó una
risotada y mirando a su hermana que aún estaba boquiabierta indicó:
—¿Lo ves? Te lo dijimos Eva y yo hace tiempo.
—Ese peinado no te favorece nada, Irene —señaló Eva—. Te
hace mayor, y...
—No me interesa su opinión —cortó aquella.
Pero Almudena, sin darse por vencida, prosiguió tras dejar a
su bebé sobre el sillón. Conocía cosas de la vida de su hermana, e intuía que
desde hacía bastante tiempo le faltaba emoción.
—¿Recuerdas lo que hablamos el otro día con Eiza en la
cocina de papá sobre renovarse o morir? Pues creo que ha llegado el momento de
renovarse querida hermanita. Y si podemos contar con la ayuda de Eiza y Tomi,
pues mejor que mejor ¿no crees?
Irene reaccionó, la miró y con gesto de enfado gruñó:
—Soy una madre de familia respetable, no una moderna como ustedes.
Para mi edad estoy estupenda, y no quiero cambiar. Mi vida está muy bien romo
esta.
—Y una mierda —gruñó Almudena—. Si hemos venido aquí es para
que Eiza te aconseje y ahora no te echas para atrás.
—¿Que yo la aconseje?—preguntó Eiza.
—Sí —asintió Eva con seguridad—. Irene necesita un cambio.
Su vida últimamente no es la mejor del mundo y necesita avivar la chispita en
Lolo.
—¿Se han vuelto locas? ¿Desde cuándo decimos las cosas
privadas fuera de casa? —gritó indignada la mencionada.
—No estoy dicho nada. Solo he dicho que necesitas avivar la chispa
de tu matrimonio o... —dijo Eva.
—Te he dicho que no necesito esa ayuda. Yo estoy muy bien
como estoy y no necesito aparentar lo que no soy. Pero ¿por qué quieren que
cambie?
Sin darle tregua Almudena le espetó:
—Porque lo necesitas, porque eres una persona joven y, en
cambio no lo aparentas.
Eiza y Tomi sorprendidos por aquella pelea entre hermanas se
miraron y este último preguntó con curiosidad:
—Pero bueno, querida ¿cuántos años tienes?
Al escuchar aquello Irene pensó en no contestar, pero
finalmente carraspeó y cuchicheó:
—Cuarenta y dos, y a mucha honra.
Como si le hubieran dicho ciento veinte, Tomi se llevó las
manos a la cara y gritó ante el desconcierto de su prima:
—Por el amor de my life. Pero si yo te echaba veinte más. Oh
no... eso no puede ser, Darling, un poco de glamour in your life no te vendría
mal.
Eiza fue a parar aquello cuando Irene gritó mirando a sus
hermanas:
—¡¿Qué pretenden?! ¿Que parezca una actriz de Hollywood con
vida pecaminosa e irreal? —aquello sorprendió a Eiza—, ¿O acaso pretenden que
me ponga un pendiente en el ombligo cómo llevas tú?
—Ahora no lo llevo —se defendió Almudena , pero en cuanto mi
cuerpo vuelva a ser lo que fue, me lo volveré a poner. ¿Y sabes por qué? Porque
me gusta y porque me gusta gustar, ¿has oído bien?
— La cantidad de tonterías que tengo que escuchar, ahora que
eres madre — protestó su hermana mayor.
—Vale. Soy madre soltera pero no tonta. Me gusta el sexo, me
gustan los hombres y me gusta gustar. Y eso, querida hermanita, me seguirá
gustando siendo madre o no. ¿Te enteras?
—Sí, ya te vi cómo tonteabas con el municipal ese—le
recriminó.
—Enfádate todo lo que quieras, pero creo que a Lolo un
cambio en tu apariencia le encantaría.
Joder Irene... es un hombre —insistió Eva—. Tú imagen es
antigua y por lo visto no soy la única que lo piensa.
—¿Y tú qué tienes que hablar de mi marido Eva María?
—Yo nada —suspiró su hermana—. Solo que Lolo es un hombre y
estoy segura de que le gustaría verte guapa y diferente. Chica, un poquito de lujuria
y pasión no les vendría mal.
Además, no me digas que no te gustaría que te ocurriera algo
emocionante y altamente estimulante con él, en cualquier lugar, y...
—Yo no soy una libertina como tú o ella. Yo soy...
Almudena molesta por aquel comentario, regañó a su hermana y
dijo:
—Sí, tú eres la santa de la familia ¡Santa Irene! Y te vamos
a canonizar cuando mueras. Oh Dios. ¿Por qué tendrás que siempre tan negativa?
Necesitas un cambio y punto, o dentro de poco tú bigote será más largo que el
del tío Jacinto.
—Oh... las cosas que tengo que escuchar —refunfuñó aquella,
mientras se tocaba el labio superior. ¿Tanto bigote tenía?
—Vamos a ver, Irene —protestó Eva—. Te pasas media vida
quejándote porque Lolo no te mira, y ahora que te proponemos que te actualices
exteriormente como mujer, y le enseñes tú potencial ¿también protestas? Joder
chica, a ti no hay quien te entienda.
“Esto es un desastre” pensó Eiza al ver como aquellas se
enfadaban, pero fue a hablar cuando su primo se le adelantó;
—Stop… Stop... Stop...—exigió Tomi y mirando a la
malhumorada hermana mayor indicó: — Querida, para estar divina y actual ¡no hay
edad! Puedes ser una mamá respetuosa y un bombón de mujer. Puedes ser una woman
respetable y una mujer divina.
—Pero...
—No hay peros, ni excusas. Soy un profesional y tú necesitas
un extreme makover.
—¿Un qué?—preguntó Irene.
—Un cambio radical —asintió aquel—. Si no he oído mal tus
sisters creen que necesitas un cambio in your life y fíjate my love, yo no te
conozco, pero solo con verte pienso como ellas. Eres muy joven querida para
parecer la abuela de cualquiera de ellas. Pero ¿no lo ves lady? Puedes ser una
woman espectacular. ¿Por qué te lo niegas?
Irene metiéndose la mano en el bolsillo de su chaqueta
granate, sacó un pañuelo y se lo llevó a la nariz. Pensar en Lolo, su marido,
la hacía llorar. Desde que tuvieron a la pequeña Ruth, apenas la miraba.
Prefería irse al bar a echar la partida de póquer con sus amigos a pasear con
ella o ir simplemente al cine, como hacían antes. Tras sonarse y secarse las
lagrimillas de los ojos, miró a aquel desconocido y preguntó:
—¿Por qué hablas tan raro?
—¡¿Yo?! Ohmy God si yo hablo divinamente el spanish.
—Pues metes cada patada al diccionario que me dejas sin
palabras.
Ahora el desconcertado era Tomi. Eiza al ver la cara de
Tomi, respondió adelantándose:
—Es que mi primo tiene una particular manera de hablar.
Digamos que habla spanglish. Mezcla el español con el inglés, y eso se debe a
nuestro trabajo. Y aunque creas que somos unos entrometidos, si quieres nuestra
ayuda para cambiar en algo, aprovéchate del momento. Aquí nos tienes.
Irene, tras cruzar una mirada con sus hermanas sonrió, y
mirándolas murmuró:
—De acuerdo. Quiero volver a ser guapa y sorprender a mi
Lolo. ¿Pueden ayudarme?
—Sí —dijeron al unísono los implicados.
—¡Genial!—aplaudió Eva.
—Coño ¡ya era hora! —rio Almudena llamar mi amiga y le diré
que iremos a visitarla. Ya verán que cosas más lindas tiene en su tienda de
ropa y a unos precios impresionantes.
Durante un rato hablaron sobre compras, ropa, cremas y Eva,
al fijarse de nuevo en el reloj que Eiza llevaba, dijo:
—Me encanta ese reloj. Te lo dije ya una vez, es precioso.
Eiza sonrió y Tomi saltó:
—Es un glamuroso Limelight de la marca Piaget inspirado en
la alta costura con diamantes talla grande engastados. ¿Cómo no va a ser
precioso?
—¿Lo dirás en broma no? —insistió Eva al escucharlo.
—Pues no, reina. Ese reloj es magnífico, además de un
símbolo del glamour.
Eva, sorprendida por lo que le decía, y en especial por lo
que esos relojes costaban se acercó aún más y mirándolo de cerca preguntó:
—¿De verdad que es un Piaget de pata negra?
Eiza al darse cuenta de su error, pellizcó a su primo para
que se callara y actuando como solo ella sabía hacer sonrió y dijo:
—No, querida. Es una estupenda imitación, pero ¿Parece
auténtico verdad?
Eva aún sorprendida asintió y cuando fue a responder su
hermana Almudena preguntó:
—Por cierto, su empresa de personal shoppers ¿cómo se llama?
Eiza y Tomi se miraron, y este último rápidamente y sin
pensar contestó.
—Crazy Life, vamos para que nos entendamos, Vida loca.
Todos sonrieron, excepto Eva. No recordaba que Eiza le
hubiera dicho aquel nombre. Pero decidió olvidarlo y centrarse en planear junto
al grupo el maravilloso día de compras que les esperaba en unos días. Tenían
mucho que hacer.
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